Hoy vamos a leer a Silvia Molloy,
pero antes...
Un pedacito de un texto de Juan
Carlos Gorlier: ¿UN GÉNERO ENTRE OTROS?
Narración, autobiografía, testimonio.
"La autobiografía puede
abordarse como un género literario con características propias que la
distinguen de la biografía y la historia, dos géneros cercanos a ella. (...) En
la biografía el narrador relata la vida de otro; en la historia la atención
está dirigida a las acciones y los eventos externos. La autobiografía se
destaca por la identidad entre autor, narrador y personaje principal,
y por el énfasis en la introspección. El género autobiográfico se forja
diferenciándose de sus géneros próximos. Pero esa proximidad los expone a
contaminaciones recíprocas, que les impiden cerrarse sobre sí mismos. Hay algo
autobiográfico en toda biografía: sin eso ¿qué movería a indagar la vida de
otro, a escribir ciertas cosas, y no otras, sobre ella? En toda autobiografía
hay algo biográfico: ¿cómo escribir algo sobre una misma, cómo convencerse de
que eso tiene sentido, si no es escribiéndolo como si se estuviera escribiendo
la vida de otra? Inevitablemente, las confidencias más íntimas, escritas como
en voz baja y con extrema dificultad, tienen rasgos estereotípicos, son citas
de confidencias que ya hizo alguna otra.
(...) Por sus contornos, difíciles de
precisar, tal vez sea preferible concebir al género autobiográfico como un
campo gravitacional que tiene al “pacto” como centro magnético. El
pacto se establece entre el autor y el lector. El autor declara que
el yo que experimenta, el yo que narra y el yo que escribe son el mismo
yo. El lector acepta esa declaración. Ni uno ni otro sabe
con quién pacta. El autor no sabe quién va a leer su
autobiografía. El lector sólo tiene ante sí un texto. Hay
autobiografías firmadas de puño y letra; lejos de hacer al signatario presente,
la firma refuerza su ausencia (Derrida, 1998)."
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Vamos a leer juntos dos textos del libro Varia imaginación, de Silvia Molloy. Podemos pensar en autobiografía, relato de viajes, memorias, partecitas que forman la llamada Literatura del yo.
Los relatos se
agrupan en cuatro partes: Familia, Viaje, Citas y Disrupción, narradas
en primera persona. Elegí dos para ustedes: "Casa tomada"
(del capítulo Familia) y "Gestos" (de la sección Citas).
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CONSIGNA DE ESCRITURA
Vamos a elegir uno de estos
disparadores para escribir un texto autobiográfico.
►Las versiones de los recuerdos:
"Acaso los dos tengamos razón" (de
“Casa tomada”).
►El gesto repetido: “Puedo verlo como una burla a mis
intentos de imponer distancia con respecto a mi madre o como un oscuro homenaje” (de “Gestos”).
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LOS TEXTOS DE USTEDES
Andrea
Igualmente diferentes
Las
frases familiares, repetidas mil veces, se convierten en verdades, por lo menos
para la comprensión de una niña. “Vos sos de papá y tu hermana es mía”. Tengo
también ciertos recuerdos, seguramente mezclados con mis propios pensamientos,
donde subyace la idea de los celos de mi madre, ante una hija mujer que
“enamora” a su padre, con la consecuencia de un cierto rechazo mínimo por parte
de ella. Cuando fui una adolescente constaté la realidad de ser más afín a mi
padre. Creo que era porque no quería caer en las redes melancólicas de mamá.
Papá era alegre, definitivamente un hombre positivo y compartíamos el gusto por
las matemáticas. Recuerdo que en esa época observaba a mi madre y me repetía,
para no olvidarme, con total desfachatez, que cosas yo no iba a repetir para no
parecerme a ella. En primer lugar nunca iba a ser ama de casa las 24hs. Iba a
estudiar, en la universidad y bien lejos de casa. Echando así por tierra el
consejo de ella de hacer el magisterio en el mismo colegio en donde estaba
cursando el secundario. En segundo lugar iba a aprender a manejar, porque no
soportaba la dependencia de mi madre y mucho menos soportaba la docilidad de mi
padre antes los pedidos de ella. Y por último me juraba a mí misma que cuando
dejara la casa paterna, dejaba también el Asmopul y el Ledercot, los remedios
para el asma.
