Un rato en el taller, otro rato en casa
CONSIGNA DE LECTURA / ESCRITURA
Seguimos leyendo juntos. La dinámica es la misma: leemos hasta la misma página, esta vez es la 59 (donde están los dibujitos de los triángulos escalenos).
Ahora vas a apelar a tus recuerdos escolares o de amigos del barrio. Imaginate que tus antiguos compañeros, amigos o vecinos (o tus alumnos si sos o fuiste maestra) viven en casas / departamentos / chozas geométricas, acordes a sus personalidades.
Pensá dónde vive cada uno e imaginá su vivienda: por ejemplo, ese compañero que no compartía nada con nadie seguro vive solo en una casa pequeñita, cuadrada, no tiene ni un sillón para convidar y las ventanas siempre tienen las cortinas cerradas, para que nadie vea lo que hay adentro.
PD: Ya sé, no hace falta que aclare, pero podés inventar a todos estos niños y no apelar a ningún recuerdo. En este caso te tiro una ayuda visual: unas fotos escolares antiguas, llenas de caras con geometrías variadas para imaginar sus viviendas acordes.
LOS TEXTOS DE USTEDES
Mirna
Dime cómo te llamas…
Desde
siempre me gustó asociar algunos nombres con ciertas personalidades. Teoría un
tanto polémica si de trabajar con niños se trata, pues conlleva implícito un
prejuicio, aunque no para mí. Mi afición consistía en prejuzgar como hipótesis
y luego refutar o confirmar durante el curso; y a veces, durante toda la
historia escolar del objeto de estudio. Un juego personal que lograba
distraerme y hasta darme temas de conversación en momentos álgidos de esos que
abundan en las escuelas. Contar alguna anécdota de mis sujetos favoritos y
objetos de investigación sin decir que estaba delatando información sensible de
mi tesis personal siempre lograba el cometido de desenredar alguna tensión o
enojo, o necesidad de llanto cuando no eran esas salidas las más convenientes.
Así, por ejemplo, mis colegas ya podían intuir que yo creía que las “Marías algo” más comunes suelen ser complejas: Laura, Emilia, Eugenia…Pero si el “algo” no era tan popular, en general se diferenciaban bastante del enredo. María Paz, María José, por ejemplo.
Siguiendo en esa línea, las Karen son intensas; las Martas suelen crecer como vecinas amantes de ventanas y silencios que escuchan, los Ezequieles corrigen su lado pícaro e inquieto al crecer y los Facundos…bueno; los Facundos siempre serán los más tremendos de los mundos.
Así, y durante los más de quince años de tener una lista de nombres para trabajar mi teoría, un día me topé con Pedro.
Pedro en la letra fría de una lista de preinscriptos me remitió a Rusia y su modernidad. O a Brasil y su responsabilidad en la independencia de Portugal. Y por qué no a Mendoza y la fundación de nuestra ciudad. Sin embargo, en mi hipótesis y como referencia previa encabezaba las justificaciones Simón Pedro porque sobre él Jesús construiría su reino. Petrus, lo llamó. Y Pedro me hacía prejuzgar un hombre fuerte, impulsivo, pasional. Y alto. Con presencia. Una verdadera roca.
Así fue como aquél primer día de clases me encontró con la ansiedad típica por conocerlo. Él jugaba con ventajas sin saberlo pues recibiría “las llaves del aula”. Sería mi piedra angular. Y no sería él sino yo quien negaría más de tres veces durante ese año, el evidente favoritismo.
Aquella mañana como cada primer día, las rutinas cambiaban un poco y los de primero entraban directo al aula para recibirlos con una sonrisa, elegir un banco, aplacar los nervios, tranquilizar padres y hacer, ante la escuela entera formada en el patio, su ingreso triunfal. En esa escuela, en especial, además debíamos colocarles un distintivo con su nombre y algún dibujo que sirviera para orientar a los niños entre las cinco secciones de primero y los nueve grados del pasillo donde crecerían dos años. Si mal no recuerdo ese año fue cuando el A comenzó a ser una abejita.
