Emma Zunz
Jorge Luis Borges
El catorce de enero de 1922, Emma Zunz, al volver de la fábrica de tejidos Tarbuch y Loewenthal, halló en el fondo del zaguán una carta, fechada en el Brasil, por la que supo que su padre había muerto. La engañaron, a primera vista, el sello y el sobre; luego, la inquietó la letra desconocida. Nueve o diez líneas borroneadas querían colmar la hoja; Emma leyó que el señor Maier había ingerido por error una fuerte dosis de veronal y había fallecido el tres del corriente en el hospital de Bagé. Un compañero de pensión de su padre firmaba la noticia, un tal Fein o Fain, de Río Grande, que no podía saber que se dirigía a la hija del muerto.
Emma dejó caer el papel. Su primera impresión fue de malestar en el vientre y en las rodillas; luego de ciega culpa, de irrealidad, de frío, de temor; luego, quiso ya estar en el día siguiente. Acto continuo comprendió que esa voluntad era inútil porque la muerte de su padre era lo único que había sucedido en el mundo, y seguiría sucediendo sin fin. Recogió el papel y se fue a su cuarto. Furtivamente lo guardó en un cajón, como si de algún modo ya conociera los hechos ulteriores. Ya había empezado a vislumbrarlos, tal vez; ya era la que sería.
En la creciente oscuridad, Emma lloró hasta el fin de aquel día del suicidio de Manuel Maier, que en los antiguos días felices fue Emanuel Zunz. Recordó veraneos en una chacra, cerca de Gualeguay, recordó (trató de recordar) a su madre, recordó la casita de Lanús que les remataron, recordó los amarillos losanges de una ventana, recordó el auto de prisión, el oprobio, recordó los anónimos con el suelto sobre “el desfalco del cajero”, recordó (pero eso jamás lo olvidaba) que su padre, la última noche, le había jurado que el ladrón era Loewenthal. Loewenthal, Aarón Loewenthal, antes gerente de la fábrica y ahora uno de los dueños. Emma, desde 1916, guardaba el secreto. A nadie se lo había revelado, ni siquiera a su mejor amiga, Elsa Urstein. Quizá rehuía la profana incredulidad; quizá creía que el secreto era un vínculo entre ella y el ausente. Loewenthal no sabía que ella sabía; Emma Zunz derivaba de ese hecho ínfimo un sentimiento de poder.
No durmió aquella noche, y cuando la primera luz definió el rectángulo de la ventana, ya estaba perfecto su plan. Procuró que ese día, que le pareció interminable, fuera como los otros. Había en la fábrica rumores de huelga; Emma se declaró, como siempre, contra toda violencia. A las seis, concluido el trabajo, fue con Elsa a un club de mujeres, que tiene gimnasio y pileta. Se inscribieron; tuvo que repetir y deletrear su nombre y su apellido, tuvo que festejar las bromas vulgares que comentan la revisación. Con Elsa y con la menor de las Kronfuss discutió a qué cinematógrafo irían el domingo a la tarde. Luego, se habló de novios y nadie esperó que Emma hablara. En abril cumpliría diecinueve años, pero los hombres le inspiraban, aún, un temor casi patológico… De vuelta, preparó una sopa de tapioca y unas legumbres, comió temprano, se acostó y se obligó a dormir. Así, laborioso y trivial, pasó el viernes quince, la víspera.
El sábado, la impaciencia la despertó. La impaciencia, no la inquietud, y el singular alivio de estar en aquel día, por fin. Ya no tenía que tramar y que imaginar; dentro de algunas horas alcanzaría la simplicidad de los hechos. Leyó en La Prensa que el Nordstjärnan, de Malmö, zarparía esa noche del dique 3; llamó por teléfono a Loewenthal, insinuó que deseaba comunicar, sin que lo supieran las otras, algo sobre la huelga y prometió pasar por el escritorio, al oscurecer. Le temblaba la voz; el temblor convenía a una delatora. Ningún otro hecho memorable ocurrió esa mañana. Emma trabajó hasta las doce y fijó con Elsa y con Perla Kronfuss los pormenores del paseo del domingo. Se acostó después de almorzar y recapituló, cerrados los ojos, el plan que había tramado. Pensó que la etapa final sería menos horrible que la primera y que le depararía, sin duda, el sabor de la victoria y de la justicia. De pronto, alarmada, se levantó y corrió al cajón de la cómoda. Lo abrió; debajo del retrato de Milton Sills, donde la había dejado la antenoche, estaba la carta de Fain. Nadie podía haberla visto; la empezó a leer y la rompió.
