jueves, 23 de abril de 2026

11-Abril en el taller. Algunos cuentos para aprender cosas. Cuento 3

  


Erik Grieg

Martín Kohan



(de Una pena extraordinaria, 1998)








 

Todo el mundo sabe que una puta no besa: que para sostener la ficción de su entrega es necesario omitir, por lo menos, dos o tres circunstancias: la exigencia del pago previamente acordado, cierto aire de ausencia, que se nota pese a cualquier esmero, y la renuencia a besar. Por eso, cuando esa mujer, a la que había elegido en un bar cercano al puerto por percibir en ella algo indefinido pero especial, acercó los labios entreabiertos a los suyos, abiertos también, pero en el goce, para besarlos o, en realidad, para hacerse besar, se sintió Erik Grieg primero confuso, más aturdido aún de lo que ya estaba por culpa del alcohol; pero luego, de inmediato, se sintió también extrañamente feliz. En medio de esa euforia soltó unas pocas palabras entrecortadas, en una lengua que de todas formas la mujer no podía comprender, se tensó en un instante en el que pareció de piedra, y por fin se recostó, ya distendido, junto a la puta que lo había besado.

No hubo otra ternura en el pequeño cuarto incierto, más que ese beso que pronto pareció no haber ocurrido. La puta se quedó distante, o más bien triste, mirando las manchas que había en el techo; el marinero se vistió callado, dejó en una mesita todos los billetes que tenía, y se fue como si nunca hubiese estado.

Sin nombre, casi sin cara, sin voz y sin palabras, esa puta estaba, como casi todas, destinada al olvido. A Grieg pronto se le confundirían los dos días pasados en una remota ciudad llamada Buenos Aires, con los de todos los otros puertos y todas las otras putas que lo esperaban todavía, antes de estas de regreso en Helsinki. Su barco zarpaba esa misma noche: del humo de ese bar oscuro y del encuentro, apresurado y mudo, en la habitación desolada, pronto no quedaría más que un relato hecho en altamar, exagerado en medio de las carcajadas y de los alardes de los otros marineros.

Sin embargo, Grieg abandonó de ese confuso bar de puerto, salió a la calle calurosa y quieta, tratando de despejarse un poco antes de volver a bordo y presentarse ante el capitán. Anduvo algunas cuadras sin pensar en nada ni cruzarse con nadie. Llegó hasta el río y ni siquiera lo miró: para mirar desde la orilla un río o un mar, o un río que se parece a un mar, hay que no ser marinero. Grieg se sentó a fumar y dejó que la brisa le temblara en la ropa blanca. No se fijó en la hora, pero sabía que tenía tiempo. Ni cuenta se dio  que volvía a pensar en la puta, hasta que al final acabó por admitirlo.

Regresó al bar y buscó a un compañero que pudiera prestarle algo de plata. Encontró a Gustav, más colorado su rostro de lo que siempre estaba, borracho y locuaz, dos mujeres casi desnudas fingiendo comprender las cosas que él les decía y riendo exageradas. Más por ufanarse frente a esas mujeres que por verdadera generosidad, le alargó a Erik un montón de billetes medio arrugados. Erik Grieg se guardó el dinero en un bolsillo y se fue ahora a buscar a la puta con la que había estado hacía un rato. En el lugar había más sombras que luces, y las pocas luces que había se azulaban por el humo, pero no fue por eso que no la encontró. No la encontró porque no estaba. Le bastó a Grieg esa comprobación para que las ganas que tenía de volver a estar con la misma mujer de antes se convirtieran en deseo y ansiedad. Supuso que la mujer estaría ahora con otro: es inaudito, pero la celó. Se sentó a esperarla. Recordó el beso de esa puta y la idea de no volver a verla decididamente lo angustió.

Pasaron unas dos horas: nadie usaba a una mujer durante tanto tiempo en un bar de marineros. Entonces volvió Grieg a salir a las calles casi desiertas de los bordes de la ciudad, no para despejarse de la borrachera ni tampoco para retornar a su barco, pese a que ya no faltaba tanto tiempo para la hora de la partida. Salió para encontrar a aquella mujer en una esquina o en un umbral.

Otras putas se le acercaron; estaban donde parecía que no había nadie y no empleaban más que gestos, porque con los gestos les bastaba. Las putas son casi intercambiables; Grieg las ignoró, sin embargo, no bien verificó que ninguna de ellas era la mujer que él andaba buscando. Regresó al bar y después regresó a las calles: la mujer no estaba en ninguna parte y él se sintió desesperar.

