miércoles, 20 de agosto de 2025

21 ~ El jardín

 


“La tierra se extendía en silencio. Cuando el viento tira para casa, algo retorna. En los rincones hay sosiego, en el aire hay silencio. Así fue hoy.”







El jardín es un libro muy hermoso que compré hace unos días en la FED. Hoy vamos a trabajar con jardines.  
El jardín tiene un potencial simbólico, sensorial y narrativo enorme. Puede ser espacio de memoria, de transformación, de refugio, de misterio… Puede ser un sitio de aventuras o de contemplación. Podemos sentirnos parte del jardín o unos absolutos extranjeros.
Como sea que lo vivamos, que lo visitemos, que lo transitemos, el jardín no nos es indiferente.

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CONSIGNA DE ESCRITURA 
(con opciones)


~Leer el libro que te mando en PDF. Metete de cabeza en las imágenes o en los textos. Escribí sobre esos jardines. Un poema, una serie, un relato.

O si no…


~Un jardín que solo conocés vos. ¿Dónde está? ¿Qué lo hace especial? ¿Qué se transforma al entrar?

~Lo que crece sin permiso. Algo inesperado brota en el jardín: una planta desconocida, un objeto, un recuerdo, una emoción.

~Jardín de palabras. Elegí cinco palabras que te resulten significativas. Imaginalas como semillas. ¿Qué texto crecería si las sembraras juntas?

~Inventario botánico. Describí un jardín solo a través de los sentidos: olores, texturas, sonidos, colores. Que el lector lo recorra sin ver una sola planta nombrada.

~El jardín en invierno. ¿Cómo se vive el jardín cuando no florece? ¿Qué queda, qué se esconde, qué resiste?

~El jardinero ausente. Un jardín empieza a descontrolarse porque su cuidador ha desaparecido. ¿Qué sucede? ¿Quién lo habita ahora?

~La fiesta en el jardín. Una celebración ocurre en un jardín. ¿Quiénes asisten? ¿Qué se celebra? ¿Qué secretos se revelan?


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LOS TEXTOS DE USTEDES

Claudia V
Un jardín dibujado
    El jardín se nos presenta como un racimo de palabras. Tallos, pétalos, regaderas, enanitos y la lista resultaría interminable. Caminamos por las veredas de nuestro barrio en silencio. Nos detenemos en ese jardín donde ronronea un gatito. Y las caricias son parte de un ritual que el felino espera. La casa es tan enorme y bella que nos asusta. El césped siempre prolijo y las flores se extienden en un laberinto de verdes oscuros. Sus capullos parecen cuchichear historias. Un jardín perfecto como inspirador de un poema, de una canción o de un cuento.
    Transitamos muchas calles, pero nada llama más la atención que ver los yuyos altos en una casa abandonada. Sentimos un arrebato de saltar el cerco. Sentimos ganas de apropiarnos de ese espacio descuidado. Allí, el paisaje es otro. Nos imaginamos ser su propietario por un día. Y entonces comenzamos a pincelar la tierra con el color de las flores. Lo inundamos de algunas con sabor a fresa y nieve. Se nos ocurre disfrazarlo de otras con múltiples máscaras. Dibujamos un nogal, un naranjo o un limonero que reparta sus frutos. Colocamos una fuente en el medio y que salpique a una estatua con un manojo de risas. ¿Y por qué no bosquejar un banco de plaza y barnizarlo? Y después, sentarnos y leer durante horas sintiendo que el libro es nuestra única pertenencia. Leer en voz muy alta esas historias, donde todo ese jardín esté atento y se descubra. Donde los grillos pongan música a sus noches. Y cuando finalice ese día, nos inviten a volver. Y traerles cada jornada una lectura diferente y quizás un gatito, que le cuente del mundo real más allá de las rejas.
 
 
Laura
El jardín de mis sueños
 
El jardín de mis sueños tiene muchos colores y plantas y flores y pájaros. Es muy grande, grandísimo, y a la vez cabe todo en una fotografía.
 
