jueves, 23 de abril de 2026

11-Abril en el taller. Algunos cuentos para aprender cosas. Cuento 3

  


Erik Grieg

Martín Kohan



(de Una pena extraordinaria, 1998)








 

Todo el mundo sabe que una puta no besa: que para sostener la ficción de su entrega es necesario omitir, por lo menos, dos o tres circunstancias: la exigencia del pago previamente acordado, cierto aire de ausencia, que se nota pese a cualquier esmero, y la renuencia a besar. Por eso, cuando esa mujer, a la que había elegido en un bar cercano al puerto por percibir en ella algo indefinido pero especial, acercó los labios entreabiertos a los suyos, abiertos también, pero en el goce, para besarlos o, en realidad, para hacerse besar, se sintió Erik Grieg primero confuso, más aturdido aún de lo que ya estaba por culpa del alcohol; pero luego, de inmediato, se sintió también extrañamente feliz. En medio de esa euforia soltó unas pocas palabras entrecortadas, en una lengua que de todas formas la mujer no podía comprender, se tensó en un instante en el que pareció de piedra, y por fin se recostó, ya distendido, junto a la puta que lo había besado.

No hubo otra ternura en el pequeño cuarto incierto, más que ese beso que pronto pareció no haber ocurrido. La puta se quedó distante, o más bien triste, mirando las manchas que había en el techo; el marinero se vistió callado, dejó en una mesita todos los billetes que tenía, y se fue como si nunca hubiese estado.

Sin nombre, casi sin cara, sin voz y sin palabras, esa puta estaba, como casi todas, destinada al olvido. A Grieg pronto se le confundirían los dos días pasados en una remota ciudad llamada Buenos Aires, con los de todos los otros puertos y todas las otras putas que lo esperaban todavía, antes de estas de regreso en Helsinki. Su barco zarpaba esa misma noche: del humo de ese bar oscuro y del encuentro, apresurado y mudo, en la habitación desolada, pronto no quedaría más que un relato hecho en altamar, exagerado en medio de las carcajadas y de los alardes de los otros marineros.

Sin embargo, Grieg abandonó de ese confuso bar de puerto, salió a la calle calurosa y quieta, tratando de despejarse un poco antes de volver a bordo y presentarse ante el capitán. Anduvo algunas cuadras sin pensar en nada ni cruzarse con nadie. Llegó hasta el río y ni siquiera lo miró: para mirar desde la orilla un río o un mar, o un río que se parece a un mar, hay que no ser marinero. Grieg se sentó a fumar y dejó que la brisa le temblara en la ropa blanca. No se fijó en la hora, pero sabía que tenía tiempo. Ni cuenta se dio  que volvía a pensar en la puta, hasta que al final acabó por admitirlo.

Regresó al bar y buscó a un compañero que pudiera prestarle algo de plata. Encontró a Gustav, más colorado su rostro de lo que siempre estaba, borracho y locuaz, dos mujeres casi desnudas fingiendo comprender las cosas que él les decía y riendo exageradas. Más por ufanarse frente a esas mujeres que por verdadera generosidad, le alargó a Erik un montón de billetes medio arrugados. Erik Grieg se guardó el dinero en un bolsillo y se fue ahora a buscar a la puta con la que había estado hacía un rato. En el lugar había más sombras que luces, y las pocas luces que había se azulaban por el humo, pero no fue por eso que no la encontró. No la encontró porque no estaba. Le bastó a Grieg esa comprobación para que las ganas que tenía de volver a estar con la misma mujer de antes se convirtieran en deseo y ansiedad. Supuso que la mujer estaría ahora con otro: es inaudito, pero la celó. Se sentó a esperarla. Recordó el beso de esa puta y la idea de no volver a verla decididamente lo angustió.

Pasaron unas dos horas: nadie usaba a una mujer durante tanto tiempo en un bar de marineros. Entonces volvió Grieg a salir a las calles casi desiertas de los bordes de la ciudad, no para despejarse de la borrachera ni tampoco para retornar a su barco, pese a que ya no faltaba tanto tiempo para la hora de la partida. Salió para encontrar a aquella mujer en una esquina o en un umbral.

Otras putas se le acercaron; estaban donde parecía que no había nadie y no empleaban más que gestos, porque con los gestos les bastaba. Las putas son casi intercambiables; Grieg las ignoró, sin embargo, no bien verificó que ninguna de ellas era la mujer que él andaba buscando. Regresó al bar y después regresó a las calles: la mujer no estaba en ninguna parte y él se sintió desesperar.

Llegó la hora en que su barco partía. Grieg se detuvo bajo un farol de luz imprecisa, sacó de su bolsillo el dinero que había conseguido y lo contó. El beso imposible de esa puta volvió a cruzar por su memoria. Hacía calor, pero empezaba a lloviznar. Erik Grieg decidió que no retornaría al barco, que lo dejaría ir y que se quedaría en esta ciudad que desconocía y cuyo idioma no hablaba ni alzaba a comprender.
No tenía nada para hacer y nada hizo en los días que siguieron. Durmió durante el día, tirado entre las sogas y las bolsas del puerto; en las noches, recorría los bares de las orillas, buscando, urgente, a la mujer de aquella vez. En recuerdo y la invención no tardan, por lo general, en mezclarse, pero para Erik Grieg el encuentro de esa noche se volvía cada vez más nítido en su memoria. Evocaba el momento en el que, recorriendo con la mirada la hilera de putas que se le ofrecían, había elegido a ésa, a ésa y no a otra, no otra de cuerpo más tentador o de boca más provocativa. Eligió a ésa precisamente porque le pareció tímida y cohibida, porque no estaba vestida como para atraer a un hombre. Estuvo con ella y supo que era tanto una mujer como una muchacha apenas; que, en efecto, nada hizo con gracia ni con desenvoltura, que parecía temerle o tal vez estar pensando en otra cosa. No fue displicente con él, pero no pareció importarle tampoco convencerlo de nada. Más que hacer se dejó hacer, y en apariencia todo le resultaba desconocido.