Llegó la hora en que su barco partía. Grieg se detuvo bajo un farol de luz imprecisa, sacó de su bolsillo el dinero que había conseguido y lo contó. El beso imposible de esa puta volvió a cruzar por su memoria. Hacía calor, pero empezaba a lloviznar. Erik Grieg decidió que no retornaría al barco, que lo dejaría ir y que se quedaría en esta ciudad que desconocía y cuyo idioma no hablaba ni alzaba a comprender.
No tenía nada para hacer y nada hizo en los días que siguieron. Durmió durante el día, tirado entre las sogas y las bolsas del puerto; en las noches, recorría los bares de las orillas, buscando, urgente, a la mujer de aquella vez. En recuerdo y la invención no tardan, por lo general, en mezclarse, pero para Erik Grieg el encuentro de esa noche se volvía cada vez más nítido en su memoria. Evocaba el momento en el que, recorriendo con la mirada la hilera de putas que se le ofrecían, había elegido a ésa, a ésa y no a otra, no otra de cuerpo más tentador o de boca más provocativa. Eligió a ésa precisamente porque le pareció tímida y cohibida, porque no estaba vestida como para atraer a un hombre. Estuvo con ella y supo que era tanto una mujer como una muchacha apenas; que, en efecto, nada hizo con gracia ni con desenvoltura, que parecía temerle o tal vez estar pensando en otra cosa. No fue displicente con él, pero no pareció importarle tampoco convencerlo de nada. Más que hacer se dejó hacer, y en apariencia todo le resultaba desconocido.

Sólo cuando lo besó, en realidad, sólo al rozarlo con esa boca inesperada y ofrecerle sus labios sin humedad, pareció la mujer considerar su presencia y hacer algo con respecto a él. Ese beso pasó rápido, intenso pero fugaz, tan extraño a toda la situación (a la puta lejana, a la sordidez de esa habitación de burdel y a la propia rudeza de un marinero como Erik Grieg), que no bien pasó se esfumó, y no quedó, irrepetible, más que en su memoria (pero en su memoria quedó definitivo, imborrable).
Pasaron algunos días; a fuerza de deambular entre barcos y muelles, que era, en la extrañeza de esta ciudad, el único mundo que podía reconocer, consiguió Grieg que lo aprovecharan para algún trabajo ocasional y así pudo ganar un poco más de dinero. Con el correr de esos días pudo también aprender algunas palabras de la lengua de la ciudad; las primeras que logró balbucear eran las que necesitaba para describir a la mujer a la que estaba buscando: esa obsesión era lo único que Erik Grieg tenía para decir.
La puta de aquella noche no volvía a aparecer, pero además todos negaban recordarla o conocerla. Ni las otras putas, que, merodeando en una misma zona de la ciudad, se conocen siempre unas a otras, ni tampoco los rufianes o los taciturnos que frecuentan estos bares supieron nunca decirle a Grieg nada de ella. Desesperando ya por su ausencia, temiendo que la búsqueda pudiese llevarle años o que, peor aun, pudiese no llegar nunca a su fin, una noche cometió Grieg la razonable torpeza de tratar de olvidarla. Después de beber ginebra y ensimismarse durante casi tres horas, eligió, si cabe decir acaso que Grieg pudiese elegir nada, a una puta muy joven y muy alta, de cuerpo generoso y risa fácil. Se fue con ella a un cuarto que se parecía mucho al cuarto de aquella otra noche, pero eso porque todos los cuartos en los burdeles de un puerto se parecen entre sí. Estuvo un rato con ella (desde la vez de la otra puta, la inolvidable, no había vuelto a estar con ninguna). Ella le entregó su alegría inverosímil y algunos suspiros que no pertenecían a esa noche; él le entregó un mismo montón de billetes arrugados sobre la mesa de luz. Después, acomodando todavía su ropa, Grieg salió de vuelta a la calle, y nunca el mundo le pareció haber quedado tan igual que antes.

Esa noche hubiese sido capaz de matar, con tal de encontrarse otra vez con la puta que lo había besado. El tiempo que acababa de pasar con otra, resoplando entre su pelo rojo y viendo temblar su cuerpo debajo del de él, no sirvió más que para comprobar lo que, de todas formas, ya sabía: que la salida no era pagarse una puta más bella, más hábil o más atrevida que aquella a la que quería olvidar, porque la que quería olvidar no había sido especialmente bella, ni había sido demasiado hábil, y nada le había resultado más ajeno que el atrevimiento. Su aspecto no era semejante a de las putas que frecuentan a los marineros cerca de los puertos; parecía una mujer común y corriente (Grieg lo supo cuando, en una lengua que no era la suya, necesitó describirla). Lejos de toda audacia, cada uno de sus ademanes pareció tener que sobreponerse a la timidez y al temor. No fue desenvuelta ni tampoco se esforzó, según suelen hacer las putas para destacar en el hombre su virilidad. Fue queda y hasta melindrosa, y si el beso que le dio o se hizo dar se volvió increíble, fue no sólo porque proviniera de una puta, sino porque a esta puta en particular parecía faltarle toda iniciativa. Recordando nuevamente la manera en que sus bocas por única vez se habían juntado, se durmió Grieg sobre unas bolsas de arpillera, bajo el cielo de Buenos Aires y sin abrigo, mientras algunos gatos, cerca de él, se paseaban sigilosos.

No bien tuvo el dinero suficiente, Erik Grieg volvió a pagarse una mujer: fue torpe dos veces, y la segunda, más que la primera. Y eso porque esta vez, valiéndose de su incipiente español y del dinero de que disponía, le puso a la puta que había elegido, como única condición para ir con ella y no con otra, que durante su encuentro ella lo besara. La mujer lo pensó un momento y luego pronunció una cifra (la cifra era más del doble de la que habitualmente se estipulaba), porque si bien es cierto que las putas no besan, que determinadas formas del afecto las retacean y las preservan con recelo, también es cierto que muchas veces basta con acordar un pago para que una puta haga lo que de otra forma no haría (en las narraciones oídas a bordo durante tantos viajes a través del mundo, Grieg había sabido de las inclinaciones más extrañas, escatológicas o humillantes, exigidas, por dinero, a alguna puta; lo que él pedía, al fin de cuentas, era apenas que lo besaran).