Y
así lo hice. A los 18 pedí de regalo el curso de manejo. Me recibí de
Licenciada en Sistemas, en la Universidad CAECE, que está en la capital,
bastante lejos de mi amada Ciudad Jardín y partí rumbo al departamento que
compramos con mi marido sin ningún botiquín.
La
ilusión de no parecerme en nada a ella duró lo que una pompa de jabón. Al poco
tiempo de casada me sorprendí a mí misma cargando la frustración que me causaba
no saber lo que “debe” saber un ama de casa. La estúpida creencia de querer
hacerlo todo, empezó a minarme. A tal punto, que por mi grado de exigencia,
sentía que no era útil ni en la casa, ni en el trabajo. Es más empecé a darme
cuenta que la carrera elegida no me daba ni un ápice de satisfacción. Curioso
fue el día que renuncie a mi trabajo para empezar a dar clases…clases, termine enseñando,
primero en empresas, luego en primarios, en un secundario y varios alumnos
particulares.
Y
la diferencia más igual sucedió cuando después de hablar con el médico y saber
que mi madre tenía una metástasis con pronóstico de unos meses de sobrevivencia,
fui a la casa de mi amiga y me senté en su sillón de plumas, abatida por la
noticia y terminé con máscara de oxígeno en la guardia del hospital. Ante la
pregunta del médico si ya me había pasado un episodio parecido, recordé que con
toda intencionalidad había abandonado la medicación de emergencia que siempre
viajaba conmigo.
Creo
que esa rebeldía por diferenciarme era porque quería ser tanto de papá, como de
mamá. Hoy, ya siendo una adulta mayor disfruto cada vez que me emociono ante
algún estimulo que me recuerda que soy también de ella: al maquillarme, escuchar
una gaita, la música de Zorba el Griego y cada vez que entro en un teatro.
Sabri
Odio
correspondido
En
el momento más duro del final de nuestra infancia encontramos a un perro. Yo
digo siempre que ese verano significó el fin de mi niñez. Un poco por mi edad ―pues ya tenía 10 para
11― y otro poco por otras
cosas. Pero mi hermana ya estaba en plena adolescencia a pesar de que yo
insisto en mis recuerdos en que teníamos la misma edad. Fue a finales del año
93, verano del 94. Coincidió que en esos días había venido al país Paul
McCartney y a mi madre le habían gustado los Beatles en su adolescencia.
Por eso el perro se llamó Paul. Ese verano fue de mucho impacto y de cambios
forzados para la familia: la muerte de mi abuelo materno (el paterno había
muerto un año antes), peleas parentales seguidas de separación por las mentiras
de mi padre reveladas, un embarazo no deseado de mi madre y mi desplazo del
trono de hija menor. El perro vino en ese panorama a distraernos un poco a mi
hermana, a mi madre y a mí. Ese cachorrito encontrado en la calle, indefenso,
nos acompañaba en noches cálidas a la plaza o a tomar un helado a unas cuadras
del complejo de edificios en el que vivíamos. Lo usábamos un poco como una
excusa para salir del departamento a caminar, para no pensar en que por primera
vez estábamos solas las tres y que había una cuarta en camino. Pero el enamoramiento
por el perro duró poco, por lo menos para mí.
