Un poema de César Fernández Moreno:
al
mar hay que decirlo
el mar es un hecho que
el hombre no puede pasar por alto
hay que volverlo palabras
hay que hacer del mar
un sonido que te salga de la boca
un dibujo de letras
que te parta el corazón
ahora van a ver qué
fácil
yo les voy a decir
el mar
parece
la pampa pero con alambrados de espuma
una palma de mano que
sostiene las nubes
una almohada para la
cabeza de dios
el ojo de buey por
donde mira dios desde su camarote
el ojo de la tierra
una rueda con cámara
de horizonte
la línea de flotación
de todos los buques
la tumbadora que
golpean los nadadores
el refugio subterráneo
de las playas
una bailarina deshecha
el ruido líquido la
parte más baja del cielo
o el verdadero cielo y
estamos al revés las estrellas se cayeron arriba
o el verdadero
continente y aquí nos ahogamos
Un poema de Marianne Moore
Una tumba
el
caparazón de una tortuga golpea
contra el pie de los
acantilados
balanceándose por
abajo;
y el océano, con las
pulsaciones de los faros
y el ruido de las
boyas
avanza como siempre
como si no fuera ese
océano
donde las cosas que
caen
están destinadas a
hundirse
y si dan vueltas o se
enredan
lo hacen sin voluntad
y sin consciencia.
Un poema de Fabián Casas
Una oportunidad
Caminás
con las manos en los bolsillos,
por la rambla, rodeando el mar.
Te acordás de otro tiempo, aquí mismo,
estabas enfermo de la cabeza
y no podías sostenerte de pie
con elegancia. Sin embargo,
pudiste salir.
Hubo una oportunidad en aquella época.
Ahora mirás el mar, pero no decís nada.
Ya se han dicho muchas cosas
sobre ese montón de agua.
Poema de Fabián
Casas
El mar con sus miradas
A veces el mar se eleva, se incorpora como un monstruo líquido, se sacude y te salpica su rabia. El mar es odioso, celoso de su cuerpo y de quienes lo habitan.
~
El mar, con su mirada húmeda, te da el espacio que necesitás. Se acerca de a poco, va tanteando el terreno y suavemente te invita a entrar. El mar se mezcla con tus lágrimas y se las queda. Las guarda como un tesoro, como tu ofrenda.
A veces el mar se mece y te mece, aunque estés de pie. Al cerrar tus ojos, sentirás su presencia, sus caricias saladas. Cuando menos lo esperes, te salpicará su misterio.
Bajo la misma arena
Paula había elegido el mar como refugio. Colocó en un bolso algunas prendas y un par de zapatillas que casi no usaba. Encontró una campera liviana en un cajón de la cómoda y la dejó a mano. Lo único que quería en ese momento era subirse al auto y manejar hasta Pinamar y así lo hizo.
Manejó durante seis horas sin descanso. Pensó que ese lugar se vería sereno y pintoresco en primavera. Sus vacaciones habían sido siempre en verano cuando coincidían con la de los chicos.
Llegó al hotel que había reservado y se dirigió a la recepción. Una chica joven le entregó las llaves. El cuarto se encontraba en el tercer piso y tenía un ventanal enorme que daba al mar. Ya era de noche y corrió las cortinas y pudo ver la luna tan transparente que parecía disfrutar con ella. Dejó el bolso y la cartera en un estante. Y se acostó en esa cama grande con sábanas suaves y perfumadas. La habitación estaba decorada con muchos cuadros, donde el mar, se mostraba siempre fiel en todas las imágenes. Figuras donde lo inefable la mantuvo cautiva durante gran parte de la noche.
Despertó con el murmullo de ese mar cercano y el tintineo de las aves de la mañana. Se duchó y se vistió con ropa cómoda. Luego, en el ascensor descubrió a un hombre con lentes oscuros que debía tener casi la misma edad que ella. Observó también, que vestía ropa deportiva y que una alianza se dejaba ver en su mano izquierda.
En el salón comedor, ambos se sentaron en mesas individuales. Mientras esperaba el desayuno, ella lo escuchó discutir por el celular y cuando él la vio apagó el teléfono. La miró fijamente y ella sin darse cuenta respondió a esa mirada. Él se le acercó y la invitó a su mesa. Conversaron tanto que el tiempo pasó como un remolino.