Sólo cuando lo besó, en realidad, sólo al rozarlo con esa boca inesperada y ofrecerle sus labios sin humedad, pareció la mujer considerar su presencia y hacer algo con respecto a él. Ese beso pasó rápido, intenso pero fugaz, tan extraño a toda la situación (a la puta lejana, a la sordidez de esa habitación de burdel y a la propia rudeza de un marinero como Erik Grieg), que no bien pasó se esfumó, y no quedó, irrepetible, más que en su memoria (pero en su memoria quedó definitivo, imborrable).
Pasaron algunos días; a fuerza de deambular entre barcos y muelles, que era, en la extrañeza de esta ciudad, el único mundo que podía reconocer, consiguió Grieg que lo aprovecharan para algún trabajo ocasional y así pudo ganar un poco más de dinero. Con el correr de esos días pudo también aprender algunas palabras de la lengua de la ciudad; las primeras que logró balbucear eran las que necesitaba para describir a la mujer a la que estaba buscando: esa obsesión era lo único que Erik Grieg tenía para decir.
La puta de aquella noche no volvía a aparecer, pero además todos negaban recordarla o conocerla. Ni las otras putas, que, merodeando en una misma zona de la ciudad, se conocen siempre unas a otras, ni tampoco los rufianes o los taciturnos que frecuentan estos bares supieron nunca decirle a Grieg nada de ella. Desesperando ya por su ausencia, temiendo que la búsqueda pudiese llevarle años o que, peor aun, pudiese no llegar nunca a su fin, una noche cometió Grieg la razonable torpeza de tratar de olvidarla. Después de beber ginebra y ensimismarse durante casi tres horas, eligió, si cabe decir acaso que Grieg pudiese elegir nada, a una puta muy joven y muy alta, de cuerpo generoso y risa fácil. Se fue con ella a un cuarto que se parecía mucho al cuarto de aquella otra noche, pero eso porque todos los cuartos en los burdeles de un puerto se parecen entre sí. Estuvo un rato con ella (desde la vez de la otra puta, la inolvidable, no había vuelto a estar con ninguna). Ella le entregó su alegría inverosímil y algunos suspiros que no pertenecían a esa noche; él le entregó un mismo montón de billetes arrugados sobre la mesa de luz. Después, acomodando todavía su ropa, Grieg salió de vuelta a la calle, y nunca el mundo le pareció haber quedado tan igual que antes.

Esa noche hubiese sido capaz de matar, con tal de encontrarse otra vez con la puta que lo había besado. El tiempo que acababa de pasar con otra, resoplando entre su pelo rojo y viendo temblar su cuerpo debajo del de él, no sirvió más que para comprobar lo que, de todas formas, ya sabía: que la salida no era pagarse una puta más bella, más hábil o más atrevida que aquella a la que quería olvidar, porque la que quería olvidar no había sido especialmente bella, ni había sido demasiado hábil, y nada le había resultado más ajeno que el atrevimiento. Su aspecto no era semejante a de las putas que frecuentan a los marineros cerca de los puertos; parecía una mujer común y corriente (Grieg lo supo cuando, en una lengua que no era la suya, necesitó describirla). Lejos de toda audacia, cada uno de sus ademanes pareció tener que sobreponerse a la timidez y al temor. No fue desenvuelta ni tampoco se esforzó, según suelen hacer las putas para destacar en el hombre su virilidad. Fue queda y hasta melindrosa, y si el beso que le dio o se hizo dar se volvió increíble, fue no sólo porque proviniera de una puta, sino porque a esta puta en particular parecía faltarle toda iniciativa. Recordando nuevamente la manera en que sus bocas por única vez se habían juntado, se durmió Grieg sobre unas bolsas de arpillera, bajo el cielo de Buenos Aires y sin abrigo, mientras algunos gatos, cerca de él, se paseaban sigilosos.

No bien tuvo el dinero suficiente, Erik Grieg volvió a pagarse una mujer: fue torpe dos veces, y la segunda, más que la primera. Y eso porque esta vez, valiéndose de su incipiente español y del dinero de que disponía, le puso a la puta que había elegido, como única condición para ir con ella y no con otra, que durante su encuentro ella lo besara. La mujer lo pensó un momento y luego pronunció una cifra (la cifra era más del doble de la que habitualmente se estipulaba), porque si bien es cierto que las putas no besan, que determinadas formas del afecto las retacean y las preservan con recelo, también es cierto que muchas veces basta con acordar un pago para que una puta haga lo que de otra forma no haría (en las narraciones oídas a bordo durante tantos viajes a través del mundo, Grieg había sabido de las inclinaciones más extrañas, escatológicas o humillantes, exigidas, por dinero, a alguna puta; lo que él pedía, al fin de cuentas, era apenas que lo besaran).

