jueves, 20 de agosto de 2026

25 ~ La falsa autobiografía

 

LA FALSA AUTOBIOGRAFÍA


Hasta ahora vimos cómo Molloy se escribe a retazos, cómo Arlt se inventa para reírse de sí mismo; sabemos que se escriben también poemas autobiográficos. Bueno, ahora vamos a hacer lo contrario: le vamos a robar la primera persona a otro y le vamos a inventar una vida que nunca tuvo, pero que le calce a la perfección.



 
Van a escribir la autobiografía de alguien que no son ustedes. En primera persona. Como si fueran esa persona recordando su vida.
 
►Condición 1: Tiene que ser alguien conocido. Real, histórico, de la tele, mitológico. Gardel, Evita, Borges, Messi, Cleopatra, el Correcaminos.
 
►Condición 2: Todo lo que cuente tiene que ser rigurosamente falso. Pero contado con la seriedad y la nostalgia de una autobiografía verdadera.
 
►Condición 3: Tiene que haber al menos un dato real infiltrado que funcione como señuelo.
 
 
Título: "Yo, [Nombre del personaje]"
 

Un ejemplo:  
Yo, Frida Kahlo, en realidad nunca quise pintar. Mi sueño era ser contadora pública. Lo de las cejas fue porque se me rompió la pinza en 1923 y decidí dejarlo así por practicidad.


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LA MUSIQUITA DE HOY
 



En la lista de ejemplos puse a Cleopatra y... sí, aparecieron en mi memora los Twist y "cuál es tu tumba, tu tumba..." Supongo que se tratará de una fasa autobiografía, no me la imagino bailando twist... 
Así que aquí está, Cleopatra, la reina del twist
 

jueves, 13 de agosto de 2026

24 ~ Autobiografías: Roberto Arlt







Seguimos leyendo autobiografías y nos vamos a otra época y a otro estilo. Con ustedes, Roberto Arlt. Fue novelista, dramaturgo, cuentista, periodista e inventor argentino.
Algunas de sus obras: El juguete rabioso, Los siete locos, Los lanzallamas, El amor brujo (novelas); teatro, entre otras, La isla desierta; muy conocido por sus aguafuertes, que se publicaban semanalmente en el diario El Mundo y fueron editadas en libros: Aguafuertes porteñas, Aguafuertes cariocas, Aguafuertes patagónicas, etc.



Autobiografías humorísticas de Roberto Arlt

Originariamente en: Don Goyo, n.º 63 (14/12/1926).

 

Me llamo Roberto Godofredo Christophersen Arlt, y he nacido en la noche del 26 de abril de 1900, bajo la conjunción de los planetas Mercurio y Saturno. Esto de haber nacido bajo dicha conjunción es una tremenda suerte, según me dice mi astrólogo, porque ganaré mucho dinero. Mas yo creo que mi astrólogo es un solemne badulaque, dado que hasta la fecha no tan sólo no he ganado nada, sino que me he perdido la bonita suma de diez mil pesos.

Además, por la influencia de Saturno aquí habla mi astrólogo tengo que ser melancólico y huraño, y no sé cómo hacer para estar de acuerdo con dicho señor y mi planeta, ya que colaboro en una revista que es humorística y no melancólica.

Ahora bien: Como el señor Director de Don Goyo me ha asegurado que hasta que Kublatrán y la Nigricia recibe cartas pidiéndole detalles de mi maravillosa existencia, no tengo inconveniente en complacer a tantas lectoras lejanas.

He sido un enfant terrible.

A los nueve años me habían expulsado de tres escuelas, y ya tenía en mi haber estupendas aventuras que no ocultaré. Estas cuatro aventuras pintan mi personalidad política, criminal, donjuanesca y poética de los nueve años, de los preciosos nueve años que no volverán.


Yo y Ferrer

Aunque parezca mentira, ya tenía un concepto profundo de lo que era política internacional y derecho privado y social.

En esa época fue cuando en Montjuich (España) fusilaron a Ferrer, el fundador de la Escuela Moderna. Este hecho, comentado por mis padres, me indignó de tal forma que, fabricando con papel barrilete una bandera española, resolví vengarlo a Ferrer. Al efecto, colocándole un asta a la bandera, seguido de todos los vagos del barrio, me coloqué frente al almacén de un asturiano bruto, y en medio de la gritería de los muchachos incendié el símbolo español. Luego, de una pedrada, le rompí al comerciante un vidrio del escaparate, y huí contento, seguro de que Ferrer, desde el cielo, aplaudía mi desagravio


Jefe de la Mano Negra
En aquellos días se hablaba mucho de los procedimientos de la Mano Negra para extorsionar a los que amenazaba. El asunto me interesó de tal forma que resolví hacer la prueba, y escogiendo como víctima a una señora vecina que sufría terribles ataques de epilepsia, le escribí una carta en la cual la informaba que si no ponía mil pesos en un árbol de su jardín, una noche de esas la degollarían. Al final de la esquela había impreso con betún una descomunal mano negra, y eso ya no parecía una carta, sino el mensaje de un carbonero con oficial residencia en el infierno.

Cuando la pobre señora leyó el brulote, fue tal el susto que recibió, que le sobrevino un ataque del que casi se muere. Su esposo, que averiguó que yo era el autor del desaguisado, me hizo dar por mi padre una formidable paliza, y desde aquel día las comadres del barrio murmuraron que yo moriría en la cárcel porque tenía madera de futuro ladrón.


