jueves, 9 de julio de 2026

22 ~ Teoría de la gravedad


Hoy vamos a leer algunas crónicas de Leila Guerriero, tomadas de su libro Teoría de la gravedad.
A grandes rasgos, una crónica es un texto periodístico que relata los hechos más relevantes de un suceso real en forma cronológica e incorpora recursos literarios y el estilo y punto de vista del autor.
Gabriel García Márquez definió la crónica como "un cuento que es verdad". Y Albert Camus dijo que es "el oficio más bello del mundo, porque permite tratar la información como posibilidad narrativa que lucha por la supervivencia y la valoración estética e informativa, que establece una significativa diferencia con la naturaleza perecedera de la noticia".
En un trabajo producido por un estudiante de la Universidad de La PLata, Matías Kraber, leo que "Uno de los cronistas latinoamericanos contemporáneos más importantes, Alberto Salcedo Ramos, define a la crónica como 'el rostro humano de la noticia',  porque es allí donde el cronista tiene la posibilidad de escribir historias perdurables que puedan trascender las cifras y estadísticas. Digamos que el periodista tiene la posibilidad de inscribir una historia sin fecha de vencimiento, como a menudo ocurre con las noticias del esquema pirámide invertida, que algunos días después de su publicación la noticia queda obsoleta, sin brillo, y el periódico sirve para empaquetar huevos."

Vamos a las crónicas (que me costó HORRORES seleccionar). Y les dejo el libro completo, por si quieren seguir leyendo (recomiendo), en este LINK



El pacto
Aquí yo, otra vez, arrastrándome en el pantano de los rotos o flotando feliz entre la euforia de los vivos, idéntica a mí, la muy sincera, la muy falsa, la esquiva, la insensible, la mísera, la idiota, la astuta, la excesiva, la austera, la retrógrada, la feminista, la jurásica, la iracunda, la violenta, la agresiva, la suave, la tan suave, aquí yo, yo, yo, la egocéntrica, la narcisa, la modesta, la muy humilde, la tan humilde, la soberbia, la confundida, la preclara, la confusa, la confesa, la caníbal, la cobarde, la cursi, la que habla de sí, la que no habla de sí, la que sólo habla de sí, la impávida, la fría, la muy cálida, la kitsch, la ruda, la bruta, la brutal, la que vive en sosiego, la desasosegada, la que te tiene harto, la que no sabe lo que dice, la que no dice lo que sabe, la que lo cuenta todo, la que no cuenta nada, la que lo cuenta todo pero no cuenta nada, la que no sabe escribir, la que escribe como puede, la que no escribe en absoluto, la que no piensa, la que no sabe pensar, la enredada, la vacua, la precisa, la justa, la tan justa, la honesta, la muy insoportable, la rastrera, la infame, la insumisa, la blasfema, la que pide y no da, la que da pero no quiere, la que lo quiere todo, la que nunca da explicaciones. «Mi propósito —dice Balder, uno de los personajes de El Amor Brujo, del escritor argentino Roberto Arlt— es evidenciar de qué manera busqué el conocimiento a través de una avalancha de tinieblas y mi propia potencia en la infinita debilidad que me acompañó hora tras hora.» «Poco a poco tendré que ir saqueando mi propia vida para ofrecerla al mejor postor», escribe Andrés Felipe Solano en Corea, apuntes desde la cuerda floja. Vengo aquí. Saqueo mi vida. Ahí la tienen. ¿Para qué la quieren? Yo, a veces, la prendería fuego.
 

Era la vida
Debería, por ejemplo, empezar por viajar más, por viajar menos, por no viajar en absoluto. Debería hacer las paces con mi padre, debería depender menos de mi padre, debería ver a mi padre más seguido. Debería salir de esta casa en la que paso tanto tiempo sola, debería quedarme en casa y no salir a aturdirme con gente que no me importa en absoluto. Debería terminar mi novela. Debería renunciar a este trabajo que detesto. Debería ir a bailar antes de ser el más viejo de la discoteca. Debería divorciarme. Debería empezar a usar toda esa ropa que hace años que no uso. Debería ir a recitales. Debería invitarla a cenar, invitarlo a un bar, decirles que soy gay. Debería parar con la cocaína. Debería probar alguna vez un trago, debería beber menos, debería dejar de beber. Debería aprender a tocar la guitarra. Debería ir a África mientras todavía puedo caminar. Debería cambiar de analista, conseguir un analista, dejar de ir al analista. Abandonar las pastillas. Ceder. No ceder. Arrojarme en paracaídas, tomar un curso de buceo, poner un hotel en la montaña, un bar en una playa de Brasil. Ir más despacio, ponerme en marcha, no mirar atrás. A fin de año, más que nunca, la vida no es la vida sino una patética declamación de buenas intenciones, una renovación del permiso de postergarlo todo, una fe idiota en que nunca será demasiado tarde para nada. «Toda la inmortalidad que puedes desear está presente / aquí y ahora», escribió el poeta chileno Gonzalo Millán en Veneno de escorpión azul, su diario de vida y de muerte, y esa bestia terrible de la poesía, la uruguaya Idea Vilariño, dijo, mejor que nadie, peor que nunca: «Alguno de estos días / se acabarán las bromas y todo eso / esa farsa / esa juguetería / las marionetas sucias / los payasos / habrán sido la vida».
 

Antes
Antes de que todo esto se termine. Antes de que cierren la casa y vendan los muebles y regalen los libros. Antes de que se repartan los cosméticos y los zapatos. Antes de que arrojen las cacerolas a la basura. Antes de que vacíen las alacenas, de que se lleven las especias, los fideos. Antes de que se terminen los días felices y las tardes de domingo. Antes de la última de las madrugadas. Antes del final de la angustia. Antes de que se acaben el sexo sin amor y el amor sin sexo. Antes de que la ropa se pudra en los placares. Antes de que descuelguen los cuadros y cubran los sillones con lienzos y cierren las ventanas para siempre. Antes de que quemen las fotos. Antes de que se resequen los felpudos, de que se oxiden las cortinas en sus rieles. Antes de que se terminen la curiosidad, los huesos, el hígado y las córneas. Antes de que se sequen todas las plantas del balcón. Antes de que no haya más nieve, ni colores, ni trópicos. Antes del final de todas las selvas, de todos los mares, de todos los reflejos en el agua. Antes del último poema. Del final de las veredas y las calles. Del fin de todos los paseos. Antes del adiós a todos los aeropuertos y todos los aviones y todas las ciudades y todos los cafés con vidrios empañados. Antes de la cancelación de todas las discusiones, de todos los argumentos, de toda la furias, de todos los desprecios. De todas las metálicas ansiedades. Antes del fin de los gritos, de la desolación y de la culpa. Antes de la última agenda, del último viernes, del último bar, del último baile. Antes de que se apaguen todas las cúpulas y todas las pantallas. Antes de que las polillas se coman los restos de la lana y de la almohada. Antes del final de las mascotas. Antes, mucho antes: hay que vivir. Pero ¿cómo? ¿Cómo? «Qué admirable / el que no piensa “la vida huye”/ cuando ve un relámpago», escribió Basho. Admirables los que están en el tiempo sin pensar en él.
 

Cansancio
Había pasado un par de meses sin ir a ver al doctor L. Me recibió afable, como siempre, y como siempre, con su acento chino, me preguntó: «¿Cómo shiente?». Le dije «Muy bien», y era verdad, sólo que no me había dado cuenta hasta verlo aparecer, y de hecho es posible que hubiera llegado hasta allí sintiéndome fatal pero que su sola presencia me haya hecho sentir espléndida. El doctor L. tiene ochenta y un años y, ya lo dije antes, practica cosas en las que yo no creo. La medicina china, la acupuntura. El doctor L. hizo lo suyo y después, como siempre, me dijo: «Relaja, cierra ojo, escucha música». Obedecí, mientras él se alejaba con pasos sigilosos sobre el piso de madera. Entonces, como siempre, me dediqué a ejercer mi karate mental: a pelear contra toda la basura flotante que hay en mi cerebro. En eso estaba cuando escuché que llegaba un paciente a la camilla de al lado, separada de la mía por un biombo. Era un hombre. Se recostó y el doctor L. le pregunto qué problema tenía. El hombre respondió: «Cansancio». La voz me dejó helada. Porque eso no era cansancio. Era alguien que está de pie en el balcón con la pistola cargada apuntándose a la sien. Una vez el doctor L. me preguntó cómo estaba y yo le dije «Tengo pesadillas». Él dijo: «El sueño no sabe». Ahora le susurró al hombre: «Tranquilo». Eso fue todo. Y el hombre, al otro lado del biombo, suspiró. Fue un suspiro horrible, como quien sabe que no tiene remedio. Yo abrí los ojos y miré la lámpara de caireles que pende del techo de la antiquísima casa donde atiende el doctor L. y recordé esa frase que es la única que me arregla cuando no tengo arreglo. Una frase de uno de los personajes de ese libro que es un continente, llamado Las palmeras salvajes, de William Faulkner: «Entre la pena y la nada elijo la pena». El cansancio proviene, claro, de no saber cuándo termina.
 

Ayer
¿Qué hacen todas estas cosas sobre mi escritorio? ¿Qué hace la camisa rosada con alforzas que a los trece años me parecía tan sexy y que en verdad era un mamarracho? ¿Qué hace el olor pegajoso del brillo para labios que usaba en las fiestas de la adolescencia, cuando esperaba con taquicardia imbécil a que P. me sacara a bailar un tema de Air Supply? ¿Qué hacen la tapa del vinilo de Saturday Night Fever y el amor doloroso y ridículo por John Travolta, y el bolsillo de mi guardapolvo latiendo como un volcán con la carta de R. (y el terror a que la descubrieran)? ¿Qué hacen el calor tristísimo de las estufas a kerosén que había en mi casa, y las tardes de calvario en las que iba al conservatorio de música, y el sonido de los pianos destartalados que me hundía una uña negra en la garganta apenas empezaba a subir las escaleras, y las garras mal pintadas de la señorita Z. que me enseñaba solfeo, y los gritos despóticos del profesor de natación y el frío de la piscina que se metía bajo la piel como una parálisis? ¿Qué hacen el TEG y el Ludo Matic y los días de lluvia en los que sentía que estaba muerta pero sonreía mientras jugaba con mi hermano, y el olor desastroso a desinfectante y mina de lápiz que había en el colegio? ¿Y qué hace acá ese atardecer en la terraza de mi abuela mientras ella colgaba sábanas y yo escuchaba ulular el silencio sintiendo que podía volar? ¿Qué hacen acá la gorra de baño con flores amarillas, la gata Murly, el olor a chocolate del bargueño, el rastro dulcísimo del agua sobre las baldosas calientes? ¿Qué hace todo eso acá, vertido sobre mi escritorio como una infección? Jugando a escribir una columna releí la primera frase del libro Cabro chico, del fabuloso poeta chileno Claudio Bertoni —«De partida descubrí: no se recuerda así nomás»—, y metí el hocico en la memoria como un caníbal que se devora a sí mismo. Encontré cadáveres.
 