La boca de esa mujer era tibia como su cuerpo, y al igual que su cuerpo, vibraba y se entreabría en la oscuridad. Pasaron a la habitación, vestidos todavía, y la puta ya besaba al marinero; lo besó mientras se echaban, desnudos, entre las sábanas ásperas y frías de esa cama ajena; mientras lo envolvía con sus brazos y lo recibía sobre su cuerpo, no dejó de besarlo; lo besó más intensamente cuando más intenso fue el temblor del marinero (y  más intensas las palabras que, en una lengua incomprensible, él le decía). Después Erik Grieg volvió a echar el dinero sobre la pequeña mesa de madera, se vistió rápido, y salió sin decir nada.

Esa noche se emborrachó por pura desesperación. Bebió con avidez, un trago tras otro. Hubiese querido pelearse con alguien, lastimarlo o hacerse lastimar, pero ni siquiera halló la ocasión de provocar una pelea. Hubiese querido ser capaz de estar en Helsinki o en altamar, pero no lo era. Seguía buscando a esa puta, seguía escrutando, ya casi por costumbre, el rostro de cada una de las que llegaban al bar desde la calle o bajaban desde las habitaciones del piso de arriba. Si algo le faltaba para saber que aquella mujer resultaría única, eso eran los besos vacíos e inútiles, profusos, prescindibles, del último encuentro.

En medio del aturdimiento del alcohol y la tristeza, pensó Grieg confusamente en lo que le pasaba, y trató de imaginar, tan sólo para su desconsuelo, cómo sería la vida de esa mujer inefable a la que no conseguía reencontrar. Pensó, creyó descubrir, que no era una puta típica de los burdeles de marineros y que en eso consistía su peculiaridad. Habría de ser una puta acostumbrada a hombres no tan toscos, no tan arduos, y que por alguna razón inescrutable había venido a ofrecer sus suaves maneras, por una noche, a un bar de la zona baja.

Si así eran las cosas, pensó Grieg, torcido sobre una silla, una mano colgando junto al cuerpo, la otra sujetando una botella oscura, la búsqueda debía ampliarse: ya no había que indagar solamente entre las calles penumbrosas de los límites de la ciudad, sino también en otros barrios, en otros mundos: son pocos aquellos en los que las putas faltan.

Pronto Erik Grieg descartó la idea, no supo si con alivio o con pena. Es cierto que pensar en la sutileza de esa mujer no era del todo injusto, pero tampoco podía decirse que su atractivo fuese la exquisitez propia de una prostituta más refinada de las que frecuentaban él y hombres como él. La reticencia, el pudor mal disimulado, el beso imposible que de alguna manera derivó en todo eso, no correspondían a una prostituta que hiciese de lo suyo una especie de arte. Las actitudes de la mujer de aquella noche, semejantes siempre a un simple tanteo, parecían corresponder más a una puta que conocía poco lo que estaba haciendo, que a otra que lo conociera demasiado bien.

Fue así que estableció Grieg lo que podría considerarse una primera certeza: la puta con la que había estado aquella noche, era virgen. La idea, por algún motivo, lo entusiasmó. Sabía que la posibilidad de iniciar a una muchacha era una especie de privilegio, un privilegio difícilmente accesible para un simple marinero nórdico como él. Lo que lamentó, eso sí, fue no haber sabido de antemano que esa muchacha iba a entregarse a un hombre por primera vez. Recordó el relato de un viejo marinero del que llegó a hacerse casi amigo durante un viaje por la costa de Brasil: todos sus ahorros, un reloj relativamente apetecible y buena parte de su ropa de trabajo, los había empleado aquel hombre para pasar una noche con una niña virgen, con una puta holandesa de once años de edad. Le extrañó a Grieg que la puta con la que había estado, y que pese a ser mayor que aquella niña, era igualmente virgen, no hubiese hecho valer esa condición para tratar de obtener, a cambio de su entrega, una suma más elevada. La hipótesis de la virginidad le permitió entender a Grieg el extraño comportamiento que esa mujer había tenido todo el tiempo, y también, posiblemente, entender incluso esa ráfaga excepcional en la que lo había besado. Con eso no explicaba, sin embargo, por qué aquella puta no había vuelto a aparecer, por qué nadie la conocía, ni le permitía tampoco descubrir la forma de volver a encontrarla (ninguna otra cosa le importaba ya, en eso empezaba y terminaba su vida).

Se quedó Grieg perplejo y algo adormecido. En el bar había un grupo de marineros que cantaban a coro, eran argentinos y festejaban algo que a él no le importó. Sobre la mesa larga y firme, una puta bailaba y amagaba desnudarse. Desde abajo, golpeando la mesa con los puños, otros hombres la alentaban a que lo hiciera, le arrojaban billetes mojados o la aplaudían. Uno que estaba solo, no se sabe por qué, la insultaba en portugués.