Referir con alguna realidad los hechos de esa tarde sería difícil y quizá improcedente. Un atributo de lo infernal es la irrealidad, un atributo que parece mitigar sus terrores y que los agrava tal vez. ¿Cómo hacer verosímil una acción en la que casi no creyó quien la ejecutaba, cómo recuperar ese breve caos que hoy la memoria de Emma Zunz repudia y confunde? Emma vivía por Almagro, en la calle Liniers; nos consta que esa tarde fue al puerto. Acaso en el infame Paseo de Julio se vio multiplicada en espejos, publicada por luces y desnudada por los ojos hambrientos, pero más razonable es conjeturar que al principio erró, inadvertida, por la indiferente recova… Entró en dos o tres bares, vio la rutina o los manejos de otras mujeres. Dio al fin con hombres del Nordstjärnan. De uno, muy joven, temió que le inspirara alguna ternura y optó por otro, quizá más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada. El hombre la condujo a una puerta y después a un turbio zaguán y después a una escalera tortuosa y después a un vestíbulo (en el que había una vidriera con losanges idénticos a los de la casa en Lanús) y después a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Los hechos graves están fuera del tiempo, ya porque en ellos el pasado inmediato queda como tronchado del porvenir, ya porque no parecen consecutivas las partes que los forman.
¿En aquel tiempo fuera del tiempo, en aquel desorden perplejo de sensaciones inconexas y atroces, pensó Emma Zunz una sola vez en el muerto que motivaba el sacrificio? Yo tengo para mí que pensó una vez y que en ese momento peligró su desesperado propósito. Pensó (no pudo no pensar) que su padre le había hecho a su madre la cosa horrible que a ella ahora le hacían. Lo pensó con débil asombro y se refugió, enseguida, en el vértigo. El hombre, sueco o finlandés, no hablaba español; fue una herramienta para Emma como esta lo fue para él, pero ella sirvió para el goce y él para la justicia.
Cuando se quedó sola, Emma no abrió en seguida los ojos. En la mesa de luz estaba el dinero que había dejado el hombre: Emma se incorporó y lo rompió como antes había roto la carta. Romper dinero es una impiedad, como tirar el pan; Emma se arrepintió, apenas lo hizo. Un acto de soberbia y en aquel día… El temor se perdió en la tristeza de su cuerpo, en el asco. El asco y la tristeza la encadenaban, pero Emma lentamente se levantó y procedió a vestirse. En el cuarto no quedaban colores vivos; el último crepúsculo se agravaba. Emma pudo salir sin que lo advirtieran; en la esquina subió a un Lacroze, que iba al oeste. Eligió, conforme a su plan, el asiento más delantero, para que no le vieran la cara. Quizá le confortó verificar, en el insípido trajín de las calles, que lo acaecido no había contaminado las cosas. Viajó por barrios decrecientes y opacos, viéndolos y olvidándolos en el acto, y se apeó en una de las bocacalles de Warnes. Paradójicamente su fatiga venía a ser una fuerza, pues la obligaba a concentrarse en los pormenores de la aventura y le ocultaba el fondo y el fin.
Aarón Loewenthal era, para todos, un hombre serio; para sus pocos íntimos, un avaro. Vivía en los altos de la fábrica, solo. Establecido en el desmantelado arrabal, temía a los ladrones; en el patio de la fábrica había un gran perro y en el cajón de su escritorio, nadie lo ignoraba, un revólver. Había llorado con decoro, el año anterior, la inesperada muerte de su mujer –¡una Gauss, que le trajo una buena dote!–, pero el dinero era su verdadera pasión. Con íntimo bochorno se sabía menos apto para ganarlo que para conservarlo. Era muy religioso; creía tener con el Señor un pacto secreto, que lo eximía de obrar bien, a trueque de oraciones y devociones. Calvo, corpulento, enlutado, de quevedos ahumados y barba rubia, esperaba de pie, junto a la ventana, el informe confidencial de la obrera Zunz.