La boca de esa mujer era tibia como su cuerpo, y al igual que su cuerpo, vibraba y se entreabría en la oscuridad. Pasaron a la habitación, vestidos todavía, y la puta ya besaba al marinero; lo besó mientras se echaban, desnudos, entre las sábanas ásperas y frías de esa cama ajena; mientras lo envolvía con sus brazos y lo recibía sobre su cuerpo, no dejó de besarlo; lo besó más intensamente cuando más intenso fue el temblor del marinero (y  más intensas las palabras que, en una lengua incomprensible, él le decía). Después Erik Grieg volvió a echar el dinero sobre la pequeña mesa de madera, se vistió rápido, y salió sin decir nada.

Esa noche se emborrachó por pura desesperación. Bebió con avidez, un trago tras otro. Hubiese querido pelearse con alguien, lastimarlo o hacerse lastimar, pero ni siquiera halló la ocasión de provocar una pelea. Hubiese querido ser capaz de estar en Helsinki o en altamar, pero no lo era. Seguía buscando a esa puta, seguía escrutando, ya casi por costumbre, el rostro de cada una de las que llegaban al bar desde la calle o bajaban desde las habitaciones del piso de arriba. Si algo le faltaba para saber que aquella mujer resultaría única, eso eran los besos vacíos e inútiles, profusos, prescindibles, del último encuentro.

En medio del aturdimiento del alcohol y la tristeza, pensó Grieg confusamente en lo que le pasaba, y trató de imaginar, tan sólo para su desconsuelo, cómo sería la vida de esa mujer inefable a la que no conseguía reencontrar. Pensó, creyó descubrir, que no era una puta típica de los burdeles de marineros y que en eso consistía su peculiaridad. Habría de ser una puta acostumbrada a hombres no tan toscos, no tan arduos, y que por alguna razón inescrutable había venido a ofrecer sus suaves maneras, por una noche, a un bar de la zona baja.

Si así eran las cosas, pensó Grieg, torcido sobre una silla, una mano colgando junto al cuerpo, la otra sujetando una botella oscura, la búsqueda debía ampliarse: ya no había que indagar solamente entre las calles penumbrosas de los límites de la ciudad, sino también en otros barrios, en otros mundos: son pocos aquellos en los que las putas faltan.

Pronto Erik Grieg descartó la idea, no supo si con alivio o con pena. Es cierto que pensar en la sutileza de esa mujer no era del todo injusto, pero tampoco podía decirse que su atractivo fuese la exquisitez propia de una prostituta más refinada de las que frecuentaban él y hombres como él. La reticencia, el pudor mal disimulado, el beso imposible que de alguna manera derivó en todo eso, no correspondían a una prostituta que hiciese de lo suyo una especie de arte. Las actitudes de la mujer de aquella noche, semejantes siempre a un simple tanteo, parecían corresponder más a una puta que conocía poco lo que estaba haciendo, que a otra que lo conociera demasiado bien.

Fue así que estableció Grieg lo que podría considerarse una primera certeza: la puta con la que había estado aquella noche, era virgen. La idea, por algún motivo, lo entusiasmó. Sabía que la posibilidad de iniciar a una muchacha era una especie de privilegio, un privilegio difícilmente accesible para un simple marinero nórdico como él. Lo que lamentó, eso sí, fue no haber sabido de antemano que esa muchacha iba a entregarse a un hombre por primera vez. Recordó el relato de un viejo marinero del que llegó a hacerse casi amigo durante un viaje por la costa de Brasil: todos sus ahorros, un reloj relativamente apetecible y buena parte de su ropa de trabajo, los había empleado aquel hombre para pasar una noche con una niña virgen, con una puta holandesa de once años de edad. Le extrañó a Grieg que la puta con la que había estado, y que pese a ser mayor que aquella niña, era igualmente virgen, no hubiese hecho valer esa condición para tratar de obtener, a cambio de su entrega, una suma más elevada. La hipótesis de la virginidad le permitió entender a Grieg el extraño comportamiento que esa mujer había tenido todo el tiempo, y también, posiblemente, entender incluso esa ráfaga excepcional en la que lo había besado. Con eso no explicaba, sin embargo, por qué aquella puta no había vuelto a aparecer, por qué nadie la conocía, ni le permitía tampoco descubrir la forma de volver a encontrarla (ninguna otra cosa le importaba ya, en eso empezaba y terminaba su vida).

Se quedó Grieg perplejo y algo adormecido. En el bar había un grupo de marineros que cantaban a coro, eran argentinos y festejaban algo que a él no le importó. Sobre la mesa larga y firme, una puta bailaba y amagaba desnudarse. Desde abajo, golpeando la mesa con los puños, otros hombres la alentaban a que lo hiciera, le arrojaban billetes mojados o la aplaudían. Uno que estaba solo, no se sabe por qué, la insultaba en portugués.