Distracción
Plantas en mi balcón, un colibrí, el cielo como una bandeja celeste, palomas, polvo traído por el viento y depositado como una capa de vello rubio sobre el piso de pinotea —yo, tratando de escribir esta columna—, el pez articulado con escamas de nácar que era de mi abuela y que está junto a mi computadora, el cairel de la araña de su casa que se rompió la semana pasada y cuyos trozos coloqué sobre un paño, el goteo sincopado de un reloj —yo, tratando de escribir esta columna—, retazos de recuerdos —una cena en la plaza de Puebla, un hotel en Arequipa, risas—, la alfombra áspera bajo los pies, las uñas de los pies que pinté ayer de color sangre, el pote con crema para las quemaduras (me quemé cocinando) cuyo olor me recuerda al de la crema que me ponía mi abuela para curarme las rodillas después de haberme pasado el día jugando juegos de varones —yo, tratando de escribir esta columna—, el pan en el horno, la máquina lavadora funcionando con su eficacia fresca, una nube como el retazo de una tela limpia, el poema de Ana Ajmátova que no citaré, la sencillez rampante de los lápices negros en mi portalápices de acero —yo, tratando de escribir esta columna—, el pequeño gajo de la desesperación asomando como una uña maligna, el abismo ahí nomás, la charla de hace días con el dibujante Miguel Rep, en su programa de radio, cuando le hablé de Un hombre enamorado, el libro de Karl Ove Knausgård que él no conocía, diciéndole que era la historia de un escritor que busca desesperadamente el tiempo y el espacio para escribir mientras vive con una mujer y unos hijos a los que ama, inmerso en una rutina que lo tranquiliza y que necesita pero que, a la vez, lo aniquila y le impide trabajar, y Miguel Rep, con ojos de quien ya ha estado allí, diciendo sabia, meridianamente: «Ah. La felicidad como distracción». Yo, que no he dejado de pensar en eso desde entonces.
 

Tus cosas
Leí estos versos de Stella Díaz Varín, poeta chilena: «No quiero / que mis muertos descansen en paz / tienen la obligación / de estar presentes». Después, salí a correr. Corrí por Santiago de Chile, por la hermosa Santiago en primavera, por un área llamada Las Condes donde todo parece salido de un catálogo de casas y jardines y, cuando pasé junto a una mujer mayor que llevaba un carrito para hacer las compras, quedé sumida en su perfume. No era un perfume: era el aroma que tienen los vestidos y las medias y las cajitas de música y los polvos de maquillaje —y las cajas con fotos y los rosarios de primera comunión y las imágenes de yeso de la Virgen Niña— cuando se los guarda en un ropero antiguo de madera oscura, de tres puertas, con espejo al medio, estilo Chipendale, en cuyos estantes se disponen pequeñas bolsas de tul repletas de lavanda, cerradas con un lazo de color violeta, y que se limpia cada tanto con cera para muebles marca Suiza y una franela de color naranja: el aroma de mi abuela. El aroma de su casa con vitraux y galería cubierta y pisos de pinotea que ella recorría llevando —llevándome— chocolate con leche y pan con manteca y azúcar. La hermosa casa de mi abuela ya no está, ni va a volver, y mi abuela, con sus ojos de agua, tampoco, porque está muerta. Pero yo guardo sus cosas. Su ropa —sus faldas, sus abrigos con olor a butaca de cine—, envuelta en papel azul, en cajas de cartón, con bolsitas repletas de lavanda. ¿Para qué? No sé. O sí. Para algo horrible: para decir —¿decirle?— que yo —su nieta, su atea, su blasfema atroz— tenía razón, y que después no hay nada, pero que igual lo guardé todo. Para decir —¿decirle?—: «Aquí está lo que alguna vez fue tuyo: tus cosas, yo».
 

No te suelto
«¿Ya está, ya pasó?», preguntó mi madre. «Sí, mi amor, ya está, ya pasó», dijo mi padre, y sonrió y le dio un beso en la frente. Mi madre, todavía atontada por la anestesia de una operación que no había servido para nada, no sonrió pero dijo, con alivio, «Gracias a Dios». Yo estaba allí. Yo vi esa bestialidad. Yo sabía que a Dios no había que agradecerle nada porque la enfermedad iba a enterrar a mi madre a puñetazos en un cuarto de hospital del que no volvería a salir nunca, y me pregunté entonces, y me pregunto ahora, qué clase de hombre hay que ser para ser el hombre que fue mi padre aquella tarde: un hombre que, mirando la soledad de miedo que empezaba a abrirse bajo sus pies, parado al borde de la última ceja del abismo, se tragaba su horror y decía: «Aquí estoy: yo no te suelto». ¿A qué dioses se habrá encomendado para no aullar, para no moler a golpes el cuarto, el hospital, el mundo, mientras el cuerpo de mi madre marchaba seguro hacia la muerte? Supe que Amparo Fernández, la mujer del Cigala, el cantante flamenco, murió de cáncer una madrugada de agosto pasado en República Dominicana y que la noche siguiente él, el Cigala, subió a un escenario de la ciudad de Los Ángeles para hacer una presentación que tenía programada y, con los ojos revueltos de dolor y sangre, con traje de luto planchado por su propio hijo, enredado en los primeros crespones de la muerte, cantó. Cantó como quien dice «Aquí estoy: yo no te suelto». ¿Qué hay que ser para ser un hombre así? Porque yo quiero ser ese hombre. Yo quiero, todo para mí, ese coraje.
 

Máscaras
Esa soy yo jugando con dos gatas. Esa soy yo cenando con tres amigos y riéndome como un lobo. Esa soy yo leyendo el Tao («Todo ascenso degrada pues nos agita lograrlo y nos agita perderlo»). Esa soy yo un martes, mirando un partido del Mundial. Esa soy yo bromeando con el verdulero acerca de la horrible calidad de las papayas que me vende. Esa soy yo hablando con el carnicero que se recupera de un accidente (se golpeó la cabeza, la mitad el cuerpo le quedó paralizada, su mujer y su hijo manejan la carnicería desde enero). Esa soy yo amasando pan, preparando rouille de pimientos rojos, metiendo un pescado en el horno. Esa soy yo en el barrio chino comprando panko. Esa soy yo llevando en brazos a la hija recién nacida de unos amigos. Esa soy yo poniendo naftalina y lavanda en los placares. Esa soy yo dando una clase de tres horas un lunes por la noche. Esa soy yo respondiendo una entrevista por skype. Esa soy yo recibiendo a un plomero y, después, al hombre de DHL. Esa soy yo viajando hacia un penal de la provincia, y esa soy yo de pie en el patio del penal conversando con dos presos durante horas. Esa soy yo en una casa enorme y lujosa de un barrio privado. Esa soy yo haciendo abdominales sobre el piso de granito. Esa soy yo arrancando tréboles de las macetas del balcón. Esa soy yo cortando la primera orquídea del año, poniéndola en un florero, olvidándola un segundo después. Esa soy yo leyendo un libro de poemas de Charles Simic. Esa soy yo respondiendo correos electrónicos. Esa soy yo escuchando el concierto número 21 de Mozart en el teatro Colón. Esa soy yo en un bar de moda donde sirven tragos en frascos de mayonesa. Esa soy yo en un avión, mirando una película. ¿Verdad que no parezco una mujer que esté preguntándose, a cada paso, todo esto para qué? No deja de ser asombroso.
 

Instrucción 1
Vaya hasta la sala de su casa. Déjese caer en un sillón. Él va a llegar poco después. Mire por la ventana, como si intentara que él se diera cuenta de que usted es el pararrayos de la melancolía de todo el universo. Él va a preguntar: «¿Qué pasa?». Piense: «Que todo lo que me gusta de vos ha desaparecido». Diga: «Nada, ¿por?». Él va a decir: «Estás pensativa». Sienta que la garganta se le cierra como si un puño intentara atravesarle la tráquea. Él va a decir: «¿Querés que vayamos a un bar, al cine?». Diga: «No tengo ganas». Él va a decir «Como quieras». Sienta ira. Pregúntese por qué él no insiste. Sienta que sus pensamientos se confunden como insectos histéricos. Sienta deseos de beber, de fumar. Pregunte: «¿Compraste algo para la cena?». Él va a decir: «No, ¿vos?». Diga: «No». Él va a decir: «No importa. Comamos cualquier cosa». Diga: «Bueno». Mire cómo él se pone de pie y va hacia la cocina. Sienta que la tristeza es un río barroso del que usted ya no va a salir nunca. Póngase de pie. Camine hacia la cocina. Él va a estar mirando el diario. Sienta que su vida es perfecta —estupendo trabajo, casa impecable—, pero que cualquiera tiene una vida mejor que la suya. Sienta una rabia seca. Piense: «Quiero abrirme un hoyo en la mano». Piense «Él no se daría cuenta». Quiera sangrar profusamente. Diga «¿Querés vino?». Escuche cómo él dice: «No, gracias». Abra un cajón y, al cerrarlo, empújelo con fuerza excesiva. Vea cómo él levanta la cabeza. Diga con furia, como si fuera un canto guerrero: «Yo sí». Abra una botella. Escuche cómo él dice: «Amor, no te preocupes. Todo va a estar bien». Sienta que los ojos le queman. Pregúntese: «¿Esto que siento es odio?». Sienta que es necesario decir algo. Guarde silencio. Piense: «¿Esto que siento es desprecio?». Empiece a cocinar.
 

Instrucción 8
Mire por la ventanilla del auto. Vea cómo, a su derecha, se alinean moles de cemento y vidrio. Sienta frío, aunque sea un sábado soleado. Recoja los pies en el asiento. Mírelo a él, que conduce. Piense: «Qué guapo». Diga: «Qué feos esos edificios». Escuche cómo él dice: «Sí». Diga: «Tendríamos que llamar al plomero, por lo del caño». Escuche cómo él dice: «Bueno», no como si no le importara sino como quien considera el asunto algo muy poco entretenido para un día como ese. Siéntase, de pronto, urgida, como si quisiera enmendar una falta. Diga «¿Y si vamos al teatro?». Escuche cómo él dice: «¿Sí?». Diga: «Mejor no». Piense: «Si no nos gusta el teatro». Sienta una voluntad rara: como si quisiera complacerlo, pero haciendo cosas que usted nunca hace, en una actitud que sabe que resultará ridícula y sospechosa. No pueda detenerse. Diga: «¿Y a una galería de arte?». Escuche cómo él dice: «¿Y si vamos al recital en el parque, a la noche?». Piense: «Calor, mosquitos, horas fuera de casa». Responda: «Mañana tengo que trabajar». Arrepiéntase. Pregúntese qué fue de esa chica que usted era: alguien capaz de ir a un recital en cualquier momento, alguien que vivía en un departamento en el que había un solo plato, un solo tenedor, un solo juego de sábanas. Piense en la casa en la que viven ahora donde, hace una semana, encontró un juego de toallas sin estrenar compradas cinco años atrás. Diga «Bueno, podemos ir y volver temprano». Escuche cómo él dice, con sinceridad serena: «No. Está bien. Nos gusta pasear. Vamos al río». Mírese los dedos de los pies, encogidos como garras. Pregúntese: «¿Qué queda de mí?». Mire por la ventanilla. Siéntase ansiosa como un pájaro que choca contra un vidrio y busca una salida que no existe. Piense —con alivio y con pánico, con agradecimiento y terror— «Podemos seguir así veinte años más».
 