Mi primer amor
Era pecosa y bizca, pero yo la creía más hermosa que la luna, y por eso le escribí esta carta:

Señorita: Escapémonos al mar. Vestido de terciopelo negro la voy a llevar a mi barco pirata. Juro por el cadáver de mi padre ahorcado que la amo. Suyo hasta la muerte: Roberto Godofredo, caballero de Ventimiglia, señor de Rocabruna, capitán del ballenero «El Taciturno».

Todos estos nombres los había tomado de una novela de Salgari. Pues, ¿creerán ustedes?, la madre de esta pelandusquita, habiendo secuestrado la carta, casi me hace procesar por corruptor de menores.


Mi personalidad literaria
Yo soy el primer escritor argentino que a los ocho años de edad ha vendido los cuentos que escribió.

En aquella época visitaba la librería de los hermanos Pellerano. Allí conocí, entre otros, a don Joaquín Costa, distinguido vecino de Flores. El señor Costa, que conocía mis aficiones estrambóticas, me dijo cierto día:

Si traes un cuento te lo pago.

Al siguiente domingo fui a verlo a don Joaquín, ¡y con un cuento!

Recuerdo que en una parte de dicho esperpento, un protagonista, el alcalde de Berlín, le decía a un ladrón que, escondido debajo de un ropero, no podía moverse:

–¡Infame, levanta los brazos al aire o te fusilo!

A don Joaquín lo impresionó de tal forma mi cuento que, emocionado, me lo arrebató de las manos, y prometiéndome leerlo después me regaló cinco pesos.

Y ese fue el primer dinero que gané con la literatura.

Lo que he hecho después de los diez años de edad ocuparía, sin exagerar, diez volúmenes. Y mejor es terminar aquí.



Autobiografía

Originariamente en: Crítica (28/12/1926).

Me llamo Roberto Christophersen Arlt, y nací en una noche del año 1900, bajo la conjunción de los planetas Saturno y Mercurio. Me he hecho solo. Mis valores intelectuales son relativos, porque no tuve tiempo para formarme. Tuve siempre que trabajar y en consecuencia soy un improvisado o advenedizo de la literatura. Esta improvisación es la que hace tan interesante la figura de todos los ambiciosos que de una forma u otra tienen la necesidad instintiva de afirmar su yo.

Creo que la vida es hermosa. Solo hay que afrontarla con sinceridad, desentendiéndose en absoluto de todo lo que no nos hace mejores, pero no por amor a la virtud, sino por egoísmo, por orgullo y porque los mejores son los que mejores cosas dan.

Actualmente trabajo una novela que se titulará Los siete locos, un índice psicológico de caracteres fuertes, crueles y torcidos por el desequilibrio del siglo.

Mis ideas políticas son sencillas. Creo que los hombres necesitan tiranos. Lo lamentable es que no existan tiranos geniales. Quizá se deba a que para ser tirano hay que ser político y para ser político, un solemne burro o un estupendo cínico.

En literatura leo solo a Flaubert y a Dostoyevski, y socialmente me interesa más el trato de los canallas y los charlatanes que el de las personas decentes.



Autobiografía

Originariamente en: José Guillermo Miranda Klix (comp.), Cuentistas argentinos (1921-1928), Buenos Aires, Claridad, 1929.

 

He nacido el 7 de abril del año 1900.

He cursado las escuelas primarias hasta el tercer grado. Luego me echaron por inútil.

Fui alumno de la Escuela de Mecánicos de la Armada. Me echaron por inútil.

De los 15 a los 20 años practiqué todos los oficios. Me echaron por inútil de todas partes.

A los 22 años escribí El juguete rabioso, novela. Durante cuatro años fue rechazada por todas las editoriales. Luego encontré un editor inexperto.

Actualmente tengo casi terminada la novela Los siete locos. Me sobran editores.

Lecturas actuales: Quevedo, Dickens, Dostoyevski y Proust.

Curiosidades cínicas: Me interesan entre las mujeres deshonestas, las vírgenes, y entre el gremio de los canallas, los charlatanes, los hipócritas y los hombres honrados.

Certidumbres dolorosas: Creo que jamás será superado el feroz servilismo y la inexorable crueldad de los hombres de este siglo.

Creo que a nosotros nos ha tocado la horrible misión de asistir al crepúsculo de la piedad, y que no nos queda otro remedio que escribir deshechos de pena, para no salir a la calle a tirar bombas o a instalar prostíbulos. Pero la gente nos agradecería más esto último. El hombre en general me da asco, y tengo como única virtud el no creer en mi posible valor literario sino cinco minutos por día.




Autobiografía

Originariamente en: 
Mundo Argentino (26/8/1931).

 

Filiación: Edad, 31 años, estatura 1,73 m. Cabello castaño. Ojos negros. Sabe leer y escribir. Signos particulares: algunas faltas de ortografía.

Obra realizada: 3 novelas, 20 volúmenes de impresiones porteñas en el diario El Mundo. Premio Municipal.

Instrucción: Tercer grado de las escuelas primarias.

Oficios: varios.

Filiación psíquica: Humor cambiante.

Necesidades: reducidísimas.

Ideales: ninguno.

Convicciones: ninguna.

Cosas que le interesan: los hombres cuando tienen historia, las mujeres cuando se dejan leer, los libros cuando están bien escritos.

Defectos: Vanidoso como todos los autores. Susceptible, desconfiado, a veces injusto. Egoísta.

Virtudes: Sinceridad absoluta. Fe en sí mismo. Aceptación tranquila de todo fracaso y desilusión. Voluntad desarrollada.

Posibilidades: Si trabaja con asiduidad y no se deja marear por el éxito fácil, será un escritor de alcances sociales estimables.

Juicios externos: Según algunos, un cínico, para otros un amargado: y para mí mismo, un individuo en camino a la serenidad interior definitiva.


