jueves, 16 de abril de 2026

10-Abril en el taller. Algunos cuentos para aprender cosas. Cuento 2

  


Emma Zunz

Jorge Luis Borges

 

(de El Aleph, 1949)

 

El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve o diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.

Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.

En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre “el desfalco del cajero”, recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.

No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico… De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.

El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.

Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova… Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.

¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, enseguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como esta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia.

Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día… El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.

Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer –¡una Gauss, que le trajo una buena dote!–, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.

La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.

Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.

Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando este, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídish. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar…”), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.

Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble… El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mí, lo maté…

La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; solo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.



Para tener en cuenta:


La tensión y la elipsis

Borges juega con la tensión entre verdad y mentira; también utiliza el recurso de la elipsis fragmentando la información y haciendo que el lector complete los huecos. 

Algunas cosas que no se dicen: dónde está la madre, por qué siguió trabajando en la misma fábrica, por qué está sola, el pasaje de la relación sexual con el marinero, "la cosa horrible", ¿por qué era horrible?


La construcción de la venganza y su legitimación

Plantea la construcción de una venganza a través de la ficción y también la legitimación de una acción criminal por venganza por parte del personaje de Emma. 


La identidad del personaje: mujer, virgen, obrera, judía, asesina. No tiene novio, calla cuando las amigas hablan de eso. "Asesina por mala lectura", dice Martín Kohan, ya que ella interpreta que su padre se suicidó (en el cuento dice que ingirió el veronal por error).


✅Les dejo por aquí el link para acceder al capítulo de Nacidos por escrito donde se habla de Emma Zunz




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CONSIGNA DE ESCRITURA

 


Está mal, pero no está tan mal…

Escribir un relato breve, en primera persona, donde el narrador cuente alguna acción que ha realizado. Esta acción es cuestionable, negativa, inmoral… pero el narrador tiene su explicación. Ejemplo: narrar un robo como si fuera un acto heroico.


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    LA MUSIQUITA DE HOY

 


Mentiras, de Liliana Calcanhotto, haciendo clic ACÁ

jueves, 9 de abril de 2026

9-Abril en el taller. Algunos cuentos para aprender cosas. Cuento 1

 Los libros voladores 

de Cornelia frente al espejo (1988) 
Silvina Ocampo

 





Había muchos libros en aquella casa, tantos que nadie pudo contarlos, porque todos los días aparecían nuevos ejemplares que se alojaban en los anaqueles sin que supieran quién los traía ni dónde estarían. Pero de noche los libros seguramente se levantaban, cambiaban de sitio o se juntaban para parecer más numerosos. Entonces yo, con una curiosidad ridícula, resolví mirarlos en la tenue oscuridad, para ver en el silencio si se movían, en cuanto empecé a sospechar. ¿Qué pasaba con esos libros de noche, cuando el sol se acostaba, los sonidos de la calle morían meticulosamente y las hojas, que no eran hojas sino páginas, se movían con rumores de alas y de nidos en los estantes? A mi hermano le gusta jugar con ellos, pero papá dice que es un pecado y me mira a mí.

Yo tenía cinco años, mi hermano siete, y el resto de la casa eran personas mayores. En lugar de mesitas teníamos libros apilados; en lugar de banquitos, sillones, sofás o sillas, teníamos libros y, en lugar de tener la ropa y los zapatos en los roperos, teníamos libros dentro de los roperos. Todo el mundo cree que somos desordenados y no se equivocan. Llegó un momento en que ni siquiera la cocina sirvió para cocinar. En una mesa de libros pusieron un calentador para hacer distintos platos, aunque ya el gusto por la cocina se había perdido.

Me contaron que en una oportunidad unos hombres resolvieron asaltar la casa, viéndola de afuera tan linda, pero no pudieron llegar a la cocina, donde creyeron que sería fácil entrar, ya que en el camino varios libros se habían subido los unos sobre los otros, formando una barricada. No podían imaginar otra manera de asaltar una casa tan impenetrable y se fueron diciendo malas palabras con los más horribles puntapiés que propinaron a cuanto libro encontraron: grandes, chicos, de papel de Biblia, de papel de arroz, de papel de diario, de papel de tornasol, de papel de pluma, de estraza, de madera, de tisú, de papel grueso y ordinario para niños. Yo contemplé el desastre cerrando los ojos, pensando qué había retenido de esos libros y tratando de contener las lágrimas, que parecían de papel, ya secas en las mejillas.