Instrucción 18
Despierte. Después de tantos días grises, de la angustia retorciéndose sobre el piso como un murciélago mutilado, sienta crecer dentro de usted un rizoma de alegría, como si una cueva de paredes cenicientas dejara al descubierto un resplandeciente tejido de hilos de seda. La casa está sola. Dígase que trabajará en la mañana y, después, cocinará algo sorprendente. Trabaje, haga compras, cocine sin hacerse preguntas. Sienta que toda la bruma se ha disuelto. Avance hacia el final del día sorprendida por lo fácil que resulta dejar atrás la anestesia soterrada. Ponga la mesa. Contemple todo como si acabara de declarar la paz. Entonces, sienta el primer punto de alarma. Piense: «No puede ser tan fácil». Dígase que ponerse un vestido le ayudará a revivir el entusiasmo agonizante. Póngaselo. Mientras se contempla en el espejo sienta una punzada de desánimo, como si hubiera quitado la primera de las cartas que sostiene un edificio de naipes. Escuche el ruido de la puerta. Camine hacia allí. Vea cómo él entra en la casa con la expresión de siempre. Dígale «Hola, amor, hice osobuco al vino tinto». Escuche cómo él dice: «Qué rico». Sirva los platos, siéntese a la mesa. Cuando él la mira, no dice «Hace mucho que no te ponés ese vestido», ni «Qué linda estás», sino «¿Y ese vestido?», con una entonación que suena a «¿Qué te pusiste?» y que la hace sentir humillada y ridícula. Diga: «Hace mucho que no me lo pongo. ¿Te gusta?». Él dice: «Sí. Pero te vas a manchar». Sienta una irritación palpitante, desbordada. Diga: «Tenés razón. Me voy a cambiar. Vos andá comiendo». Escuche cómo él dice: «Bueno». Al día siguiente, al despedirse cuando parte hacia el trabajo, él le da un beso en la mejilla. Vea cómo, de inmediato, se enmienda y trata de besarla en la boca. Esquívelo con una sonrisa tímida. Entienda que ya no queda nada. Sólo un odio que no es culpa de nadie.
 

Mi diablo
Mi primer muerto fue español. Era actor, se llamaba José María Vilches. Lo vi por primera vez siendo niña en un unipersonal llamado El Bululú, un recorrido por textos clásicos de Cervantes, Lope de Vega, Quevedo. Tenía una forma de decir espesa y dulce, como si las palabras fueran el rastro de un cuerpo o de un pecado potente, y yo, escuchándolo, entraba en trance sin saber qué sentía: ¿euforia, inspiración? Lo vi cada vez que pude, durante años. Cuando la obra terminaba, corría a mi casa a escribir, urgida cual ninfómana, tratando de retener ese momento de elevación alucinada. En 1984 yo tenía diecisiete años y estaba de viaje cuando una amiga golpeó la puerta de mi cuarto y gritó: «¡Se murió tu Bululú en un accidente!». Cinco años antes yo había entrado a su camarín. Él no me escuchó llegar. Vestía de negro y el rostro, maquillado a medias, parecía una máscara de tiza, la cara trágica de un tuberculoso. Le miré los dientes de predador, rodeados de una boca untuosa y pérfida. Dije «Hola». Él se dio vuelta y me miró. Era Satanás. Era bellísimo y fuerte, y tenía la pureza del odio y la fragilidad infecta del amor, y unos ojos de maldad exquisita con esquirlas de ternura sedosa. Me sonrió, me dijo «Hola, nena». Yo miraba el sudor que le caía por la frente. Exudaba sordidez y potencia y daba miedo y soledad, y era puro como una llama y sucio como el asfalto. Y de pronto entendí que lo que hacía ese fauno endemoniado cada noche, desde el escenario, no era llenarme el corazón de euforia sino de venerable pánico, de completo pavor. El día en que supe que había muerto bebí, repasé el grito: «¡Se murió tu Bululú!». Jamás fue mío. Pero nunca dejé de buscar —en lo que leo, en lo que quiero, en lo que escribo— ese pavor. Algo que se vuelva hacia mí, me mire a los ojos y me diga: «Hola, nena: yo soy tu diablo». No soy nada sin él. Sin eso.
 

El mar
Ayer conocí a un niño que no conocía el mar. Era un niño pequeño, de seis o siete años, que en dos días más marcharía a la costa. Cuando le pregunté si estaba contento —¡el mar, el mar!—, me dijo: «¿Por? Si ya lo vi mil veces por la tele». Hoy llueve una lluvia fina que se descuelga de un cielo gris y lácteo. Hace calor. Hay una luz verde y serena. De pronto, recordé una tarde exactamente igual a esta, con esta misma luz. Con una luz que da, a la vez, ganas de morirse y de amasar un pan. Una tarde de cuando yo tenía nueve años, y era una niña que no había visto nunca el mar, y formaba parte de una familia que tampoco lo había visto nunca. Por esa época, mi padre hizo un viaje de trabajo a una ciudad de la costa. No recuerdo el día en que se fue, pero recuerdo perfectamente el día en que volvió. Llovía. Y había, como hay hoy, una luz verde y serena. Yo estaba tejiendo un macetero en la cocina, los hilos ásperos y gruesos anudados a la falleba de la ventana —porque la lluvia no me permitía hacerlo afuera, como lo hacía siempre, descalza y debajo de la higuera, descalza y debajo de la parra—, cuando de pronto escuché un auto que se detenía. Segundos después, se abrió la puerta y, en medio de la luz suave de la tarde, apareció mi padre: el primero de todos nosotros (mi hermano, mi madre, mis abuelos, yo) en conocer el mar. Corrí, lo abracé, le pregunté: «¡¿Cómo es, cómo es?!». Él no me respondió. Sólo levantó la mano, la acercó a mi cabeza, me dijo «Escuchá», y me apoyó un caracol blanco y enorme, como un alien de yeso, sobre la oreja. Y yo escuché. Pasaron todavía muchos años hasta que pude conocer el mar. Pero durante todos esos años tuve algo mucho mejor: tuve a mi padre, que me lo contaba. A veces preguntan por qué uno escribe. Supongo que por cosas como esas.

 
Empezar
¿Qué es un fin? ¿Qué es un principio? «Cuando el niño era niño —decía la voz del poeta en la película El cielo sobre Berlín, de Wim Wenders—, no tenía opinión sobre nada, / no tenía ninguna costumbre / se sentaba en cuclillas, / tenía un remolino en el cabello / y no ponía caras cuando lo fotografiaban.» He vuelto —sólo para escribir— al departamento donde todo comenzó. Al sitio donde viví con una planta de jazmines como toda compañía. Aquí, hace años, mirando a través de esta ventana por la que ahora miro, en un febrero de infierno, con paro de metro y calor de cuarenta grados, en jornadas que iban de las siete de la mañana hasta las doce de la noche apenas interrumpidas por siestas crucifijas de veinte minutos, escribí un libro, el primero. Aquí, antes de eso, me hice periodista tecleando con jactancia en una Lettera portátil que aún conservo. Aquí canté a gritos, con amigos salvajes, canciones que hablaban de nosotros: de nuestra soledad y nuestro tedio. Ahora no hay nada, salvo el aroma de las casas cuando están vacías durante mucho tiempo: un olor al fondo de la vida, el olor seco que dejaría el mar si se retirara del mundo. Puedo contar los objetos que traje: un cepillo de dientes, un dentífrico, un jabón, una toalla, un vaso, un tenedor, un escritorio, una silla, la computadora. No hay adornos, ni libros, ni lavarropas, ni cortinas, ni alfombras, ni cama. No tengo nada porque nada me hace falta para lo que tengo que hacer: mi tarea no necesita de adornos. Estoy sola con ese animal caprichoso, esa fuerza que me ha traído de regreso. La escritura, mi patria tirana. Aquí, después de haber estado en tantas partes, y con tantos, permanezco, espero. Dejar atrás es, ahora, la forma de ganarlo todo. Regresar, la única forma de seguir adelante. Aquí, donde todo comenzó, escribo. Empiezo. Allá vamos. (Qué curiosidad.)

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CONSIGNA/S DE ESCRITURA

Guerriero trabaja con estructuras muy marcadas, con listas, contradicciones y una honestidad brutal. Teniendo en cuenta este puñado de crónicas, hoy les traigo algunas propuestas para escribir. Estas son las opciones, pueden ir por la que más les guste, por una o varias; también inventar otras, por qué no.
 
1.  El inventario de contradicciones
Escribir un texto en primera persona que empiece con un "Aquí yo..." o "Esa/ese soy yo...", y armar un inventario de quiénes son a través de sus propias contradicciones o de las distintas máscaras que usan en el día a día. Pueden usar la estructura de acumulación (una lista de características o de escenas cotidianas contrapuestas) para retratarse.
 
2.  La escena en segunda persona (Instrucciones)
En estas crónicas hay una tensión manifiesta en los vínculos. Guerriero usa el imperativo para escribirlas y logra un efecto muy potente. Dice Pedro Mairal, en el prólogo, respecto del bloque de instrucciones: 

"En el centro de estos textos aparece una serie de instrucciones que dejan los pelos de punta. El devenir de una pareja alienada. Una especie de autoayuda invertida: instrucciones para una silenciosa autodestrucción emocional. El relato, como una micronovela a toda velocidad, va describiendo el crecimiento del odio entre dos personas. Un odio que al final no es culpa de nadie, y eso lo hace más espantoso, un ente que se instala y va tomando a la pareja hasta destruirla."
 
Escribir un texto breve titulado "Instrucciones", que narre una escena cotidiana de pareja, familiar o de amistad utilizando la segunda persona del singular en imperativo ("Vaya...", "Sienta...", "Mire..."). La clave es que las acciones físicas parezcan mecánicas o triviales (cocinar, mirar por la ventanilla, abrir un cajón), pero que el peso del texto esté en esa segunda persona en imperativo y en el mundo interno: los pensamientos, la irritación contenida y los sobreentendidos.
 
3.  El asalto a la memoria
Escribir un texto que arranque con una pregunta: "¿Qué hace [un objeto, un olor o un sonido de la infancia/adolescencia] sobre mi escritorio/en mi casa?". A partir de ahí, tirar del hilo y reconstruir una escena del pasado a través de los detalles más crudos y materiales (la ropa guardada, un perfume, un juguete, el frío de un lugar), buscando el impacto de lo que ya no está. 


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LOS TEXTOS DE USTEDES


Claudia S.
 