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CONSIGNA DE ESCRITURA

Vas a escribir humorísticamente una parte de tu autobiografía, usando alguno de los estilos que leímos en Arlt.


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LOS TEXTOS DE USTEDES



Andrea
Mi universo

Fui una niña muy soñadora. Recuerdo tener mi mundo propio. Creo que comenzó gracias al limonero que teníamos en mi casa. Fue un maravilloso descubrimiento. Al mudarnos del departamento a la casa, el jardín era mi refugio. Y en las ramas del limonero construía mis historias. Me trepaba hasta la  rama más alta en la que me podía recostar. Aprendí a no tenerle miedo a las alturas y así poder observar todo desde otro lugar. Me fascinaba ver el trabajo laborioso de las hormigas. Para mi eran muy felices, iban juntas en fila. Recuerdo como las seguía desde el árbol hasta su cueva. Me preguntaba si eran una sola familia o varias familias amigas. Tan alegres las sentía que me imaginé que no verían noticieros por la televisión. Eran tan aburridos, pero en casa la hora de las noticias se respetaba. Eso no me gustaba para nada, por eso intuí que el papá hormiga no obligaba a su familia a ver esos programas.
Cuando fui un poco más grande mi universo se amplió en la plaza Plate. Era un verdadero mundo, además de las hamacas, toboganes y sube y baja había un sector que exploré totalmente. Empezaba con una escalera que no era fija, cada escalón estaba enganchado por dos cadenas una a cada lado, o sea que al subir se movía. Fue desafiante, porque el aprendizaje en el limonero era estático. Descubrí que me fascinaba ese vaivén, el cual tuve que dominar para pasar a los caños de al lado que formaban una “hache”. Pasaba primero una pierna y luego la otra para quedar sentada en el caño paralelo al piso. Ahí sujetada por las rodillas dejaba caer mi tronco y mis pelos largos, junto con mis brazos extendidos tocaban la arena. Luego me incorporaba con mis brazos y dejaba caer el tronco, como parada y daba una vuelta hacia adelante y otra hacia atrás. Increíble como la articulación del hombro rotaba. Me volvía a sentar en el caño y me desplazaba hacia el trapecio. Me hamacaba y cuando lograba una velocidad media me dejaba deslizar y vuelta la cabeza hacia el suelo y me sujetaba por las rodilla, pero ahora iba y venía. Cuanta libertad, y que maravilloso ver el mundo patas para arriba. Me volvía a incorporar y me pasaba a las argollas. Una para cada pierna y vuelta a hamacarme sentada y otra vez boca abajo. Era más difícil que con el trapecio, porque si las piernas no iban igual y se separaban, no era muy cómodo. Luego bajaba y daba por terminada mi rutina de …TRAPECISTA. Recuerdo que a veces la gente me miraba y al terminar me aplaudían. ¿Qué vas a ser cuando seas grande? Trapecista, contestaba sin lugar a dudas.
Pero no solo era el circo mi universo. En el comedor de mi casa había, hay, aún hoy un tocadiscos Ranser estéreo. Mi mamá compraba laos discos de Alta tensión y Música en libertad. Y yo imitando a las chicas del programa de televisión bailaba y bailaba, un disco, otro, hasta que me llamaban para cenar. Esas chicas de la tele con mini shorts y botas me fascinaban. Yo, con mis siete años recién cumplidos pedí de regalo esa ropa. Mi padre se río a carcajadas y solo dijo “estás loca, vos sos una nena”. ¡Que bronca! Pero duró poco esa rabia porque para el acto de fin de año, la señorita llama a mi madre para decirle que segundo grado iba a bailar el RACATACATACA de Donald, coreografía que me sabía a la perfección. Por lo tanto yo estaba en primera fila y tenía que llevar un mini short rojo y botas blancas hasta las rodillas. Y así fuimos a comprar la ropa, a la que le agregué una vincha blanca y un cinturón blanco con argollas doradas y flecos, ante la mirada vencida de mi padre. Y lo mejor fue que no se hizo el acto en el patio del colegio. La escuela secundaria que estaba al lado nos prestó su salón de actos. Así que actuamos en el escenario con luces y todo. Jamás me olvidaré de ese día, mi compañero de baile era el chico más lindo, que ni me miraba, pero si me dijo “Que bien que bailas”. Nuestra pareja era la primera y luego las otras se abrían en V hacia atrás. Sentí que brillamos, la gente aplaudió de pie, a estos niñitos que parecían adolescentes. Hasta mi papá me felicito y lo mejor que yo ya tenía la ropa para usarla cuando quisiera.  
 

Claudia S.

Me llamo Claudia Graciela Sánchez, pero me dicen la Sandoval, será porque ambos apellidos son artísticos. El primero de modelo publicitaria y el otro de actriz de televisión. Participé a los diez años en un programa de entretenimiento desfilando con vestidos antiguos. Luego, en el secundario lo hice en una sociedad de fomento.
El paso por la fama fue breve. Había que seguir estudiando y al mismo tiempo trabajar. Mi primer trabajo fue como vendedora de zapatos, una Pepa Argenta de esos años. Duré lo que duró el comercio ya que tuvo que cerrar en menos de tres años.
En los horarios libres estudiaba Inglés de manera individual o grupal. De adulta, descubrí la literatura y empecé a escribir textos en español.
Me gustan los programas de concursos, especialmente los españoles. Pero, si tuviera que participar me costaría más caro el pasaje a España, que el dinero que ganaría.
Tengo como red social solo Facebook y mi grupo familiar ni siquiera eso.
No miro noticieros y si tengo que sentarme en un café o restaurante me aseguro de no tener que soportarlos.
Soy bastante antisocial. No puede faltar en mi cartera un libro, los auriculares y el celular cuando viajo en colectivo. La lectura funciona como placer e impedimento de cualquier intento de alguien en mantener una conversación. La música como recurso aislante de comentarios nocivos. Los textos de Schweblin y Enriquez son mis favoritos y los uso como separadores del mundo real. Aunque debo reconocer que entre sus ficciones y el presente, la diferencia es escasa.
 