Fue entonces cuando nuestros padres resolvieron que nos mudáramos de casa y nos instalamos en un departamento, con jardín. Porque éramos ambiciosos regalamos los libros para una biblioteca que llevaría nuestro nombre. Pero todo era un engaño para entusiasmarnos.

Dormí tranquilamente la primera y la segunda noche en la nueva casa. Habían comprado algunos libros lindos, llenos de figuras, un diccionario en ocho volúmenes, muy raro, con árboles y flores, y animales de todos los colores y de todas las razas. Yo pensaba que esos libros no ocuparían lugar. Entonces me dediqué a mirarlos con mayor interés. No salía a pasear, ni iba al cine para mirarlos, para imaginar qué pensarían al ver cómo yo los colocaba en los desvanes de la casa, en los lugares más solitarios y vacíos. ¿Dónde estarían los libros pornográficos? Eso me preocupaba un poco.

El tiempo fue pasando. Yo apenas lo sentí. Cómo podía imaginar que en tan poco tiempo se acumularía un mundo de libros, todos idénticos a los anteriores, con las mismas tapas, las mismas primeras hojas, las mismas enormes, resignadas apariencias. No podía creer que el tiempo, tan ingenioso, hubiera pasado y que me viera preso en un mundo idéntico al anterior y acorralado de nuevo en una desordenada biblioteca. Siempre hay que temer las ocurrencias del tiempo. Desde mi nacimiento lo sentí. Vi plantas, almohadones, lámparas verdes que en la otra casa no había. Vi un cupido de mármol, con sombrero de paja, luchando contra el viento, con los pies desnudos, pero los mismos libros grises, azules, colorados, violetas estaban. ¡Yo no sé qué decir de este milagro! ¿Cómo pasó el tiempo? El tiempo pasa sin hacerse ver, me dijo mi tía; sólo deja líneas en la cara y pelo blanco en la cabeza. Habría que nombrar detectives no sólo para los crímenes, sino para muchas otras cosas: para vigilar a los médicos y a sus enfermos, para vigilar el tiempo y a sus víctimas, para vigilar la vida clandestina de los libros. Yo no sirvo para vigilar el movimiento de cosas tan precisas. ¿Quién dirá que estos libros quieren vivir? A mí me están matando. La vida está en ellos. Parece que vivieran como si todo fuera a redimirlos.

La casa ya tiene muebles hechos con libros: una repisa, una ensaladera de libros, un reclinatorio de libros, una cama de libros. Ya progresó el mundo, desaparecen los colores; la luz intensa del amanecer no es la misma. Tengo en mis manos un libro. Tiene voces, no tiene letras. Nunca se me ocurrió quedarme en éxtasis oyéndolas. ¿Moriré porque los libros de pronto hablan sólo de muertes o de crímenes? A veces escucho las voces de dos libros que se mezclaron. Son voces angélicas: una es la voz de un Narciso, me dijo un amigo, que abraza el agua, toda la largura del agua; era un loco, se enamoraba de sí mismo; otra, la voz contraria de san Gabriel, que abraza el mundo. Y creo que podré vivir, pero no sé si es verdad o si será verdad.

Lo más incongruente o dramático de todo fue cuando los libros se unieron. Me llamaba la atención la posición que adoptaron algunos. No se separaban. A cualquier hora estaban juntos. Recuerdo que aparecieron unos libros chiquitos, tan chiquitos que eran ilegibles. Estaban Baudelaire, Rimbaud, Racine, Verlaine y algunos pensamientos de Pascal. Inmediatamente imaginé que eran los hijos de nuestros libros, sin descartar la idea de la copulación, tan importante. Traté de reunir algún libro y mezclarlo con el que tenía al lado, pero era muy largo de hacer y además resultaba casi imposible. Sin embargo, traté de olvidar esta idea absurda que se me había ocurrido. ¿Realmente los libros copulaban o se me había ocurrido a mí dentro de todos los argumentos que siempre me perseguían? Fue entonces cuando mi padre buscó a un psicoanalista para que me analizara.