De pronto, en medio del bullicio, una idea extraña se le ocurrió a Erik Grieg. Esa idea lo despejó en un instante: Grieg sintió despertar y tuvo que repetirse a sí mismo la idea que había tenido, como si en vez de eso fuese una frase que otro le dijera y que él no había oído bien. Esa mujer, pensó Grieg, no era una puta. Era, muy probablemente, virgen todavía, o poco menos; pero, además de eso, no era puta, y así todo se explicaba: los gestos que, queriendo ser firmes, decididos, en verdad todo el tiempo vacilaban; la distancia, la indiferencia, el desapego; de pronto: el beso; el desinterés por el dinero; el hecho de que nadie la conociera y que ella nunca hubiera vuelto a aparecer.

No habían sido pocas las desdichas de Erik Grieg en las últimas semanas. Lo poco que era, lo poco que tenía, lo había perdido por el propósito de buscar a una mujer. Ahora se sentía más infeliz que nunca: sabía que esa búsqueda era poco menos que infinita y que, por lo tanto, nunca se liberaría de su agobio. De haber sido aquella una puta orillera, él habría tenido que persistir, con la constancia de los obsesionados, en los bares y en las calles de los alrededores del puerto para volver a dar con ella. Si hubiese sido, en cambio, como llegó a suponer, una puta de ambientes más considerables, él habría tenido que trajinar otros sitios no siempre de fácil acceso, otras formas de llegar a un mismo fin (un hombre que paga, una mujer que finge su entrega). Pero al ser, como era, una simple mujer y no una puta, la búsqueda de Grieg excedía ahora los límites de los burdeles o de las casas de citas: la búsqueda de Grieg abarcaba ahora la ciudad entera y a todas las mujeres que vivían en ella.

Erik Grieg salió a la calle y se alejó de la zona del puerto. No le interesó irse a recorrer otras partes de lo que era Buenos Aires en 1922; más bien quiso dejar atrás todo lo que había pasado, y olvidarlo. Mientras caminaba, sin embargo, con paso apurado y sin destino, no pensaba más que en la mujer de aquella noche. Se preguntó, sin dar con una respuesta posible, qué razones habría tenido para hacerse pasar, esa vez, por prostituta. Supuso que tramaba algún plan, y que por eso parecía estar pensando en otra cosa (todas las putas piensan en otra cosa, pero como esta no lo era, se le notaba demasiado). Dedujo, y dedujo bien, que ese encuentro con un hombre cualquiera, en un lugar cualquiera, era una parte del plan que urdía. Lo que ella quería, pensó Grieg, y pensó bien, era infligirse la humillación de ese encuentro, tal vez para aumentar su odio hacia alguien, tal vez para darse impulso hacia algo. Supo así, sin que nadie lo aliviara ya de tanta pena, que el beso que le había dado no fue una muestra de sutileza erótica, ni mucho menos una expresión de afecto que ella no supo o no quiso reprimir, sino, por el contrario, una forma casi perversa de aumentar esa humillación a la que la mujer se entregaba. La imaginó esa noche, ya sola en el cuarto, ni bien él había partido. La imaginó, y la imaginó bien, rompiendo el dinero que él le había dejado. Apenas lo hizo, la mujer se arrepintió: romper el dinero es una impiedad. Es como tirar el pan.

 

 


Algo para aprender: la intertextualidad.

La intertextualidad es la relación, diálogo o influencia que un texto establece con otros textos, ya sea en forma explícita (citas) o implícita (alusiones, parodias, reescrituras). Acuñado por Julia Kristeva, este concepto destaca que ningún texto es una isla; todos se nutren de obras anteriores, facilitando la comprensión, el enriquecimiento del sentido y la creación de nuevos significados a través de la referencia compartida. 

Erik Grieg no es otro que el marinero “sueco o finlandés” del cuento Emma Zunz, que se acuesta con ella en la Buenos Aires de 1922 para que se pueda urdir la compleja trama de venganza hacia Aarón Loewenthal. Grieg abandonará el barco, deambulará durante días entre muelles, pero no podrá dar con ella: “hubiese sido capaz de matar, con tal de encontrarse otra vez con la puta que lo había besado”.

Borges es inagotable. Afortunadamente, dejó cabos sueltos en el famoso cuento, y así podemos disfrutar de sus reversiones. Sí, hay más…




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CONSIGNA DE ESCRITURA


¡Te amo, personaje!


Elegir un cuento o novela que te haya gustado y escribir un relato que dialogue de alguna forma con ese texto. Te propongo que elijas un personaje y tomes otro camino, o sigas el mismo y veas qué sucede, que continúes la historia, que tomes un personaje secundario y lo hagas principal, o lo que prefieras hacer con ese personaje amado (u odiado, quién te dice...). Incluso podés escribirle una carta (¿de amor?, ¿de odio?).


Podés elegir también, si no se te ocurre ningún personaje literario, uno de alguna serie, película o novela. De todos modos, los personajes del cine y la televisión nacen por escrito.




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LA MUSIQUITA DE HOY



Escribí "te amo, personaje" y no pude evitar pensar en amores imposibles, como el de la canción de Serrat "De cartón piedra", donde el protagonista se enamora de un maniquí. También hay películas, delos 80, qué década maravillosa y extravagante... Bueno, pero ahora la canción, haciendo clic AQUÍ





jueves, 16 de abril de 2026

10-Abril en el taller. Algunos cuentos para aprender cosas. Cuento 2

  


Emma Zunz

Jorge Luis Borges

 

(de El Aleph, 1949)

 

El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve o diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.