Instrucciones
No se desespere. Acaba de colocar la ropa en la lavadora, programó todo adecuadamente y la máquina no responde. El sol la saluda por la ventana después de varios días de lluvia. No se inquiete, siéntese muy despacio y respire durante cinco minutos. Luego, consiga una manta y colóquela en el piso. Haga algunos ejercicios de yoga que seguramente aprendió en algún momento de su vida. Lo importante es que mantenga la respiración perfecta. Seguro se encuentra sola ya que es la mañana de un viernes y todos los miembros de su familia salieron. Luego recordará que sus hijos se iban de campamento. Y más tarde le vendrá a la mente el viaje de negocio de su marido en ese fin de semana. Respire y mire al techo.
Es muy probable que su lavadero se encuentre en la parte inferior de la casa y el celular quedó en el living cuando hizo el pedido del super. Suele pasar, es lo más común en estos casos. Siga recostada y cierre los ojos. Piense en algún paisaje donde querría estar ahora. Alguna playa desierta o un lugar soñado. Se quedará dormida rápidamente y se olvidará de la ropa y de toda su familia, incluso de su suegra que la visitaría esa misma tarde. Después de esa prolongada siesta, levántese del suelo y deje la lavadora tranquila. Tome una ducha caliente. Vístase con lo más presentable que encuentre. Ahí, se dará cuenta que no tiene mucho para elegir y va a tomar la decisión. Recordará que tiene una gigantesca deuda con la tarjeta de crédito y que le están por cortar el gas, si no paga la factura. Olvídese de todo eso y ni piense en pagar nada ahora. Saque el auto del garage. No se preocupe por nada. Maneje hasta el shopping que tiene más cerca. Compre todo lo que se le ocurra, desde botas hasta una joya valiosa y salga con una sonrisa espléndida. Seguro nadie piensa en usted ahora, con excepción de su suegra que estará contando los minutos para verla y la culpará por el desperfecto del lavarropas y de todos sus dramas.
 
 
Cintia
Aquí yo, la que me cuestiono por ser egoísta y la solidaria reconocida. La que puede hacer mil cosas en un minuto, o permanecer mil minutos sin hacer nada.
La que rebalsa de ganas de todo, pero tiene energía para nada. Yo, la que se cuida con las harinas, pero tropieza incansablemente con ese perverso carbohidrato.
La que creció en piloto automático, pero se puso en máximo cuando era necesario. La prejuiciosa desmesurada, pero con más aciertos que errores en sus presentimientos.
La que escucha y aconseja, pero que silencia algunas verdades filosas. Yo, la que creí que me llevaba el mundo por delante y el mundo me está pasando por encima. 
Yo, la madre presente y abnegada, y la que siente culpa de lo que no puede. La que quiere enmendar roturas, pero prefiere dejar que las costuras colapsen. 
La que busca nuevos caminos, pero vive con nostalgia por los que dejó. La que dice esperar críticas, pero que las mastica con un gesto de rencor disimulado.
La que ama nadar, pero le da fiaca mojarse.
La que ama usar bicicleta, pero le da fiaca pedalear.
La que ama leer, pero tarda un siglo en terminar un libro o NO lee tres a la vez.
Yo, la mujer con más contradicciones y adicciones, pero a quien de vez en cuando miro con compasión.
 
 
Rosana
Instrucciones para ver la semifinal del mundial de fútbol Argentina/Inglaterra 2026
Prepárese desde la mañana. No vaya a trabajar, o vaya y vuelva temprano. Suspenda toda actividad, igual no va a haber nadie en ningún lugar, excepto frente a las pantallas. Cuelgue en la ventana de su casa la bandera argentina. Si no la descolgó desde el último partido, cuélguela nuevamente. Si le da vergüenza no haberla colgado el 9 de Julio, no la cuelgue. Póngasela como pashmina. Átese una cinta celeste y blanca como vincha. Póngale un poncho con un sol en el medio del blanco al perro, a los perros, o al gato. Póngase una camiseta albiceleste o combine una camisa blanca con una bufanda azul claro. O al revés.
Si no tiene cábala, no hace falta que la invente. O invéntela. Si la tiene, póngase en marcha para ejecutarla. Hágala como siempre. O no la haga. Excluya, según indicaciones del gobierno, cualquier signo provocador. Si tiene tatuadas las Islas Malvinas en brazo de la vacuna, junto al corazón, córteselo, o véndeselo como si una bomba se lo hubiera amputado, o lastimado. Asegúrese de que no se vea.
Ponga sobre la mesa la picada llena de fiambres y la cerveza. Si no le gusta la cerveza, aunque sea temprano, acompañe con una copa de vino para poder entonarse y sírvase un vaso con agua, para poder tragar, para aclararse la garganta después gritar o putear. Júntese con amigos o con la familia. Mírelo solo. Relaje el cuello y, sobre todo, la mandíbula.
Permítase sentir todo tipo de emociones. Cántele piedra libre a la contradicción de lo que puede estar sintiendo momento a momento.
Acuda a esta cita a ciegas con nuestra propia historia, anulando la memoria, abstrayéndose, por todos los medios del inconsciente colectivo. No se sorprenda frente a la casualidad y no piense en que el 15 de julio, pero de 1982, fue el día en que llegó el último gran contingente de soldados argentinos repatriados. No piense en ese día como el día del dolor más profundo de la guerra, porque igual llegaron de noche, en la oscuridad, escondidos, vencidos. Los que pudieron volver llegaron así, para que nadie los viera. No piense en que se les impuso un pacto de silencio en el que no podían hablar, contar, llorar. Olvídese por completo del ocultamiento, el silencio forzado, el regreso invisible de los hijos de la guerra de Malvinas.
Desestime la casualidad de que este partido se juega en Atlanta, en el estado de Georgia, en el sureste de los Estados Unidos. Niegue el hecho de que Estados Unidos fue aliado de Inglaterra y que nuestros jugadores, los que hoy pisan ese suelo, tienen la misma edad que en ese momento tenían los soldados que fueron desde todas las provincias de Argentina. Deseche la casualidad de que las Islas Georgias del Sur son un remoto archipiélago subantártico en el océano Atlántico Sur, ubicadas a unos 1.390 km al sureste de las Islas Malvinas. Y que, aunque son conocidas en Argentina como parte de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, el archipiélago se encuentra bajo administración del Reino Unido como Territorio Británico de Ultramar.
Menoscabe la información de que en 1986 “La mano de Dios” nos dio la revancha en México, muy cerca de donde se juega hoy. Aunque lo que no se repara en el plano de la realidad busca canales simbólicos para compensarse, descarte ese momento como símbolo de compensación. Cierre los puños y manténgalos apretados para que no se le escape el orgullo.
De ninguna manera crea que el partido es la representación de un escenario de guerra. Haga como hizo la dictadura en aquel momento y como quieren hacer ahora. Olvídese de la historia pasada. Instale para sí y para los otros que Inglaterra es solo un rival de turno. Hágalo como si el inconsciente colectivo, que es infinitamente más amplio que el suyo, no existiera. Como si el territorio no mandara. Exclúyalo usted también. Intente anular al inconsciente mediante una perspectiva racional.
Para ver el partido como corresponde siga el consejo de Lionel Scaloni. Repita: “Es un partido de fútbol, ¿eh?  El mensaje es que es solo un partido de fútbol. No busquemos otra cosa”.
Salvo que este espejo en el tiempo, bajo los ojos de millones de personas, en este escenario mundial, nos dé la oportunidad de la revancha. Que en la cancha el fútbol se convierta en un drama sagrado, aunque sea simbólico, y aunque la tierra y la vida no se recupere con goles, que esta tarde, este enfrentamiento, se convierta en una especie de visibilización, de reconocimiento y justicia poética. Que otra vez, nos encontremos frente a la oportunidad de transformar el silencio en un grito sagrado de ¡GOL!
¡Vamos, mi Argentina todavía!
 

Mirna
INSTRUCCIONES PARA ESPERAR LA CUARTA.
Acaba de terminar el partido 101 del evento deportivo del momento. El mundo tuvo un favorito y perdió. Así que ahora, le toca a usted continuar la historia. Yo lo ayudaré.
 Primero y, antes que nada, programe el reloj para las 15.40 hs, no sea cosa que se pierda el despliegue de la enseña sobre el césped y el icónico O juremos con gloria morir. Luego, continúe su vida lo más fiel posible a su rutina. Piense que tiene veintidós horas por delante y al menos ocho, deberá descansar. Para llegar a mañana deberá respetar cada indicación.  Comencemos.
Diríjase a la cocina. Prepare su cena. Utilice la mayor cantidad de utensilios posibles. Ponga la mesa cuidando de no pensar en Pedri, Oyarzabal y menos aún en Yamal. Cene. Lave platos y si tiene, fuentes y demás enseres también. Lave todo con agua fría y sin detergente. Lave tallando largamente para acopiar emociones. Como situación excepcional, seque cada uno de los objetos lavados. Hágalo ceremoniosa y lentamente para distraer los pensamientos en cada fricción del paño sobre las piezas. No ahorre energía; guarde inseguridad… y por qué no, algo de ira. Luego retírese al dormitorio. Cámbiese de ropa. Vístase con un pijama de media estación. Quite un par de frazadas así el frío le sigue templando el calor que, a estas alturas, deberá sentir como sofocos femeninos. Intente dormir. Si no lo logra, ponga en palabras las ideas que lo atormentan. Alce la voz y recite enumerando los miedos que lo asaltan. Aclare su objetivo: ¿quiere ser vencedor? ¿Quiere la cuarta? Tómeselo con calma. Evoque las palabras de Mostaza Merlo: Paso a paso. Piense en el encuentro 102 que es mañana y recuerde la frase de Grondona: Todo pasa. Mientras tanto, haga memoria y llegue a las clases de historia de la escuela primaria. Inhale. Exhale. Duerma. Al fin y al cabo, para librarnos de los españoles, primero debimos despedir a los ingleses… y aunque el resultado tenga algunos defectos, seguimos victoriosos desde 1816.


Andrea
 
Yo, hoy
Aquí yo, siempre yo, subiendo nuevamente, en una meseta anímica, gozando de sentirme en la huella de la vida, otra vez, la definitiva? la última? Buscando lo nuevo que me mantenga, atesorando lo viejo que acopio, surfeando los acontecimientos como si supiera, respirando airosa entre las aguas que no llegan al cuello, inventando comidas, escritos, pinturas, actuaciones, manteniendo el físico activo, cuidando celosamente la mente, abrigando con suma ternura el alma, caminando por los senderos de la diversión, haciéndole la gambeta a la culpa, poniendo por primera vez distancia con algunos, encontrándome por primera vez con otros, soltando uno, dos…mil prejuicios, haciendo lugar, tomando lo que viene, como viene, proyectando un futuro marino, haciéndome amiga, muy amiga de la soledad, sufriendo algún dolor de rodilla, de cadera, de cintura, acumulando algunos kilos, peinando cada vez más canas, maquillando sobre arrugas, perdiendo algunas piezas dentales, amigándome con los cambios hormonales, disfrutando de no necesitar más depilación, intentando despojarme de hacer siempre lo correcto,  de tener la palabra justa para mi pareja, mis hijos mis amigos, descolgándome la mochila de la perfección, mirando a la cara a la exigencia y sacándole la lengua, diciéndole pito catalán a la mediocridad,  aceptando mi humanidad con luces y miles de sombras y aun así sentirme amada por mí, satisfecha de no tener que rendir más exámenes ante nadie, feliz de comprender que no le tengo que caer bien a todos y así poder ser honesta conmigo misma al no traicionar mis gustos, mis modos, mis ideas y pensamientos. Agradeciendo los bajones que me hicieron ir en busca de horizontes impensados y así conocer gente, filosofías, historias…universos. Y entonces recuerdo lo que dice la banda Cuarteto de nos: “Y oigo una voz que dice con razón: Vos siempre cambiando, ya no cambias más. Y yo estoy cada vez más igual. Ya no sé qué hacer conmigo” Aquí yo, siempre yo.
 