De pronto, en medio del bullicio, una idea extraña se le ocurrió a Erik Grieg. Esa idea lo despejó en un instante: Grieg sintió despertar y tuvo que repetirse a sí mismo la idea que había tenido, como si en vez de eso fuese una frase que otro le dijera y que él no había oído bien. Esa mujer, pensó Grieg, no era una puta. Era, muy probablemente, virgen todavía, o poco menos; pero, además de eso, no era puta, y así todo se explicaba: los gestos que, queriendo ser firmes, decididos, en verdad todo el tiempo vacilaban; la distancia, la indiferencia, el desapego; de pronto: el beso; el desinterés por el dinero; el hecho de que nadie la conociera y que ella nunca hubiera vuelto a aparecer.

No habían sido pocas las desdichas de Erik Grieg en las últimas semanas. Lo poco que era, lo poco que tenía, lo había perdido por el propósito de buscar a una mujer. Ahora se sentía más infeliz que nunca: sabía que esa búsqueda era poco menos que infinita y que, por lo tanto, nunca se liberaría de su agobio. De haber sido aquella una puta orillera, él habría tenido que persistir, con la constancia de los obsesionados, en los bares y en las calles de los alrededores del puerto para volver a dar con ella. Si hubiese sido, en cambio, como llegó a suponer, una puta de ambientes más considerables, él habría tenido que trajinar otros sitios no siempre de fácil acceso, otras formas de llegar a un mismo fin (un hombre que paga, una mujer que finge su entrega). Pero al ser, como era, una simple mujer y no una puta, la búsqueda de Grieg excedía ahora los límites de los burdeles o de las casas de citas: la búsqueda de Grieg abarcaba ahora la ciudad entera y a todas las mujeres que vivían en ella.

Erik Grieg salió a la calle y se alejó de la zona del puerto. No le interesó irse a recorrer otras partes de lo que era Buenos Aires en 1922; más bien quiso dejar atrás todo lo que había pasado, y olvidarlo. Mientras caminaba, sin embargo, con paso apurado y sin destino, no pensaba más que en la mujer de aquella noche. Se preguntó, sin dar con una respuesta posible, qué razones habría tenido para hacerse pasar, esa vez, por prostituta. Supuso que tramaba algún plan, y que por eso parecía estar pensando en otra cosa (todas las putas piensan en otra cosa, pero como esta no lo era, se le notaba demasiado). Dedujo, y dedujo bien, que ese encuentro con un hombre cualquiera, en un lugar cualquiera, era una parte del plan que urdía. Lo que ella quería, pensó Grieg, y pensó bien, era infligirse la humillación de ese encuentro, tal vez para aumentar su odio hacia alguien, tal vez para darse impulso hacia algo. Supo así, sin que nadie lo aliviara ya de tanta pena, que el beso que le había dado no fue una muestra de sutileza erótica, ni mucho menos una expresión de afecto que ella no supo o no quiso reprimir, sino, por el contrario, una forma casi perversa de aumentar esa humillación a la que la mujer se entregaba. La imaginó esa noche, ya sola en el cuarto, ni bien él había partido. La imaginó, y la imaginó bien, rompiendo el dinero que él le había dejado. Apenas lo hizo, la mujer se arrepintió: romper el dinero es una impiedad. Es como tirar el pan.

 

 


Algo para aprender: la intertextualidad.

La intertextualidad es la relación, diálogo o influencia que un texto establece con otros textos, ya sea en forma explícita (citas) o implícita (alusiones, parodias, reescrituras). Acuñado por Julia Kristeva, este concepto destaca que ningún texto es una isla; todos se nutren de obras anteriores, facilitando la comprensión, el enriquecimiento del sentido y la creación de nuevos significados a través de la referencia compartida. 

Erik Grieg no es otro que el marinero “sueco o finlandés” del cuento Emma Zunz, que se acuesta con ella en la Buenos Aires de 1922 para que se pueda urdir la compleja trama de venganza hacia Aarón Loewenthal. Grieg abandonará el barco, deambulará durante días entre muelles, pero no podrá dar con ella: “hubiese sido capaz de matar, con tal de encontrarse otra vez con la puta que lo había besado”.

Borges es inagotable. Afortunadamente, dejó cabos sueltos en el famoso cuento, y así podemos disfrutar de sus reversiones. Sí, hay más…




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CONSIGNA DE ESCRITURA


¡Te amo, personaje!


Elegir un cuento o novela que te haya gustado y escribir un relato que dialogue de alguna forma con ese texto. Te propongo que elijas un personaje y tomes otro camino, o sigas el mismo y veas qué sucede, que continúes la historia, que tomes un personaje secundario y lo hagas principal, o lo que prefieras hacer con ese personaje amado (u odiado, quién te dice...). Incluso podés escribirle una carta (¿de amor?, ¿de odio?).


Podés elegir también, si no se te ocurre ningún personaje literario, uno de alguna serie, película o novela. De todos modos, los personajes del cine y la televisión nacen por escrito.