Promediaba la cantidad de niños cuando se paró en el quicio de la puerta, de la mano, una pareja de estatura mayor al promedio. Ella llevaba su brazo libre escondido a su espalda. Me saludaron, los saludé, nos sonreímos. Y de atrás de esa mujer alta y esbelta asomó Pedro. Llevaba el guardapolvo impecable y con las marcas de los dobleces de fábrica. Arrastraba una mochila donde, casi sin exagerar, diría que podría haberse escondido. Pedro no llegaba a la altura promedio de los niños de su edad. Al egresar, sería por lejos, el último de la fila, pero ese primer día, fue la mano que tomé para la caminata triunfal.
Conforme lo fui conociendo Pedro demostró ser grande en todo, a pesar de su lugar en la fila. Un líder amorosamente humano a su corta edad y el ideólogo de la resolución de todas las situaciones problemáticas. Sensato por demás y cuidadoso de los modos correctos. Un viejo niño. Petrus, como lo llamé cariñosamente, fue corroborando casi por completo mi hipótesis. Sin embargo, existía un rasgo que seguía sin aparecer y que dejaba en dudoso equilibrio la asociación del nombre con los rasgos seleccionados para aseverar mi hipótesis. La roca de mi prejuicio era más bien un canto rodado. Así que, casi promediando mayo, aun no le confiaba “las llaves”.
Petrus tenía todos sus útiles en tamaño extra. Y hasta desayunaba en una taza de acrílico tipo mug de base pequeña y boca ancha, pero más alta que las demás. Yo dudaba en silencio de su firmeza, pero él la dominaba con firmeza.
Mayo avanzaba con mañanas frías. Los abrigos comenzaban a permanecer en los pequeños cuerpitos, hasta pasado el desayuno. Un día de chocolatada, a pesar de no preferirla, Pedro pidió que llenaran su taza un poco más que de costumbre. E incluso, repitió. Claro, al repetir, los tragos se espaciaron y se hicieron más frecuentes los compañeros caminando entre las mesas. Y fue en medio de todo ese movimiento de idas y vueltas que mi hipótesis fue corroborada en su totalidad.
Pedro y el humano que respondiera a ese nombre debía ser un hombrecito común pero fuerte. Un verdadero líder. Impulsivo y solemne. Leal. Pero también alguien que supiera reconstruir desde lo caído. Ser apoyo y sostén.
Cruzó a su lado una compañera. Casi sin saber cómo la taza de Petrus invitó a bailar una musiquita inaudible y liberadora a la chocolatada que contenía. Fue una danza rítmica y veloz. En sus vueltas la bebida explotó en una lluvia amarronada y dulce a la vez que la taza de base pequeña y boca ancha rodaba por la mesa, rebotaba en la mochila que apoyaba contra el banco, y se estrellaba contra en piso en montón de pedazos.
De inmediato se escuchó una vocecita joven que con total seguridad calmó a todos y aseguró que nada había pasado; que estaba todo bien. Que no se movieran pues podían lastimarse.
–¿Seño, podés limpiar vos? –terminó.
Ese día, en ese momento, Petrus se hizo roca y yo, finalicé mi tesis.
#2
Proyecto de mini libro (imaginar viviendas acordes)
Pedro es flaco y alto.
Sus papás son flacos y altos.
Su casa es rectangular,
con ventanas flacas y altas.
Y una hermosa puerta flaca y alta
con un montón de vidrios cuadrados.
Viven en un barrio flaco y alto.
de lejos, parece un bosque de cipreses.
Pedro y sus papás son personas muy generosas…
con corazones enormes.
A veces les cuesta entrar a su casa flaca y alta.
Por eso, un día, el corazón de Pedro… ¡estalló!
Porque la generosidad no debe guardarse
ni siquiera en casas flacas y altas.
