jueves, 9 de abril de 2026

9-Abril en el taller. Algunos cuentos para aprender cosas. Cuento 1

 Los libros voladores 

de Cornelia frente al espejo (1988) 
Silvina Ocampo

 





Había muchos libros en aquella casa, tantos que nadie pudo contarlos, porque todos los días aparecían nuevos ejemplares que se alojaban en los anaqueles sin que supieran quién los traía ni dónde estarían. Pero de noche los libros seguramente se levantaban, cambiaban de sitio o se juntaban para parecer más numerosos. Entonces yo, con una curiosidad ridícula, resolví mirarlos en la tenue oscuridad, para ver en el silencio si se movían, en cuanto empecé a sospechar. ¿Qué pasaba con esos libros de noche, cuando el sol se acostaba, los sonidos de la calle morían meticulosamente y las hojas, que no eran hojas sino páginas, se movían con rumores de alas y de nidos en los estantes? A mi hermano le gusta jugar con ellos, pero papá dice que es un pecado y me mira a mí.

Yo tenía cinco años, mi hermano siete, y el resto de la casa eran personas mayores. En lugar de mesitas teníamos libros apilados; en lugar de banquitos, sillones, sofás o sillas, teníamos libros y, en lugar de tener la ropa y los zapatos en los roperos, teníamos libros dentro de los roperos. Todo el mundo cree que somos desordenados y no se equivocan. Llegó un momento en que ni siquiera la cocina sirvió para cocinar. En una mesa de libros pusieron un calentador para hacer distintos platos, aunque ya el gusto por la cocina se había perdido.

Me contaron que en una oportunidad unos hombres resolvieron asaltar la casa, viéndola de afuera tan linda, pero no pudieron llegar a la cocina, donde creyeron que sería fácil entrar, ya que en el camino varios libros se habían subido los unos sobre los otros, formando una barricada. No podían imaginar otra manera de asaltar una casa tan impenetrable y se fueron diciendo malas palabras con los más horribles puntapiés que propinaron a cuanto libro encontraron: grandes, chicos, de papel de Biblia, de papel de arroz, de papel de diario, de papel de tornasol, de papel de pluma, de estraza, de madera, de tisú, de papel grueso y ordinario para niños. Yo contemplé el desastre cerrando los ojos, pensando qué había retenido de esos libros y tratando de contener las lágrimas, que parecían de papel, ya secas en las mejillas.

Fue entonces cuando nuestros padres resolvieron que nos mudáramos de casa y nos instalamos en un departamento, con jardín. Porque éramos ambiciosos regalamos los libros para una biblioteca que llevaría nuestro nombre. Pero todo era un engaño para entusiasmarnos.

Dormí tranquilamente la primera y la segunda noche en la nueva casa. Habían comprado algunos libros lindos, llenos de figuras, un diccionario en ocho volúmenes, muy raro, con árboles y flores, y animales de todos los colores y de todas las razas. Yo pensaba que esos libros no ocuparían lugar. Entonces me dediqué a mirarlos con mayor interés. No salía a pasear, ni iba al cine para mirarlos, para imaginar qué pensarían al ver cómo yo los colocaba en los desvanes de la casa, en los lugares más solitarios y vacíos. ¿Dónde estarían los libros pornográficos? Eso me preocupaba un poco.