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LOS TEXTOS DE USTEDES


Mirna
De urgencias y recuerdos
 
La noche se presentaba fresca, pero no tanto como para que se pusiera la remera del pijama. Abrió las cobijas y se acostó exhalando ese suspiro típico del basta por hoy.
Había decidió dejar el plato sin secar, escurriéndose junto a los cubiertos y el vaso. Mañana los guardaría mientras se preparaba el café. Tampoco cerró la ventana que daba al patio. La luna iluminaba suficiente como para que el fresco se colase dentro. Beneficios de ser solo, pensó.
Adoró la idea de ser patrón de los silencios, aunque en ocasiones, fueran muchos y ruidosos. Sobre todo, los días en que no había trabajo.
Siempre disfrutó de su departamentito en el centro. Su balcón con vistas a la avenida… vistas y oídos. Pero cuando murieron sus padres, debió elegir entre vivir en déficit    o disponer del gasto del alquiler. Después de todo, la empresa había presentado quiebra y él fue uno de los primeros en sentirlo en su bolsillo. Volver a la casa de la infancia fue una elección imposible de desechar. Volver al barrio y empezar de cero, lo hizo dudar, pero la billetera terminó decidiendo por él.
Desde que había hecho aquel curso para mejorar su perfil de “arregla tutti “en la empresa, nunca más se volvió a trabar un cajón ni se quebró una llave en alguna puerta.
 Sin embargo, conseguir trabajo a los cuarenta y muchos no estaba siendo fácil. Desempolvar el certificado y poner un negocito en el garage, era un intento de volverse un ave fénix. Especialmente en el barrio. Y más si sólo contaba con la bici del viejo.
En esos pensamientos se encontraba cuando el celular rompió la calma. Debería ser una urgencia y con la sequía que se vivía no tenía opción. Atendió.  Mantuvo un dialogo bastante cordial a pesar de la hora. Después de todo era un trabajo y no estaba en condiciones de negarse. Tomó nota de la ubicación y pidió que le diera un ratito. Debía organizar las herramientas. La voz aceptó. Y sus latidos se apuraron de repente.
Se levantó. Volvió a ponerse la chomba que hacía un rato nomás había dejado prolijamente colgada en el respaldo de la silla, en el rincón. El jean, las zapatillas. Se dirigió al baño, se peinó y pensando en el timbre de la voz que lo llamó se encontró poniéndose perfume.
Al advertirlo se río de si mismo mirándose al espejo. No era. Seguramente no era. Esta voz sonaba triste y cansada. Tan distinta a la voz cantarina de aquella muchacha pura sonrisa y bondad. Disipó la idea sacudiendo la cabeza para que desaparezca.
Subió a la bicicleta y salió. Respiró profundo llenándose de aire fresco no bien pisó la vereda. No necesitó ir por la avenida, la luna le marcaba el camino. Veintidós cuadras lo separaban de la voz, pensó. Y volvió a sacudir la idea retenida en los rulos mientras soltaba una pícara sonrisa.
Libertad 693, esquina Alem, se repitió.  A siete cuadras del colegio. Y volvió a escuchar entre sus rulos la voz suave de aquella muchachita a la cual siempre la observó de lejos.
De inmediato, pedaleando se admitió que, con los años, era imposible recordar con tanta fidelidad. Sabemos que es la voz lo primero que olvidamos, aunque nos empeñemos en no hacerlo. Lo viven todos los humanos que sufren la pérdida de alguien querido. Conservamos la imagen, la sensación del abrazo, sus gestos; pero la voz… la voz se va desdibujando sutilmente hasta que un día no la podés escuchar. Se te escapa de la memoria…y no llegás a s atraparla. Siguió pedaleando en su silencio y el de la ciudad.
Dobló en Libertad y subió a la vereda por la rampa. Ató la bicicleta al poste. El perfil de aquella voz entregada pero decidida se recortaba en la ventana. Se detuvo un par de minutos y observó. Podría ser… y tocó el timbre.
 
–¿Señora Briganti? Disculpe la demora- alcanzó a decir antes de darse cuenta de que, efectivamente era ella.
Por primera vez, desde los años jóvenes, Juan Romero la tuvo frente a frente.
 
 
Claudia S.
Tan solo un espejo
 
Lustroso y enmarcado en ébano, el espejo murmura historias. Se perfuma de panes de anís en cada rincón que habita. Se nutre de culturas y sufre por las desigualdades que transitan muchas regiones. Dialoga con otros objetos dentro de baúles enormes, que van de África a América. Su destino varía y cada ciudad lo alberga de manera diferente. No sabe de idiomas, pero reconoce la calidez de las palabras. Se presenta en camarines de teatros y conversa con las actrices y los actores. Ahí, en esos espacios, lo hacen sentir imprescindible.
Sabe lo que busca y esa búsqueda se llama Atima Silencio. Quiere contarle acerca de su origen y de verdades desconocidas para ella. Quiere hablarle de cazadores, de aldeas y de sabores de frutos. O tan solo hacerle probar un pan, que con su aroma le despierte sus recuerdos.
Es tan solo un espejo que escucha los tambores en el silencio. Ese Silencio que se sumó al nombre de su búsqueda. Silencio que quedó anclado en un puerto, mezclado con los gritos de una madre.
 