Paul
era un perro con los colores de un ovejero alemán pero con el tamaño de un
cocker. El perro había venido a parar a un ambiente sumamente violento. Las
idas y vueltas de mis padres y sus peleas nos crispaban los nervios a todos,
pero no por partes iguales. Mi hermana mayor estaba noviando y a la primera
discusión se iba a la casa de su novio. Mis hermanos pequeños eran dos bebés ―ya
no era una sola, al año y medio vino otro más― y no entendían mucho
de lo que pasaba. Pero el perro y yo éramos los únicos que no nos podíamos
escapar de ahí. Aunque él sí lo intentaba: siempre que abríamos la puerta para
entrar o salir, él se nos escapaba y bajaba los dos pisos por las escaleras a
una velocidad increíble. Desde cachorro, Paul se fue convirtiendo en un perro
malo, de carácter inestable y agresivo. No tenía la culpa, es que se estaba
criando en una casa que nada tenía de hogar y de la peor manera que se puede
criar a un perro.
Era
dueño y señor de todos los muebles que tuviera a su alcance, incluso dormía
arriba de la mesa de la cocina. Cuando llegábamos de algún lugar, al pasar la
llave por la cerradura, escuchábamos como Paul se tiraba de la mesa
recordándonos que no habíamos dado vuelta las sillas. Tenía una fijación con
los zapatos de mi madre, esos que usaba para ir a trabajar y de los que no
tenía sustitutos. Se los llevaba como rehenes debajo del mueble de la mesada y
solo se los podíamos sacar con un secador de piso entre mordidas rabiosas y
ladridos amenazantes. Cuando nos sentábamos a comer, no podíamos estirar los
pies bajo la mesa porque si estaba él nos intentaba morder. Nunca nos mordió
del todo, pero sí me ha dejado los dientes marcados por uno que otro amague de
tarascón. Esa bola de pelos convertida en bomba de tiempo emocional creo que
nos odiaba. Y yo un poco a él también. Paul era impresentable. Cuando venían
mis amigas a casa, él las recibía mostrándoles los dientes y las encías y
gruñendo como perro rabioso. Cuando venían visitas hacía un escándalo de
alegría pero no se dejaba acariciar por nadie; gruñía ante el menor gesto de
caricia.
En
el fondo yo creo que todos le teníamos miedo, menos mi hermana mayor. Ella lo
amaba, hasta dormía con él. Fue la única que lloró la vez que Paul desapareció por
tres días, y la única que lo salió a buscar. Nunca entendí el amor que le tenía
mi hermana al perro. ¿Por qué lo quería tanto si era un perro arisco y
agresivo, o qué le veía de tierno si ni se dejaba tocar, o cómo lograba
abrazarlo y meterlo en su cama sin que la mordiera...? Yo quería quererlo a Paul. Quería tener una
mascota normal. Por eso me encargaba de llevarlo a que lo bañaran y le cortaran
el pelo y lo sacaba a pasear a la noche al volver de la escuela nocturna. Pero
no hubo caso. Nunca nos quisimos. O no del modo tradicional.
Paul
vivió casi 10 años. Nos habíamos mudado de barrio y la casa estaba sobre una
calle por la que pasaba mucho tráfico a metros de nuestra puerta. Ese bullicio
no nos era muy familiar y al perro tampoco. Mi hermana mayor, la legítima madre
de Paul, ya se había ido de casa hacía rato y yo estaba en eso. Ella no se lo
había llevado porque su entonces marido era el que más odio sentía por el perro
y le dio a elegir; ella eligió al marido, elección de la que se arrepiente hasta
hoy. Una tarde volví de trabajar y vi a mis hermanos que lloraban mientras
merendaban y hacían la tarea. Pensé que habían presenciado otra pelea violenta
de tantas de mis padres. Pero no. El llanto se debía a que el perro se les
había escapado mientras ellos entraban a la casa volviendo de la escuela. Salió
a lo loco, como siempre hacía. Corriendo, sin mirar hacia dónde. La falta de
costumbre de tener la puerta cerca de la calle hizo que cruzara sin ver ni oír
el colectivo 117 que lo golpeó. Mi madre y mis hermanos lo llevaron adentro de
la casa, pues todavía respiraba aunque no podía moverse. Al contarme eso fui a
verlo al lavadero. Lo habían recostado en su camita. Estaba descaderado y en su
mirada vi el dolor. Quería que se muriera. Mis hermanos esperaban que se
recuperara, se ve que lo querían a pesar de haber sido el responsable de
innumerables juguetes rotos. En realidad no sé si lo querían o si tenían miedo
de que nuestra hermana se enojara con ellos por haber sido los responsables del
accidente de su perro amado. Esa noche, mi padre al volver del trabajo dijo que
se iba a encargar. A mi hermana, después de contarle lo sucedido, le dijimos
una mentira que luego de muchos años descubriría: que a Paul lo habíamos
dormido, que había muerto dignamente. Pero la verdad fue que mi padre completó
lo que el 117 había comenzado: con sus propias manos le dio fin a la vida de
Paul. Pobre perro. El día que pudo huir y ser libre fue el día que lo
sorprendió la muerte.