Es un jardín muy resguardado el jardín de mis sueños, esta rodeado de arbustos y árboles, grandes y pequeños (los arbustos) altos y bajos (los árboles)
 
Al cielo le gusta tanto mi jardín que ya es parte de él, así que puedo decir que también es mi cielo. En él mutan los colores, por momentos se pinta de rosa o morado o toda la gama de azules, se mimetizan con los verdes, rojos, amarillos y blancos, y podría estar toda una tarde nombrando los colores que hay en el jardín de mis sueños.
 
Los días de sol suelen aparecer las mariposas y las abejas para posarse sobre la sonrisa de las flores, y somos felices, mi jardín, los colores, los pájaros, los insectos y claro, también yo.
 
A veces aparecen las nubes amontonadas o se estiran en un susurro, otras el cielo brama y el aire se transforma en grito, y mi jardín se desarma, pierde hojas, pétalos, se rompen ramas y algunos bichitos desparecen. Esas veces entendemos el desamparo.
 
Después de la tormenta, alguna lombriz sale tímida a ver el panorama, se cruza con una langosta o alguna lagartija, se saludan y cada cual sigue con lo suyo.
 
En el jardín de mis sueños, una niña inventa juegos y habla con la fragancia de una lavanda. Una enamorada contempla la imagen de una vaquita de San Antonio sobre un jazmín, unas manos maduras podan el rosal y en una esquina sobre la mesa de mármol una tetera humea con aroma a cedrón.
 
Alrededor de mi jardín un vientito joven zigzaguea entre frutales.  Los gorriones, cotorras y demás pajaritos (esos de los que no sé sus nombres) cantan y juegan en bandadas, mientras el hornero busca el árbol más alto y lleva ramitas para su nuevo hogar.
 
Con la caída del sol se apagan de a poco los colores del jardín de mis sueños, alargan sus sombras adormiladas en el suelo (y aunque otro mundo se pone en marcha) reina el sosiego.
 
Cuando el cielo se apaga, un serpenteo lento y ordenado le hace cosquillas a la tierra, en el aire alguna luciérnaga luce su baile para darle envidia a las estrellas, se escucha el rocío acariciando el instante y la luna le da las buenas noches, al jardín de mis sueños.

 
Sabri
Nunca tuve un jardín. Es que siempre viví sobre el techo de alguien más. Nunca tuve patio ni balcón. De chica admiraba a unos pensamientos amarillos que veía al pasar cada día por una casa de camino a la escuela. Pensaba que de grande iba a tener, aunque sea, una maceta para plantar pensamientos.
El tiempo pasó y ya soy grande. Sigo viviendo en las alturas. Ahora tengo patio y balcón, pero son de cemento y cerámica. Hubo un tiempo en el que me dedicaba a inventarme un jardín artificial lleno de plantas en macetas. Muchas, muchas plantas que reclamaban mi atención. Regar, trasplantar, no dejar morir... me sentí asfixiada.
Al final, nunca tuve pensamientos ni talento con las plantas. Una a una se fueron secando; hasta los cactus. Algunas macetas están ajadas por el sol y tienen solo tierra apelmazada que está cubierta de moho; otras resisten a mi abandono conteniendo a plantas que están dando sus últimos suspiros. Creo que mi nuevo pasatiempo es ver hasta donde sobreviven sin mi intervención.
Nunca tuve un jardín. Y cuando me lo inventé no supe cómo cuidarlo.

 
Morena
De noche
Cuando estoy sola
Cuando todos se fueron a dormir 
Y nadie me ve
Pongo ambas manos en el pecho 
Y lo abro.
 
Meto las manos 
en el hueco luminoso

Busco algo.
 
Entre membranas que se interponen 
Y algo que bombea de fondo,
La encuentro.
 
Respiro hondo
Y la palpo
Para corroborar si en verdad está ahí 
Si, está. 
 