En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre “el desfalco del cajero”, recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.

No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico… De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.

El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.

Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova… Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.

¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, enseguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como esta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia.

Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día… El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.

Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer –¡una Gauss, que le trajo una buena dote!–, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.

La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.

Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.

Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando este, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídish. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar…”), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.

Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble… El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mí, lo maté…

La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; solo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.



Para tener en cuenta:


La tensión y la elipsis

Borges juega con la tensión entre verdad y mentira; también utiliza el recurso de la elipsis fragmentando la información y haciendo que el lector complete los huecos. 

Algunas cosas que no se dicen: dónde está la madre, por qué siguió trabajando en la misma fábrica, por qué está sola, el pasaje de la relación sexual con el marinero, "la cosa horrible", ¿por qué era horrible?


La construcción de la venganza y su legitimación

Plantea la construcción de una venganza a través de la ficción y también la legitimación de una acción criminal por venganza por parte del personaje de Emma. 


La identidad del personaje: mujer, virgen, obrera, judía, asesina. No tiene novio, calla cuando las amigas hablan de eso. "Asesina por mala lectura", dice Martín Kohan, ya que ella interpreta que su padre se suicidó (en el cuento dice que ingirió el veronal por error).


✅Les dejo por aquí el link para acceder al capítulo de Nacidos por escrito donde se habla de Emma Zunz




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CONSIGNA DE ESCRITURA

 


Está mal, pero no está tan mal…

Escribir un relato breve, en primera persona, donde el narrador cuente alguna acción que ha realizado. Esta acción es cuestionable, negativa, inmoral… pero el narrador tiene su explicación. Ejemplo: narrar un robo como si fuera un acto heroico.

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LOS TEXTOS DE USTEDES

Mirna
Me voy a casa
 
No fue la primera vez y evidentemente, no sería la última. Otra vez, en la cena familiar, el chiste. Las risas…sus gestos.
—Me voy a casa. No me siento bien —dije, evitando su mirada.
—Pero estamos a mitad de la fiesta… ¡no jodas! —respondió él, sin soltar el vaso.
Quedate. Me voy yo. Total, es la familia. Entienden…— tomé mi bolso.
Dale —y siguieron las risotadas.
Me despedí de todos y me fui. Nadie sintió necesidad de preguntar el motivo.
Crucé el zaguán de la casa de mis suegros buscando el aire fresco que me estaba faltando. Respiré en el silencio nocturno al pisar la vereda. Cerré los ojos y sentí paz.
Caminé largas cuadras. Caminé reconfortando mi lastimado corazón con los pocos recuerdos felices que pude encontrar en ese momento.
 Llegué a casa. La casa que me vio nacer. La que heredé cuando la orfandad me atravesó con su filo tras aquel accidente. La que me acompañó en todos mis sueños. Los pequeños, los gigantes, los imposibles… La que nos disfrazó de familia.
Entré. Sola. Me quedé de pie, en medio de la sala, agradeciendo aquella pregunta que nunca fue.  La que imaginé miles de veces.
Al principio de rodillas y con la caja roja en la mano y una sonrisa brillosa. Con el tiempo fue un ramo escondido que a su vez escondía el anillo en una flor. Cuando con la nena empezamos a elegir escuela secundaria, el anhelo fue una escena íntima y cotidiana. No sé. Tal vez mientras picaba cebollas… o revolvía el guiso.
 La pregunta también fue perdiendo fuerza en mi ilusión hasta pensarla un simple trámite ofrecido tras tantos años de estar juntos.  
Últimamente ni la imagino. Así es mejor.
Es que en el momento menos pensado surgían las bromas, como decía él. Actuaciones sugerentes donde, rodilla en piso alzaba la cabeza, serio y de pronto:
–¿Te la creíste? –y la risotada.
–Casi, casi, pero no –y otra vez la risa.
Pero de todas, la broma que hacía frente a todos, frente a otros, la que yo más odiaba era la que más repetía, la que infería una forma de conocernos como él lo recordaba y no como sucedió. En reuniones de familia, en encuentros entre amigos, ufanándose de lo bella que había sido y cómo esa muchachita linda lo había enganchado con una cría para después de criarla, convertirse en eso…y señalaba con la palma hacia arriba, subiendo y bajando el brazo señalándome. Todos reían y gritaban… nunca entendí si en defensa mía o en adhesión a la broma. Risas y carcajadas que llegaban a mis oídos mientras yo esbozaba una leve sonrisa siguiendo el tren… y bajaba los párpados para ocultar el dolor. Más de una veintena de años escuchando la broma y sonriendo.
Cada vez que intuía que llegaba esa broma, luego de las primeras cinco veces, empecé a recordar a mi abuelo.
Acá, en la misma sala donde ahora estoy de pie, aprendí, a mis cortos años, que los chistes repetidos no dan risa.
– Mirá nena: una vez, causa gracia; dos veces, cansa, y tres: aburre –decía el abuelo.
Aprendí con el tiempo que tenía razón. Que, a la tercera, cansaba. Sin embargo, llevaba años escuchando, viviendo y reaccionando al mismo chiste miserable que me tenía de personaje principal.  Lo escuché en asados, cumpleaños, bautismos, incluso en un par de bodas familiares; no la mía.
Y la risa… estruendosa, grandilocuente, burlona. Una y otra y otra vez repitiendo su gracia. Y los oyentes de turno, casi siempre los mismos, soltando sus carcajadas…y entonces su brazo subiendo y bajando, señalándome… en una escena tantas veces presentada.
Mientras tanto, yo, bajando los párpados y sonriendo como si también disfrutase. Nadie notaba mi incomodidad, mi insatisfacción, mi soledad de mujer.
Miré alrededor. Las fotos de la nena creciendo en el papel. Su mirada sobre el hombro, rumbo a la nueva vida. Otra vez solos él, su chiste asfixiante y yo.
Di dos pasos hasta el viejo sillón de brocato. Tomé el teléfono y busqué el número. Hacía tiempo que lo tenía agendado. Tal vez un par de veces atrás, luego del chiste. El día en que empecé a registrar el vacío que sentía. El día en que me permití soñar con otra rutina. Una sin bromas repetidas. Una donde la risa fuera mía.
Marqué. No me importó la hora. Nada representaba un obstáculo. Tenía tomada la decisión. Aún tenía un rato hasta que regresara.
Juan Romero me pidió unos minutos para llegar. Acepté. Fueron tantos, que unos minutos más no era nada.
Me preparé un café, pero finalmente me serví un whisky. Mis manos temblaban, la situación lo merecía.
Esperé de pie con la frente contra la ventana de la cocina, que da a la calle. Bebí en silencio…Esperé.
Mis pensamientos de mujer soñaron escenarios nunca vividos. Y, aun así, merecidos.
Escenas nuevas… fantasías propias donde el brazo que subía y bajaba señalándome estaba acompañado de halagos y no de desvalores. Momentos en que mis párpados se cerraban para que mi piel se erizara sin pudor a las caricias.
El vaho en el vidrio no me dejó ver que alguien se acercaba. Fue el timbre el que me sacó de la ensoñación.
No prendí la luz de la puerta. La luna de la madrugada brillaba más que de costumbre.
–¿Señora Briganti? Disculpe la demora.
–Adelante. Es urgente. Necesito cambiar la cerradura.
 