El tiempo fue pasando. Yo apenas lo sentí. Cómo podía imaginar que en tan poco tiempo se acumularía un mundo de libros, todos idénticos a los anteriores, con las mismas tapas, las mismas primeras hojas, las mismas enormes, resignadas apariencias. No podía creer que el tiempo, tan ingenioso, hubiera pasado y que me viera preso en un mundo idéntico al anterior y acorralado de nuevo en una desordenada biblioteca. Siempre hay que temer las ocurrencias del tiempo. Desde mi nacimiento lo sentí. Vi plantas, almohadones, lámparas verdes que en la otra casa no había. Vi un cupido de mármol, con sombrero de paja, luchando contra el viento, con los pies desnudos, pero los mismos libros grises, azules, colorados, violetas estaban. ¡Yo no sé qué decir de este milagro! ¿Cómo pasó el tiempo? El tiempo pasa sin hacerse ver, me dijo mi tía; sólo deja líneas en la cara y pelo blanco en la cabeza. Habría que nombrar detectives no sólo para los crímenes, sino para muchas otras cosas: para vigilar a los médicos y a sus enfermos, para vigilar el tiempo y a sus víctimas, para vigilar la vida clandestina de los libros. Yo no sirvo para vigilar el movimiento de cosas tan precisas. ¿Quién dirá que estos libros quieren vivir? A mí me están matando. La vida está en ellos. Parece que vivieran como si todo fuera a redimirlos.

La casa ya tiene muebles hechos con libros: una repisa, una ensaladera de libros, un reclinatorio de libros, una cama de libros. Ya progresó el mundo, desaparecen los colores; la luz intensa del amanecer no es la misma. Tengo en mis manos un libro. Tiene voces, no tiene letras. Nunca se me ocurrió quedarme en éxtasis oyéndolas. ¿Moriré porque los libros de pronto hablan sólo de muertes o de crímenes? A veces escucho las voces de dos libros que se mezclaron. Son voces angélicas: una es la voz de un Narciso, me dijo un amigo, que abraza el agua, toda la largura del agua; era un loco, se enamoraba de sí mismo; otra, la voz contraria de san Gabriel, que abraza el mundo. Y creo que podré vivir, pero no sé si es verdad o si será verdad.

Lo más incongruente o dramático de todo fue cuando los libros se unieron. Me llamaba la atención la posición que adoptaron algunos. No se separaban. A cualquier hora estaban juntos. Recuerdo que aparecieron unos libros chiquitos, tan chiquitos que eran ilegibles. Estaban Baudelaire, Rimbaud, Racine, Verlaine y algunos pensamientos de Pascal. Inmediatamente imaginé que eran los hijos de nuestros libros, sin descartar la idea de la copulación, tan importante. Traté de reunir algún libro y mezclarlo con el que tenía al lado, pero era muy largo de hacer y además resultaba casi imposible. Sin embargo, traté de olvidar esta idea absurda que se me había ocurrido. ¿Realmente los libros copulaban o se me había ocurrido a mí dentro de todos los argumentos que siempre me perseguían? Fue entonces cuando mi padre buscó a un psicoanalista para que me analizara.

Yo tendría siete años, la idea le parecía demasiado inocente y complicada, casi peligrosa. Mezclé a escritores de diferentes épocas o edades; resultaron muy pintorescos, pero nunca salió un recién nacido de estas mezcolanzas, ni nada que pudiera parecerse a la realidad. Tuve que admitir que me había equivocado y renunciar a mi fantasía. ¡Yo era demasiado chico!

Un día el cielo se llenó de nubes y la casa estaba a oscuras. Iluminados por relámpagos los libros no cesaban de aumentar; hablaban, discutían con fervor, con esa tremenda voz que tienen las personas cuando se enojan. No puedo decir que tuve miedo. No podía sentir miedo ante semejante disparate. ¿Estaría soñando? Nunca siento que sueño cuando ocurre algo anómalo. Siento que me he vuelto loco o que el mundo ya no es el mismo y me someto a cualquier tipo de resignación o de fervor. Vi que los libros se movían, que la agitación era profunda como en las manifestaciones políticas. Comprendí que algo terrible sucedía. Me acerqué a dos libros que estaban moviendo las primeras páginas con pasión. Hablaban de suicidio colectivo. Se acercaban a las ventanas más altas de la casa. Sin mirar por donde avanzaban, tropezaban con las sillas, de donde caían libros tras libros, y finalmente retomaban sus verdaderas posiciones, volviendo a los anaqueles. Entonces, muy entrada ya la noche, empezaron a caer de los balcones los libros, tan infinitos que nadie podía contarlos. Yo trataba de salvarlos, en vano. Miles y miles cayeron, grandes y chicos, con tapas gruesas y blandas. Me asomé a mirarlos desde arriba. De pronto sentí que morían. Montones de libros en el suelo, sobre flores caídas, sobre el barro, en todas partes, hasta que el último que vi comenzó a volar como un extraño pájaro, y así uno tras otro, hasta que el cielo se cubrió de una extraña nube. Bajé a la calle. El pueblo se había reunido para ver la nube de libros voladores. Vieron también otro montón de libros sin alas, en el suelo, y eran tal vez más numerosos que los anteriores, como aquellos que volaban con tanto alborozo. Alguien preguntó:

