Mirna
Dime
cómo te llamas…
Desde
siempre me gustó asociar algunos nombres con ciertas personalidades. Teoría un
tanto polémica si de trabajar con niños se trata, pues conlleva implícito un
prejuicio, aunque no para mí. Mi afición consistía en prejuzgar como hipótesis
y luego refutar o confirmar durante el curso; y a veces, durante toda la
historia escolar del objeto de estudio. Un juego personal que lograba
distraerme y hasta darme temas de conversación en momentos álgidos de esos que
abundan en las escuelas. Contar alguna anécdota de mis sujetos favoritos y
objetos de investigación sin decir que estaba delatando información sensible de
mi tesis personal siempre lograba el cometido de desenredar alguna tensión o
enojo, o necesidad de llanto cuando no eran esas salidas las más convenientes.
Así,
por ejemplo, mis colegas ya podían intuir que yo creía que las “Marías algo”
más comunes suelen ser complejas: Laura, Emilia, Eugenia…Pero si el “algo” no
era tan popular, en general se diferenciaban bastante del enredo. María Paz,
María José, por ejemplo.
Siguiendo
en esa línea, las Karen son intensas; las Martas suelen crecer como vecinas amantes
de ventanas y silencios que escuchan, los Ezequieles corrigen su lado pícaro e
inquieto al crecer y los Facundos…bueno; los Facundos siempre serán los más
tremendos de los mundos.
Así,
y durante los más de quince años de tener una lista de nombres para trabajar mi
teoría, un día me topé con Pedro.
Pedro
en la letra fría de una lista de preinscriptos me remitió a Rusia y su
modernidad. O a Brasil y su responsabilidad en la independencia de Portugal. Y
por qué no a Mendoza y la fundación de nuestra ciudad. Sin embargo, en mi
hipótesis y como referencia previa encabezaba las justificaciones Simón Pedro
porque sobre él Jesús construiría su reino. Petrus, lo llamó. Y Pedro me hacía
prejuzgar un hombre fuerte, impulsivo, pasional. Y alto. Con presencia. Una
verdadera roca.
Así
fue como aquél primer día de clases me encontró con la ansiedad típica por
conocerlo. Él jugaba con ventajas sin saberlo pues recibiría “las llaves del
aula”. Sería mi piedra angular. Y no sería él sino yo quien negaría más de tres
veces durante ese año, el evidente favoritismo.
Aquella
mañana como cada primer día, las rutinas cambiaban un poco y los de primero
entraban directo al aula para recibirlos con una sonrisa, elegir un banco,
aplacar los nervios, tranquilizar padres y hacer, ante la escuela entera
formada en el patio, su ingreso triunfal. En esa escuela, en especial, además
debíamos colocarles un distintivo con su nombre y algún dibujo que sirviera
para orientar a los niños entre las cinco secciones de primero y los nueve
grados del pasillo donde crecerían dos años. Si mal no recuerdo ese año fue
cuando el A comenzó a ser una abejita.
Promediaba
la cantidad de niños cuando se paró en el quicio de la puerta, de la mano, una
pareja de estatura mayor al promedio. Ella llevaba su brazo libre escondido a
su espalda. Me saludaron, los saludé, nos sonreímos. Y de atrás de esa mujer
alta y esbelta asomó Pedro. Llevaba el guardapolvo impecable y con las marcas
de los dobleces de fábrica. Arrastraba una mochila donde, casi sin exagerar,
diría que podría haberse escondido. Pedro no llegaba a la altura promedio de
los niños de su edad. Al egresar, sería por lejos, el último de la fila, pero
ese primer día, fue la mano que tomé para la caminata triunfal.
Conforme
lo fui conociendo Pedro demostró ser grande en todo, a pesar de su lugar en la
fila. Un líder amorosamente humano a su corta edad y el ideólogo de la
resolución de todas las situaciones problemáticas. Sensato por demás y
cuidadoso de los modos correctos. Un viejo niño. Petrus, como lo llamé
cariñosamente, fue corroborando casi por completo mi hipótesis. Sin embargo,
existía un rasgo que seguía sin aparecer y que dejaba en dudoso equilibrio la
asociación del nombre con los rasgos seleccionados para aseverar mi hipótesis. La roca de mi prejuicio era más bien un canto
rodado. Así que, casi promediando mayo, aun no le confiaba “las llaves”.
Petrus
tenía todos sus útiles en tamaño extra. Y hasta desayunaba en una taza de
acrílico tipo mug de base pequeña y boca ancha, pero más alta que las demás. Yo
dudaba en silencio de su firmeza, pero él la dominaba con firmeza.
Mayo
avanzaba con mañanas frías. Los abrigos comenzaban a permanecer en los pequeños
cuerpitos, hasta pasado el desayuno. Un día de chocolatada, a pesar de no
preferirla, Pedro pidió que llenaran su taza un poco más que de costumbre. E
incluso, repitió. Claro, al repetir, los tragos se espaciaron y se hicieron más
frecuentes los compañeros caminando entre las mesas. Y fue en medio de todo ese
movimiento de idas y vueltas que mi hipótesis fue corroborada en su totalidad.