 
 
Claudia S
Un sabor esperado

     Como todos los sábados a la mañana fui a realizar compras. Caminaba por una de las veredas más arboladas de la cuadra y escuché un grito. Alguien me estaba llamando desde la vereda de enfrente. Me detuve y cuando miré, reconocí a la persona.
    Crucé la calle. La mujer era del barrio y la angustia desbordaba en su cara. Me pidió un favor. Admito que al principio pensé que se trataba de dinero.
–Necesito comprar tres facturas de palmeritas para mi nietito –me dijo desesperada y explicándome que él era autista y comía solo las del local de la esquina. Luego, agregó que ella no compraba más allí a causa de un conflicto con la dueña.
   Mientras le contaba que yo tampoco compraba más ahí, sacó tres billetes de mil y luego agregó uno más por las dudas. En la esquina había una gran fila esperando. La vendedora atendía a los clientes a través de la puerta. A pocos metros, una ventana entreabierta exhibía panes humeantes y todo tipo de facturas. Y allí, entre todas, muy agazapadas las palmeritas.
    Y entonces, después de mirarlas varias veces para estar bien segura, me dirigí a la parada del colectivo. El lugar se colmó de gente. La espera no podía durar. Los envoltorios blancos volaban con sus sabrosos contenidos. Retrocedí cinco metros y me incliné sobre el vidrio. Y solo vi una enorme taza de chocolate y un niño feliz devorando su palmerita.
 
 
 