—¿Y estos libros?

—Son los libros que nadie supo escribir.

—¿Alguien pudo leerlos?

—Nadie supo leerlos. Fue como si empezaran a leer. Por eso los quemaron. Hicieron grandes fogatas de libros.

—¿Por qué no sabían escribir aquellos que los escribieron?

—No sabían lo que era un adjetivo ni un verbo ni un pronombre.

—Pero algo tenían que decir.

—Eso no bastaba. Tenían que escribirlo de un modo lógico, de un modo claro, de un modo perfecto.

Todo había cambiado; los buenos libros no servían. Lo atribuyeron a causas políticas. Servían como cajas de bombones cuando venían las polillas, ¿cómo matarlas sin matar los libros?

—¿Es tan difícil escribir? ¿Más difícil que vivir?

—Menos arduo pero más difícil.

—¿Más divertido? ¿Menos real? ¿Menos cierto?

—Hay que conformarse. Vamos a ver qué hacemos con los libros que quedan, porque ya la casa vuelve a llenarse de libros. No son perros, no basta decirles «fuera de aquí». Nunca se van ni se irán. ¿Acaso se acostumbraron?

Pero ahora existe la televisión. Nuestra casa se llenó de cassettes. ¡Es lo único que faltaba! Yo defiendo los libros hasta la muerte. Dejaré de ser chico, seré grande y llevaré bajo el brazo un libro. ¡Es tan decorativo! ¡Tan cómodo! Si alguien me pregunta ¿qué haces?, contesto: Estoy leyendo. ¿Tenés los ojos bajo el brazo? Idiota. 

 


Algo para aprender : Algunos elementos de la estética de Silvina Ocampo

Objetos comunes que cobran vida, narradores infantiles y atmósferas misteriosas: lo fantástico, este género donde lo sobrenatural irrumpe en lo cotidiano y lo transforma.
Veamos algunos de sus recursos:

1. Personificación

“Los libros volaban con rumores de alas y de nidos.”

  • Los libros se comportan como aves, adquiriendo vida propia. Lo inanimado que cobra vida es parte del fantástico.

2. Imágenes sensoriales

“Se oían ruidos misteriosos en la biblioteca.”

  • El sonido crea atmósfera de misterio. La imagen auditiva envuelve al lector.

3. Metáfora

“Los libros eran pájaros que escapaban de las manos.”

  • La metáfora sugiere libertad y conocimiento que se expande. La comparación explícita amplía el sentido del relato.

4. Contraste 

“Mi padre decía que era pecado jugar con los libros.”

  • Se opone la mirada adulta (represión) a la infantil (imaginación). Se produce un contraste que marca una tensión entre lo normativo y lo creativo.

5. Narrador infantil

  • La voz ingenua naturaliza lo imposible. Lo fantástico está legitimado por esa voz.



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CONSIGNA DE ESCRITURA

Elegí un objeto cotidiano y transformalo en protagonista de un relato como si tuviera vida propia. Podés usar imágenes sensoriales y metáforas, y también pensar cómo reaccionarían un adulto y un niño frente a ese objeto animado.

También podés usar el exceso como recurso, la acumulación (como en el caso de los libros).


