Hoy vamos a leer algunas crónicas de Leila Guerriero, tomadas de su libro Teoría de la gravedad.
A grandes rasgos, una crónica es un texto periodístico que relata los hechos más relevantes de un suceso real en forma cronológica e incorpora recursos literarios y el estilo y punto de vista del autor.
Gabriel García Márquez definió la crónica como "un cuento que es verdad". Y Albert Camus dijo que es "el oficio más bello del mundo, porque permite tratar la información como posibilidad narrativa que lucha por la supervivencia y la valoración estética e informativa, que establece una significativa diferencia con la naturaleza perecedera de la noticia".
En un trabajo producido por un estudiante de la Universidad de La PLata, Matías Kraber, leo que "Uno de los cronistas latinoamericanos contemporáneos más importantes, Alberto Salcedo Ramos, define a la crónica como 'el rostro humano de la noticia', porque es allí donde el cronista tiene la posibilidad de escribir historias perdurables que puedan trascender las cifras y estadísticas. Digamos que el periodista tiene la posibilidad de inscribir una historia sin fecha de vencimiento, como a menudo ocurre con las noticias del esquema pirámide invertida, que algunos días después de su publicación la noticia queda obsoleta, sin brillo, y el periódico sirve para empaquetar huevos."
A grandes rasgos, una crónica es un texto periodístico que relata los hechos más relevantes de un suceso real en forma cronológica e incorpora recursos literarios y el estilo y punto de vista del autor.
Gabriel García Márquez definió la crónica como "un cuento que es verdad". Y Albert Camus dijo que es "el oficio más bello del mundo, porque permite tratar la información como posibilidad narrativa que lucha por la supervivencia y la valoración estética e informativa, que establece una significativa diferencia con la naturaleza perecedera de la noticia".
En un trabajo producido por un estudiante de la Universidad de La PLata, Matías Kraber, leo que "Uno de los cronistas latinoamericanos contemporáneos más importantes, Alberto Salcedo Ramos, define a la crónica como 'el rostro humano de la noticia', porque es allí donde el cronista tiene la posibilidad de escribir historias perdurables que puedan trascender las cifras y estadísticas. Digamos que el periodista tiene la posibilidad de inscribir una historia sin fecha de vencimiento, como a menudo ocurre con las noticias del esquema pirámide invertida, que algunos días después de su publicación la noticia queda obsoleta, sin brillo, y el periódico sirve para empaquetar huevos."
Vamos a las crónicas (que me costó HORRORES seleccionar). Y les dejo el libro completo, por si quieren seguir leyendo (recomiendo), en este LINK
El pacto
Aquí yo, otra vez, arrastrándome en el pantano de los rotos o flotando feliz entre la euforia de los vivos, idéntica a mí, la muy sincera, la muy falsa, la esquiva, la insensible, la mísera, la idiota, la astuta, la excesiva, la austera, la retrógrada, la feminista, la jurásica, la iracunda, la violenta, la agresiva, la suave, la tan suave, aquí yo, yo, yo, la egocéntrica, la narcisa, la modesta, la muy humilde, la tan humilde, la soberbia, la confundida, la preclara, la confusa, la confesa, la caníbal, la cobarde, la cursi, la que habla de sí, la que no habla de sí, la que sólo habla de sí, la impávida, la fría, la muy cálida, la kitsch, la ruda, la bruta, la brutal, la que vive en sosiego, la desasosegada, la que te tiene harto, la que no sabe lo que dice, la que no dice lo que sabe, la que lo cuenta todo, la que no cuenta nada, la que lo cuenta todo pero no cuenta nada, la que no sabe escribir, la que escribe como puede, la que no escribe en absoluto, la que no piensa, la que no sabe pensar, la enredada, la vacua, la precisa, la justa, la tan justa, la honesta, la muy insoportable, la rastrera, la infame, la insumisa, la blasfema, la que pide y no da, la que da pero no quiere, la que lo quiere todo, la que nunca da explicaciones. «Mi propósito —dice Balder, uno de los personajes de El Amor Brujo, del escritor argentino Roberto Arlt— es evidenciar de qué manera busqué el conocimiento a través de una avalancha de tinieblas y mi propia potencia en la infinita debilidad que me acompañó hora tras hora.» «Poco a poco tendré que ir saqueando mi propia vida para ofrecerla al mejor postor», escribe Andrés Felipe Solano en Corea, apuntes desde la cuerda floja. Vengo aquí. Saqueo mi vida. Ahí la tienen. ¿Para qué la quieren? Yo, a veces, la prendería fuego.