A las dos horas, estaban caminando por la playa bajo el sol del mediodía. Paula creía en sus palabras o quizás quería creer en ellas. Las olas se apartaron de la orilla y el mar en toda su inmensidad se quedó en silencio. Sus pasados imperfectos hicieron un hueco en la arena. Ahora, sus manos sienten las caricias desvestidas de culpa.
Como el mar…
Suena su teléfono. Vuelve al interior de su departamento. Mira la hora. 10:04. Número desconocido. Seguro es él.
Completamente quieto, como un espejo. No te deja ver dónde comienza, dónde termina. Mar planchado
– ¿Hola? –atiende.
– Buen día!!!¿Cómo estás?
– Buen día, amor. Acá, saboreando un té, sin apuros. ¿Vos? Veo que volviste a cambiar de número.
– Sí. Te conté… no me habrás prestado atención. ¿Cómo se siente la princesa de mi vida?
Ella se acerca a la mesa, apoya su taza y se sienta. Charlan unos minutos. Cosas triviales, de esas que hacen que, aunque no estén juntos, lo estén. Ella habla y responde. Responde y cuenta. Él, pregunta. Repregunta. Vuelve a preguntar.
Pequeñas ondas, apenas se mueve. Te hipnotiza con su paz acompasada. Mar tranquilo
–Y entonces me decidí por el instituto de Almagro. Tendré más tiempo de viaje, pero me gusta más la propuesta y durante el viaje, podré ir leyendo… o mirando por la ventanilla si voy sentada.
–¿Cuántas veces te dije que no es así? Lo hiciste al revés, nuevamente. Primero se elige el barrio, la cercanía, la comodidad. Luego, te ajustas a lo que buscás y si no hay, pues se espera. ¡Cómo vas a ir hasta Almagro dos veces por semana!
–Tampoco es tan lejos… Tengo colegas que viven en La Plata y vienen todos los días. Yo voy a hacer un curso de un cuatrimestre.
–No es así! Te repito. Pero siempre hacés lo que querés. No me escuchás. Y yo tengo que bancarme tus decisiones de m…– Se detuvo. Bajó la vehemencia, esa que con cada palabra iba escalando…
Ella también cambió de actitud. Descruzó las piernas que había cruzado relajadamente durante la conversación y se levantó casi de golpe, pero callada.
Se dirigió a la heladera. Sacó una bandeja de vegetales cortados. Regresó a la mesa del comedor y llevó la taza a lavar. Antes, colocó el teléfono entre su oído y el hombro y sacó delicadamente el film que cubría la verdura. Sin ruidos, sin el mínimo ruido.
Olas que levantan un poco de espuma. Olas cortas y continuas.
Mar movido
Lo sigue escuchando. Habla sin parar. Claramente, nada de lo que escucha puede retener. Sólo piensa en esos instantes previos de maravillosa quietud mientras saboreaba un té, antes de las 10:04. No puede permanecer quieta. Camina. Camina ida y vuelta su departamento de dos ambientes. Camina sin apoyar los pies para que nadie perciba su movimiento.
–…pero, claro, vos a mí no me consultás… –Intenta intervenir, defenderse, argumentar a su favor, pero no puede. El vozarrón se hace más y más grave. Más y más intenso. Más y más sordo a sus oídos…
Difícil de navegar. Olas muy altas, fuerte oleaje. Mar bravo
Son las 11:21 y por fin, luego de pasear por situaciones históricas aparece un alto, una pausa para respirar, una oportunidad de decir:
–Es sólo un cuatrimestre.
Una exhalación. Un silencio. Un:
–Tenés razón. Exagero. Aunque vos no me lo digas, estoy exagerando. Además, debo dejar que te equivoques. Así me vas a dar la razón, después. Es que yo no quiero que te equivoques, princesa. Tus errores los siento míos y ya sabés que yo no me equivoco nunca. Siempre tengo la razón.
–Lo sé –inaudible y resignado.
–No seas irónica –con una firmeza temeraria.
–No, no lo soy. Lo sé. De verdad –con una debilidad temerosa.
Aunque en la costa el viento esté calmo, se acerca desde
la profundidad un oleaje peligroso. Mar de fondo.
Se detiene en la cocina. Abre la alacena. Elige un bowl. Vuelca las verduras. Abre el grifo y vierte agua para cocinarlas. El teléfono, entre su barbilla y el oído.
–¿Qué haces? ¿Me estás escuchando?
–Voy a preparar sopa de verduras.
–¿Mientras te hablo?