Dime cómo te llamas…
Así, por ejemplo, mis colegas ya podían intuir que yo creía que las “Marías algo” más comunes suelen ser complejas: Laura, Emilia, Eugenia…Pero si el “algo” no era tan popular, en general se diferenciaban bastante del enredo. María Paz, María José, por ejemplo.
Siguiendo en esa línea, las Karen son intensas; las Martas suelen crecer como vecinas amantes de ventanas y silencios que escuchan, los Ezequieles corrigen su lado pícaro e inquieto al crecer y los Facundos…bueno; los Facundos siempre serán los más tremendos de los mundos.
Así, y durante los más de quince años de tener una lista de nombres para trabajar mi teoría, un día me topé con Pedro.
Pedro en la letra fría de una lista de preinscriptos me remitió a Rusia y su modernidad. O a Brasil y su responsabilidad en la independencia de Portugal. Y por qué no a Mendoza y la fundación de nuestra ciudad. Sin embargo, en mi hipótesis y como referencia previa encabezaba las justificaciones Simón Pedro porque sobre él Jesús construiría su reino. Petrus, lo llamó. Y Pedro me hacía prejuzgar un hombre fuerte, impulsivo, pasional. Y alto. Con presencia. Una verdadera roca.
Así fue como aquél primer día de clases me encontró con la ansiedad típica por conocerlo. Él jugaba con ventajas sin saberlo pues recibiría “las llaves del aula”. Sería mi piedra angular. Y no sería él sino yo quien negaría más de tres veces durante ese año, el evidente favoritismo.
Aquella mañana como cada primer día, las rutinas cambiaban un poco y los de primero entraban directo al aula para recibirlos con una sonrisa, elegir un banco, aplacar los nervios, tranquilizar padres y hacer, ante la escuela entera formada en el patio, su ingreso triunfal. En esa escuela, en especial, además debíamos colocarles un distintivo con su nombre y algún dibujo que sirviera para orientar a los niños entre las cinco secciones de primero y los nueve grados del pasillo donde crecerían dos años. Si mal no recuerdo ese año fue cuando el A comenzó a ser una abejita.
Promediaba la cantidad de niños cuando se paró en el quicio de la puerta, de la mano, una pareja de estatura mayor al promedio. Ella llevaba su brazo libre escondido a su espalda. Me saludaron, los saludé, nos sonreímos. Y de atrás de esa mujer alta y esbelta asomó Pedro. Llevaba el guardapolvo impecable y con las marcas de los dobleces de fábrica. Arrastraba una mochila donde, casi sin exagerar, diría que podría haberse escondido. Pedro no llegaba a la altura promedio de los niños de su edad. Al egresar, sería por lejos, el último de la fila, pero ese primer día, fue la mano que tomé para la caminata triunfal.
Conforme lo fui conociendo Pedro demostró ser grande en todo, a pesar de su lugar en la fila. Un líder amorosamente humano a su corta edad y el ideólogo de la resolución de todas las situaciones problemáticas. Sensato por demás y cuidadoso de los modos correctos. Un viejo niño. Petrus, como lo llamé cariñosamente, fue corroborando casi por completo mi hipótesis. Sin embargo, existía un rasgo que seguía sin aparecer y que dejaba en dudoso equilibrio la asociación del nombre con los rasgos seleccionados para aseverar mi hipótesis. La roca de mi prejuicio era más bien un canto rodado. Así que, casi promediando mayo, aun no le confiaba “las llaves”.
Petrus tenía todos sus útiles en tamaño extra. Y hasta desayunaba en una taza de acrílico tipo mug de base pequeña y boca ancha, pero más alta que las demás. Yo dudaba en silencio de su firmeza, pero él la dominaba con firmeza.
Mayo avanzaba con mañanas frías. Los abrigos comenzaban a permanecer en los pequeños cuerpitos, hasta pasado el desayuno. Un día de chocolatada, a pesar de no preferirla, Pedro pidió que llenaran su taza un poco más que de costumbre. E incluso, repitió. Claro, al repetir, los tragos se espaciaron y se hicieron más frecuentes los compañeros caminando entre las mesas. Y fue en medio de todo ese movimiento de idas y vueltas que mi hipótesis fue corroborada en su totalidad.