Aquí yo, otra vez, arrastrándome en el pantano de los rotos o flotando feliz entre la euforia de los vivos, idéntica a mí, la muy sincera, la muy falsa, la esquiva, la insensible, la mísera, la idiota, la astuta, la excesiva, la austera, la retrógrada, la feminista, la jurásica, la iracunda, la violenta, la agresiva, la suave, la tan suave, aquí yo, yo, yo, la egocéntrica, la narcisa, la modesta, la muy humilde, la tan humilde, la soberbia, la confundida, la preclara, la confusa, la confesa, la caníbal, la cobarde, la cursi, la que habla de sí, la que no habla de sí, la que sólo habla de sí, la impávida, la fría, la muy cálida, la kitsch, la ruda, la bruta, la brutal, la que vive en sosiego, la desasosegada, la que te tiene harto, la que no sabe lo que dice, la que no dice lo que sabe, la que lo cuenta todo, la que no cuenta nada, la que lo cuenta todo pero no cuenta nada, la que no sabe escribir, la que escribe como puede, la que no escribe en absoluto, la que no piensa, la que no sabe pensar, la enredada, la vacua, la precisa, la justa, la tan justa, la honesta, la muy insoportable, la rastrera, la infame, la insumisa, la blasfema, la que pide y no da, la que da pero no quiere, la que lo quiere todo, la que nunca da explicaciones. «Mi propósito —dice Balder, uno de los personajes de El Amor Brujo, del escritor argentino Roberto Arlt— es evidenciar de qué manera busqué el conocimiento a través de una avalancha de tinieblas y mi propia potencia en la infinita debilidad que me acompañó hora tras hora.» «Poco a poco tendré que ir saqueando mi propia vida para ofrecerla al mejor postor», escribe Andrés Felipe Solano en Corea, apuntes desde la cuerda floja. Vengo aquí. Saqueo mi vida. Ahí la tienen. ¿Para qué la quieren? Yo, a veces, la prendería fuego.
Era la vida
Debería, por ejemplo, empezar por viajar más, por viajar menos, por no viajar en absoluto. Debería hacer las paces con mi padre, debería depender menos de mi padre, debería ver a mi padre más seguido. Debería salir de esta casa en la que paso tanto tiempo sola, debería quedarme en casa y no salir a aturdirme con gente que no me importa en absoluto. Debería terminar mi novela. Debería renunciar a este trabajo que detesto. Debería ir a bailar antes de ser el más viejo de la discoteca. Debería divorciarme. Debería empezar a usar toda esa ropa que hace años que no uso. Debería ir a recitales. Debería invitarla a cenar, invitarlo a un bar, decirles que soy gay. Debería parar con la cocaína. Debería probar alguna vez un trago, debería beber menos, debería dejar de beber. Debería aprender a tocar la guitarra. Debería ir a África mientras todavía puedo caminar. Debería cambiar de analista, conseguir un analista, dejar de ir al analista. Abandonar las pastillas. Ceder. No ceder. Arrojarme en paracaídas, tomar un curso de buceo, poner un hotel en la montaña, un bar en una playa de Brasil. Ir más despacio, ponerme en marcha, no mirar atrás. A fin de año, más que nunca, la vida no es la vida sino una patética declamación de buenas intenciones, una renovación del permiso de postergarlo todo, una fe idiota en que nunca será demasiado tarde para nada. «Toda la inmortalidad que puedes desear está presente / aquí y ahora», escribió el poeta chileno Gonzalo Millán en Veneno de escorpión azul, su diario de vida y de muerte, y esa bestia terrible de la poesía, la uruguaya Idea Vilariño, dijo, mejor que nadie, peor que nunca: «Alguno de estos días / se acabarán las bromas y todo eso / esa farsa / esa juguetería / las marionetas sucias / los payasos / habrán sido la vida».