La vio empujar la verja (que él había entornado a propósito) y cruzar el patio sombrío. La vio hacer un pequeño rodeo cuando el perro atado ladró. Los labios de Emma se atareaban como los de quien reza en voz baja; cansados, repetían la sentencia que el señor Loewenthal oiría antes de morir.
Las cosas no ocurrieron como había previsto Emma Zunz. Desde la madrugada anterior, ella se había soñado muchas veces, dirigiendo el firme revólver, forzando al miserable a confesar la miserable culpa y exponiendo la intrépida estratagema que permitiría a la Justicia de Dios triunfar de la justicia humana. (No por temor, sino por ser un instrumento de la Justicia, ella no quería ser castigada.) Luego, un solo balazo en mitad del pecho rubricaría la suerte de Loewenthal. Pero las cosas no ocurrieron así.
Ante Aarón Loewenthal, más que la urgencia de vengar a su padre, Emma sintió la de castigar el ultraje padecido por ello. No podía no matarlo, después de esa minuciosa deshonra. Tampoco tenía tiempo que perder en teatralerías. Sentada, tímida, pidió excusas a Loewenthal, invocó (a fuer de delatora) las obligaciones de la lealtad, pronunció algunos nombres, dio a entender otros y se cortó como si la venciera el temor. Logró que Loewenthal saliera a buscar una copa de agua. Cuando este, incrédulo de tales aspavientos, pero indulgente, volvió del comedor, Emma ya había sacado del cajón el pesado revólver. Apretó el gatillo dos veces. El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto, el vaso de agua se rompió, la cara la miró con asombro y cólera, la boca de la cara la injurió en español y en ídish. Las malas palabras no cejaban; Emma tuvo que hacer fuego otra vez. En el patio, el perro encadenado rompió a ladrar, y una efusión de brusca sangre manó de los labios obscenos y manchó la barba y la ropa. Emma inició la acusación que había preparado (“He vengado a mi padre y no me podrán castigar…”), pero no la acabó, porque el señor Loewenthal ya había muerto. No supo nunca si alcanzó a comprender.
Los ladridos tirantes le recordaron que no podía, aún, descansar. Desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver, le quitó los quevedos salpicados y los dejó sobre el fichero. Luego tomó el teléfono y repitió lo que tantas veces repetiría, con esas y con otras palabras: Ha ocurrido una cosa que es increíble… El señor Loewenthal me hizo venir con el pretexto de la huelga… Abusó de mí, lo maté…
La historia era increíble, en efecto, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; solo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.
Para tener en cuenta:
La tensión y la elipsis
Borges juega con la tensión entre verdad y mentira; también utiliza el recurso de la elipsis fragmentando la información y haciendo que el lector complete los huecos.
Algunas cosas que no se dicen: dónde está la madre, por qué siguió trabajando en la misma fábrica, por qué está sola, el pasaje de la relación sexual con el marinero, "la cosa horrible", ¿por qué era horrible?
La construcción de la venganza y su legitimación.
Plantea la construcción de una venganza a través de la ficción y también la legitimación de una acción criminal por venganza por parte del personaje de Emma.
La identidad del personaje: mujer, virgen, obrera, judía, asesina. No tiene novio, calla cuando las amigas hablan de eso. "Asesina por mala lectura", dice Martín Kohan, ya que ella interpreta que su padre se suicidó (en el cuento dice que ingirió el veronal por error).
✅Les dejo por aquí el link para acceder al capítulo de Nacidos por escrito donde se habla de Emma Zunz
Está mal, pero no está tan mal…
Me voy a casa
—Me voy a casa. No me siento bien —dije, evitando su mirada.
—Pero estamos a mitad de la fiesta… ¡no jodas! —respondió él, sin soltar el vaso.
—Quedate. Me voy yo. Total, es la familia. Entienden… — tomé mi bolso.
—Dale —y siguieron las risotadas.
Crucé el zaguán de la casa de mis suegros buscando el aire fresco que me estaba faltando. Respiré en el silencio nocturno al pisar la vereda. Cerré los ojos y sentí paz.
Caminé largas cuadras. Caminé reconfortando mi lastimado corazón con los pocos recuerdos felices que pude encontrar en ese momento.