 
Martín
La pulga en el perro
 
"En el pelaje
se esconde solitaria
la vieja pulga"
Laura Martinez
 
 
Decidió establecerse hace tiempo. Ya no está para saltos. Prefiere los paseos tranquilos y las noches cálidas. Está cansada del frío, la lluvia, los pisotones y las peleas; las rodillas le hacen ruido.
Sabe que fue una buena decisión. Se acostumbró a la rutina: los paseos al mediodía, los masajes y las largas siestas al sol. Las pequeñas caminatas de una habitación a otra, dentro del departamento, la entretienen.
El paseo de las mañanas por el barrio es un buen ejercicio. Debe agarrarse fuerte, cuidarse del viento y de las ramas de los arbustos. Algún descanso en el camino, siempre bajo el sol. Los días de lluvia ya no se sale y es un alivio; con la lluvia viene el barro y con el barro la ducha. Ya no está para tanto movimiento.
Dejó de ser una molestia desde hace tiempo. Nadie la nota. Ya no come tanto. Le alcanza con algún sorbito antes de dormir.
El perro tan viejo como ella, camina poco y lento, descansa mucho y se rasca poco y mal. Su dueño lo alimenta bien. Cada día confirma todo lo bueno de su decisión.
De vez en cuando debe pelear con alguna otra pulga que solo busca molestar. No va a descuidar a su anfitrión. Si lo ven molesto lo van a bañar, a peinar y a desinfectar. Mejor estar sola en su paraíso.
Lo único que le preocupa es su dueño. Es habitual verlo muy enojado saliendo del baño sacudiendo alocado un trapo, intentando ahuyentar una mosquita.
 
 
Andrea
Emma y Erik
 
Al día siguiente del asesinato de Aarón Loewenthal por parte de Emma Zunz hubo una sabida conmoción en la fábrica de tejidos. Emma estaba muy perturbada, su amiga Elsa Urstein no se separó de su lado. Declaraciones orales, escritas, firmas, contar una y otra vez lo sucedido hizo que Emma quedara totalmente sin energía. Por eso Elsa a la noche, llevó a Emma a su casa. Le preparó el cuarto de huéspedes y le hizo servir una rica cena. Lujos impensados para Emma. A pesar de estar muy cansada, pudo disfrutar de lo que intuyo empezaría a ser su vida, su nueva vida.
Al día siguiente del asesinato de Aarón Loewenthal por parte de Emma Zunz, Erik Grieg se encontraba en altamar rumbo a Suecia, a bordo del Nordstjarnan. Aún le dolía la cabeza por el exceso del wisky barato que había bebido esa última noche en Buenos Aires. Pero también empezó a sentir un dolor desconocido, un dolor que se transformó en angustia. No podía borrar de su mente el beso que le había dado esa delicada muchachita argentina. Se decía a sí mismo, esto ya va a pasar.
Después de un par de días de reposo, Emma insistió en retomar su trabajo, tenía que ganar el sustento para poder vivir. David Tarbuch, socio de Aarón Loewenthal sabía que tenía que mantener lo más discreto este asunto. No podía de ninguna manera permitir que Emma siga trabajando en la fábrica y por otro lado tenía que tener la absoluta seguridad que Emma no esparciera lo ocurrido. La buena reputación ante todo. Así que le propone a Emma darle el triple de lo que cobraba, y alquilarle un departamento hasta que ella se sintiera mejor y pudiera encontrar otro trabajo. David Tarbuch, empresario muy reconocido, tenía contactos con los medios de comunicación, por lo cual se informó a la prensa que su socio fue víctima de un robo y la única testigo había sido Emma que se había quedado cumpliendo horas extras en la fábrica.
Después de un par de días Erik se dio cuenta que la angustia le estaba ganando a su pensamiento positivista de que todo va a pasar. Se daba cuenta que no podía borrar de su mente y corazón a esa joven. Se preguntó porque, una y mil veces sin poder darse a sí mismo una respuesta. Se sentía incompleto, sabía muy dentro suyo que algo de él había quedado en aquel puerto de esa ciudad tan lejana a Suecia. No tenía ningún sentido ese sentimiento, pero no lo podía alejar de él.
Ya habían pasado tres meses de la muerte de Aarón Loewenthal. Emma se presentó a la fábrica de David Tarbuch y pidió una entrevista con él. Fue clara y directa: estoy embarazada, voy a tener un hijo del sr Loewenthal, ya que esa fue mi primer y única relación sexual. David Tarbuch hizo un pausado silencio, hasta que por fin le dijo a Emma que no se preocupara por nada, que de ahora en más se iba a hacer cargo económicamente de ella y de su hijo. A lo cual Emma respondió que era lo justo, ya que ella llevaba en su vientre al futuro heredero de la fábrica. Y le exigió que le comprar una casa, ya que su hijo merecía vivir como un Loewenthal.
Ya habían pasado tres meses del beso de la joven en los labios de Erik, beso que Erik no podía olvidar. Por eso estaba de nuevo en el barco que se dirigía hacia la Argentina. Como la encontraría era el único pensamiento que ahora lo ocupaba. Volvería a la cantina del puerto donde la conoció. Le preguntaría a todo el mundo por ella. Estaba seguro que no sería difícil encontrarla. Seguramente ese era su lugar de trabajo. Le molestaba un poco que fuera prostituta, pero por otro lado era tan joven que seguramente no sería difícil sacarla de ese ambiente. Él se la llevaría a Suecia. Lejos, muy lejos para empezar juntos una nueva vida. En verdad la muchacha le estaría agradecida, se imaginaba Erik, mientras quedaban cada vez menos día para atracar en Buenos Aires.
Era un soleado mediodía de junio de 1922. Emma volvía de hacer unas compras y se dispuso a ordenar su casa como todos los días. Ya se notaba como crecía el bebe. Pasó delante del espejo y se sorprendió al ver como su figura se había transformado. Pasó suavemente su mano sobre su vientre apenas abultado y no pudo evitar sentir que ese niño nunca conocería a su padre, a ese marinero pelirrojo del que apenas ella recordaba su rostro.
Era un soleado mediodía de junio de 1922. Erik estaba cansado física y emocionalmente. No podía dar con esa muchacha que lo dejó tan enamorado. Ni él podía creer como se sentía. La busco por el puerto, por los bares, por los clubes nocturnos y nada. Se le dificultaba mucho el lenguaje, no tenía una foto para mostrar, ni un nombre que pronunciar. Entro a un café, pidió una medida de vodka, estaba casi resignado al encuentro. El mozo le acerca el pedido, y lleva un periódico para la mesa de al lado. Es el diario Crítica, del costado que se ve debajo de su brazo Erik distingue una foto. Es la de la muchacha que lo dejó sin dormir hace mas de 6 meses. Le pide como puede al mozo el diario y ve bien la imagen. No quedan dudas. Trata de explicarle al mozo que le cuente que dice esa nota, después de mucho esfuerzo el mozo le relata que se dio por finalizada la investigación sobre la penosa muerte del empresario Aaron Loewethal. Y que la chica ahí retratada es la única testigo. Por fin Erik tiene una pista, una foto y una ilusión renovada.
 