Yo tendría siete años, la idea le parecía demasiado inocente y complicada, casi peligrosa. Mezclé a escritores de diferentes épocas o edades; resultaron muy pintorescos, pero nunca salió un recién nacido de estas mezcolanzas, ni nada que pudiera parecerse a la realidad. Tuve que admitir que me había equivocado y renunciar a mi fantasía. ¡Yo era demasiado chico!

Un día el cielo se llenó de nubes y la casa estaba a oscuras. Iluminados por relámpagos los libros no cesaban de aumentar; hablaban, discutían con fervor, con esa tremenda voz que tienen las personas cuando se enojan. No puedo decir que tuve miedo. No podía sentir miedo ante semejante disparate. ¿Estaría soñando? Nunca siento que sueño cuando ocurre algo anómalo. Siento que me he vuelto loco o que el mundo ya no es el mismo y me someto a cualquier tipo de resignación o de fervor. Vi que los libros se movían, que la agitación era profunda como en las manifestaciones políticas. Comprendí que algo terrible sucedía. Me acerqué a dos libros que estaban moviendo las primeras páginas con pasión. Hablaban de suicidio colectivo. Se acercaban a las ventanas más altas de la casa. Sin mirar por donde avanzaban, tropezaban con las sillas, de donde caían libros tras libros, y finalmente retomaban sus verdaderas posiciones, volviendo a los anaqueles. Entonces, muy entrada ya la noche, empezaron a caer de los balcones los libros, tan infinitos que nadie podía contarlos. Yo trataba de salvarlos, en vano. Miles y miles cayeron, grandes y chicos, con tapas gruesas y blandas. Me asomé a mirarlos desde arriba. De pronto sentí que morían. Montones de libros en el suelo, sobre flores caídas, sobre el barro, en todas partes, hasta que el último que vi comenzó a volar como un extraño pájaro, y así uno tras otro, hasta que el cielo se cubrió de una extraña nube. Bajé a la calle. El pueblo se había reunido para ver la nube de libros voladores. Vieron también otro montón de libros sin alas, en el suelo, y eran tal vez más numerosos que los anteriores, como aquellos que volaban con tanto alborozo. Alguien preguntó:

—¿Y estos libros?

—Son los libros que nadie supo escribir.

—¿Alguien pudo leerlos?

—Nadie supo leerlos. Fue como si empezaran a leer. Por eso los quemaron. Hicieron grandes fogatas de libros.

—¿Por qué no sabían escribir aquellos que los escribieron?

—No sabían lo que era un adjetivo ni un verbo ni un pronombre.

—Pero algo tenían que decir.

—Eso no bastaba. Tenían que escribirlo de un modo lógico, de un modo claro, de un modo perfecto.

Todo había cambiado; los buenos libros no servían. Lo atribuyeron a causas políticas. Servían como cajas de bombones cuando venían las polillas, ¿cómo matarlas sin matar los libros?

—¿Es tan difícil escribir? ¿Más difícil que vivir?

—Menos arduo pero más difícil.

—¿Más divertido? ¿Menos real? ¿Menos cierto?

—Hay que conformarse. Vamos a ver qué hacemos con los libros que quedan, porque ya la casa vuelve a llenarse de libros. No son perros, no basta decirles «fuera de aquí». Nunca se van ni se irán. ¿Acaso se acostumbraron?

Pero ahora existe la televisión. Nuestra casa se llenó de cassettes. ¡Es lo único que faltaba! Yo defiendo los libros hasta la muerte. Dejaré de ser chico, seré grande y llevaré bajo el brazo un libro. ¡Es tan decorativo! ¡Tan cómodo! Si alguien me pregunta ¿qué haces?, contesto: Estoy leyendo. ¿Tenés los ojos bajo el brazo? Idiota. 