Mis
tres hermanos lloraron al perro y lo extrañaron hasta mucho tiempo después. Y
yo... pronto me sentí extrañamente aliviada. Por fin pude estirar los pies bajo
de la mesa sin miedo a ser mordida.
Adri
Chancletas
No
suelo arrastrar los pies, siempre sentí rechazo al chancleteo, esa forma de
caminar haciendo sonar las chancletas en los talones, seguida de un sonido de
arrastre que parece alargar los pasos, o entristecerlos. Tengo tan grabado el
recuerdo de ese ritmo pachorriento, faltó de carácter, despojado de entusiasmo,
que siempre me esfuerzo por caminar levantando bien los pies, evitando
arrastrarlos en lo más mínimo.
Me
viene a la memoria la sucesión de días en los que me despertaba y para saber si
mamá se había levantado trataba de escuchar sus pasos arrastrando las
chancletas. Creo que esos pasos, más sus rezongos y sus silencios que hacían
tanto ruido, lograron que odiara profundamente esa cadencia pesimista, que yo
entendía cómo falta de ganas de vivir.
Con
los años, estando cada vez más enferma, que se levantara para comer, y
arrastrara sus chancletas delatoras hasta la cocina, me daba una sensación de
cierta alegría, por lo menos se levantaba.
Hace
poco vino mi nieta a casa y se quedó a dormir, se puso el pijama y las
pantuflas para nuestra pijamada, y mientras cocinaba una pizza para las dos
escuché desde la cocina que venía chancleteando por el pasillo, tan contenta.
Se me mezclaron los sentimientos, no sabía si estaba nostálgica o emocionada.
Le pregunté a la nena, “Hele, ¿por qué arrastras las pantuflas?” “Porque me
quedan grandes abuela, pero mamá dijo que así me duran más”. Me reí a
carcajadas y aunque no entendió por qué, ella se rio conmigo. Entonces pienso
que tal vez entendí todo mal durante tanto tiempo, que mamá solo arrastraba las
chancletas porque las compraba grandes.
Martín
Historia
de dos ronquidos
No
hay luz en la habitación. Apenas se escucha el ruido lejano de algún auto
apresurado por llegar. Se siente la mínima brisa del ventilador de techo. La
almohada le hace un pequeño lugar a mi cabeza ya cansada. La respiración
acompasada hace el resto.
Siento
un latido en los pies luego de haber caminado tanto, ahora inmóviles. Igual mis
manos, que, doloridas, agradecen el descanso. Tomo conciencia del resto del
cuerpo, lo acomodo mínimamente para no molestarlo. Cierro los ojos en el
preciso momento en que exhalo largamente. Me desinflo totalmente.
Dejo
ir mi día.
Pasa un tiempo que no puedo medir, escucho una
inspiración profunda, después un leve ronquido.
Duerme.
Ese
mínimo ruido me da tranquilidad. Sé que recién ahora logra descansar. Su día
fue terrible. Tal vez fue como el mío, tal vez peor. Pero ahora duerme.