 
Rosana
Las llaves
 
Vos sabes que va a desaparecer. Por eso siempre dejás a mano el manojo de llaves.
Hace muchos años que pasás desapercibida ante la mirada de él. Hace muchos años que trabajás en el Castillo, para él, y aunque pasaste de ser una simple criada a convertirte en el ama de llaves, sabés que nunca será suficiente para que pueda tomarte por esposa.
Conocés su secreto. Ell sabe de tu lealtad.
Aunque seas vos quién sea la encargada de recortarle la barba cianótica en lugar de su mujer de turno, lo hacés encantada. Aunque tengas que lavar y lavar las gotas de sangre que van dejando las esposas al querer hacer desaparecer las pruebas de la desobediencia, lo hacés con una sonrisa porque él sabe que no a decir ni una palabra.
Solo eso conoce de vos, tu lealtad. De tu profundo amor y admiración escondidos tras tu cabeza siempre gacha, no sospecha nada.
Supiste que fue a pedirle a la vecina la mano de una de sus hijas. Tuviste que organizar a la servidumbre para dar una fiesta de ocho días para ellas y sus invitados. Durante toda la semana casi no descansaste, para complacerlo a él. Pero ya no te preocupa, porque sabés que solo es cuestión de tiempo. Sabés que pasa más tiempo buscando a sus esposas que conservándolas.
Mientras tanto vos, siempre estás para él y con él, excepto en los viajes a los que aprendiste a valorar como oportunidades.
Al final de la fiesta, por la mirada de la hija más pequeña, te das cuenta de que ella no lo ve tan mal. Aunque no con tu mirada, la que te encargás de mantener en secreto ves que, como vos, ella no le teme.
Prontamente llegará el día de la boda y nuevamente vos serás la encargada de la organización de la fiesta. Esos momentos son los mejores, porque pasás largos ratos con él, pero esta vez también está ella, y su hermana Ana. Sumisa, tomás notas, hacés los arreglos, esperás el momento que sabés pronto llegará. Esperás hasta el próximo viaje por negocios que será pronto, después de la boda. Esta niña es muy joven, será fácil fomentar su curiosidad, con dejar las llaves a mano, con la llave pequeña, reluciente y mágica a la vista para que destacada, la tiente.
Sabés que después de casarse él tendrá que partir, y conocés las indicaciones que le dará a su nueva mujer. Lo que no sabés es que esta vez, por más que le hayas dejado a mano las llaves para que abra la puerta qué él le va a prohibir abrir, la historia tendrá otro final.