Pedro y el humano que respondiera a ese nombre debía ser un hombrecito común pero fuerte. Un verdadero líder. Impulsivo y solemne. Leal. Pero también alguien que supiera reconstruir desde lo caído. Ser apoyo y sostén.
Cruzó a su lado una compañera. Casi sin saber cómo la taza de Petrus invitó a bailar una musiquita inaudible y liberadora a la chocolatada que contenía. Fue una danza rítmica y veloz. En sus vueltas la bebida explotó en una lluvia amarronada y dulce a la vez que la taza de base pequeña y boca ancha rodaba por la mesa, rebotaba en la mochila que apoyaba contra el banco, y se estrellaba contra en piso en montón de pedazos.
De inmediato se escuchó una vocecita joven que con total seguridad calmó a todos y aseguró que nada había pasado; que estaba todo bien. Que no se movieran pues podían lastimarse.
–¿Seño, podés limpiar vos? –terminó.
Ese día, en ese momento, Petrus se hizo roca y yo, finalicé mi tesis.
Proyecto de mini libro (imaginar viviendas acordes)
Sus papás son flacos y altos.
Su casa es rectangular,
con ventanas flacas y altas.
Y una hermosa puerta flaca y alta
con un montón de vidrios cuadrados.
Viven en un barrio flaco y alto.
de lejos, parece un bosque de cipreses.
Pedro y sus papás son personas muy generosas…
con corazones enormes.
A veces les cuesta entrar a su casa flaca y alta.
Por eso, un día, el corazón de Pedro… ¡estalló!
Porque la generosidad no debe guardarse
ni siquiera en casas flacas y altas.
Me instalaba con mi mente en todas las aulas. Buscaba a mis mejores compañeros y los veía pasarse papelitos en secreto. Me acuerdo de un chico muy alto y delgado que le decían “Escoba”. Debía de tener como catorce porque a veces me parecía que tenía bigotes. No como los que tienen los gatos. Era apenas una pelusa pintada con un carbón, como él que usábamos en los actos para maquillarnos. Siempre me gustó ayudar a los que les costaba un poco. La escuela albergaba a todos y también formaba parte de mi barrio. Como ocupaba mucho espacio en la manzana, no había muchas viviendas.
El chico alto tenía cara triangular y piernas muy largas. Siempre se quería sentar conmigo para que respondiese sus dudas. Al principio pensé que yo le gustaba, pero se me acercaba solo por interés. A mí me gustaba uno rubio con cara de mandarina, mucho más bajo que se hacía el lindo. A ese le gustaba a todas y como se daba cuenta no miraba a ninguna. Creo que la novia iba a otro colegio y vivía muy lejos. Tan lejos que se veían durante las vacaciones de invierno y de verano. Mucho después, me enteré que su amor no prosperó. La chica se tuvo que ir a vivir al sur por el trabajo del padre y se casó allá con otro. Los rumores que llegaban decían que su cabeza era como la de una naranja y los ojos como el calafate.
A través de los años, la infancia queda más distante. No tengo muchas fotos, ni siquiera grupal. Conservo solo la de la señorita Mecha de segundo grado con una compañera y yo. La foto es en blanco y negro. Mis piernas eran flaquitas y chuecas y mi guardapolvo era tan níveo como él de mi maestra. Está sacada en el enorme patio con sus dos árboles gigantes que parecen acariciar el cielo. La galería con sus baldosas cuadradas y relucientes, con sus arcadas se pueden ver en el fondo de la imagen. Y allí a lo lejos, por unos minutos, pude escuchar “La farolera”.
Mis casas amigas
En cambio, la casa de Daniela, era lo más parecido a una posguerra. Con líneas entrecruzadas y sin techo. Vivir ahí era la mayor expresión de inseguridad y vulnerabilidad. A mi me gustaba habitarla cada tanto, aunque siempre me llevara puesta alguna esquirla. La adultez me enseño que hay casas que es mejor no volver a visitar.