Pedro
y el humano que respondiera a ese nombre debía ser un hombrecito común pero
fuerte. Un verdadero líder. Impulsivo y solemne. Leal. Pero también alguien que
supiera reconstruir desde lo caído. Ser apoyo y sostén.
Cruzó
a su lado una compañera. Casi sin saber cómo la taza de Petrus invitó a bailar una
musiquita inaudible y liberadora a la chocolatada que contenía. Fue una danza
rítmica y veloz. En sus vueltas la bebida explotó en una lluvia amarronada y
dulce a la vez que la taza de base pequeña y boca ancha rodaba por la mesa,
rebotaba en la mochila que apoyaba contra el banco, y se estrellaba contra en
piso en montón de pedazos.
De
inmediato se escuchó una vocecita joven que con total seguridad calmó a todos y
aseguró que nada había pasado; que estaba todo bien. Que no se movieran pues
podían lastimarse.
–¿Seño,
podés limpiar vos? –terminó.
Ese
día, en ese momento, Petrus se hizo roca y yo, finalicé mi tesis.
#2
Proyecto
de mini libro (imaginar viviendas acordes)
Pedro es flaco y alto.
Sus papás son flacos y altos.
Su casa es rectangular,
con ventanas flacas y altas.
Y una hermosa puerta flaca y alta
con un montón de vidrios cuadrados.
Viven en un barrio flaco y alto.
de lejos, parece un bosque de cipreses.
Pedro y sus papás son personas muy generosas…
con corazones enormes.
A veces les cuesta entrar a su casa flaca y alta.
Por eso, un día, el corazón de Pedro… ¡estalló!
Porque la generosidad no debe guardarse
ni siquiera en casas flacas y altas.
Claudia
S
Durante
los días de vacaciones escolares quería olvidarme de la escuela. Pero ella se
me presentaba nítida y amplia cuando subía a la terraza. Después de colgar o
descolgar la ropa, había algo que me atraía hacia la baranda. La reja negra con
forma de rombos se intercalaba con pequeñas columnas de ladrillos revocados en
color blanco. Miraba desde esa altura las aulas gigantes y comenzaban a
soltarse los recuerdos del año anterior.
Me
instalaba con mi mente en todas las aulas. Buscaba a mis mejores compañeros y los
veía pasarse papelitos en secreto. Me acuerdo de un chico muy alto y delgado
que le decían “Escoba”. Debía de tener como catorce porque a veces me parecía
que tenía bigotes. No como los que tienen los gatos. Era apenas una pelusa
pintada con un carbón, como él que usábamos en los actos para maquillarnos.
Siempre me gustó ayudar a los que les costaba un poco. La escuela albergaba a
todos y también formaba parte de mi barrio. Como ocupaba mucho espacio en la
manzana, no había muchas viviendas.
El
chico alto tenía cara triangular y piernas muy largas. Siempre se quería sentar
conmigo para que respondiese sus dudas. Al principio pensé que yo le gustaba,
pero se me acercaba solo por interés. A mí me gustaba uno rubio con cara de
mandarina, mucho más bajo que se hacía el lindo. A ese le gustaba a todas y
como se daba cuenta no miraba a ninguna. Creo que la novia iba a otro colegio y
vivía muy lejos. Tan lejos que se veían durante las vacaciones de invierno y de
verano. Mucho después, me enteré que su amor no prosperó. La chica se tuvo que
ir a vivir al sur por el trabajo del padre y se casó allá con otro. Los rumores
que llegaban decían que su cabeza era como la de una naranja y los ojos como el
calafate.
A
través de los años, la infancia queda más distante. No tengo muchas fotos, ni
siquiera grupal. Conservo solo la de la señorita Mecha de segundo grado con una
compañera y yo. La foto es en blanco y negro. Mis piernas eran flaquitas y
chuecas y mi guardapolvo era tan níveo como él de mi maestra. Está sacada en el
enorme patio con sus dos árboles gigantes que parecen acariciar el cielo. La
galería con sus baldosas cuadradas y relucientes, con sus arcadas se pueden ver
en el fondo de la imagen. Y allí a lo lejos, por unos minutos, pude escuchar
“La farolera”.
Cintia
Mis
casas amigas
Cuadrada
y llena de estanterías con libros. Así era la casa donde vivía Laura. Su
rigidez jamás le hubiera permitido vivir en algún lugar irregular (excepto el
día que me agarro del nudo de la corbata porque le saque el lugar en la fila
del baño). Su intelectualidad e inteligencia dependían de cada uno de los
libros que leía, después de limpiar con prolijidad cada uno de los estantes.