–Sí –responde con un Sí casi inaudible…
–Mejor corto.
Y colgó.
La calma que antecede al huracán.
Mi espíritu y el mar
El mar…
Espuma mansa que besa la arena se entrega a tus manos y te seduce
Furia indómita que se rebela y enfrenta tu ofensa
Cristalino deja ver sus secretos
Turbulento los esconde
Cielo en la tierra que enamora a la luna, espeja al sol
Y oculta a las estrellas en la profundidad más intensa
El mar … inmensidad insondable
¿dónde comienza? ¿dónde termina?
Un horizonte sin fin
Un comienzo incierto
El mar…misterio… belleza oculta en el abismo
El mar quizás refleje mi espíritu:
Hondo, inefable, eterno, cautivador, manso y salvaje.
Sicilia
La habitación estaba elegantemente amueblada con balcón con vista al mar y un restaurante panorámico con vista a la bahía. Se quedó un rato mirando las anchas y largas playas, sentía que nada podía superar ese mágico instante.
Gloria se acercó a Lucca y le sonrió seductora–hoy quiero ir a la playa y bañarme en el Mar Mediterráneo–parecía una niña con un juguete nuevo.
Para ella el mar estuvo desde siempre, desde antes, y ahí estaba, en la tierra de su abuelo. Miraba ese mar con el asombro de la primera vez. El mar la seducía con su misterio abrumador del mismo modo que la seducía Lucca. Parecía que los dos le trajeran mensajes del infinito, de otros tiempos, de otros mundos.
Cuando llegaron a las aguas cristalinas su emoción fue inmensa, la playa superó sus expectativas, arena blanca mar turquesa, todo era muy bonito.
Lucca y Gloria se metieron juntos al mar con distintas tonalidades de azul, del verdoso al marino.
El mar, la vida y la muerte, la inmensidad y lo absoluto, sereno o furioso. Olas, burbujas, espuma blanca.
A veces es susurro, a veces es rugido. Sal en el aire. Arena entre los dedos, viento en la piel que abruma y reconforta.
El mar era cálido y plácido y las playas un refugio donde vivir su por la orilla de la extensa playa y vieron el atardecer tomados de la mano, ella sentía una conexión única con él, él sentía algo mágico al lado de ella.
Parecía que se conocían desde siempre y se entendían con solo mirarse, era todo perfecto.
Se quedaron en la playa hasta el anochecer, no querían dejar ese paraíso donde se sentían felices. Gloria tenía un poco de miedo a tanta felicidad, pero no quería oscurecer el día con pensamientos negativos, por momentos la culpa aparecía para recordarle que en Argentina tenía que seguir con su vida de antes. No quería pensar, no quería tener que decidir, solo quería vivir el presente, se merecía vivir sin miedo aunque sea un tiempo.
Y así fue que en una ciudad escondida dentro de China hay una pequeña fábrica de gaseosas en lata que alberga a una familia que cierra tratos por ganancias paupérrimas. Reciben las instrucciones sobre medidas, volúmenes, sabores, burbujas, colores, estampas y destinos. Y así trabajan mucho, mucho y mucho más. Si cierran un buen trato y lo cumplen bien rápido, podrán comer algo caliente en sus cuencos mientras se dicen secretos en chino.
Y así nació la lata que por la celeridad en el proceso le faltó un ojo. Todos miran con desagrado a la lata tuerta, pero ahí está, igual que todas, envasada en pequeños paquetes de plástico que las aprietan hasta la asfixia pero sin sacarles el gas de adentro. Un angosto camión de ruedas pequeñas las lleva por geografías extrañísimas hasta algún lugar.
Y así la lata conoció el puerto. Con miles de camiones descargando millones de paquetes que luego se cargan en barcos miles de veces más grandes que la fábrica donde comenzó todo. Todo queda guardado en algún lugar del enorme barco, los camiones se fueron. Habiendo sido todo supervisado se comienzan a escuchar sonidos de sirenas y de sogas, gritos en un dialecto secreto mezcla de chino y marinero que cruzan al barco en toda su extensión.
Y así comenzó el viaje. Con el suave vaivén del agua le daba ganas de cerrar su ojo y dormir. El paquete donde se encuentra la lata da directo al mar, sería babor o estribor, no tenía ninguna importancia. No podrá dormir con el viento salino sobre su cuerpo, el agua de la lluvia y la salpicadura de las olas.