Instrucciones de supervivencia
Empiece su rutina diaria como siempre. Salude a su perro. Advierta que es el ser que más cariño le da en estos últimos años. Vaya al baño. Prepare el desayuno. Sírvale a su perro su alimento y controle que tenga agua suficiente. Siéntese cómodamente sola en la mesa. Mientras toma sus mates, lea las tareas que en su agenda anoto para este día. Prepare lo que corresponde para empezar a llevarlas a cabo. Conteste el celular que claramente llama en una hora inapropiada por lo temprano.  Es su marido. No espere una mala noticia, tenga confianza. “Hola que tal”. “Hola estás en casa” dice él. “si”. “¿Tenés que venir para Ciudad Jardín?” pregunta. “No”. “Uh Que macana” responde. “Decime que necesitas, se me hace tarde” “Tendrías que ir al banco y después a pagar la tarjeta. Me salió trabajo y yo no puedo ir y si o si tiene que ser hoy” comenta. “¿Siempre tenés que dejar las cosas para último momento?” “Es que antes no llegaba con la plata” Comprenda que no le miente, comprenda que él está trabajando y en cierto modo es para los dos. Comprenda que ahora la vida les cambio. Comprenda y trague saliva. “Está bien, donde están las tarjetas, el banco queda en Palomar, para que voy a ir a Ciudad Jardín” Recuerde que cruzar la barrera ida y vuelta puede robarle muchos minutos. “Porque las tarjetas las tengo yo, acá en el puesto” responde tranquilamente. “¿Desde cuándo sabías que ésta mañana iba a ser así para mí?” le dice usted “Me di cuenta ayer a la noche y hoy como un boludo me olvide las tarjetas, no me sale una, estoy tan cansado que ya no pienso con claridad” Tómese un segundo para sentir, enumere los sentimientos: bronca, comprensión, ternura. Repase como sería su nueva mañana. Resigne lo que menos le afecte de su rutina ya armada. Responda con tranquilidad. “En una hora paso por el puesto” “Dale gracias” Escuche como siempre corta antes que usted se despida. Tache las actividades a las que no concurrirá. Haga los llamados pertinentes para no quedar como una mal educada. Recuerde que en el rapi pago siempre hay mucha cola. Y además tiene que cruzar ida y vuelta la barrera. Entonces vuelva a ver la agenda y siga tachando actividades. No piense nada. Haga todo automáticamente. Prenda la radio mientras se prepara para salir. Sienta la compañía de voces ajenas y tan familiares al mismo tiempo. Acaricie a su perro antes de salir. Sepa que lo suyo es importante. Pero lo que tiene que hacer es urgente, y no le dé más vueltas. Salga de su casa con una sonrisa, sus vecinos no tienen la culpa que su día no empezó bien.
 
 
Adri
 
Instrucciones
Levantate como siempre, a la misma hora y con el mismo pie, para empezar el día con el derecho, como decía tu vieja.
Levantate como si fueras a llevarte al mundo por delante, con esa cara de feliz cumpleaños y con ese nudo en el pecho que no afloja. No afloja con yoga, ni con respiración, ni con terapia. No afloja, como vos.
Levantate y metete en el baño, date una ducha tibia que siempre ayuda, vos sabés, ayuda a que parezca que las cosas están de maravilla. Mientras, seguí esperando un mensaje, un saludo aunque sea, alguna razón para que te hable alguna vez con un poco de cariño.
Mejor no esperes cariño. Sé realista: esperá que, con un poco de suerte, te respete. Pero eso también ponelo en duda. Pone en duda cada cosa que pensás, cada cosa que te parezca que puede pasar. Dudá, dudá de todo, así si todo sale mal, vos ya sabias.
Ahora salí a la calle, apurada, con los pelos húmedos todavía. Y corré para no perder el colectivo. Volvé a mirar el celu, fíjate si llegó el mensaje, ese mensaje. Suspira resignada.
Pensá otra vez en todo lo que hiciste mal, justificate, compadecete, echale la culpa. Bajá del bondi, hacé tu trabajo como si te importara, dejá que pasen las horas para irte a casa.
Caminá con los hombros vencidos y la cabeza en alto, como si te sintieras orgullosa de lo que no sos. Mientras girás la llave en la cerradura, sacudite ese bicho que te zumba que la culpa es tuya, Tirá la cartera y el saco en el sillón, ese sillón que no se llevó cuando se fue. Servite algo de comer y andá a dormir. O hacé como que dormís.
Dejá que pase la noche, que la luz del día vuelva a entrar por las hendijas, y empezá de nuevo. Levantate como siempre, a la misma hora y con el mismo pie.
 
 
Es un partido
Tenía 14 años, varios secretos, rulos en la cabeza y alas en los pies. Soñaba, soñaba con ese chico pelirrojo de ojos a veces verdes, que cambiaban con el clima. Ese chico tenía 19 años, acababa de salir de la colimba y hacía planes, mientras me miraba con esa sonrisa tibia cuando yo pasaba para ir al quiosco, a comprar cualquier cosa, porque lo único que quería era pasar, que me sonriera, sonreír también y bajar la mirada.
Un día me llamó y yo me acerqué, me fui con él a tomar un helado y no me acuerdo qué iba a comprar porque al quiosco no llegué. Cuando volví a casa mamá preguntó si había comprado el mapa y dije que no tenían, ella me miró con un gesto cómplice y no dijo nada.
Ese chico a los pocos meses se fue a Malvinas. Lo vi irse con los ojos asustados, lo vi volver con los ojos fijos, ensombrecidos, ya no cambiaban de color con el clima. Su único plan era irse a otro país, lo más lejos posible. Y se fue.
Yo tenía guardadas algunas cartas que él había escrito durante la guerra, mientras se moría de hambre y frío en una trinchera, junto a otros chicos tan asustados como él. En esas cartas decía que las cosas que le mandábamos desde aquí no llegaban a los soldados, que el enemigo estaba entre los oficiales argentinos, que no terminaban de entender por qué estaban ahí. Con los años dejé de leer esas cartas y en alguna mudanza las perdí.
Hoy Argentina enfrentó a Inglaterra en un partido del Mundial que se juega en Estados Unidos. Se dijeron muchas cosas antes del partido: que los jugadores no son soldados, que los equipos no enfrentan una guerra, hasta el director técnico dijo “Es un partido, eh”.
Pero cuando vi a los jugadores cantar el himno a los gritos, se me hizo un nudo en la garganta y entendí. Es un partido, es un símbolo, es una reparación, es un grito tantas veces ahogado, es una pequeña ilusión de justicia, es la conciencia colectiva de saber que las Malvinas son argentinas, que fueron regadas con sangre de nuestros chicos, que no los olvidamos, que siempre levantaremos la bandera con lágrimas en los ojos por los que no volvieron, por los que volvieron rotos, por los que volvieron y se fueron lejos, por los que todavía esperan ser vistos. El de hoy fue mucho más que un partido, fue un Homenaje y nuestros gritos de GOL desde todos los rincones de la patria, se unieron en un solo Grito Sagrado.  


Lauris
 
Biografía
Soy futbolera, desde que era muy chica acompañaba a mi papá las tardes de domingo escuchando los partidos en la radio Spika, apoyada en la mesa junto con la pava y el mate.
Soy de River como lo éramos todos en casa, hasta el Colita y el Garibaldi.
No se podía ser de otro cuadro, no había chance.
Aprendí mucho de fútbol, mi viejo usaba a veces la analogía de un partido con hechos de la vida, me daba una explicación de manera práctica para él y entendible para mí.
Él amaba a su equipo y muchos de mi familia eran hinchas de otros clubes, la mayoría de boca y sin embargo mi viejo tenía códigos que hacía respetar.
Me hubiese encantado ir a la cancha con mi papá.
En el 78 ganamos el primer mundial, salimos a festejar con la familia a la plaza San Martín.
Yo era chica y hubo un montón de cosas terribles, ajenas al futbol, que me enteré mucho después.
En el 82 yo tenía 17 años y muchos de mis amigos fueron a la guerra, no todos volvieron.
Tengo el recuerdo del siguiente mundial, el partido contra Inglaterra y toda la locura cuando se ganó la segunda copa.
Mi papá ya había muerto, y yo celebré a medias.
Mi primer novio, era fanático de independiente, conocí casi todos los estadios ya que lo acompañaba a los partidos.
Sufría cuando independiente jugaba contra river, el resto de las veces si el partido me aburría, me entretenía mirando a las personas en las tribunas. Me imaginé miles de historias.
Tuve la suerte de ver al Diego en persona, lo tuve cerquita cuando jugaron un amistoso después de ganar el mundial del 86.
Yo estaba en la platea justo arriba por donde salían los jugadores y lo ví, ahí, solo a un par de metros.
Para mi hijo cuando era chiquito, el Diego era un prócer como Belgrano o San Martín.
Juan, es fanático de Messi y de boca (evidentemente en lo segundo en algo fallé) pero seguimos con el mismo código de respeto que usaba mi viejo.
Sé lo conté un par de veces y él lo entendió, lo aplica conmigo y con los demás, eso me llena de orgullo.
En el 2022 ganar y disfrutar el mundial fue maravilloso, yo ya era abuela, y apareció un uruguayo en mi vida, también hincha de river, acompañando a alentar a un equipo imparable con Messi y Scaloni a la cabeza.
Desde ese mundial hasta hoy pasaron cosas…muchas cosas
Hoy es 15 de julio del 2026, terminó el partido de la semifinal del mundial, otra vez contra los ingleses.
Lo ganamos a puro corazón, se lo ganamos a la historia que, igual no resuelve nada, del pasado ni del presente.
Pero llegamos a la final y quiero pensar que estamos a un paso de ganar la cuarta, eso ya me hace feliz.
Estoy sola en casa, pero no estoy sola. Hablo, me río y lloro por mensajes con memes y stickers incluidos, escucho la emoción en la voz quebrada de Juan, me colma el alma sentir la alegría de mi nieta.
Estoy sola, pero no estoy sola, llegan mensajes de Francisco, de los grupos, del taller, de amigos.
Escucho los bocinazos, petardos entre cantos y gritos en la calle.
Me parece oír la voz de mi viejo, y la de los que se quedaron siendo chicos celebrando en algún lugar invisible.
Hoy estoy sola pero no estoy sola.
Hoy me siento más acompañada que nunca.
 
 
Kari
Aquí yo, la dulce, la rebelde, la empática, la emocional, la conmovida, la furiosa, la del pecho encogido de dolor, la del pecho expandido de amor, la valiente, la atrevida, la temeraria, la que esconde el miedo, la que entrena a escondidas, la desafiante, la que muestra la espada, la de los ojos de mar, la de la boca filosa, la que acaricia escamas azules, la que oculta para salvar, la que no se oculta para ayudar, la que tiende la mano, la que se venda la mano, la que usa los vestidos más caros, la que danza enfundada en la armadura, la que siempre está para escuchar, la que escucha lo que no tiene que escuchar, la que se ubica en su lugar, la que está donde no debe, la que alza la voz, la que se queda sin vos, la que esconden, la que llora, la que pierde todas sus lágrimas, la que te mira como está prohibido, la que te extraña, la que se queda sin tinta de tanto escribir cartas, la que aguarda impaciente, la que te busca a pesar del peligro, la que es agua y ama el fuego.
 