Con cuidado 
vuelvo mi mano 
Del recorrido a la inversa
Y por fin 
Pongo ante mi
Una flor
 
La miro
Y ella me mira.
 
Se muestra inmóvil
Colgando de si misma 
Con una delicadeza de 
Princesa dormida.
 
Me la acerco a la boca
Y la beso.
 
Le regalo una sonrisa, 
(Espero pueda verme en esta oscuridad)
 
El hueco brillante del pecho sigue abierto,
En realidad no miro tanto dentro de él.
 
Devuelvo, 
más cuidadosamente que antes, 
a la pequeña adentro.
 
Habrá pasado frío?
Miedo?
Habrá pensado que eso era todo?
 
Cierro el hueco.
 
Me duermo
sonriente
soñando con el alma
Hecha una flor.
 

 
Claudia V
¿Dónde está el jardín?
Cuando salgo a mi jardín me invade la calma. Es como si se abriera un portal y entrara a otra dimensión.
La brisa sale a mi encuentro acariciándome la cara. Los pequeños árboles acunan sus ramas en delicado vaivén. Silba una suave melodía el silencio y anidan en cada rincón de mi cuerpo.
En las mañanas cálidas y las tardes tórridas, el arrullo de las palomas habita esa calma, mientras los colibríes agitan sus alas en busca del elixir que les regalan las flores. Hasta que el trino de las aves inunda el aire.
Las más atrevidas se animan a picotear alguna que otra miga olvidada sobre el césped, saltando distraídas hasta mis pies inmóviles y con la respiración contenida. Otras, aprovechan el descuido para anidar el árbol de Camelias que abre sus brazos rugosos.
“El árbol de la camelia”… pletórico de flores en agosto… con el frío… con la tibieza del sol. Se apropia del rosado del cielo en el ocaso y lo viste insolente.
El árbol que mi madre plantó hace tanto tiempo en honor a la novela de Dumas, “La dama de las camelias”. Quizás ella se sentía esa dama, bella y misteriosa. Cada día al verlo, veo a mi madre plantándolo con esmero; frágil y delicado con un solo tallo elevándose hacia el cielo con pocas hojas que lo adornaban.
Allí está, majestuoso custodiando el jardín y allí está ella dando abrigo a mi alma.
Al atardecer salgo a mi jardín a respirar jazmines y azahares y esas flores de colores que adoraban al sol durante el día, se tiñen de rosas y naranjas y me miran como suplicándome. Me acerco y colocándome en cuclillas no puedo evitar una sonrisa; las veo tan frágiles, tan vulnerables… hasta tímidas en medio de tanta belleza. Escucho sus secretos y les hablo, sí les hablo, con ternura, animándolas a ostentar su vanidad.
El jardín palpita en el viento, siento su vibración bajo mis pies y en toda mi piel.


Martín
Un secreto en el fondo
 
Con este frío es muy difícil salir de la cama, muy lejos estoy de poder ir al fondo y limpiar un poco. Está descuidado, muy descuidado. No fui desde que comenzaron los días fríos. Puedo ver el pasto crecido y lleno de malezas. Prometieron un lindo día con bastante sol, si cumplen seguramente voy a remover yuyos, levantar hojas secas, acomodar macetas o limpiarlas, ya veré.

Es un lindo fondo, cuando me mudé era solo un cuadrado con pasto, con la pared medianera a flor de piel. Le agregué algunas plantas, arbustos, macetas de muchos tamaños. De un lado puse unos caballetes con unas celosías viejas como mesa de trabajo a la sombra de un limonero que da pocos limones.
 
En una esquina tengo el compostero, cada temporada es más grande. Al principio lo había tapado con una media sombra, ahora está al cuidado de una parra de uva moscatel. Todo va al compostero, ya debe tener buena tierra.
 