 


Algo para aprender : Algunos elementos de la estética de Silvina Ocampo

Objetos comunes que cobran vida, narradores infantiles y atmósferas misteriosas: lo fantástico, este género donde lo sobrenatural irrumpe en lo cotidiano y lo transforma.
Veamos algunos de sus recursos:

1. Personificación

“Los libros volaban con rumores de alas y de nidos.”

  • Los libros se comportan como aves, adquiriendo vida propia. Lo inanimado que cobra vida es parte del fantástico.

2. Imágenes sensoriales

“Se oían ruidos misteriosos en la biblioteca.”

  • El sonido crea atmósfera de misterio. La imagen auditiva envuelve al lector.

3. Metáfora

“Los libros eran pájaros que escapaban de las manos.”

  • La metáfora sugiere libertad y conocimiento que se expande. La comparación explícita amplía el sentido del relato.

4. Contraste 

“Mi padre decía que era pecado jugar con los libros.”

  • Se opone la mirada adulta (represión) a la infantil (imaginación). Se produce un contraste que marca una tensión entre lo normativo y lo creativo.

5. Narrador infantil

  • La voz ingenua naturaliza lo imposible. Lo fantástico está legitimado por esa voz.



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CONSIGNA DE ESCRITURA

Elegí un objeto cotidiano y transformalo en protagonista de un relato como si tuviera vida propia. Podés usar imágenes sensoriales y metáforas, y también pensar cómo reaccionarían un adulto y un niño frente a ese objeto animado.

También podés usar el exceso como recurso, la acumulación (como en el caso de los libros).


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LOS TEXTOS DE USTEDES

Andrea

Por fin

Amo el comedor de mi abuela Muña. Allí hay muchos adornos y estatuas. Me crie con ellos. Los adornos son de biscuit. Pero no es el que se come, no son las galletas duras que mojo en el café con leche que me da la abuela. Es un material duro, blanco y opaco. Estos adornos están perfectamente distribuidos. Digo esto porque el espacio entre ellos es el ideal para poder observarlos en detalle, desde todos los ángulos. En un costado, al lado del ventanal enorme, el  rostro de una bella y joven mujer, mi abuela dice que lo compró porque se parece a mi mamá. Del otro costado del ventanal, ella, hermosa, delgada, con un vestido que marca toda su silueta, su cabello se desliza por su hombro izquierdo, porque ella mira a la mesa del comedor  girando tenuemente su cabeza hacia la derecha. Yo creo que está esperando a alguien, porque mira con deseo. Con ambos brazos sostiene cuidadosa y delicadamente un cántaro. Es tan alta como yo. Aún no descubrí para quien es el agua que recoge. Es tan tímida.

En la pared contraria al ventanal, sobre un bahiut marrón oscuro está el chiquillo. Él si me dio bastante trabajo. Está  llorando, porque tiene en el cuenco de sus manos, un pajarito muerto. Me costó mucho entender lo que decía. Entre suspiro y suspiro. Feliz me puse cuando me contó que no me preocupe, que el pajarito se muere de día, cuando todos lo ven y vive de noche. Eso si, él no lo deja volar fuera del comedor, no sea cosa que se le escape.

Lo que pasa es que yo puedo escuchar. Escuchar conversaciones que los grandes no escuchan. Creo que es porque no hacen silencio. Las conversaciones que escucho son en un tono muy bajito. Pero existen si se presta atención. Yo tengo tiempo y atención para hacerlo.