Adri
¿Contradictoria yo?
 
¿Qué puedo decir de mí misma que no caiga en lugar común, que no suene pedante, cursi, o demasiado indulgente?
Soy amiga de la contradicción, aunque a veces la odio.  También siento que soy equilibrada, o que tengo habilidad para hacer equilibrio entre el pesimismo que me grita en la cara que este mundo es una mierda y un optimismo que me permite tener cierta fe en la vida.
Soy fácil, soy tan fácil que me complico la vida, tengo la manía de ser complaciente, lo que termina haciendo para mi cualquier cosa menos placentero el momento en el que me la paso complaciendo.
Soy paciente, hay quien dice que tengo una paciencia china. Pero todo tiene un límite, la cagada es que lo entiendo tarde, entonces vuela todo por el aire y me convierto en el monstruo de tres cabezas, el temible Cancerbero. Ahí es cuando dicen que tengo la mecha corta.
Soy introvertida, mi mundo interior es infinitamente divertido, lleno de reflexiones y pensamientos profundos, tan profundos que se convierten en sarcásticos en un santiamén. Lo que más me divierte es la gente que habla y habla mientras yo parezco escuchar con atención, pero lo que estoy pensando va por vías que, si mis pensamientos se oyeran en voz alta, terminarían ofendidas.
Cuando era chica tenía una timidez que dolía, hasta que de joven encontré el teatro y la actuación me cambió la vida. ahora estoy bastante vieja y cada vez más desfachatada, me rio de mí misma con facilidad, si me cuesta decidirme a veces utilizo una frase que no sé dónde escuche, pero la hice mía: si a mí me gusta y al otro no le duele, ¡vamos con el bambi!
 

 Claudia V.
¿AUTOBIOGRAFÍA?
 
Me llamo Claudia Cecilia. Cecilia por mi madre, Claudia por acuerdos paternos. ¡Gracias a Dios! Porque la otra opción era PAMELA que suena más a nombre de guerra
Bueno… quizás no hubiera sido tan terrible guerrear un poco. A mis casi 70 puedo decirlo. ¿Estaré a tiempo?
Nací un día domingo, día descanso, aunque no dejé de descansar a nadie y menos a mi madre.
A los nacidos en domingo, deberían darle descanso extra en la semana, teniendo en cuenta el trabajo que tuvieron ese día. Preferentemente, que sea el día lunes, así no existe y lo podemos borrar del almanaque. No hay nada más deprimente que un día lunes.
(¡Menos mal que no me llamaron Dominga!)
La fecha: un 29. Día de los ñoquis. La verdad que de eso también tardé en darme en cuenta. ¡Qué bien hubiera pasado la vida descansando!... y… al mismo tiempo… cobrando. Pero no, ¡no me avivé y trabajé! Hay cosas que se mantienen ocultas para no avivar giles. Y yo fui una gila, creí que los ñoquis sólo se amasaban
El planeta que me rige según el zodíaco es Venus. ¡¡Epa!! ¡¡Venus! Como la diosa del amor y la belleza.
 ¿Vos decís?
 Además, me representa una balanza. ¿Enserio que soy equilibrada?
En el horóscopo chino, soy GALLO; pero no cualquier gallo, ¡¡GALLO DE FUEGO!! No sólo te picotea, sino que también te quema. ¡Mmmmm! Será por eso que soy una poco cocorita, aunque creo que más que gallo soy apenas una bataraza.
Y como si todo esto fuera poco, tengo veleidades de artista. Me gusta bailar y me siento Norma Viola en el Teatro Colón, donde ella nunca bailó y después de varias vueltas me doy cuenta que el Chúcaro me dejó sola con mi ilusión.
También quiero escribir y me imagino con el sombrerito de Alfonsina y los lentes de Victoria, pero las musas no se sientan a tomar el té.
Soy lo que parezco y no parezco lo que soy.
 
 
Martín
El origen de lo que soy
 
Soy porteño por nacimiento. Bien porteño. Aunque no soy canchero y mucho menos tengo el acento de Gardel o uso un lunfardo promiscuo, tampoco ando acelerado por ahí, soy más bien tranquilo.
También soy tano, por herencia materna, recontra tano. Me gusta la pasta amasada en casa y la salsa fileto. Pero no creo que sea tan tano: cuando hablo lo hago en un tono bajo y de temperamental tengo poco o nada. 
Me siento gaucho, re gaucho, super gaucho. Gaucho de cimarrón y de la tierra.
Pero no tan gaucho: los caballos y las vacas no me gustan. Mi habilidad nula para la guitarra y las payadas me delatan.
Parte de mí se autoproclama aborigen, es la parte que no se ve, está en mi sangre. El origen incierto de una parte de mi familia está en el noroeste y las facciones de mi abuelo me dan la razón. Igualmente dudo que algo me haya llegado, mis alergias no me dejarían sobrevivir en la naturaleza.



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LA MUSIQUITA DE HOY


Un Serrat cada día no hace mal y da alegría. Hoy: De vez en cuando la vida

jueves, 6 de agosto de 2026

23 ~ Narrarse a sí mismo

Hoy vamos a leer a Silvia Molloy, pero antes...

Un pedacito de un texto de Juan Carlos Gorlier: ¿UN GÉNERO ENTRE OTROS? 