Adrián vivía en una casa chiquita. Le faltaban integrantes y eso la hacía triste. Había fotos colgadas donde no estaban todos y le costó más que al resto sostener las paredes en pie. Hoy tiene su casa propia y está llena de colores y ruido a pelotas.
La de Noelia tenía ese “no sé qué”. La cantidad justa de ambientes con olor a café con leche y tostado. Tenía un calor especial que hacía imperceptible que matemáticamente faltaba uno de sus creadores. Cargada de lapiceras de colores, CDs y revistas de bandas. Me gustaba estar ahí, como me gusta ir hoy a apoyarme en su nuevo hogar a leña.
Lala tenía una casa dividida en dos. Como su familia. A la izquierda risas y juegos. A la derecha, un par de traumas. Como era un 1er piso, me tiraba la llave por el balcón, adentro de un guante de cocina. Con los años la vendieron y volvieron a dividírsela entre dos.
A la distancia sé que todos consideraban que mi “casa” era la más completa y funcional. Con todos los ambientes necesarios y siempre disponible para un plato más.
El chino
llamaba más la atención sus ojos rasgados que su redondez
el chino tocaba la guitarra todo el tiempo
quizás las curvas de la guitarra no dejaban ver su cuerpo
pero tampoco nos importaba
en un recreo el chino tocó “Rasguñan las piedras”
ese día me enteré que existía Sui Generis y fui feliz
ese día lo quise un poco más al chino
en los actos, en los recreos, en las excursiones
no recuerdo su nombre, solo su apellido.
vinieron mis compañeros, también el chino y su guitarra.
con el paso de los años, todos perdimos contacto
y aparecieron nombres y fotos
y grupos de ex alumnos
algunos me buscaron a mí
algunos estaban irreconocibles
algunos estaban iguales
así redondo
con sus ojos rasgados y con su guitarra.
Seño Marta
Hasta que llegó la señorita Marta. Ella se parecía más a un cilindro, todas sus formas eran más redondeadas, hasta sonreía formando en su cara un medio circulo perfecto y sus ojos redondos se ovalaban un poco. Cuando se dio cuenta de que yo no cazaba una, también noto que ya estaba resignada a no entender y que, si seguía así, me iba a costar pasar de grado, porque matemáticas era una materia muy importante, y la verdad, en las otras andaba bastante floja, solo me gustaba escribir, por eso zafaba con Lenguaje.
La seño Marta tuvo la genial idea de decirle a mi mamá que podía ayudarme con las tareas y como vivía cerca de casa, mamá dijo que sí.
Así fue que empecé a ir a su casa para estudiar. Al principio no preste atención, entonces me pareció una casa como cualquiera. Pero la seño, desde que me recibió en la puerta, empezó a comparar su casa con todas las formas geométricas existentes: “mira, está puerta es igual a un rectángulo, fíjate bien, tiene dos lados iguales más largos y otros dos más cortos, iguales entre si” mientras hablaba me mostraba lo que decía pasando la mano por las formas que iba describiendo. “Ahora mira esta mesa, su forma es un círculo, y la ventana es un cuadrado, porque tiene los cuatro lados iguales, de la misma medida”. Fuimos recorriendo toda la casa y con cada mueble, adorno y abertura hacíamos lo mismo, después lo tenía que decir yo, así se me fijaba la forma con el nombre de la figura. De la misma manera me fue explicando los ángulos, los vértices y los diámetros.
Y bueno, una genia en matemáticas no me volví, pero pasé de grado. La casa de la seño se convirtió para mí en un manual de geometría tamaño gigante. Y la seño Marta era tan linda y buena como el florero redondito lleno de flores de todos colores que tenía arriba de la mesa ratona del living, que era un cuadrado, porque todos sus lados eran iguales.
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LA MUSIQUITA DE HOY
Encontré un video poema de Casas enfiladas, el precioso poema de Alfonsina Storni. Se los dejo por ACÁ





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