Por ejemplo me gusta escuchar a la parejita de jóvenes que está en la glorieta sobre la mesa grande del comedor. Una glorieta llena de enredaderas y flores hermosas, perfectas, tan detalladas que hasta creo que las puedo oler. En verdad de esto no estoy tan segura, pero es que son idénticas a las de verdad. La mujer de la pareja tiene un vestido largo, con miriñaque, y en la mano derecha un abanico. Está en un extremo de la glorieta, sobre un banco que supongo será imitación de hierro, con mucho trabajo artesanal. Está sentada y lo mira a él, que está en el otro extremo, parado, alto, elegante y con su mirada clavada en los ojos de ella. En verdad mucho no se hablan, pero los he escuchado confesarse su amor y el deseo de poder algún día estrecharse en un abrazo. Creo que tanto lo desearon que al final ocurrió. Por eso yo me puse feliz. Fui la única. Los grandes se enojaron y mi abuela lloraba. Pero yo estaba feliz porque se juntaron. Fue gracias a doña Agustina, la señora que hacia la limpieza. Un error de cálculo, una mano torpe y otra aletargada y la glorieta con sus jóvenes amantes, al ser limpiada, se estampó contra el piso. Mil y un pedazos fue el resultado de semejante impacto. Aún recuerdo el estruendo, las corridas, los gritos, el enojo, la tristeza y hasta diría la desesperación. Yo sin embargo, vi el rostro de los amantes, uno al lado del otro, y escuché muy bajito decir: POR FIN.

                                  

 














Lauris

Los armarios

 

En mi casa los armarios hablan, no todo el tiempo, pero hablan, no todos los escuchan, pero yo sí.

Son armarios viejos, los hizo el abuelo del abuelo de mi abuelo, eso me contó él y unos de los armarios, el más chiquito que está en el pasillo camino a mi habitación, escuchó la conversación y me lo confirmó.  Fue al primero que oí y realmente me sorprendió pero no me asusté, quizás porque era chico igual que yo.

Generalmente hablan por las noches, cuando todos duermen, hablan bajito pero yo los escucho igual, el murmullo de la madera me despierta y las bisagras cuando chillan en un silbido débil algunas veces, (aunque son las menos) y generalmente eso pasa cuando discuten sobre la fecha de alguna anécdota que recuerdan mientras conversan.

El aparador del comedor es el que más se olvida de algunas cosas cuando habla, y claro, es el más viejo, la biblioteca me dijo que él fue el primer mueble de la casa. Me encanta hablar con la biblioteca, es la más sabia y además la más graciosa.

Los armarios de la cocina son los más bochincheros y busca pleitos, yo les digo que no hace falta tirar nada, sino mamá se pone furiosa cuando aparece alguna taza sin asa o algún plato cachado. Me pregunta si fui yo, y yo, que no soy ningún soplón, solo respondo: no mami, yo no fui.

Pero el tema es que cada vez queda menos vajilla de loza y más recipientes del plástico. La alacena se enoja, dice que el plástico le hace mal, que los cacharros de antes eran mejores. También se enoja e insulta al microondas, a la pava eléctrica y cuanto electrodoméstico guardamos en su interior, mucha tecnología no es buena, dice siempre que los escucha, se perdió el calor de hogar que había antes, pero cuando habla de antes, es hace mucho tiempo, cuando yo no existía.

A veces por los vidrios del modular corren gotitas de agua y en casa, que les gusta opinar a todos, le echan la culpa al tiempo del clima, al tiempo de construcción que ya tiene la casa, y al tiempo que tienen los muebles, lo que pasa es que esta casa es muy pero muy vieja comentan mis abuelos cuando sale el tema en algunas reuniones.

Ellos, no saben que los armarios no solo hablan, sino que también lloran, que sienten dolor y extrañan.

Yo si lo sé, porque los escucho casi todas las noches hablar con nostalgia de otro tiempo que no conocí. El domingo en el almuerzo comentaron que van a renovar la casa. Comenzarán por la cocina, revestirán las paredes, cambiarán la ventana y colocarán muebles nuevos, así va a quedar mucho más linda luminosa y moderna. Todos están felices con la noticia, sobre todo mamá, pero yo no.

Desde ese día hay un aroma particular en la casa, los demás dicen que es la humedad, pero a mí me parece que es olor a madera triste, a madera que llora, porque en estas últimas noches solo se escucha en un silencio fúnebre, algún que otro lamento.

 

 


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LA MUSIQUITA DE HOY


Solo porque mientras diseño estas clases estoy escuchando música preciosa y porque hoy tenemos un cuento escrito por una mujer, les comparto una lista que armé y se llama  MUJERES


miércoles, 25 de marzo de 2026

8-Taller de haikus. Cuarto encuentro

 




Además de leer lo que escribieron la semana pasada, hoy vamos a escribir a partir de Haikus, el mazo de Tinkuy. 
Aquí les dejo una serie de propuestas para escribir en el taller. Podemos hacer muchas más.