Duermo.
Caras
de personas que no conozco mezcladas en charlas inentendibles, situaciones
imposibles, una moto acelerando, un tren descarrilando, gritos, empujones.
Estoy
incómodo, totalmente transpirado. Siento otro empujón y un reclamo:
—Mirá
para allá, que tus ronquidos no me dejan dormir.
Claudia
S.
La vueltita por Lope de Vega
Los recuerdos vienen y van. Se
acomodan por largos períodos. Me dicen que tengo que liberar la memoria. Como
si mi mente fuera un celular que necesita más espacio. Todo no se puede
guardar. Me pregunto qué vale y qué no recordar y entiendo que no depende de mí
o sí. Una imagen, un comentario al pasar o el nombre de una calle o lugar nos
transportan a un instante que recorrimos alguna vez. Nos esforzamos por ampliar
esos instantes olvidados y apenas son una partecita de lo vivido.
Y me llevan a la vueltita por Lope
de Vega como la llamaba mi papá. La avenida Francisco Beiró con todas las luces
encendidas y edificios altos de la “Capital Federal”, palabras que con orgullo
escribía, como mi lugar de nacimiento. La pizzería El Griego con su enorme
cartel luminoso, una fábrica de hilados donde trabajaba mi mamá ubicada detrás
del shopping de Devoto. La fábrica se convirtió en un supermercado francés
gigante y la pizzería como otros espacios, cerró para dar lugar al progreso.
Cierto día en una confitería
cercana descubrí un postre que ya ni figura en el menú de los restaurantes: La
sopa inglesa. No dudaba que era ese y no otro y esa visión me condujo a la cena
familiar en la famosa pizzería. La escena de los mozos yendo y viniendo, la
pizza con Moscato, el postre indiscutido y las gaseosas de botellitas de
vidrio.
Pero las imágenes me conectan
todavía más allá de esos momentos. Y sí a empezar a entender el paseo
recurrente de mi padre. Mi abuela vivía a dos cuadras del cine Lope de Vega. Me
quedaba a dormir muchos fines de semana y para mí eso era mucho más que Disney.
Salir a realizar compras, pasar por la puerta del cine y tener una placita
llena de juegos era tan mágico, que no quería volver a mi casa. No sé por qué
me elegían a mí para compañía de la abuela. Quizás por buena conducta o porque
mi hermana no colaboraba para ello.
Hace poco estuve por la zona y
quise dar una vuelta por la plaza. Los bancos descascarados, la calesita
apagada junto a las rejas que la rodeaban, me hicieron dudar. Y No sé si esa
era la plaza, ni siquiera la que visité no hace muchos meses.
Mirna
Epígrafe
Hubo
boda. Y mientras las miradas buscan la presencia angelical y amorosa de la
novia, yo guardo en mi corazón al novio. Ese hombre libre de elegir formar su
propia familia, una vez fue un bebé demandante. Y bastante llorón. Un niño
solidario y travieso. Un adolescente empático y decidido. Un joven que
desconoce y se resiste a aceptar el valor que tiene. Mientras todos se
emocionan con el vestido blanco y vaporoso, mi corazón es sumido por un esbelto
traje azul... Mientras todos ven un proyecto de dos, y aunque ame a la muchacha
que me estrena como suegra, yo solo puedo ver a mi niño...
Mientras
el mundo sonríe a la nueva esposa, todo mi ser abraza al niño que se dormía
acariciando mi cuello con sus deditos de bebé.
Lauris
Gestos
No vivió mucho tiempo mi papá,
murió muy joven. Él era el carnicero del barrio, y la carnicería estaba delante
de mi casa. Disfrutábamos de pasar mucho tiempo juntos. Salvo las horas en que iba a la escuela, las
mañanas durante la primaria, y el doble turno en la secundaria, el resto de mi
día andaba dando vueltas cerca suyo. Me divertía mucho, no necesitaba nada más.