Narración, autobiografía, testimonio.

 

"La autobiografía puede abordarse como un género literario con características propias que la distinguen de la biografía y la historia, dos géneros cercanos a ella. (...) En la biografía el narrador relata la vida de otro; en la historia la atención está dirigida a las acciones y los eventos externos. La autobiografía se destaca por la identidad entre autor, narrador y personaje principal, y por el énfasis en la introspección. El género autobiográfico se forja diferenciándose de sus géneros próximos. Pero esa proximidad los expone a contaminaciones recíprocas, que les impiden cerrarse sobre sí mismos. Hay algo autobiográfico en toda biografía: sin eso ¿qué movería a indagar la vida de otro, a escribir ciertas cosas, y no otras, sobre ella? En toda autobiografía hay algo biográfico: ¿cómo escribir algo sobre una misma, cómo convencerse de que eso tiene sentido, si no es escribiéndolo como si se estuviera escribiendo la vida de otra? Inevitablemente, las confidencias más íntimas, escritas como en voz baja y con extrema dificultad, tienen rasgos estereotípicos, son citas de confidencias que ya hizo alguna otra.

(...) Por sus contornos, difíciles de precisar, tal vez sea preferible concebir al género autobiográfico como un campo gravitacional que tiene al “pacto” como centro magnético.  El pacto se establece entre el autor y el lector.  El autor declara que el yo que experimenta, el yo que narra y el yo que escribe son el mismo yo.  El lector acepta esa declaración.  Ni uno ni otro sabe con quién pacta.  El autor no sabe quién va a leer su autobiografía.  El lector sólo tiene ante sí un texto.  Hay autobiografías firmadas de puño y letra; lejos de hacer al signatario presente, la firma refuerza su ausencia (Derrida, 1998)."

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Vamos a leer juntos dos textos del libro Varia imaginación, de Silvia Molloy. Podemos pensar en autobiografía, relato de viajes, memorias, partecitas que forman la llamada Literatura del yo

Los relatos se agrupan en cuatro partes: Familia, Viaje, Citas y Disrupción, narradas en primera persona. Elegí dos para ustedes: "Casa tomada" (del capítulo Familia) y "Gestos" (de la sección Citas). 

 















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CONSIGNA DE ESCRITURA

 

Vamos a elegir uno de estos disparadores para escribir un texto autobiográfico.

Las versiones de los recuerdos: "Acaso los dos tengamos razón" (de “Casa tomada”).

El gesto repetido: Puedo verlo como una burla a mis intentos de imponer distancia con respecto a mi madre o como un oscuro homenaje (de Gestos). 

 

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LOS TEXTOS DE USTEDES

 

Andrea

Igualmente diferentes

Las frases familiares, repetidas mil veces, se convierten en verdades, por lo menos para la comprensión de una niña. “Vos sos de papá y tu hermana es mía”. Tengo también ciertos recuerdos, seguramente mezclados con mis propios pensamientos, donde subyace la idea de los celos de mi madre, ante una hija mujer que “enamora” a su padre, con la consecuencia de un cierto rechazo mínimo por parte de ella. Cuando fui una adolescente constaté la realidad de ser más afín a mi padre. Creo que era porque no quería caer en las redes melancólicas de mamá. Papá era alegre, definitivamente un hombre positivo y compartíamos el gusto por las matemáticas. Recuerdo que en esa época observaba a mi madre y me repetía, para no olvidarme, con total desfachatez, que cosas yo no iba a repetir para no parecerme a ella. En primer lugar nunca iba a ser ama de casa las 24hs. Iba a estudiar, en la universidad y bien lejos de casa. Echando así por tierra el consejo de ella de hacer el magisterio en el mismo colegio en donde estaba cursando el secundario. En segundo lugar iba a aprender a manejar, porque no soportaba la dependencia de mi madre y mucho menos soportaba la docilidad de mi padre antes los pedidos de ella. Y por último me juraba a mí misma que cuando dejara la casa paterna, dejaba también el Asmopul y el Ledercot, los remedios para el asma.

Y así lo hice. A los 18 pedí de regalo el curso de manejo. Me recibí de Licenciada en Sistemas, en la Universidad CAECE, que está en la capital, bastante lejos de mi amada Ciudad Jardín y partí rumbo al departamento que compramos con mi marido sin ningún botiquín.

La ilusión de no parecerme en nada a ella duró lo que una pompa de jabón. Al poco tiempo de casada me sorprendí a mí misma cargando la frustración que me causaba no saber lo que “debe” saber un ama de casa. La estúpida creencia de querer hacerlo todo, empezó a minarme. A tal punto, que por mi grado de exigencia, sentía que no era útil ni en la casa, ni en el trabajo. Es más empecé a darme cuenta que la carrera elegida no me daba ni un ápice de satisfacción. Curioso fue el día que renuncie a mi trabajo para empezar a dar clases…clases, termine enseñando, primero en empresas, luego en primarios, en un secundario y varios alumnos particulares.

Y la diferencia más igual sucedió cuando después de hablar con el médico y saber que mi madre tenía una metástasis con pronóstico de unos meses de sobrevivencia, fui a la casa de mi amiga y me senté en su sillón de plumas, abatida por la noticia y terminé con máscara de oxígeno en la guardia del hospital. Ante la pregunta del médico si ya me había pasado un episodio parecido, recordé que con toda intencionalidad había abandonado la medicación de emergencia que siempre viajaba conmigo.

Creo que esa rebeldía por diferenciarme era porque quería ser tanto de papá, como de mamá. Hoy, ya siendo una adulta mayor disfruto cada vez que me emociono ante algún estimulo que me recuerda que soy también de ella: al maquillarme, escuchar una gaita, la música de Zorba el Griego y cada vez que entro en un teatro.