Andrea
Está mal, pero no tan mal
 
Estábamos en 2do grado. Teníamos 7 años. Con Ezequiel, mi mejor amigo nos divertíamos mucho en la escuela. Los dos éramos muy físicos. Con lo cual los recreos los esperábamos con mucha ansiedad. La escuela a la que íbamos era religiosa. En ese momento no podía comprenderlo, pero hoy a mi edad adulta me doy cuenta que los límites impuestos por la institución a su alumnado, para mi amigo y para mi eran demasiado estrechos. Nosotros no nos identificábamos como ovejitas mansas que van por el cordel. Esta actitud nuestra hizo que nuestros padres fueran citados por la maestra.
Recuerdo la cara de mis padres al leer la nota en el cuaderno de comunicados. Mi papá me miró fijo, enojado, era muy raro esa expresión en él. Me preguntó que había hecho, yo no sabía que responderle, no sentí que hubiera hecho algo malo. Solo le dije que unos chicos de 6to se portaron mal y junto con Ezequiel los peleamos. Mamá con una expresión totalmente distinta a la de mi papá, porque se la veía triste me dijo: Maxi, por favor no nos mientas. Tengo que saber que pasó así le puedo contestar a la maestra. A lo cual le repetí lo mismo, solo fue una pelea en el recreo, mamá. La seño es una exagerada.
Allí fueron mi mamá, y la mamá de Ezequiel. La verdad yo me sentía muy mal. Sabía que no había hecho nada, pero no me gustaba verla así a mi mamá. Sentía que la defraudaba. Pero por otro lado sabía que ella me iba a defender delante de la maestra, y eso me hacía sentir seguro. No me dejaron estar en la reunión, así que solo supe de la misma una vez que llegué a casa del colegio. Mamá estaba terminando de preparar la comida, y como cada mediodía me íba a la pieza a ver dibujitos hasta que me llamaba a comer. Mi papá llegaba un poco después que nosotros y siempre se ponía a jugar conmigo, mientras gritaba: tengo hambre, y los dos nos reíamos. Pero ese día fue distinto. Yo estaba en mi pieza esperándolo, pero él se fue directo a la cocina, sin siquiera venir a saludarme y cerró la puerta. Igual yo pude escuchar todo.
Mamá estaba muy preocupada, le dijo que la maestra había dicho de mí que era un golpeador y que Ezequiel era un ladrón. Me enojé mucho, ¡eso no era verdad! Mamá dijo que le sugirió a la maestra hacer una consulta con el Gabinete Psicológico de la escuela, y le extrañó que no fuera la maestra la que hubiera pensado en esa solución. Mi papá se quedó callado por un momento y luego dijo secamente: esa maestra no conoce bien a los chicos. Después de la conversación me llamaron a comer. Fue un almuerzo silencioso y largo. Yo ya quería levantarme e ir a mi pieza. Por fin mamá me dijo: mañana vas a ir a ver a una señorita en el colegio. Vas a tener que contarle que pasó con los chicos de 6to con los que te peleaste, decile toda la verdad Maxi, siempre en la vida se dice la verdad, por dura que sea. Esas palabras me acompañaron hasta el día de hoy y lo seguirán haciendo. Muchos años después, me enteré que mamá había hecho una especie de encuesta entre las mamás de las chicas, para que le dijeran si sus hijas les habían contado que yo les pegaba. Cosa que todas negaron, incluso la mamá se Macarena le dijo que yo era uno de los varones que las dejaba subir primero a las nenas por las escaleras, porque yo decía que las mochilas pesaban mucho y las chicas son más lentas que los varones, y las podemos atropellar.
Al otro día, como me había comentado mamá, me vino a buscar en medio de la clase, una señorita joven, me llevo de la mano con una sonrisa en la cara. Después lo vinieron a buscar a Ezequiel. Cuando llegué a casa, me di cuenta que mi mamá estaba preocupada. Como siempre fui a la pieza, llegó papa´ y me llamaron para comer. En este almuerzo la conversación fue dedicada a mi encuentro con la señorita del Gabinete. Yo les dije la verdad, hablamos de la pelea en el recreo. Sé que no estuve bien, se lo dije y listo. A lo que mi mamá responde: en el cuaderno de comunicado dice que esa señorita me quiere ver mañana, seguro que no tenés nada para contarme? Me molestaba que no me creyeran. Le dije: no mamá nada que contarte.
Al otro día fuimos al colegio con mamá. Yo entré por la puerta donde entran los alumnos, mamá me despidió con un beso y su cara de preocupación y se fue por para entrar al colegio por la puerta de la dirección.  Al mediodía cuando me vino a buscar vi que mamá estaba con la sonrisa que a mí me gusta. Ahora yo le hacía preguntas: ¿cómo te fue con la señorita? Y ella me contestó: todo bien, hablamos en casa con papá. Llegamos y me fui a mi pieza, esperando que me llamen a comer. Llegó papá y cerraron la puerta de la cocina, no me preocupé en escuchar, me daba cuenta que todo estaba bien. Me llamaron para comer. Nunca me voy a olvidar esa charla. Mamá dijo: bueno Maxi, la señorita me dijo que sos un chico muy maduro para tu edad, que en ningún momento negaste lo que hiciste. Vos y Ezequiel les pegaron a los chicos de 6to, porque cargaron a Joaquín, tu compañero discapacitado, y que le dijiste que eso no está bien, que a Joaquín hay que tratarlo diferente, porque no ve bien y no escucha bien, y además ellos son más grandes que él. Entonces ustedes se enojaron tanto que les pegaron en el recreo. Eso no está bien Maxi, lo entendés? Ante las injusticias no se reacciona con violencia, tenés que avisarle a alguna maestra para que ella lo resuelva. Papá estaba callado, pero le veía la sonrisa cómplice. Yo dije: pero mamá ustedes me enseñaron que hay que defender a los amigos, y Joa estaba llorando, porque le decían cosas feas. Ella también se sonrió y me dijo: lo que sentiste está bien, y habla de tu buen corazón, pero no fue correcta la resolución. Para una próxima vez, tenés que avisarle a algún adulto y acompañar a tu amigo. ¿Queda claro? Si mami, le dije. Y seguimos comiendo tranquilamente.
Aún hoy, a mis 32 años, sigo creyendo que hay justicias inmediatas, a pesar de las consecuencias.
 
 
Lauris

Yo conocía sus mentiras pero amando, ella era la mejor.
¿Quién soy yo para cambiarla?
Me hizo parte de sus noches y después también de sus días.
Me hizo parte de todas las historias que yo elegí creer.
Yo era su héroe, el que la salvaba del resto del mundo y eso me gustaba.
Empecé a dejar de vivir mi vida para vivir la de ella, me resultaba mucho más entretenido.
En alguna de sus historias alguien la estafó y la golpeó hasta dejarla casi sin vida.
Me pidió que la vengara antes de cerrar sus ojos.
Lo busqué en mi memoria, repetí cada palabra de su relato.
Costó encontrarlo, pero allí estaba y no dudé.
Merecía morir, se lo prometí a ella.