Dicen que el cigarrillo lo mató, fue
el año que terminé la escuela, quizás por eso nunca fumamos ni mi hermano ni
yo.
Al principio cuando me quedé sola
fue desbastador, pero el tiempo acostumbra a amalgamar el cuerpo con el dolor.
Tenía mucho miedo de olvidar su voz (como dicen por ahí) pero no pasó, la
recuerdo hasta el día de hoy, ¡sigue tan presente!
Me gustaba y aún me gusta recordar
sus gestos, esos simples de la cotidianeidad en casa. Su sonrisa de costadito,
la manera de sentarse y cruzar sus piernas, de agarrar el cigarrillo, de
silbar, de chasquear los dedos, sus silencios que delataban sus enojos y sobre
todo esa mirada de tipo bueno. Creo que solo heredé la media sonrisa y los
silencios si de gestos hablamos y aunque me cueste admitir me parezco más a mi
mamá.
Tengo un hijo de 30 años que no
conoció a su abuelo. Un día llegaba cansada del trabajo, él que era adolescente
en ese momento, estaba sentado con las piernas cruzadas leyendo algo. Al verme
levantó la vista y me sonrió antes de decirme “hola ma”, no pude contestar
enseguida; “¿todo bien?”, me preguntó. Fueron unos segundos supongo, pero en
ese lapso yo retrocedí más de 30 años. La misma sonrisa, el mismo cruce de
piernas (no habitual en adolescentes), la misma mirada de tipo bueno.
Respiré profundo y le expliqué lo
que me pasó, vino a abrazarme, hablamos un largo rato de su abuelo. Ni él sabía
porque estaba sentado de esa manera, a lo mejor anda por acá, me dijo.
Unos años después pasamos por una
situación similar, Juan había comenzado a fumar, y en una reunión familiar, al
verlo apoyado en la pared cerca de la parrilla con el cigarrillo en la mano,
volví a ver a mi viejo.
Además de sus gestos, Juan, mi hijo, también
heredó esto de organizar reuniones en casa y hacer el asado para todos, que
debo reconocer que son tan ricos como los que hacía mi papá.
Tu mirada en otros ojos
y en sus ojos mi vida
tu sonrisa en esa boca
que amamanté
con tanto amor
En mi hijo tu herencia
semilla de semillas
tu raíz es alimento
de los nuevos brotes
Tengo todos los inviernos
que vos no pudiste
camino acompañada
por la orilla de tu recuerdo
y repito como mantra
tu poesía.
Martín
Historia de dos ronquidos
No hay luz en la habitación. Apenas se escucha el ruido lejano de algún auto apresurado por llegar. Se siente la mínima brisa del ventilador de techo. La almohada le hace un pequeño lugar a mi cabeza ya cansada. La respiración acompasada hace el resto.
Siento un latido en los pies, ahora inmóviles, luego de haber caminado tanto. Igual mis manos que, doloridas, agradecen el descanso. Tomo conciencia del resto del cuerpo, lo acomodo para no molestarlo. Cierro los ojos en el preciso momento en que exhalo. Lo hago largamente y me desinflo.
Dejo ir mi día.
Pasa un tiempo que no puedo medir, escucho una inspiración profunda, después un leve ronquido.
Duerme.
Ese mínimo ruido me da tranquilidad. Sé que recién ahora logra descansar. Su día fue terrible. Tal vez fue como el mío, tal vez peor. Pero ahora duerme.
Duermo.
Caras de personas que no conozco mezcladas en charlas inentendibles, situaciones imposibles, una moto acelerando, un tren descarrilando, gritos, empujones.
Transpirando incómodamente, siento otro empujón y escucho:
—Mirá para allá, que tus ronquidos no me dejan dormir.
Porque todos tenemos recuerdos que no vamos a borrar, personas que no vamos a olvidar, aromas que nos queremos llevar, silencios que preferimos callar... Brillante sobre el mic



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