En
cambio, la casa de Daniela, era lo más parecido a una posguerra. Con líneas
entrecruzadas y sin techo. Vivir ahí era la mayor expresión de inseguridad y
vulnerabilidad. A mi me gustaba habitarla cada tanto, aunque siempre me llevara
puesta alguna esquirla. La adultez me enseño que hay casas que es mejor no
volver a visitar.
Adrián
vivía en una casa chiquita. Le faltaban integrantes y eso la hacía triste.
Había fotos colgadas donde no estaban todos y le costó más que al resto
sostener las paredes en pie. Hoy tiene su casa propia y está llena de colores y
ruido a pelotas.
La
de Noelia tenía ese “no sé qué”. La cantidad justa de ambientes con olor a café
con leche y tostado. Tenía un calor especial que hacía imperceptible que
matemáticamente faltaba uno de sus creadores. Cargada de lapiceras de colores,
CDs y revistas de bandas. Me gustaba estar ahí, como me gusta ir hoy a apoyarme
en su nuevo hogar a leña.
Lala
tenía una casa dividida en dos. Como su familia. A la izquierda risas y juegos.
A la derecha, un par de traumas. Como era un 1er piso, me tiraba la llave por
el balcón, adentro de un guante de cocina. Con los años la vendieron y
volvieron a dividírsela entre dos.
A la distancia sé que todos consideraban
que mi “casa” era la más completa y funcional. Con todos los ambientes
necesarios y siempre disponible para un plato más.
Laura
El
chino
Al
niño más gordo del grado le decíamos el chino
llamaba
más la atención sus ojos rasgados que su redondez
el
chino tocaba la guitarra todo el tiempo
quizás
las curvas de la guitarra no dejaban ver su cuerpo
pero
tampoco nos importaba
Tengo
muy pocos recuerdos de él sin su guitarra
en
un recreo el chino tocó “Rasguñan las piedras”
ese
día me enteré que existía Sui Generis y fui feliz
ese
día lo quise un poco más al chino
Mis
recuerdos de él son casi todos musicales
en
los actos, en los recreos, en las excursiones
no
recuerdo su nombre, solo su apellido.
Al
finalizar la primaria, mi papá organizó un asado en casa
vinieron
mis compañeros, también el chino y su guitarra.
con
el paso de los años, todos perdimos contacto
Hasta
que apareció Facebook
y
aparecieron nombres y fotos
y
grupos de ex alumnos
Algunos
compañeros busqué
algunos
me buscaron a mí
algunos
estaban irreconocibles
algunos
estaban iguales
Como
el chino
así
redondo
con
sus ojos rasgados y con su guitarra.
Adri
Seño
Marta
Nunca
entendí las matemáticas, más que no entenderlas llegó un momento de la vida
escolar que directamente las odiaba. Era imposible para mí armar en mi mente
soñadora una relación entre líneas, ángulos y formas geométricas con algo que
sirviera para escribir poemas. Para colmo las maestras de matemáticas parecían
ser más cuadradas que las figuras que trataban de enseñar, yo decía “no
entiendo” y ellas repetían como una formula exacta una y otra vez lo mismo que
yo no entendía, de la mismísima forma.
Hasta
que llegó la señorita Marta. Ella se parecía más a un cilindro, todas sus
formas eran más redondeadas, hasta sonreía formando en su cara un medio circulo
perfecto y sus ojos redondos se ovalaban un poco. Cuando se dio cuenta de que
yo no cazaba una, también noto que ya estaba resignada a no entender y que, si seguía
así, me iba a costar pasar de grado, porque matemáticas era una materia muy
importante, y la verdad, en las otras andaba bastante floja, solo me gustaba
escribir, por eso zafaba con Lenguaje.
La
seño Marta tuvo la genial idea de decirle a mi mamá que podía ayudarme con las
tareas y como vivía cerca de casa, mamá dijo que sí.
Así
fue que empecé a ir a su casa para estudiar. Al principio no preste atención,
entonces me pareció una casa como cualquiera. Pero la seño, desde que me
recibió en la puerta, empezó a comparar su casa con todas las formas
geométricas existentes: “mira, está puerta es igual a un rectángulo, fíjate
bien, tiene dos lados iguales más largos y otros dos más cortos, iguales entre
si” mientras hablaba me mostraba lo que decía pasando la mano por las formas
que iba describiendo. “Ahora mira esta mesa, su forma es un círculo, y la
ventana es un cuadrado, porque tiene los cuatro lados iguales, de la misma
medida”. Fuimos recorriendo toda la casa y con cada mueble, adorno y abertura
hacíamos lo mismo, después lo tenía que decir yo, así se me fijaba la forma con
el nombre de la figura. De la misma manera me fue explicando los ángulos, los
vértices y los diámetros.
Y
bueno, una genia en matemáticas no me volví, pero pasé de grado. La casa de la
seño se convirtió para mí en un manual de geometría tamaño gigante. Y la seño
Marta era tan linda y buena como el florero redondito lleno de flores de todos
colores que tenía arriba de la mesa ratona del living, que era un cuadrado, porque
todos sus lados eran iguales.