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LOS TEXTOS DE USTEDES

Andrea

Por fin
Amo el comedor de mi abuela Muña. Allí hay muchos adornos y estatuas. Me crie con ellos. Los adornos son de biscuit. Pero no es el que se come, no son las galletas duras que mojo en el café con leche que me da la abuela. Es un material duro, blanco y opaco. Estos adornos están perfectamente distribuidos. Digo esto porque el espacio entre ellos es el ideal para poder observarlos en detalle, desde todos los ángulos. En un costado, al lado del ventanal enorme, el  rostro de una bella y joven mujer, mi abuela dice que lo compró porque se parece a mi mamá. Del otro costado del ventanal, ella, hermosa, delgada, con un vestido que marca toda su silueta, su cabello se desliza por su hombro izquierdo, porque ella mira a la mesa del comedor  girando tenuemente su cabeza hacia la derecha. Yo creo que está esperando a alguien, porque mira con deseo. Con ambos brazos sostiene cuidadosa y delicadamente un cántaro. Es tan alta como yo. Aún no descubrí para quien es el agua que recoge. Es tan tímida.
En la pared contraria al ventanal, sobre un bahiut marrón oscuro está el chiquillo. Él si me dio bastante trabajo. Está  llorando, porque tiene en el cuenco de sus manos, un pajarito muerto. Me costó mucho entender lo que decía. Entre suspiro y suspiro. Feliz me puse cuando me contó que no me preocupe, que el pajarito se muere de día, cuando todos lo ven y vive de noche. Eso si, él no lo deja volar fuera del comedor, no sea cosa que se le escape.
Lo que pasa es que yo puedo escuchar. Escuchar conversaciones que los grandes no escuchan. Creo que es porque no hacen silencio. Las conversaciones que escucho son en un tono muy bajito. Pero existen si se presta atención. Yo tengo tiempo y atención para hacerlo.
Por ejemplo me gusta escuchar a la parejita de jóvenes que está en la glorieta sobre la mesa grande del comedor. Una glorieta llena de enredaderas y flores hermosas, perfectas, tan detalladas que hasta creo que las puedo oler. En verdad de esto no estoy tan segura, pero es que son idénticas a las de verdad. La mujer de la pareja tiene un vestido largo, con miriñaque, y en la mano derecha un abanico. Está en un extremo de la glorieta, sobre un banco que supongo será imitación de hierro, con mucho trabajo artesanal. Está sentada y lo mira a él, que está en el otro extremo, parado, alto, elegante y con su mirada clavada en los ojos de ella. En verdad mucho no se hablan, pero los he escuchado confesarse su amor y el deseo de poder algún día estrecharse en un abrazo. Creo que tanto lo desearon que al final ocurrió. Por eso yo me puse feliz. Fui la única. Los grandes se enojaron y mi abuela lloraba. Pero yo estaba feliz porque se juntaron. Fue gracias a doña Agustina, la señora que hacia la limpieza. Un error de cálculo, una mano torpe y otra aletargada y la glorieta con sus jóvenes amantes, al ser limpiada, se estampó contra el piso. Mil y un pedazos fue el resultado de semejante impacto. Aún recuerdo el estruendo, las corridas, los gritos, el enojo, la tristeza y hasta diría la desesperación. Yo sin embargo, vi el rostro de los amantes, uno al lado del otro, y escuché muy bajito decir: POR FIN.
                                  
 
