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CONSIGNA DE ESCRITURA

Hoy no hay consigna. El encuentro próximo cambiamos de tema. Sí señora, sí señor, sí señore. Así que durante esta semana si lo desean pueden releer, corregir, recopilar sus haikus, leer los de sus compañeros otra vez, armar un fanzine (opaaaa, qué buena idea un fanzine de haikus, después les paso un par de recetas a quienes deseen hacerlo).


Lo que escribieron en el taller:

Laura 
 
CARTAS:
Invierno
De madrugada
Que pasatiempo realizas en esta estación?
Dormir   encender
 
 
 
De madrugada
enciendo la fogata
calor dormido
 
Durante el frío
meditación y dormir
de madrugada
 
Café caliente
leer hasta dormirme
de madrugada
 
De madrugada
la consiga del taller
contar sílabas
 
Antes de dormir
tomar un té de yuyos
de madrugada
 
Pensar por demás
sin conciliar el sueño
de madrugada
 
Antes de dormir
frío y chocolate
de madrugada
 
Soñar sin dormir
escribir hasta tarde
de madrugada


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LA MUSIQUITA DE HOY





Para cerrar el taller de haikus, les dejo otra lista muy linda de música japonesa. Solo tienen que hacer clic ACÁ









miércoles, 18 de marzo de 2026

7-Taller de haikus. Tercer encuentro

 Una pequeña cápsula cargada de poesía

Según el escritor mexicano Octavio Paz, el haiku es “un organismo poético muy complejo. Su misma brevedad obliga al poeta a significar mucho diciendo lo mínimo. Desde un punto de vista formal, el haikú se divide en dos partes. Uno da la condición general y la ubicación temporal y espacial del poema; la otra, relampagueante, debe contener un elemento activo. Una es descriptiva y casi enunciativa; la otra, inesperada. La percepción poética surge del choque entre ambas. La índole misma del haikú es favorable a un humor seco, nada sentimental. El haiku es una pequeña cápsula cargada de poesía capaz de hacer saltar la realidad aparente”.


Algunos haikus de Octavio Paz

El mundo cabe
en diecisiete sílabas:
tú en esta choza.

Hecho de aire
entre pinos y rocas
brota el poema.

Troncos y paja
por las rendijas entran
Budas e insectos.

Luna reloj de arena
la noche se vacía
la hora se ilumina.

La rama seca
un cuervo
Otoño-anochecer.

Sobre la arena
escritura de pájaros
memorias del viento.



Luego de su viaje a Japón, 
Jorge Luis Borges publicó en su libro La cifra17 poemas haiku que compuso en 1981.

 






Algo me han dicho
la tarde y la montaña.
Ya lo he perdido.

La vasta noche
no es ahora otra cosa
que una fragancia.

¿Es o no es
el sueño que olvidé
antes del alba?

Callan las cuerdas.
La música sabía
lo que yo siento.

Hoy no me alegran
los almendros del huerto.
Son tu recuerdo.

Oscuramente
libros, láminas, llaves
siguen mi suerte.

Desde aquel día
no he movido las piezas
en el tablero.

En el desierto
acontece la aurora.
Alguien lo sabe.

La ociosa espada
sueña con sus batallas.
Otro es mi sueño.

El hombre ha muerto.
La barba no lo sabe.
Crecen las uñas.

Esta es la mano
que alguna vez tocaba
tu cabellera.

Bajo el alero
el espejo no copia
más que la luna.

Bajo la luna
la sombra que se alarga
es una sola.

¿Es un imperio
esa luz que se apaga
o una luciérnaga?

La luna nueva.
Ella también la mira
desde otra puerta.

Lejos un trino.
El ruiseñor no sabe
que te consuela.

La vieja mano
sigue trazando versos
para el olvido.