Llegué a casa. La casa que me vio nacer. La que heredé cuando la orfandad me atravesó con su filo tras aquel accidente. La que me acompañó en todos mis sueños. Los pequeños, los gigantes, los imposibles… La que nos disfrazó de familia.
Entré. Sola. Me quedé de pie, en medio de la sala, agradeciendo aquella pregunta que nunca fue. La que imaginé miles de veces.
Al principio de rodillas y con la caja roja en la mano y una sonrisa brillosa. Con el tiempo fue un ramo escondido que a su vez escondía el anillo en una flor. Cuando con la nena empezamos a elegir escuela secundaria, el anhelo fue una escena íntima y cotidiana. No sé. Tal vez mientras picaba cebollas… o revolvía el guiso.
La pregunta también fue perdiendo fuerza en mi ilusión hasta pensarla un simple trámite ofrecido tras tantos años de estar juntos.
Últimamente ni la imagino. Así es mejor.
Es que en el momento menos pensado surgían las bromas, como decía él. Actuaciones sugerentes donde, rodilla en piso alzaba la cabeza, serio y de pronto:
–¿Te la creíste? –y la risotada.
–Casi, casi, pero no –y otra vez la risa.
Pero de todas, la broma que hacía frente a todos, frente a otros, la que yo más odiaba era la que más repetía, la que infería una forma de conocernos como él lo recordaba y no como sucedió. En reuniones de familia, en encuentros entre amigos, ufanándose de lo bella que había sido y cómo esa muchachita linda lo había enganchado con una cría para después de criarla, convertirse en eso… y señalaba con la palma hacia arriba, subiendo y bajando el brazo señalándome. Todos reían y gritaban… nunca entendí si en defensa mía o en adhesión a la broma. Risas y carcajadas que llegaban a mis oídos mientras yo esbozaba una leve sonrisa siguiendo el tren… y bajaba los párpados para ocultar el dolor. Más de una veintena de años escuchando la broma y sonriendo.
Cada vez que intuía que llegaba esa broma, luego de las primeras cinco veces, empecé a recordar a mi abuelo.
Acá, en la misma sala donde ahora estoy de pie, aprendí, a mis cortos años, que los chistes repetidos no dan risa.
–Mirá nena: una vez, causa gracia; dos veces, cansa, y tres: aburre –decía el abuelo.
Aprendí con el tiempo que tenía razón. Que, a la tercera, cansaba. Sin embargo, llevaba años escuchando, viviendo y reaccionando al mismo chiste miserable que me tenía de personaje principal. Lo escuché en asados, cumpleaños, bautismos, incluso en un par de bodas familiares; no la mía.
Y la risa… estruendosa, grandilocuente, burlona. Una y otra y otra vez repitiendo su gracia. Y los oyentes de turno, casi siempre los mismos, soltando sus carcajadas… y entonces su brazo subiendo y bajando, señalándome… en una escena tantas veces presentada.
Mientras tanto, yo, bajando los párpados y sonriendo como si también disfrutase. Nadie notaba mi incomodidad, mi insatisfacción, mi soledad de mujer.
Miré alrededor. Las fotos de la nena creciendo en el papel. Su mirada sobre el hombro, rumbo a la nueva vida. Otra vez solos él, su chiste asfixiante y yo.
Di dos pasos hasta el viejo sillón de brocato. Tomé el teléfono y busqué el número. Hacía tiempo que lo tenía agendado. Tal vez un par de veces atrás, luego del chiste. El día en que empecé a registrar el vacío que sentía. El día en que me permití soñar con otra rutina. Una sin bromas repetidas. Una donde la risa fuera mía.
Marqué. No me importó la hora. Nada representaba un obstáculo. Tenía tomada la decisión. Aún tenía un rato hasta que regresara.
Juan Romero me pidió unos minutos para llegar. Acepté. Fueron tantos, que unos minutos más no era nada.
Me preparé un café, pero finalmente me serví un whisky. Mis manos temblaban, la situación lo merecía.
Esperé de pie con la frente contra la ventana de la cocina, que da a la calle. Bebí en silencio… Esperé.
Mis pensamientos de mujer soñaron escenarios nunca vividos. Y, aun así, merecidos.
Escenas nuevas… fantasías propias donde el brazo que subía y bajaba señalándome estaba acompañado de halagos y no de desvalores. Momentos en que mis párpados se cerraban para que mi piel se erizara sin pudor a las caricias.