 

 

Sabri

Odio correspondido

En el momento más duro del final de nuestra infancia encontramos a un perro. Yo digo siempre que ese verano significó el fin de mi niñez. Un poco por mi edad pues ya tenía 10 para 11 y otro poco por otras cosas. Pero mi hermana ya estaba en plena adolescencia a pesar de que yo insisto en mis recuerdos en que teníamos la misma edad. Fue a finales del año 93, verano del 94. Coincidió que en esos días había venido al país Paul McCartney y a mi madre le habían gustado los Beatles en su adolescencia. Por eso el perro se llamó Paul. Ese verano fue de mucho impacto y de cambios forzados para la familia: la muerte de mi abuelo materno (el paterno había muerto un año antes), peleas parentales seguidas de separación por las mentiras de mi padre reveladas, un embarazo no deseado de mi madre y mi desplazo del trono de hija menor. El perro vino en ese panorama a distraernos un poco a mi hermana, a mi madre y a mí. Ese cachorrito encontrado en la calle, indefenso, nos acompañaba en noches cálidas a la plaza o a tomar un helado a unas cuadras del complejo de edificios en el que vivíamos. Lo usábamos un poco como una excusa para salir del departamento a caminar, para no pensar en que por primera vez estábamos solas las tres y que había una cuarta en camino. Pero el enamoramiento por el perro duró poco, por lo menos para mí.

Paul era un perro con los colores de un ovejero alemán pero con el tamaño de un cocker. El perro había venido a parar a un ambiente sumamente violento. Las idas y vueltas de mis padres y sus peleas nos crispaban los nervios a todos, pero no por partes iguales. Mi hermana mayor estaba noviando y a la primera discusión se iba a la casa de su novio. Mis hermanos pequeños eran dos bebés ya no era una sola, al año y medio vino otro más y no entendían mucho de lo que pasaba. Pero el perro y yo éramos los únicos que no nos podíamos escapar de ahí. Aunque él sí lo intentaba: siempre que abríamos la puerta para entrar o salir, él se nos escapaba y bajaba los dos pisos por las escaleras a una velocidad increíble. Desde cachorro, Paul se fue convirtiendo en un perro malo, de carácter inestable y agresivo. No tenía la culpa, es que se estaba criando en una casa que nada tenía de hogar y de la peor manera que se puede criar a un perro.

Era dueño y señor de todos los muebles que tuviera a su alcance, incluso dormía arriba de la mesa de la cocina. Cuando llegábamos de algún lugar, al pasar la llave por la cerradura, escuchábamos como Paul se tiraba de la mesa recordándonos que no habíamos dado vuelta las sillas. Tenía una fijación con los zapatos de mi madre, esos que usaba para ir a trabajar y de los que no tenía sustitutos. Se los llevaba como rehenes debajo del mueble de la mesada y solo se los podíamos sacar con un secador de piso entre mordidas rabiosas y ladridos amenazantes. Cuando nos sentábamos a comer, no podíamos estirar los pies bajo la mesa porque si estaba él nos intentaba morder. Nunca nos mordió del todo, pero sí me ha dejado los dientes marcados por uno que otro amague de tarascón. Esa bola de pelos convertida en bomba de tiempo emocional creo que nos odiaba. Y yo un poco a él también. Paul era impresentable. Cuando venían mis amigas a casa, él las recibía mostrándoles los dientes y las encías y gruñendo como perro rabioso. Cuando venían visitas hacía un escándalo de alegría pero no se dejaba acariciar por nadie; gruñía ante el menor gesto de caricia.

En el fondo yo creo que todos le teníamos miedo, menos mi hermana mayor. Ella lo amaba, hasta dormía con él. Fue la única que lloró la vez que Paul desapareció por tres días, y la única que lo salió a buscar. Nunca entendí el amor que le tenía mi hermana al perro. ¿Por qué lo quería tanto si era un perro arisco y agresivo, o qué le veía de tierno si ni se dejaba tocar, o cómo lograba abrazarlo y meterlo en su cama sin que la mordiera...?  Yo quería quererlo a Paul. Quería tener una mascota normal. Por eso me encargaba de llevarlo a que lo bañaran y le cortaran el pelo y lo sacaba a pasear a la noche al volver de la escuela nocturna. Pero no hubo caso. Nunca nos quisimos. O no del modo tradicional.

Paul vivió casi 10 años. Nos habíamos mudado de barrio y la casa estaba sobre una calle por la que pasaba mucho tráfico a metros de nuestra puerta. Ese bullicio no nos era muy familiar y al perro tampoco. Mi hermana mayor, la legítima madre de Paul, ya se había ido de casa hacía rato y yo estaba en eso. Ella no se lo había llevado porque su entonces marido era el que más odio sentía por el perro y le dio a elegir; ella eligió al marido, elección de la que se arrepiente hasta hoy. Una tarde volví de trabajar y vi a mis hermanos que lloraban mientras merendaban y hacían la tarea. Pensé que habían presenciado otra pelea violenta de tantas de mis padres. Pero no. El llanto se debía a que el perro se les había escapado mientras ellos entraban a la casa volviendo de la escuela. Salió a lo loco, como siempre hacía. Corriendo, sin mirar hacia dónde. La falta de costumbre de tener la puerta cerca de la calle hizo que cruzara sin ver ni oír el colectivo 117 que lo golpeó. Mi madre y mis hermanos lo llevaron adentro de la casa, pues todavía respiraba aunque no podía moverse. Al contarme eso fui a verlo al lavadero. Lo habían recostado en su camita. Estaba descaderado y en su mirada vi el dolor. Quería que se muriera. Mis hermanos esperaban que se recuperara, se ve que lo querían a pesar de haber sido el responsable de innumerables juguetes rotos. En realidad no sé si lo querían o si tenían miedo de que nuestra hermana se enojara con ellos por haber sido los responsables del accidente de su perro amado. Esa noche, mi padre al volver del trabajo dijo que se iba a encargar. A mi hermana, después de contarle lo sucedido, le dijimos una mentira que luego de muchos años descubriría: que a Paul lo habíamos dormido, que había muerto dignamente. Pero la verdad fue que mi padre completó lo que el 117 había comenzado: con sus propias manos le dio fin a la vida de Paul. Pobre perro. El día que pudo huir y ser libre fue el día que lo sorprendió la muerte.