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CONSIGNA DE ESCRITURA


Hemos leído dos poetas occidentales que escribieron sus formas japonesas. Ahora, teniendo en cuenta que somos occidentales, recordando también la escritura de los niños japoneses (que le escribían a todo lo que los rodeaba) vamos a intentar nuestros haikus del día a día. Ya no vamos a pensar en la naturaleza, sino en lo que nos rodea todo el tiempo, en casa, en la oficina, sobre la mesa, en el colectivo. Un peinado, un utensilio de cocina, un elemento de escritura, un balde, la lámpara. Lo que sea. Eso: un haiku de mi vida occidental. O unos cuantos... jejejeje.



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LOS TEXTOS DE USTEDES


Claudia S.
Licor espeso.
Vos tan sonámbula.
Fin de la fiesta.
 
Lentes oscuros
¿Será una muralla?
Veo un palacio.
 
Pizzeras viejas.
La harina se mezcla.
El agua cae.
 
Latas de atún.
Empanadas de humita.
Hoy no se cena.
 
Frágil flamea.
Blanca y celeste.
¡Es mi bandera!
 
El ascensor
retumba en la noche.
Brote de risas.
 
Un lavarropas.
La siesta descansa y
 ruedan las prendas.
 
Las reposeras
de caño y plástico.
Adiós, verano.
 
 
Kari
Miro las cartas
me dejan interpretar
nuestro destino
 
Los cuadernos se
llenan de palabras y
llantos sobre sus hojas
 
El chocolate
lo guarda para después
y se queda ahí
 
Se acumula
La ropa para lavar
en mí, las dudas
_____
 
El dragón vuela
ella lo mira
para amarlo
 
 
Mirna
Maldita compra
 precios lejanos 
Andar pesado.
 
Bellas mañanas 
tiempo sin tiempo son.
Son Mis mañanas.
 
 
Andrea
Polvo en muebles
limpieza con franela
otra vez polvo
 
Hojas y hojas
Árbol que se desnuda
Y el invierno?
 
Olor a café
a sopa de verduras
olor a hogar
 
Crecen y se van
sonidos que no están
dulce tristeza
 
Taza cascada
El blanco desteñido
Pero es la mía
 
Afuera llueve
tejido, radio, libros
adentro el sol
 
Ellas insisten
mis plantas su comida
la resignación
 
Perra guardiana
ladridos que se calman
con su juguete
 
Cambio de vida
noches en soledad
perra sobre mis pies
 
Encuentro fugaz
cruces, ida y vuelta
la aceptación
 
 
Lauris
La pava chifla
espera tranquilo el
mate con yuyos
 
Hornalla viva
calor de la comida
fósforo muerto
 
Gota de salsa
en los repasadores
como un ritual
 
Las migas del pan
esquivan la escoba
se atrincheran
 
 
Rayas paralelas
letra en manuscrito
canción de cuna
 
Bailan al compás
del viento las cortinas
están felices
 
Salpica los pies
una baldosa floja
medias mojadas
 
Puerta abierta
entra la sombra larga
sacudiéndose
 
Libro caído
una luz encendida
niño dormido
 
Ropa colgada
un cordel las retiene
para secarlas
 
Papas, batatas
el aroma a rico
mamá cocina
 
Patio soleado
dormitando los perros
otoño cerca
 
Olla humeante
borbotones de sopa
prontos a salir


Lali
La taza de té 
rueda al piso y ¡plaf!
su universo 
 
El almanaque
del escritorio me ve 
mientras sonríe
 
Mi perra ciega
se acomoda al sol
ella lo siente

Cae la noche
Emerge el cansancio
Quiero un café

Caigo al sillón
enciendo la lámpara
mi libro se duerme


Sabri
Un dia con sol
Me duele la cabeza 
Cierro los ojos 

Ayer no dormí 
Hoy me quedé sin café 
Marzo fin de mes 

Una alianza
Pulgones y hormigas 
Guerra perdida


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LA MUSIQUITA DE HOY



Ya sé que no es un haiku, pero escuchen qué linda canción escribió Víctor Heredia sobre su guitarra... es hermosa. Para escuchar, ya saben: clic ACÁ