 
El juego

Dinero, billetes, transacciones
Clubes
Estadios
Fútbol
Veintidós tipos corriendo detrás de una pelota
Once representantes
de los colores del corazón
Para nosotros, blanco y rojo
 
Junio soleado y triste 
cuando el golpe mágico no fue suficiente
Diciembre lluvioso radiante 
de gloria eterna
 
Las risas, las lágrimas, 
Los abrazos sin fin
que duran aunque se separen los cuerpos
Los corazones retumbando 
La garganta ardiendo
 
Vos, ellos y yo, cuando éramos cuatro
Los domingos de sorpresa 
atrás del asiento del auto
 
Vos, él y yo
Pedidos y ruegos al cielo
Esa ayuda extra
en los momentos complicados
 
Tu locura
contagiosa y hereditaria
Transmisora de pasión compartida 
Vos, él y yo



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LA MUSIQUITA DE HOY
 


Un joven Serrat, mas no un jovencito: un señor joven, un muchacho grande y hermoso, este Serrat de Versos en la boca, que abraza a su guitarra (ay, quién fuera ella...).
 Y esta canción, LOS RECUERDOS

jueves, 2 de julio de 2026

21 ~ Menú literario


Entrada:

Ejercicio lúdico breve: el binomio fantástico


El binomio fantástico es una técnica de escritura creativa desarrollada por el escritor y pedagogo italiano Gianni Rodari en su libro Gramática de la fantasía. Consiste en unir dos palabras que no tienen relación lógica, obligando a la imaginación a crear una historia donde ambas convivan.
Por si desean profundizar, disfrutar y muchos etc., les dejo aquí el libro Gramática de la fantasía

Consigna de escritura: van a recibir los nombres de dos objetos. En un plazo máximo de cinco a siete minutos deben escribir un texto donde uno de los objetos que les tocó intente interactuar, enamorar, destruir o salvar al otro.


Plato principal:

Leemos juntos el cuento Conservas, de Samanta Schweblin. 

Aparece en su libro Pájaros en la boca.


Consignas de escritura (para la semana próxima): Como todo en este día especial, hay opciones para que elijas la que más te gusta.


✅Opción 1: El frasco de conservas

Esta opción juega directamente con la premisa fantástica del cuento: la posibilidad de "pausar" o rebobinar un proceso vital o natural.

La consigna: Imaginen que tienen en sus manos un frasco de conservación como el del doctor Weisman. En él van a guardar un momento, un proceso, una edad, una relación o un proyecto de sus propias vidas para ponerlo 'en pausa' y retomarlo más adelante. Escriban un texto breve (en primera persona) contando qué meten en el frasco, cómo es el proceso para revertirlo y por qué necesitan ganar ese tiempo.

 

Opción 2: El guion al revés

Schweblin logra que lo cotidiano se vuelva rarísimo al narrarlo en reversa (devolver los regalos, deshincharse, etc.).  

La consigna: Elijan una acción cotidiana, un recuerdo o una escena pequeña (por ejemplo: una cena familiar, una discusión, una caminata bajo la lluvia, un viaje en colectivo). Escríbanla cronológicamente al revés, prestando atención a los detalles físicos del deshacer, tal como pasa en el cuento con los regalos que se devuelven en sus bolsas originales. (Atenti: si quieren ganarse un plus maravilloso de lectura, vayan a leer Viaje a la semilla, un cuento de Alejo Carpentier)

 

Opción 3: El instructivo del Doctor Weisman

El cuento tiene listas, grillas y un tratamiento estricto para deshacer el problema que tiene esta pareja.

La consigna: El doctor Weisman es un especialista en cambiar la organización de los hechos. Escriban el manual de instrucciones o la lista de pasos para deshacer un error, pausar el tiempo o postergar un evento inevitable. El tono debe ser frío, médico y sumamente organizado, contrastando con lo absurdo o desesperado de la situación".

 

Postre: 

Preguntas poéticas


Van a sacar una pregunta de la cajita. En un plazo máximo de cinco a siete minutos. Tienen que responderla con la única condición de que no pueden usar ningún tipo de lógica real o científica. Pueden inventar una microhistoria, un mito moderno, una teoría conspirativa o una explicación científica falsa.


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LOS TEXTOS DE USTEDES


Kari
 
Los cuerpos carbonizados volvieron a regenerarse. Los huesos y músculos, la piel y el pelo fueron volviendo a sus lugares, al igual que la tela de la ropa a medida que el fuego se iba despegando de las personas y devolviendo lo que se había devorado. El olor a carne quemada se fue evaporando a la par que los habitantes del pueblo del Territorio de Agua se levantaban como si oyeran el llamado de algún Dios que los invocaba a la vida nuevamente. Los árboles y casas recuperaron sus ramas y hojas, sus paredes y techos. Las llamaradas regresaron a la boca del dragón de escamas escarlatas. Retornó el odio hacia su origen para convertirlo en la semilla sin amor que aún no había tenido su brote.
El dragón de Agua abrió sus ojos todavía sintiendo la palpitación imperante de su corazón, con la certeza de que esta era la última oportunidad que se le otorgaba para derrotar al enemigo y evitar más tragedias en su tierra.
 
 
Mirna
 
Borraré el comentario.
Dejará de existir.
Deberé seguir trabajando. Me quedé sin poder ir a la mierda, mis nalgas permanecerán abiertas, no podré degustar mi cargo porque parece que no se ejerce, sino que se come; continuaré infelizmente muerta…
Ya no responderé cuando me crucen por la vida, real o virtual, y me griten vieja hincha pelota, defensora de la moral patria, verguera… Deberé aprender a reconocer el humor de las redes.
Aparentemente cambiaré de jurisdicción laboral y me quitarán la tiza de oro.
Seguirán silenciadas más de cien opiniones que adhirieron a que un docente no debería arengar a que los alumnos falten a la escuela.
Borraré el comentario. Podré descansar del agobio del odio enmascarado de opinión y acá nada habrá pasado.
Excepto que la sociedad continuará construyendo una idea del ser docente que no es.
O al menos eso creo.
 
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La citación
No me animo a mostrarle la nota a papá. Se puede poner a gritar y fruncir la frente. Odio cuando me grita con la frente arrugada. Nunca me pegó, pero sus gritos me lastiman. Tampoco nunca lo habían citado del cole, y no sé qué podrá pasar. Ojalá pudiera desaparecer la citación. Después de todo solo hice una travesura como hacen Juan y Rodrigo. Ellos sí que tienen varias notas. Cancheritos, yo no. Yo siempre ando con un libro en las manos y por los rincones. A papá le gusta que sea amigo de Juan y de Rodrigo. Son piolas, me dice.
Si no hubiera entrado viento por la ventana, zafaba. Pero entró. El desvío no lo anticipé. Y el avioncito terminó rozando la cabeza de la seño. Lo peor fue que no solo lo levantó del piso, sino que lo desarmó. Doblez por doblez…y leyó el mensaje.
Quisiera que la tinta fuera invisible, pensé con todas mis fuerzas cerrando los ojos. Y pude ver cómo la seño dobló la hoja en cuatro y la puso en el bolsillo. "Lucas, tu cuaderno", me dijo y mi mundo se derrumbó. Ella misma siempre decía que mi nombra era de travieso y se reía, debía sentirse feliz de haber acertado, por fin.
Estoy yendo a casa y la mochila me pesa una tonelada; debe ser la citación en el cuaderno.
Vuelvo a cerrar los ojos y esta vez aprieto los puños deseando no pasar por lo que me espera. Y entonces el viento que sopló desviando el avión, me devolvió a la realidad.
Estoy frente a mi puerta, pero no es mi casa. La llave no abre. Toco el timbre, abre un hombre robusto y con la sonrisa más cálida y simpática que jamás imaginé. "Hola, Rodri", me dijo.
Y entendí que la entrevista no debía preocuparme más.
 
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Olor a gas
Hacía frío. Dejar la cama fue una decisión difícil, pero del otro lado de la balanza del hacer estaba la cita médica pactada hacia casi cuatro meses. Me levanté. Mientras desayunaba apurada, solicité un auto de aplicación. La demora entre sentarme en la cama y sacarme el pijama había sido más larga que lo que imaginé en ese momento.
Como vivo en una calle sin salida, me fui hasta la esquina, en un intento de solidaridad con el conductor. Al verme, debió imaginar que era yo e hizo un juego de luces; respondí con un saludo. Luego concluiría que era parte del irreverente apuro natural de sus pocos años.
Abrí la puerta blanca y al tiempo del Buen día de los ojos azules, dije: 
Hay olor a gas.
El clima cambió de golpe. Unos microsegundos de silencio bastaron para que nunca responda el Buen día. A cambio nos dijimos:
–¿Olor a gas?
–Si… o a algo similar… no sé.
Me ubiqué en mi asiento, le di el código y me dijo:
–Este auto es a gas.
–Bueno, tal vez no sea exactamente olor a gas. Hay un olor raro… como un poco metálico –dudé–. ¿Fumaste acá?
–No –un no rotundo y hasta un poco enérgico. Como si hubiera cometido una infidencia con la duda.
La charla quedó ahí. Puso el mapa que le indicaba el camino. Entonces, insistí con la charla sugiriéndole un camino alternativo por la hora, para asegurarnos un par de minutos menos de viaje. Ya padecí en ese horario el tránsito de la avenida que le daban como ruta principal. Indicó con la misma determinación de antes que esa era la ruta más directa.
Decidí callar.
Durante todo el viaje, el olor me hizo cosquillas en la nariz, pero aún más me molestó que en cada semáforo y espera, los ojos azules se posaban en el teléfono iniciando chats con stickers y mensajes de ¿En qué andas? No uno, varios. Y en cada demora de la ruta.
Mi mirada controladora no dejó de observar cada movimiento del muchacho mientras mi nariz intentaba sin éxito acostumbrarse al olor indefinido. Más de un par de veces recibí una mirada escrutadora, espejo retrovisor mediante.
Por suerte, y muy a pesar del conductor, después de varios minutos de demora en la avenida, llegamos a destino. Un gracias seco, directo y protocolar salió de mi boca al abrir la puerta y bajar. No hubo respuesta.
Adentro, con el olor sutilmente asfixiante dejé todo el fuego de la repulsión que me fue generando cada segundo dentro de ese automóvil. Cerré la puerta tras de mí y quedé, de pie, en la vereda. Quedé observando cómo el auto blanco doblaba para desaparecer de mi vista. Y entonces, ocurrió.
Un estruendo escandalosamente infernal y una columna de humo negro.
Era olor a gas.
 
 
 
Martín
 
Inevitable
Sé que me voy a caer.
¿Por qué es que lo sé?
No lo sé.
Será intuición o premonición.
 
Solo sé que me voy a caer.
 
Pienso en las circunstancias para estar atento:
un resbalón sería clásico,
los empujones serían inevitables donde haya mucha gente,
caminar levantando los pies sería obligado,
prioritario mirar por donde piso, hacia adelante y los lados,
seguro habrá una paloma enojada.
 