El vaho en el vidrio no me dejó ver que alguien se acercaba. Fue el timbre el que me sacó de la ensoñación.
No prendí la luz de la puerta. La luna de la madrugada brillaba más que de costumbre.
–¿Señora Briganti? Disculpe la demora.
–Adelante. Es urgente. Necesito cambiar la cerradura.
Un sabor esperado
Como todos los sábados a la mañana fui a realizar compras. Caminaba por una de las veredas más arboladas de la cuadra y escuché un grito. Alguien me estaba llamando desde la vereda de enfrente. Me detuve y cuando miré, reconocí a la persona.
Crucé la calle. La mujer era del barrio y la angustia desbordaba en su cara. Me pidió un favor. Admito que al principio pensé que se trataba de dinero.
–Necesito comprar tres facturas de palmeritas para mi nietito –me dijo desesperada y explicándome que él era autista y comía solo las del local de la esquina. Luego, agregó que ella no compraba más allí a causa de un conflicto con la dueña.
Mientras le contaba que yo tampoco compraba más ahí, sacó tres billetes de mil y luego agregó uno más por las dudas. En la esquina había una gran fila esperando. La vendedora atendía a los clientes a través de la puerta. A pocos metros, una ventana entreabierta exhibía panes humeantes y todo tipo de facturas. Y allí, entre todas, muy agazapadas las palmeritas.
Y entonces, después de mirarlas varias veces para estar bien segura, me dirigí a la parada del colectivo. El lugar se colmó de gente. La espera no podía durar. Los envoltorios blancos volaban con sus sabrosos contenidos. Retrocedí cinco metros y me incliné sobre el vidrio. Y solo vi una enorme taza de chocolate y un niño feliz devorando su palmerita.
Está mal, pero no tan mal
Recuerdo la cara de mis padres al leer la nota en el cuaderno de comunicados. Mi papá me miró fijo, enojado, era muy raro esa expresión en él. Me preguntó que había hecho, yo no sabía que responderle, no sentí que hubiera hecho algo malo. Solo le dije que unos chicos de 6to se portaron mal y junto con Ezequiel los peleamos. Mamá con una expresión totalmente distinta a la de mi papá, porque se la veía triste me dijo: Maxi, por favor no nos mientas. Tengo que saber que pasó así le puedo contestar a la maestra. A lo cual le repetí lo mismo, solo fue una pelea en el recreo, mamá. La seño es una exagerada.
Allí fueron mi mamá, y la mamá de Ezequiel. La verdad yo me sentía muy mal. Sabía que no había hecho nada, pero no me gustaba verla así a mi mamá. Sentía que la defraudaba. Pero por otro lado sabía que ella me iba a defender delante de la maestra, y eso me hacía sentir seguro. No me dejaron estar en la reunión, así que solo supe de la misma una vez que llegué a casa del colegio. Mamá estaba terminando de preparar la comida, y como cada mediodía me íba a la pieza a ver dibujitos hasta que me llamaba a comer. Mi papá llegaba un poco después que nosotros y siempre se ponía a jugar conmigo, mientras gritaba: tengo hambre, y los dos nos reíamos. Pero ese día fue distinto. Yo estaba en mi pieza esperándolo, pero él se fue directo a la cocina, sin siquiera venir a saludarme y cerró la puerta. Igual yo pude escuchar todo.
Mamá estaba muy preocupada, le dijo que la maestra había dicho de mí que era un golpeador y que Ezequiel era un ladrón. Me enojé mucho, ¡eso no era verdad! Mamá dijo que le sugirió a la maestra hacer una consulta con el Gabinete Psicológico de la escuela, y le extrañó que no fuera la maestra la que hubiera pensado en esa solución. Mi papá se quedó callado por un momento y luego dijo secamente: esa maestra no conoce bien a los chicos. Después de la conversación me llamaron a comer. Fue un almuerzo silencioso y largo. Yo ya quería levantarme e ir a mi pieza. Por fin mamá me dijo: mañana vas a ir a ver a una señorita en el colegio. Vas a tener que contarle que pasó con los chicos de 6to con los que te peleaste, decile toda la verdad Maxi, siempre en la vida se dice la verdad, por dura que sea. Esas palabras me acompañaron hasta el día de hoy y lo seguirán haciendo. Muchos años después, me enteré que mamá había hecho una especie de encuesta entre las mamás de las chicas, para que le dijeran si sus hijas les habían contado que yo les pegaba. Cosa que todas negaron, incluso la mamá se Macarena le dijo que yo era uno de los varones que las dejaba subir primero a las nenas por las escaleras, porque yo decía que las mochilas pesaban mucho y las chicas son más lentas que los varones, y las podemos atropellar.