Mis tres hermanos lloraron al perro y lo extrañaron hasta mucho tiempo después. Y yo... pronto me sentí extrañamente aliviada. Por fin pude estirar los pies bajo de la mesa sin miedo a ser mordida.

 

Adri

Chancletas

No suelo arrastrar los pies, siempre sentí rechazo al chancleteo, esa forma de caminar haciendo sonar las chancletas en los talones, seguida de un sonido de arrastre que parece alargar los pasos, o entristecerlos. Tengo tan grabado el recuerdo de ese ritmo pachorriento, faltó de carácter, despojado de entusiasmo, que siempre me esfuerzo por caminar levantando bien los pies, evitando arrastrarlos en lo más mínimo.

Me viene a la memoria la sucesión de días en los que me despertaba y para saber si mamá se había levantado trataba de escuchar sus pasos arrastrando las chancletas. Creo que esos pasos, más sus rezongos y sus silencios que hacían tanto ruido, lograron que odiara profundamente esa cadencia pesimista, que yo entendía cómo falta de ganas de vivir.

Con los años, estando cada vez más enferma, que se levantara para comer, y arrastrara sus chancletas delatoras hasta la cocina, me daba una sensación de cierta alegría, por lo menos se levantaba.

Hace poco vino mi nieta a casa y se quedó a dormir, se puso el pijama y las pantuflas para nuestra pijamada, y mientras cocinaba una pizza para las dos escuché desde la cocina que venía chancleteando por el pasillo, tan contenta. Se me mezclaron los sentimientos, no sabía si estaba nostálgica o emocionada. Le pregunté a la nena, “Hele, ¿por qué arrastras las pantuflas?” “Porque me quedan grandes abuela, pero mamá dijo que así me duran más”. Me reí a carcajadas y aunque no entendió por qué, ella se rio conmigo. Entonces pienso que tal vez entendí todo mal durante tanto tiempo, que mamá solo arrastraba las chancletas porque las compraba grandes.

 

 

Martín

Historia de dos ronquidos

No hay luz en la habitación. Apenas se escucha el ruido lejano de algún auto apresurado por llegar. Se siente la mínima brisa del ventilador de techo. La almohada le hace un pequeño lugar a mi cabeza ya cansada. La respiración acompasada hace el resto.

Siento un latido en los pies luego de haber caminado tanto, ahora inmóviles. Igual mis manos, que, doloridas, agradecen el descanso. Tomo conciencia del resto del cuerpo, lo acomodo mínimamente para no molestarlo. Cierro los ojos en el preciso momento en que exhalo largamente. Me desinflo totalmente.

Dejo ir mi día.

 Pasa un tiempo que no puedo medir, escucho una inspiración profunda, después un leve ronquido.

Duerme.

Ese mínimo ruido me da tranquilidad. Sé que recién ahora logra descansar. Su día fue terrible. Tal vez fue como el mío, tal vez peor. Pero ahora duerme.

Duermo.

Caras de personas que no conozco mezcladas en charlas inentendibles, situaciones imposibles, una moto acelerando, un tren descarrilando, gritos, empujones.

Estoy incómodo, totalmente transpirado. Siento otro empujón y un reclamo:

—Mirá para allá, que tus ronquidos no me dejan dormir.

 

 

Claudia S.

La vueltita por Lope de Vega

Los recuerdos vienen y van. Se acomodan por largos períodos. Me dicen que tengo que liberar la memoria. Como si mi mente fuera un celular que necesita más espacio. Todo no se puede guardar. Me pregunto qué vale y qué no recordar y entiendo que no depende de mí o sí. Una imagen, un comentario al pasar o el nombre de una calle o lugar nos transportan a un instante que recorrimos alguna vez. Nos esforzamos por ampliar esos instantes olvidados y apenas son una partecita de lo vivido.

Y me llevan a la vueltita por Lope de Vega como la llamaba mi papá. La avenida Francisco Beiró con todas las luces encendidas y edificios altos de la “Capital Federal”, palabras que con orgullo escribía, como mi lugar de nacimiento. La pizzería El Griego con su enorme cartel luminoso, una fábrica de hilados donde trabajaba mi mamá ubicada detrás del shopping de Devoto. La fábrica se convirtió en un supermercado francés gigante y la pizzería como otros espacios, cerró para dar lugar al progreso.

Cierto día en una confitería cercana descubrí un postre que ya ni figura en el menú de los restaurantes: La sopa inglesa. No dudaba que era ese y no otro y esa visión me condujo a la cena familiar en la famosa pizzería. La escena de los mozos yendo y viniendo, la pizza con Moscato, el postre indiscutido y las gaseosas de botellitas de vidrio.

Pero las imágenes me conectan todavía más allá de esos momentos. Y sí a empezar a entender el paseo recurrente de mi padre. Mi abuela vivía a dos cuadras del cine Lope de Vega. Me quedaba a dormir muchos fines de semana y para mí eso era mucho más que Disney. Salir a realizar compras, pasar por la puerta del cine y tener una placita llena de juegos era tan mágico, que no quería volver a mi casa. No sé por qué me elegían a mí para compañía de la abuela. Quizás por buena conducta o porque mi hermana no colaboraba para ello.