Pienso en el remedio:
pañuelos y gasas en caso de sangrado,
toallas húmedas en caso de suciedad,
un analgésico,
caer en forma de bolita, rodar gracioso y levantarme.
 
Pienso en tomar medidas para evitarlo:
los cordones de los zapatos con doble nudo,
la suela de la punta bien pegada,
el pantalón por encima del tobillo,
mis rodillas deben estar bien y mi mente despejada,
nada de bolsas ni bolsos,
las manos libres para poder agarrarme,
llevar puestos los anteojos para el sol.
 
Detener el tiempo.


Andrea

Feliz final

Mil colores esparcidos  por todo el cuarto, colores con filo y humedad. Pedacitos de vidrio que recorren el aire a la luz del rayo polizonte del sol que entra por la ventana.

Gotas aquí, allá, por las paredes, la alfombra, mi cama, mi ropa, se juntan en una cascada invertida. Es una ola que reclama cada gota que perdió en su batalla contra mí. 

El pez abre los ojos más grandes que nunca, cuando ya está por quedarse sin aire, recibe la inesperada lluvia que se guarda toda en esa caja de cristal que se reacomoda cual rompecabezas.

La pelota retrocede, de mojada a seca, de lejos a cerca, del aire a mi mano.

Fuerte el grito de mamá que dice: con la pelota en la pieza no.

 
 
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LA MUSIQUITA DE HOY




Pensé en menú, pensé en platos, pensé en ManalJugo de tomate frío

jueves, 25 de junio de 2026

20 ~ Junio con la Mary / Encuentro 4

Último encuentro con la Mary. Quisiera dejarles más cosas, más notas, más fotos. Pero de aquí en más, la búsqueda es de ustedes.

Nos despedimos de ella con una NOTA de Página12, y estas dos fotos: una donde posa natural, como ella era; la otra, con el amor de toda su vida, Molly Malone.













Ah... y este poema.



Cuarenta años

 

durante cuarenta años
las hojas de blanco papel han
pasado bajo mis manos y he intentado
mejorar su pacífico

vacío, al depositar
pequeños caireles pequeños tallos
de letras escritas
pequeñas llamas saltando

ni una página
fue menos que fascinante
discurso lleno de cadencia
sus pálidos nervios escondiéndose

en las curvas de las Qs
detrás de las marciales Hs
en los pies palmeados de las Ws
cuarenta años

y de nuevo, esta mañana como siempre
me detengo mientras el mundo vuelve
mojado y hermoso, estoy pensando
que el lenguaje

no es ni siquiera un río
ni siquiera un árbol ni siquiera un campo verde
ni siquiera una negra hormiga que viaja
enérgicamente modestamente

de día a día, de una
dorada página a otra.

 

 

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CONSIGNA DE ESCRITURA AO VIVO


Un poema que habla sobre la escritura, sobre el alcance del lenguaje y también sobre la naturaleza, frente a la cual a menudo no hay palabras. Y no se refiere a los grandes eventos naturales: no habla del Everest, ni de una catarata, ni de la selva amazónica. No. El lenguaje no es ni un río ni un árbol, dice Mary Oliver. Ni una hormiga que viaja de una página a la otra.


He aquí la consigna para vos:

 

Durante …….. años
las hojas de blanco papel han
pasado bajo mis manos

 

Completá y continuá este texto con tu propia experiencia de escritura.


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LA MUSIQUITA DE HOY 



Ella, su voz, este poema con el que la conocí:



jueves, 18 de junio de 2026

19 ~ Junio con la Mary / Encuentro 3



Te dejo una foto de la Mary discurseando y, además, un poema: hoy te traigo una casa (a mí que me gustan tanto...)








Tengo una casa
(Devociones. Poesía reunida. Lumen, 2025. Publicado originalmente en Cisne, 2010)
Tengo una casa, pequeña pero confortable. Hay una cama, un escritorio, una cocina, un baño, un teléfono. Y todo lo demás, ya sabés cómo va: las cosas reúnen.
Afuera las nubes de verano van a la deriva, todas con vagas y bellas caras. Y ahí están los pinos que crecen fragantes y ambiciosos, aunque ni siquiera conocen sus nombres. Y ahí está el cinzontle, una y otra vez alza el vuelo de su árbol de espinas y danza, realmente danza en el aire. Y hay días en que desearía no poseer nada, como la hierba.

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CONSIGNA DE ESCRITURA

Escribir un texto que contemple la estructura del que leímos. 

*Una primera parte, donde cuentes algo respecto a la casa, a una casa, a tu casa, a cualquier casa (mirada hacia el interior); podés incorporar todas las cosas y no-cosas que desees (Mary no profundiza esto, lo elide diciendo "Y todo lo demás, ya sabés cómo va: las cosas reúnen". Y lo elide porque en el final desea librarse de toda posesión).  

*Después, una segunda parte donde te refieras al afuera: el cielo, el jardín, el balcón, la calle (mirada hacia el exterior), donde también podés incorporar lo que desees: naturaleza, personas, sensaciones, cosas y no-cosas. Prestá especial atención al contrapunto entre adentro y afuera. Tal vez, si lo pensamos un poco, más que un texto sobre casas sea un texto sobre cosas, sobre la posesión en contraposición con lo despojado del mundo natural que simpelemente vive.

*¿La conclusión de este texto? Como más te guste. Dejate llevar... el adentro y el afuera te van a marcar el camino hacia eso que querés decir, eso que empuja para salir a la superficie del texto. Para Mary fue el deseo de despojarse de todo, de no poseer. Para vos puede ser cuaquier otro deseo. 


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LOS TEXTOS DE USTEDES


Mirna
La cita
Yo buscaba y ella me encontró.
Hoy, por fin, será la cita.
Rumor de nervios con gusto a impaciencia
en este otoño elegido para nuevos intentos.
Llegué. Puntual.
Estoy aquí, de pie, frente a unas rejas.
Asoman, entre los negros barrotes, vivaces ramas amarillas.
Detrás, una puerta de gentil madera invita a entrar.
Susurra un Bienvenidos y abre paso hasta el final…
Verdes pardos y ocres y marrones invitan a soñar.
Dentro, tenue luz de hogar.
De rayo de sol entrando sin permiso.
De aroma a charlas; de olor a abrazos.
Me invade una certeza.
¿Dónde, si no, volver a anclar mi vida?

Claudia V.
Mi casa
Mi casa…
A veces creo que tiene lo justo; otras, demasiado…
Tiene luz, mucha luz.
Lo demás poco importa.
Derribé paredes para que la luz llegue a todos lados.
Tiene flores y plantas que se cuelan por las ventanas.
Lo demás poco importa.
 Entregan aire y color a mi vida.
En cada rincón un recuerdo que me hace feliz.
Cada uno de ellos me hace “volver aquellos sitios donde amé la vida”.
Lo demás… no importa.

Claudia S.
   Mi antigua casa primero fue pequeña como una casita de juguete. La cocina tenía una arcada que daba al comedor. En el baño una bañadera centraba la atención de niños y grandes.
   La casa fue creciendo y nosotros con ella. Como no daba a la calle, yo trataba de empujar todos mis sentidos hacia afuera. Y adivinar de qué color podían ser los autos de la calle y la intensidad del bamboleo de los árboles. Una vez al año, los aviones interrumpían a las nubes con un espectáculo.
    La casa que se volvió grande se vendió.  Allá, quedó todo lo que no hubiera podido traer en cientos de cajas. En la que habito ahora, todos los ruidos estremecen los ambientes. El ronroneo de un gatito durante el día y su llanto en las noches cuando nadie lo sostiene. Los espacios no son tan amplios y de a poco trato de acomodarme para encontrar el mío. Amanece y la luz se escurre por todas las ventanas. Me arrimo a uno de los vidrios y puedo descubrir cómo se va a presentar el día. Los transeúntes despiertan historias en mi mente. Un señor mayor con muchas canas, una chica joven y un beso apurado. ¿Cuánto podría escribir con todo lo que veo ahora? Y las respuestas son tan infinitas que hasta las casas vacías narrarían polifónicamente sus propias vidas.

Rosana
Casa viva
Cuando llegamos a la casa, uno de nuestros hijos tenía un año y medio. El otro iba a llegar tres años después.
En ese momento, la pre moldeada convivía con juguetes desparramados por el piso. A medida que los chicos fueron creciendo, a ella también le tocó ir remodelándose.
Cuando se fueron los hijos, llegaron los gatos.
Tenemos un quincho, habitaciones para todos, tres baños y un living. El teléfono de línea ya no lo usamos. Los colores de las paredes fueron cambiando, sahumamos y seguimos agrandando los ambientes.
En la casa amplia, usamos la premisa que me enseñó mi mamá cuando vivía en su casa.
Dejá las cosas igual o mejor de como las encontrás.
Afuera, en el jardín, las cotorras verdes flúo vienen a comer los frutos naranjas de las palmeras. La hiedra trepa alta, por la medianera. Lantanas y asclepias tienen nombres sofisticados de los que ni se dan cuenta. Cuando florecen en primavera, invitan a la monarcas a hospedarse, y pasan la vida a la siguiente generación de mariposas. No las vamos a buscar, ellas siempre encuentran el lugar para venir.
Esta casa viva, vive con la premisa de mi madre, pero de una manera nueva. Hacé lo que te gusta que hagan, aunque no siempre nos sale.

Laura
Mi casa
sus paredes frágiles
de tantos bombardeos
igual sigue en pie
sus raíces la sostienen
hay un par de ventanas
que reciben y despiden al sol
pero también hay rejas
y llaves y miedos
por los rincones se ve
la humedad acumulada
¿será que también lloran las paredes?
¿será que el invierno amontona las tristezas?
habrá que esperar la primavera
traspasar la puerta
mirar el jardín y
los árboles de la vereda
escuchar la vida
contemplar su presencia
desde afuera
es necesario y casi urgente
la mirada desde otra perspectiva
los geranios tapan las grietas
la santa rita florece
el pasto recupera el verde
mi casa es mi historia
una más del barrio
de las que siguen en pie
después de los bombardeos.


Martín
El encuentro
vivo aquí desde hace no sé cuánto,
veo siempre las mismas cosas
aunque no son las mismas,
veo el shampoo
que no siempre es el mismo
pero siempre es shampoo,
la maquinita, los toallones, lo de siempre.
Sentir el agua correr
ver subir el vapor
ruido de cascada
todo me da paz.
Nunca supe
¿qué hago acá?
solo miro y espero.
A mí no me espera nadie.
Tomo el aire húmedo
miro todas las cosas una vez más
para recordarlas
lo miro pensando en olvidarlo
aleteo muy fuerte, decidida
y salgo por la claraboya.
La claridad inmensa me abraza
el viento me empuja hacia algún sitio
veo verdes imponentes
azules hermosos
otras claraboyas.
Me dejo llevar por el viento
a lugares que nunca imaginé.
Veo a otros igual a él
y entiendo la esperanza.