Lauris
Los armarios
 
En mi casa los armarios hablan, no todo el tiempo, pero hablan, no todos los escuchan, pero yo sí.
Son armarios viejos, los hizo el abuelo del abuelo de mi abuelo, eso me contó él y unos de los armarios, el más chiquito que está en el pasillo camino a mi habitación, escuchó la conversación y me lo confirmó.  Fue al primero que oí y realmente me sorprendió pero no me asusté, quizás porque era chico igual que yo.
Generalmente hablan por las noches, cuando todos duermen, hablan bajito pero yo los escucho igual, el murmullo de la madera me despierta y las bisagras cuando chillan en un silbido débil algunas veces, (aunque son las menos) y generalmente eso pasa cuando discuten sobre la fecha de alguna anécdota que recuerdan mientras conversan.
El aparador del comedor es el que más se olvida de algunas cosas cuando habla, y claro, es el más viejo, la biblioteca me dijo que él fue el primer mueble de la casa. Me encanta hablar con la biblioteca, es la más sabia y además la más graciosa.
Los armarios de la cocina son los más bochincheros y busca pleitos, yo les digo que no hace falta tirar nada, sino mamá se pone furiosa cuando aparece alguna taza sin asa o algún plato cachado. Me pregunta si fui yo, y yo, que no soy ningún soplón, solo respondo: no mami, yo no fui.
Pero el tema es que cada vez queda menos vajilla de loza y más recipientes del plástico. La alacena se enoja, dice que el plástico le hace mal, que los cacharros de antes eran mejores. También se enoja e insulta al microondas, a la pava eléctrica y cuanto electrodoméstico guardamos en su interior, mucha tecnología no es buena, dice siempre que los escucha, se perdió el calor de hogar que había antes, pero cuando habla de antes, es hace mucho tiempo, cuando yo no existía.
A veces por los vidrios del modular corren gotitas de agua y en casa, que les gusta opinar a todos, le echan la culpa al tiempo del clima, al tiempo de construcción que ya tiene la casa, y al tiempo que tienen los muebles, lo que pasa es que esta casa es muy pero muy vieja comentan mis abuelos cuando sale el tema en algunas reuniones.
Ellos, no saben que los armarios no solo hablan, sino que también lloran, que sienten dolor y extrañan.
Yo si lo sé, porque los escucho casi todas las noches hablar con nostalgia de otro tiempo que no conocí. El domingo en el almuerzo comentaron que van a renovar la casa. Comenzarán por la cocina, revestirán las paredes, cambiarán la ventana y colocarán muebles nuevos, así va a quedar mucho más linda luminosa y moderna. Todos están felices con la noticia, sobre todo mamá, pero yo no.
Desde ese día hay un aroma particular en la casa, los demás dicen que es la humedad, pero a mí me parece que es olor a madera triste, a madera que llora, porque en estas últimas noches solo se escucha en un silencio fúnebre, algún que otro lamento.
 

Claudia S.
Un día de abril

   Las olas dialogan con las rocas en un lenguaje difuso, conversan y discuten. Entre sonidos bruscos se golpean las unas a las otras. Mientras las sombrillas hilvanan conversaciones extensas, el mar cada tanto las moja y las provoca. Él las aturde y las baña con sus sales bajo ese cielo donde no prevalece la calma. Ellas reposan inclinadas junto a ese constante rugir que va y viene despabilándolas sin pedir permiso. Las hay rayadas, rojas, celestes, verdes agua. Demasiadas para esta época del año. Están allí, apenas a poca distancia de mi vista y al mismo tiempo distante de mis oídos.
    Ahora, imagino que hicieron una pausa porque no las escucho. Duermen la siesta, agotadas de tanto cuchicheo. Después de un largo rato, todas se levantan. Ahora las veo irse caminando lento.  Abrazadas, semejan una burbuja gigante y multicolor. Sus pasos se entierran en una arena que se hace cada vez más húmeda y donde el agua salpica con mayor intensidad.
    Y yo me quedo con las palomas y los gorriones debajo de una palmera. Les convido miguitas de galletitas y me agradecen el gesto. Mis pensamientos deambulan como las sombrillas y busco tan solo un papel que guardé dentro de un libro. Los faros se encienden porque ya la playa quedó desierta. Camino hacia la orilla porque yo también quiero mojarme los pies.

 


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LA MUSIQUITA DE HOY


Solo porque mientras diseño estas clases estoy escuchando música preciosa y porque hoy tenemos un cuento escrito por una mujer, les comparto una lista que armé y se llama  MUJERES


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