Hace poco estuve por la zona y quise dar una vuelta por la plaza. Los bancos descascarados, la calesita apagada junto a las rejas que la rodeaban, me hicieron dudar. Y No sé si esa era la plaza, ni siquiera la que visité no hace muchos meses.

 

 

Mirna

Epígrafe

Hubo boda. Y mientras las miradas buscan la presencia angelical y amorosa de la novia, yo guardo en mi corazón al novio. Ese hombre libre de elegir formar su propia familia, una vez fue un bebé demandante. Y bastante llorón. Un niño solidario y travieso. Un adolescente empático y decidido. Un joven que desconoce y se resiste a aceptar el valor que tiene. Mientras todos se emocionan con el vestido blanco y vaporoso, mi corazón es sumido por un esbelto traje azul... Mientras todos ven un proyecto de dos, y aunque ame a la muchacha que me estrena como suegra, yo solo puedo ver a mi niño...

 

Mientras el mundo sonríe a la nueva esposa, todo mi ser abraza al niño que se dormía acariciando mi cuello con sus deditos de bebé.

 

 

Lauris

Gestos

No vivió mucho tiempo mi papá, murió muy joven. Él era el carnicero del barrio, y la carnicería estaba delante de mi casa. Disfrutábamos de pasar mucho tiempo juntos.  Salvo las horas en que iba a la escuela, las mañanas durante la primaria, y el doble turno en la secundaria, el resto de mi día andaba dando vueltas cerca suyo. Me divertía mucho, no necesitaba nada más.

Dicen que el cigarrillo lo mató, fue el año que terminé la escuela, quizás por eso nunca fumamos ni mi hermano ni yo.

Al principio cuando me quedé sola fue desbastador, pero el tiempo acostumbra a amalgamar el cuerpo con el dolor. Tenía mucho miedo de olvidar su voz (como dicen por ahí) pero no pasó, la recuerdo hasta el día de hoy, ¡sigue tan presente!

Me gustaba y aún me gusta recordar sus gestos, esos simples de la cotidianeidad en casa. Su sonrisa de costadito, la manera de sentarse y cruzar sus piernas, de agarrar el cigarrillo, de silbar, de chasquear los dedos, sus silencios que delataban sus enojos y sobre todo esa mirada de tipo bueno. Creo que solo heredé la media sonrisa y los silencios si de gestos hablamos y aunque me cueste admitir me parezco más a mi mamá.

Tengo un hijo de 30 años que no conoció a su abuelo. Un día llegaba cansada del trabajo, él que era adolescente en ese momento, estaba sentado con las piernas cruzadas leyendo algo. Al verme levantó la vista y me sonrió antes de decirme “hola ma”, no pude contestar enseguida; “¿todo bien?”, me preguntó. Fueron unos segundos supongo, pero en ese lapso yo retrocedí más de 30 años. La misma sonrisa, el mismo cruce de piernas (no habitual en adolescentes), la misma mirada de tipo bueno.

Respiré profundo y le expliqué lo que me pasó, vino a abrazarme, hablamos un largo rato de su abuelo. Ni él sabía porque estaba sentado de esa manera, a lo mejor anda por acá, me dijo. 

Unos años después pasamos por una situación similar, Juan había comenzado a fumar, y en una reunión familiar, al verlo apoyado en la pared cerca de la parrilla con el cigarrillo en la mano, volví a ver a mi viejo.

 Además de sus gestos, Juan, mi hijo, también heredó esto de organizar reuniones en casa y hacer el asado para todos, que debo reconocer que son tan ricos como los que hacía mi papá.

 

Tu mirada en otros ojos

y en sus ojos mi vida

tu sonrisa en esa boca

que amamanté

con tanto amor

 

En mi hijo tu herencia

semilla de semillas

tu raíz es alimento

de los nuevos brotes

 

Tengo todos los inviernos

que vos no pudiste

camino acompañada 

por la orilla de tu recuerdo

y repito como mantra

tu poesía.


Martín

Historia de dos ronquidos

No hay luz en la habitación. Apenas se escucha el ruido lejano de algún auto apresurado por llegar. Se siente la mínima brisa del ventilador de techo. La almohada le hace un pequeño lugar a mi cabeza ya cansada. La respiración acompasada hace el resto.

Siento un latido en los pies, ahora inmóviles, luego de haber caminado tanto. Igual mis manos que, doloridas, agradecen el descanso. Tomo conciencia del resto del cuerpo, lo acomodo para no molestarlo. Cierro los ojos en el preciso momento en que exhalo. Lo hago largamente y me desinflo.

Dejo ir mi día.

Pasa un tiempo que no puedo medir, escucho una inspiración profunda, después un leve ronquido.

Duerme.

Ese mínimo ruido me da tranquilidad. Sé que recién ahora logra descansar. Su día fue terrible. Tal vez fue como el mío, tal vez peor. Pero ahora duerme. 

Duermo.

Caras de personas que no conozco mezcladas en charlas inentendibles, situaciones imposibles, una moto acelerando, un tren descarrilando, gritos, empujones.

 Transpirando incómodamente, siento otro empujón y escucho:

 —Mirá para allá, que tus ronquidos no me dejan dormir.


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LA MUSIQUITA DE HOY



Porque todos tenemos recuerdos que no vamos a borrar, personas que no vamos a olvidar, aromas que nos queremos llevar, silencios que preferimos callar... Brillante sobre el mic