Adri
Nido
Tengo una casa linda, fue cambiando con el tiempo, pero siempre es la misma. Como yo, que empecé a vivir en ella cuando era chica y ahora tengo canas, fui cambiando en muchas cosas, pero soy la misma.
Mi casa es muy luminosa, tiene ventanas enormes, la cocina es amplia, con una gran mesada y un horno industrial. Tiene un patio precioso y un jardín bastante desordenado, lleno de plantas sin podar, algunas crecieron solas.
Volver a casa siempre me devuelve el alma al cuerpo, apenas entrando, casi al lado de la puerta, me saco los zapatos. Hoy me olvidé el paraguas, y claro, llovió torrencialmente. Que se mojaran estos zapatos viejos, era lo que necesitaban para jubilarse.
Voy a comprar un cuadro nuevo, para tapar el agujero que quedó donde estaba el de nuestra boda. Ahora necesito unos mates, y sentarme a escribir un rato, aunque la inspiración se hace rogar.
El gato llora en la puerta. El vecino de enfrente sale a fumar y se sienta en el umbral. Las ventanas de su casa, siempre cerradas, me dan curiosidad. El árbol de la vereda, casi desnudo por el otoño, sigue soltando todas sus hojas, y tan libre se lo ve que parece desorientado. Como yo, que cuando digo que la soledad me hace libre se que me miento: lo único que quiero es volver a escucharlos corriendo por la casa, andar pateando los juguetes desparramados y, a la noche, acurrucarme en tus brazos.


Cintia
El espacio era reducido, dos camas y un sillón y el placard de medio vidrio dividiéndolo en dos.
Los metros eran pocos, pero parecían un millón y el tiempo paso rápido entre merengues con dulce y sol.
La ventana enmarcaba una porción de mar, me gustaba ver de noche las luces de la ciudad o esperar los rayos después del trueno cuando llovía sin parar.
Quizás la nostalgia es saber lo perdido, el tiempo... El novenotrece...la infancia. 
Quizás fue un intento por repetirlo, por dejar la misma marca en otras vidas descendientes.
Quizás no vuelva, quizás se transforme pero yo ya sé cómo huele la felicidad.

Andrea

Mi casa
Nunca pensé tener una casa tan grande. Espaciosa, fuerte, antigua. Todo eso me hizo estar segura siempre, más allá de su fachada descascarada y de sus manchas de humedad.
La casa vino con un fondo grande, muchas plantas y dos árboles tan generosos que se llenan de hojas en primavera y verano, tapando los fuertes rayos del sol. Y en otoño se despojan de su ropaje para que en el invierno el sol cubra toda la casa.
Agradezco tanto que haya sido mi nido, nuestro nido…pero ahora la siento muy vacía, parece mas grande que nunca. Tanto ella como yo estamos esperando que se pueble de risas de la niña que llego a nuestras vidas.
Andre

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LA MUSIQUITA DE HOY



Una de Natalia Lafourcade, haciendo clic ACÁ


jueves, 11 de junio de 2026

18 ~ Junio con la Mary / Encuentro 2

Esta foto de una Mary jovencísima y un poema.

Plegaria
(Devociones. Poesía reunida. Lumen, 2025. Publicado originalmente en Sed, 2006)
Que nunca deje de ser traviesa,
que nunca deje de ser atrevida.
Que mis cenizas, cuando las tengas, amiga,
y las entregues al océano,
salten en la espuma de las olas,
amando aún el movimiento,
aún dispuestas, más allá de todo,
a danzar por el mundo.

 

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Consigna de escritura


Escribí una plegaria. Puede ser en prosa o en verso. Puede estar contenida en otro texto. Puede ser parte de algo más grande, algo que la contenga. Puede ser la plegaria de un personaje que ya escribiste en otra oportunidad. Puede ser la plegaria de un ser imaginario. Puede ser la plegaria de un personaje de ficción existente (¿qué plegaria saldría de los labios de Superman, del Zorro, de la Mujer Maravilla?). Puede ser la plegaria de un animal.



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LOS TEXTOS DE USTEDES


Karina
Plegaria de La Princesa
 
Que no se acaben nunca tus poemas
que tus versos suaves se deslicen
por mi piel
y tus letras de fuego sigan
marcando mi alma
 
Que no haya magia
dragones
ni humanos
que nos separen para siempre
Y que quien se atreva
se quede solo
con su intento enroscado
en las manos
 
Que toda tierra
todo cielo
toda agua
y todo fuego
sean siempre nuestro lugar
 
Que tus ojos se queden
a mi lado
cuando nadie más quiera ver
el amor
 
____________
 
Plegaria de El Dragón de Agua -versión 1-
 
Que no se sequen los ríos
para que puedan llevarse
las penas
que no puedo quitarte
 
Que los espejos no intenten engañarte
al ocultarte tus dones y belleza
Que las espadas no corten
la frescura de tu risa
 
Que los pasos del ejército
no silencien tu poder
y que tu pelo suelto y dorado les
marque el camino
del amor
 
Plegaria de El Dragón de Agua -versión 2-
 
Que no se sequen los ríos
para que puedan llevarse
las penas
que no puedo quitarte
 
Que los espejos no intenten engañarte
al ocultarte tus dones y tu belleza
Que las espadas no corten
la frescura de tu risa
 
Que los pasos del ejército
no silencien tu poder
y que tu pelo suelto y dorado les
marque el camino
del perdón
 
Que tus ojos se queden
a mi lado
cuando nadie más quiera ver
el amor
Andrea
 
Mi plegaria
Ojalá mi mirada sepa de conciencia.
Ojalá mi corazón sepa de valentía.
Ojalá mi mente sea siempre receptiva.
Y nunca me falten las manos que ayuden a armarme,
cuando decida juntar los pedacitos de mí,
que fui dejando en el camino que ya recorrí.
Gracias por lo sufrido y por lo no sufrido.
Gracias por los regalos, las pérdidas y lo que vendrá.
Gracias por ser esta mujer aún sin completar
Claudia V
 
Señor
No permitas que la maleza ahogue mis flores
Ni que las cortinas impidan entrar la tibieza del sol.
Que el eco de las risas no se apague nunca
y el abrazo no falte jamás.
Que siempre busque caminos no trazados.
Que no deje de escalar montañas, aunque me falte el aire
y que baile en el mar
sin importar las miradas intrusas.
Que cuando la Pacha me abrace,
me convierta en estrella
Para alumbrar los caminos no trazados
De los que tanto amo.
Mirna
"Dejen que los niños vengan a mí" Mt 19:14.
 
Si este ruego te hace cantar, canta. 
La farolera estará orgullosa.
 
Una plegaria debo hacer,
no tengo idea de por qué 
Pero solo por cumplir
ya no me puedo resistir.
 
Hay que pensar palabras 
que digan cosas necesarias y suene a oración.
Hagan juntar las manos y que hablen a Dios.
Luego de decirlas las podrán pensar
O dejarlas olvidadas en algún lugar.
 
Vamos que ya sale,
que ya va a salir. 
No tengo ideas,
me quiero morir.
Voy a recitarlas
con el corazón 
Aunque no entienda
lo haré con fervor.
Buscaré una peli
para despejar.
Uy, no tengo cable,
olvidé pagar.
Oh, Jesús, soplame
una oración. 
O sino mañana 
haré un papelón.
 
 
Adri
 
Plegaria
Que el aire siempre traiga aroma a pan caliente
Que la tierra sea fértil y su paciencia infinita nos de tiempo para florecer
Que el fuego sea amable, que mantenga tibia la mirada, calientes las manos y encendida
la pasión.
Que el agua sea abundante, que limpie las heridas y vuelva a correr.
Que el hueco de mis manos guarde como un tesoro el calor de las tuyas.
Que siempre tenga ganas de volverme a enamorar.
 
 
Laura
 
PLEGARIAS
Plegaria de hormiguero

Pedimos que este invierno
la comida nos alcance
y los que están en la calle
no sean pisoteados
que los polvos envenenados
no lleguen hasta ellos
ni a nuestro hogar
que el sacrificio de este año
que hizo toda la colonia
permita que las nuevas generaciones
tengan sus mandíbulas fuertes
para que con su trabajo del verano
llenen de alimentos nuestra tierra
honrando a los ancestros.
 

Plegaria vegetal

Que el rocío humedezca los brotes
y el aire sacuda los miedos
que la savia circule con ganas
cuando el sol calienta el cuerpo
que al llegar la primavera
el fruto caiga y la semilla no muera
que las flores sonrían
que abejas y colibríes
las visiten siempre
que si su destino es ser arrancadas
que sea con ternura
para llegar a manos
de alguien que ama
o de quien acepta una disculpa
 

Plegaria al recuerdo

Que su sonrisa no se borre
y su voz se quede cerca
que la ternura me abrace siempre
y que siempre sea su recuerdo
mi primer pensamiento
que pueda vivir mi vida
sin olvidarme de la suya
y si me olvido
que el aire me pegue
se me seque la mirada
y entre nieblas desaparezca.
 

Plegaria del hombre araña

Que mis muñecas no sientan dolor
y pueda sentir el pulso
que mis pies se acostumbren
a caminar sobre la tierra
que el miedo me invada
sin traje y sin máscara
que mi cara se desencaje
que pueda pedir ayuda
a los gritos
y algún superhéroe
aparezca para salvarme.


Cintia
Pedir hasta volverme atea.
Pedir hasta vaciarme de fe.
Pedir hasta que las rodillas se me acalambren.
Pedir una y mil veces.
Me persigno para darle inicio al ritual.
Intercalo agradecimientos que suenan más a cumplido que a sentido.
Me concentro en invocar un dios que no sé si existe.
Me declaro creyente como quien se hace socia de un club.
Le pido por mí, le pido por ellos.
Cierro los ojos como acentuando el deseo.
Vuelvo a agradecer, como quien equilibra una balanza.
Intento creer en los milagros, confiar en el poder divino.
Pido perdón por lo que hago mal, sabiendo que voy a volver a hacerlo.
Suspiro profundo creyéndome merecedora indiscutida de lo que declaro necesitar.
Dejo caer una lágrima, un poco por desahogo y otro poco para agregarle dramatismo.
Planeo una extorsión disfrazada de promesa que no estoy segura de poder cumplir.
Me levanto mientras me sacudo las rodillas y termino mis plegarias con otra persignación.
Y me alejo de esa cruz, un poco menos atea y con un poco más de fe.


Martín 
Palabras lindas para mi vecina

Ahí viene mí vecina, la que siempre sonríe 
Quisiera una buena frase para hoy
Para interesarla,
que la haga pensar en lo profundo de mi ser.
Una que sea poética, algo Intelectual pero moderna. 
Algo que le quede picando en la cabeza
que imagine que soy el mundo que la rodea
Unas pocas palabras te pido
para que que con ellas 
dé vuelta la cabeza, me mire y hablemos.
Quisiera frases inspiradoras para conocerla
más allá de su cordial sonrisa.
Está pasando por al lado mío
Tomo aire y la miro
Espero mi frase,
Ella también.
¿Cómo debería comenzar?
Tal vez con una palabra cualquiera el resto salga.
Me sonríe y sigue
Le sonrío cordial, le sonrío mudo.
Dobla la esquina, se vá.
Dejá, otro día volveremos a intentar.
    


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LA MUSIQUITA DE HOY



Aretha te reza una pequeña plegaria ACÁ