Al otro día, como me había comentado mamá, me vino a buscar en medio de la clase, una señorita joven, me llevo de la mano con una sonrisa en la cara. Después lo vinieron a buscar a Ezequiel. Cuando llegué a casa, me di cuenta que mi mamá estaba preocupada. Como siempre fui a la pieza, llegó papa´ y me llamaron para comer. En este almuerzo la conversación fue dedicada a mi encuentro con la señorita del Gabinete. Yo les dije la verdad, hablamos de la pelea en el recreo. Sé que no estuve bien, se lo dije y listo. A lo que mi mamá responde: en el cuaderno de comunicado dice que esa señorita me quiere ver mañana, seguro que no tenés nada para contarme? Me molestaba que no me creyeran. Le dije: no mamá nada que contarte.
Al otro día fuimos al colegio con mamá. Yo entré por la puerta donde entran los alumnos, mamá me despidió con un beso y su cara de preocupación y se fue por para entrar al colegio por la puerta de la dirección. Al mediodía cuando me vino a buscar vi que mamá estaba con la sonrisa que a mí me gusta. Ahora yo le hacía preguntas: ¿cómo te fue con la señorita? Y ella me contestó: todo bien, hablamos en casa con papá. Llegamos y me fui a mi pieza, esperando que me llamen a comer. Llegó papá y cerraron la puerta de la cocina, no me preocupé en escuchar, me daba cuenta que todo estaba bien. Me llamaron para comer. Nunca me voy a olvidar esa charla. Mamá dijo: bueno Maxi, la señorita me dijo que sos un chico muy maduro para tu edad, que en ningún momento negaste lo que hiciste. Vos y Ezequiel les pegaron a los chicos de 6to, porque cargaron a Joaquín, tu compañero discapacitado, y que le dijiste que eso no está bien, que a Joaquín hay que tratarlo diferente, porque no ve bien y no escucha bien, y además ellos son más grandes que él. Entonces ustedes se enojaron tanto que les pegaron en el recreo. Eso no está bien Maxi, lo entendés? Ante las injusticias no se reacciona con violencia, tenés que avisarle a alguna maestra para que ella lo resuelva. Papá estaba callado, pero le veía la sonrisa cómplice. Yo dije: pero mamá ustedes me enseñaron que hay que defender a los amigos, y Joa estaba llorando, porque le decían cosas feas. Ella también se sonrió y me dijo: lo que sentiste está bien, y habla de tu buen corazón, pero no fue correcta la resolución. Para una próxima vez, tenés que avisarle a algún adulto y acompañar a tu amigo. ¿Queda claro? Si mami, le dije. Y seguimos comiendo tranquilamente.
Aún hoy, a mis 32 años, sigo creyendo que hay justicias inmediatas, a pesar de las consecuencias.
Yo conocía sus mentiras pero amando, ella era la mejor.
Me hizo parte de sus noches y después también de sus días.
Costó encontrarlo, pero allí estaba y no dudé.
Ladrona
Los pies descalzos mi chiquita no sabían de leyes ni de situación social,
de desigualdad, ni de política y ni de porqué siempre pagan los más débiles
Yo sí sabia de todas esas cosas, pero no me importó.
Juro que lo hice con conciencia
Y con rabia
Y con un sabor a revancha que pocas veces pude probar
Sí, fui yo, robé las zapatillas.
Migas invisibles
Hoy, como todos los días fui a visitar a mi abuela al hogar de ancianos después de trabajar. Fui todo el camino pensando en que hacía bastante tiempo que yo era el único que la visitaba, que era su única familia. Recordé que decidí llevarla a ese hogar después de que, a sus 85 años, le diagnosticaran esquizofrenia y demencia y de que lamentablemente se volviera más violenta de lo que había sido en su juventud.