Adri
El cerdo

Otra vez se despertó sudando, temblando, muerto de miedo. Otra vez la pesadilla en la que ve a un hombre que yace en un charco de sangre. A veces piensa que es su padre, a veces siente que es él, pero enseguida vuelve a pensar que es el hombre al que tanto odia, al que tanto teme, el que hizo de su vida un infierno cuando era chico y le sacó lo único puro y bello que tenía: su madre, perfecta, suave, sonriendo y mostrando sus hermosos dientes, eternizada en todas las fotos que tiene de ella.
Ahora las imágenes son borrosas y confusas, pero el recuerdo le trae al cuerpo todas las sensaciones del día en que, volviendo de la escuela, vio a una mujer que salía corriendo de su casa, tiraba algo en la vereda y cruzaba entre los autos como una loca mientras le tocaban bocina.
Él sintió un escalofrío que le erizó la piel, entró despacio y encontró a su madre tirada en el suelo. Se quedó paralizado, sin entender, escuchando los pasos torpes del tipo enorme y bruto que todo el mundo insistía en decir que era su padre, que lo empujó para pasar y comenzó a sacudir a su mamá como para despertarla, mientras decía “¿qué hiciste Susana qué hiciste?” pero su mamá parecía una muñeca de trapo, y además se llamaba Estela, ¿por qué le decía Susana? Después le dijeron que se había caído y se golpeó la cabeza, que estaba muerta, que viviría con su papá.
Al poco tiempo vino a vivir con ellos una señora que se llamaba Susana, parecida a la que salió corriendo de la casa el día que murió su mamá y a partir de ahí el mundo fue gris y oscuro para siempre. El tipo se emborrachaba y se ponía violento hasta con el perro; cuando él se iba la tipa se quedaba con bronca y se desquitaba con él. 
Cuando se pudo ir de esa casa estudió odontología, y de a poco se convirtió en la persona pulcra, prolija y respetable que es hoy, siempre vestido con ropa formal y elegante, uñas muy cuidadas, bien peinado a la antigua, un profesional reconocido, con ambiciones políticas, candidato a intendente, con un pasar económico holgado, comprometido con la sociedad y con el objetivo de mantener el orden en su ciudad.
 Lo que nadie sabe es que este ciudadano honorable es excelente escondiendo sus zonas oscuras. Nadie sabe que va con frecuencia a un prostíbulo, que le gusta maltratar a las prostitutas y cuanto más maduras y gastadas mejor, son más sumisas, ya entendieron el juego y se resignaron. Cuando elige a una que lo inspira, la compra y se la lleva, así puede desplegar toda su creatividad con su víctima de turno y de paso hacer un excelente negocio compartiendo su perversión con quienes no se animan a actuar sus oscuras fantasías pero gozan mirando.
Para eso tiene una guarida en un lugar remoto del conurbano donde monta sus escenografías, una pocilga mal oliente y sucia, donde escucha cumbias a todo volumen, toma cerveza en lata y come con la mano. También tiene un perfil en la red oscura con un Nick: El Cerdo, asociado a una cuenta en la que los clientes depositan el dinero para ser miembros de un grupo selecto de espectadores de las series que ofrece, interactivas, en las que las protagonistas son llamadas con nombres de cortes de carne, y sometidas a los “juegos” que va ejecutando, previa consulta con los espectadores, trasmitiendo en vivo cada episodio.
El cuarto dónde todo sucede está magníficamente equipado con toda clase de instrumental, cámaras de alta resolución montadas para poder ver desde todos los ángulos y micrófonos para escuchar a la perfección cada sonido que emita la víctima. Totalmente insonorizado, desde el exterior no se percibe ni un murmullo de lo que pasa adentro. El cerdo no deja ningún detalle al azar, él se siente todo un artista y disfruta cada etapa del proyecto que pone en escena.
La próxima serie se llamará Colita de cuadril; la protagonista será una prostituta con lindos dientes, raro, porque las suele elegir con dientes para arreglar, y tiene varias sorpresas preparadas para deleitar al auditorio, entre ellas el martillo que encontró en la vereda de su casa el día que murió su madre.
Dejó todo preparado y fue a buscarla, ya tenía arreglado el precio de su corte de carne. Los tipos del prostíbulo no sabían para qué se llevaba cada dos o tres meses una mina bastante veterana, pero pagaba bien y ellos no hacían preguntas. La mujer fue con él dócilmente, aunque había algo en ella que a El cerdo lo excitaba particularmente, parecía tener una fuerza interior diferente a las demás. Mejor, someterla sería un desafío mucho más interesante. Cuando entraron a la pocilga en el centro musical sonaba una cumbia a todo volumen y ella empezó a moverse de una forma extraña mientras se sacaba la ropa, recorría el lugar y daba vueltas, giraba, elevaba los brazos, ponía los ojos en blanco, como si estuviera en algún trance hipnótico. El cerdo trató de empujarla para llevarla al cuarto preparado con la escenografía cuando sintió un dolor punzante en el cuello y cuando se tocó sintió el calor de la sangre empapándole la mano.
Cuando llegó la policía se había desangrado en el piso de la cocina con un cuchillo tramontina clavado en la garganta, una mujer desnuda bailaba como poseída girando a su alrededor, murmurando cosas inentendibles. Él tenía en la cara una extraña mueca parecida a una sonrisa. Talvez sintió en esa mujer la fuerza que su madre no tuvo para defenderse y defenderlo de su padre y de su amante. Tal vez supo que su madre vino a buscarlo para no abandonarlo nunca más.   
 

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LA MUSIQUITA DE HOY



Escribí "te amo, personaje" y no pude evitar pensar en amores imposibles, como el de la canción de Serrat "De cartón piedra", donde el protagonista se enamora de un maniquí. También hay películas, delos 80, qué década maravillosa y extravagante... Bueno, pero ahora la canción, haciendo clic AQUÍ





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