Adri
Ladrona
Los pies descalzos mi chiquita no sabían de leyes ni de situación social,
de desigualdad, ni de política y ni de porqué siempre pagan los más débiles
Yo sí sabia de todas esas cosas, pero no me importó.
Juro que lo hice con conciencia
Y con rabia
Y con un sabor a revancha que pocas veces pude probar
Sí, fui yo, robé las zapatillas.


Sabri
Migas invisibles

Hoy, como todos los días fui a visitar a mi abuela al hogar de ancianos después de trabajar. Fui todo el camino pensando en que hacía bastante tiempo que yo era el único que la visitaba, que era su única familia. Recordé que decidí llevarla a ese hogar después de que, a sus 85 años, le diagnosticaran esquizofrenia y demencia y de que lamentablemente se volviera más violenta de lo que había sido en su juventud.
Cuando llegué, me recibió la amable recepcionista de siempre y me hizo pasar al cuarto de mi abuela. Allí estaba ella, en la silla de ruedas frente a la ventana de cortinas abiertas con el sol acariciándole la cara. Le pregunté si no quería salir a tomar aire otoñal, pero ella hizo como que no me escuchaba y se ubicó frente a una mesita redonda en una esquina de la habitación, al lado de la ventana. Acerqué una silla a la mesa y armé la merienda de todos los martes. Puse sobre el mantel un paquete con masitas finas que a ella tanto le gustan y dos tazas, una con té para mi abuela y otra con café con leche para mí. Mi abuela estaba muy dispersa, más que de costumbre. Ya no pretendía que me llamara por mi nombre ni que hiciera contacto visual conmigo. Sentí que me ignoraba y la miré como tratando de adivinarle sus pensamientos. En un momento específico de la merienda observé cómo mi abuela puso su huesuda mano arriba de la mesa, tomó una servilleta de papel e hizo el gesto como de estar limpiando migas arriba del mantel.
Miré su mano pensando en que mi abuela se había criado en el campo en un nivel económico muy bajo, pero que eso no había sido impedimento para que ella aprendiera de su madre los hábitos de limpieza. En ese momento, por mi cabeza pasó lo que ella me contaba cuando era chico, que había aprendido a barrer el piso de tierra de su pequeña casita natal y que cuando creció y formó su hogar esos hábitos la acompañaron. Y me quedé un tiempo largo recordando lo que mi fallecido padre me contaba que hacía mi abuela cada día cuando él era un muchachito: cada mañana al levantarse, después del desayuno, ella lavaba las tazas, las secaba y las guardaba; luego barría los pisos —que afortunadamente ya eran de cerámica— y los baldeaba con agua y lavandina; la ropa, si bien ya contaba con lavarropas, le gustaba lavarla a mano, incluso las sábanas; después seguía por el baño, que lo dejaba impecable y, a pesar de que lo limpiaba todos los días, ella quería verlo reluciente; por último, sacudía los colchones y cambiaba las colchas y sábanas; para cuando terminaba de hacer todo eso, ya era la hora de preparar la cena y, después de cenar, tocaba lavar, secar y guardar los platos; antes de irse a dormir, barría por última vez el piso del comedor, luego se daba una ducha y se iba por fin a descansar.
El sonido del celular me sacó de mi divague, de recuerdos de otros que me fueron contados. La miré y pensé en que esa limpieza exhaustiva que hacía mi abuela no era normal, que siempre me pareció que veía mugre donde no la había, que limpiaba de más hasta lastimarse con la cantidad de lavandina y limpiadores que utilizaba, y que su obsesión por la limpieza la había llevado a cerrar las puertas de su casa para que no entraran ni suciedad ni personas. Recordé con angustia cuando ella, estando sola, se resbaló baldeando en su casa y se había quebrado la cadera. Intenté no sentir culpa por haberla llevado a ese hogar de ancianos luego de haberse recuperado de ese accidente en mi casa. En ese momento me autoconvencí de que fue el mejor lugar que conseguí, que el precio exuberante que pagaba por mes lo ameritaba. Justifiqué eso porque ella se lo merecía, porque era mi única abuela y yo su único nieto.
Hoy, como todos los días, merendé con ella. Como todos los martes, merendamos masitas finas con té para ella y café con leche para mí. La miré con una mezcla de ternura y angustia e intenté descifrarla sin éxito una vez más. Sentí mucha frustración e impotencia por el estado en que veía a mi abuela: una anciana viva sin posibilidades de disfrutar la vida. Sentí una carga y suspiré como queriendo sacar algo de mi pecho. Me levanté de mi silla, estiré mi espalda y junté la mesa con cuidado de no hacer mucho ruido con las tazas porque sabía que eso la irritaba. Cerré las cortinas de la ventana dejando la habitación en penumbras. En ese instante escuché el canto de unos benteveos. Miré mi reloj y supe que ya era la hora de irme. Entonces, tomé una almohada de arriba de su cama y me volví a sentar frente a ella. Tomé su mano movediza, la miré a los ojos, aunque me esquivara la mirada, y, con la almohada y mis brazos firmes, hice que por fin dejara de limpiar migas invisibles.

 



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    LA MUSIQUITA DE HOY

 


Mentiras, de Liliana Calcanhotto, haciendo clic ACÁ