Y así se conocieron con el mar inmenso, omnipresente, infinito. Días y noches se miraron, ella con su ojo, él con su imponente ser. Un marinero sintió curiosidad por lo distinto de la lata y la sacó del empaque, la miró mucho rato, se río y se la pasó a otro marinero que se la tiró a otro mientras se burlaban de lo extraña que se veía la lata. Ninguno se atrevió a abrirla y beberla.
Y así el mar se indignó y se volvió inhóspito con su más terrible temperamento rodeó al barco con sus olas salvajes, lo sacudió, lo invadió como si fuese una mano gigante y lo hizo girar. Con miedo, los marineros corrieron y se sujetaron de donde pudieron soltando la lata. Cayó al mar quien la acunó y se olvidó del pequeño barquito. Descansó sobre la más suave espuma que el mar le ofreció. Durante días conversaron, ella no tuvo mucho que decir acerca de su vida, él solo le contó lo necesario. La hizo llegar a un lugar seguro y muy lejano.
Y así en una costa desconocida, el mar la empujó una y otra vez hasta que una niña que pasea descalza mojándose los pies, la mira y la levanta, le hace una pequeña caricia, le sonríe, la abre, la bebe, la disfruta sin saber absolutamente nada del viaje de la lata.
Cuando todo esto inició
Ellos eran solo dos niños.
Pasaban el tiempo juntos,
El tiempo era distinto para ellos.
Y todo a su alrededor también.
Los dos caminaban de la mano
Todo lo nuevo empezaron a ver.
Ya presos de un amor incontrolable
Les ordenó una distancia
Algo corto para empezar
Creyéndose camuflados
Ante tanta creación.
Esta vez un poco más
Ella comenzaba a verse triste
El comenzaba a llorar sal
(Les brotaba enormemente)
No pudieron separarse
No cedieron el control
Que tontos héroes creyeron ser
Esta vez las cosas cambiarían
Dejaría de ser lo que alguna vez fue.
Al oido de los enamorados
Los dos cayeron en sueño
Ya eran parte del pasado
Se notaron parte del mundo nuevo
Ella brillaba amarilla
Él se extendía en el suelo
Tanto hicieron por acercarse
Pero solo los ojos les servían
Para acariciarse
Sus lágrimas de sal
Lo agrandaban
Pero no en la direccion deseada
De lado a lado
Tanto que pronto
Perdió el color.
Su dorado.
Ahora su piel se tornaba blanca
Su alrededor
oscuro.
Él por las noches furioso
Agitaba sus olas para alcanzar a la doncella.
Solo logro salpicarla
Formando un par de estrellas.
el tiempo paso
Y ellos
jovenes enamorados
Se miraran para siempre
Con la ternura joven
Que no les lograrán quitar jamas.
No voy a meterme al mar
Nunca supe cuándo fue el momento de quiebre.
De un momento a otro, comencé a tenerle pánico. Apenas soy capaz de meterme hasta las rodillas, es en ese punto en el que una extraña sensación me recorre por las piernas, mi garganta se anuda y casi con desesperación necesito salir.
Mi familia suele preguntarme que me pasa, si es que lo hago para llamar la atención o si estoy menstruando, pero nunca supe cómo explicarlo exactamente.
Mi miedo no es justamente al mar, sino a lo que habita en él. Me aterra tan solo ver un pez. De hecho, ni siquiera los consumo, excepto por el atún, las anchoas y las rabas. Si estoy en el mar, o en el río, o en algún lugar donde haya peces, soy incapaz de meterme, y si llego a ver a alguno mientras estoy nadando... el miedo se apodera de mí, y al borde del llanto, corro como puedo hacia la orilla.
Ahora, hace años que no voy a la playa, pero estoy segura que si en algún momento voy, evitaré a toda costa sumergirme. No importa el calor, no voy a meterme al mar.
donde no vivo
pero me habita
ese lugar donde talvez
si nos cruzamos yo no te vea.
hay un lugar donde puedo quedarme
y si me voy algo de mí
se queda.
parada descalza
con los pies hundidos en la arena
los ojos húmedos
y la boca entreabierta,
abriendo el pecho y los brazos como poseída
si sabes que soy yo
pero parezco otra persona
y no hay nada que digas
que me haga reaccionar,
es seguro que estoy rendida a su poder,
que estoy allí absorta ante su grandeza
maravillada, casi en éxtasis, mirando el mar.


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