Decidido, con el mate y ropa para ensuciar, voy. Es increíble el cambio que se siente entre las baldosas del patio y el jardín. Se siente húmedo, olor a tierra mojada, ruido a hojas secas y pájaros. Hay bichos, muchos bichos, muchas especies, por suerte todos hacen lo suyo y no molestan.
 
Apoyo el termo y el mate sobre la mesa, busco algunas herramientas muy básicas: una pala, una palita de mano, una tijera y unos guantes. Sedado por el ambiente en este pequeño oasis arranco muy despacio. Levanto algunas hojas, corto ramitas que crecieron sin control, acomodo la parra, voy tirando todo el en compostero, lo remuevo un poco, lo tapo y sigo.
 
Comienzo a remover la maleza, es hostil y se resiste, me pincha, se agarra muy fuerte a la tierra. Las corto por el tallo cerca de la base y luego con la pala remuevo la tierra para sacar tanta raíz como sea posible.
 
Uno de los golpes de la pala entra muy suave en la tierra, como si hubiera sido removida hace poco y eso no es posible. Saco la pala con tierra y veo que hay un hueco. Imaginé un hormiguero o alguna madriguera, insisto con la pala para luego tapar lo que haya ahí pero veo que el hueco se hace cada vez más grande. Busco los bordes con miedo a que colapse y me caiga dentro. Voy descubriendo de a poco lo inmenso que es. Para poder ver mejor busco una lámpara y un alargue y la dejo colgando adentro. Ahora parece un gran sótano.
 
Busco una escalera y la paso por el boquete que hice. Debe tener unos tres metros de profundidad, casi como una habitación. Bajo con extremo cuidado, preguntándome cómo es posible que nunca se haya hundido el jardín.  
 
Llego al piso de este extraño sótano y recorro toda la superficie ayudándome con la luz del teléfono, inútil ahora sin señal, es bueno que sirva de linterna. Alguien hizo esto. Lo hizo hace muchos años. No hay señales de escaleras ni de accesos. Las paredes tienen tierra y algunas raíces, con la palita remuevo un poco de tierra para ver si hay algo que proteja todo esto. La tierra va cayendo y llego a tocar algo rígido. Descubro lo mínimo posible hasta dejar al descubierto algo parecido a una pared de madera. Emocionado por la rareza empiezo a remover más tierra de las paredes y descubro que es una caja de madera, sigo hasta sacarla, es de madera muy buena, no se la vé deteriorada por humedad ni por bichos y es algo pesada. Mi corazón va tan rápido que mi cuerpo pierde la cautela y sigo escarbando encontrando otra y otra más. Las miro e intento imaginar lo que contendrían mientras camino por esta habitación para bajar mi ansiedad y pensar.
Me arrodillo para examinar una de las cajas, intentar abrirla y disfrutar del botín. Puedo escuchar el levísimo sonido de la tierra cayendo en migajas, restándole interés reviso cada cara y cada arista buscando algún tornillo, tirador o ranura. No encuentro nada, parecieran cubos de madera sin nada. No puede ser, me porfío por encontrar el tesoro guardado durante tantos años. La tierra comienza a caer más rápidamente, agarro precariamente dos de las cajas, miro a mi alrededor y siento que las paredes quieren atraparme y esconderme con mi tesoro. Corro hacia donde está la luz. Intento subir la escalera. Mis pies resbalan y caigo. Suelto una caja e intento subir. Unos peldaños más arriba y la escalera comienza a ceder, resbala y cae. Logro agarrarme de una raíz del techo. No quiero perder la caja. Intento tirarla por el hueco de entrada. No llega y cae. Yo resbalo y también caigo. Lo último que logro ver es una extraña hormiga con pequeñas flores en su cabeza.




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LA MUSIQUITA DE HOY


Deseo que todxs ustedes se hagan amigos, fans, seguidores, de Somos origamis. Y si no están seguros o no confían en mí, escuchen esta versión de El jardinero, de María Elena Walsh. 

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