Cuando llegué, me recibió la amable recepcionista de siempre y me hizo pasar al cuarto de mi abuela. Allí estaba ella, en la silla de ruedas frente a la ventana de cortinas abiertas con el sol acariciándole la cara. Le pregunté si no quería salir a tomar aire otoñal, pero ella hizo como que no me escuchaba y se ubicó frente a una mesita redonda en una esquina de la habitación, al lado de la ventana. Acerqué una silla a la mesa y armé la merienda de todos los martes. Puse sobre el mantel un paquete con masitas finas que a ella tanto le gustan y dos tazas, una con té para mi abuela y otra con café con leche para mí. Mi abuela estaba muy dispersa, más que de costumbre. Ya no pretendía que me llamara por mi nombre ni que hiciera contacto visual conmigo. Sentí que me ignoraba y la miré como tratando de adivinarle sus pensamientos. En un momento específico de la merienda observé cómo mi abuela puso su huesuda mano arriba de la mesa, tomó una servilleta de papel e hizo el gesto como de estar limpiando migas arriba del mantel.
Miré su mano pensando en que mi abuela se había criado en el campo en un nivel económico muy bajo, pero que eso no había sido impedimento para que ella aprendiera de su madre los hábitos de limpieza. En ese momento, por mi cabeza pasó lo que ella me contaba cuando era chico, que había aprendido a barrer el piso de tierra de su pequeña casita natal y que cuando creció y formó su hogar esos hábitos la acompañaron. Y me quedé un tiempo largo recordando lo que mi fallecido padre me contaba que hacía mi abuela cada día cuando él era un muchachito: cada mañana al levantarse, después del desayuno, ella lavaba las tazas, las secaba y las guardaba; luego barría los pisos —que afortunadamente ya eran de cerámica— y los baldeaba con agua y lavandina; la ropa, si bien ya contaba con lavarropas, le gustaba lavarla a mano, incluso las sábanas; después seguía por el baño, que lo dejaba impecable y, a pesar de que lo limpiaba todos los días, ella quería verlo reluciente; por último, sacudía los colchones y cambiaba las colchas y sábanas; para cuando terminaba de hacer todo eso, ya era la hora de preparar la cena y, después de cenar, tocaba lavar, secar y guardar los platos; antes de irse a dormir, barría por última vez el piso del comedor, luego se daba una ducha y se iba por fin a descansar.
El sonido del celular me sacó de mi divague, de recuerdos de otros que me fueron contados. La miré y pensé en que esa limpieza exhaustiva que hacía mi abuela no era normal, que siempre me pareció que veía mugre donde no la había, que limpiaba de más hasta lastimarse con la cantidad de lavandina y limpiadores que utilizaba, y que su obsesión por la limpieza la había llevado a cerrar las puertas de su casa para que no entraran ni suciedad ni personas. Recordé con angustia cuando ella, estando sola, se resbaló baldeando en su casa y se había quebrado la cadera. Intenté no sentir culpa por haberla llevado a ese hogar de ancianos luego de haberse recuperado de ese accidente en mi casa. En ese momento me autoconvencí de que fue el mejor lugar que conseguí, que el precio exuberante que pagaba por mes lo ameritaba. Justifiqué eso porque ella se lo merecía, porque era mi única abuela y yo su único nieto.
Hoy, como todos los días, merendé con ella. Como todos los martes, merendamos masitas finas con té para ella y café con leche para mí. La miré con una mezcla de ternura y angustia e intenté descifrarla sin éxito una vez más. Sentí mucha frustración e impotencia por el estado en que veía a mi abuela: una anciana viva sin posibilidades de disfrutar la vida. Sentí una carga y suspiré como queriendo sacar algo de mi pecho. Me levanté de mi silla, estiré mi espalda y junté la mesa con cuidado de no hacer mucho ruido con las tazas porque sabía que eso la irritaba. Cerré las cortinas de la ventana dejando la habitación en penumbras. En ese instante escuché el canto de unos benteveos. Miré mi reloj y supe que ya era la hora de irme. Entonces, tomé una almohada de arriba de su cama y me volví a sentar frente a ella. Tomé su mano movediza, la miré a los ojos, aunque me esquivara la mirada, y, con la almohada y mis brazos firmes, hice que por fin dejara de limpiar migas invisibles.
Mentiras, de Liliana Calcanhotto, haciendo clic ACÁ

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