Antes
Antes de que todo esto se termine. Antes de que cierren la casa y vendan los muebles y regalen los libros. Antes de que se repartan los cosméticos y los zapatos. Antes de que arrojen las cacerolas a la basura. Antes de que vacíen las alacenas, de que se lleven las especias, los fideos. Antes de que se terminen los días felices y las tardes de domingo. Antes de la última de las madrugadas. Antes del final de la angustia. Antes de que se acaben el sexo sin amor y el amor sin sexo. Antes de que la ropa se pudra en los placares. Antes de que descuelguen los cuadros y cubran los sillones con lienzos y cierren las ventanas para siempre. Antes de que quemen las fotos. Antes de que se resequen los felpudos, de que se oxiden las cortinas en sus rieles. Antes de que se terminen la curiosidad, los huesos, el hígado y las córneas. Antes de que se sequen todas las plantas del balcón. Antes de que no haya más nieve, ni colores, ni trópicos. Antes del final de todas las selvas, de todos los mares, de todos los reflejos en el agua. Antes del último poema. Del final de las veredas y las calles. Del fin de todos los paseos. Antes del adiós a todos los aeropuertos y todos los aviones y todas las ciudades y todos los cafés con vidrios empañados. Antes de la cancelación de todas las discusiones, de todos los argumentos, de toda la furias, de todos los desprecios. De todas las metálicas ansiedades. Antes del fin de los gritos, de la desolación y de la culpa. Antes de la última agenda, del último viernes, del último bar, del último baile. Antes de que se apaguen todas las cúpulas y todas las pantallas. Antes de que las polillas se coman los restos de la lana y de la almohada. Antes del final de las mascotas. Antes, mucho antes: hay que vivir. Pero ¿cómo? ¿Cómo? «Qué admirable / el que no piensa “la vida huye”/ cuando ve un relámpago», escribió Basho. Admirables los que están en el tiempo sin pensar en él.
Cansancio
Había pasado un par de meses sin ir a ver al doctor L. Me recibió afable, como siempre, y como siempre, con su acento chino, me preguntó: «¿Cómo shiente?». Le dije «Muy bien», y era verdad, sólo que no me había dado cuenta hasta verlo aparecer, y de hecho es posible que hubiera llegado hasta allí sintiéndome fatal pero que su sola presencia me haya hecho sentir espléndida. El doctor L. tiene ochenta y un años y, ya lo dije antes, practica cosas en las que yo no creo. La medicina china, la acupuntura. El doctor L. hizo lo suyo y después, como siempre, me dijo: «Relaja, cierra ojo, escucha música». Obedecí, mientras él se alejaba con pasos sigilosos sobre el piso de madera. Entonces, como siempre, me dediqué a ejercer mi karate mental: a pelear contra toda la basura flotante que hay en mi cerebro. En eso estaba cuando escuché que llegaba un paciente a la camilla de al lado, separada de la mía por un biombo. Era un hombre. Se recostó y el doctor L. le pregunto qué problema tenía. El hombre respondió: «Cansancio». La voz me dejó helada. Porque eso no era cansancio. Era alguien que está de pie en el balcón con la pistola cargada apuntándose a la sien. Una vez el doctor L. me preguntó cómo estaba y yo le dije «Tengo pesadillas». Él dijo: «El sueño no sabe». Ahora le susurró al hombre: «Tranquilo». Eso fue todo. Y el hombre, al otro lado del biombo, suspiró. Fue un suspiro horrible, como quien sabe que no tiene remedio. Yo abrí los ojos y miré la lámpara de caireles que pende del techo de la antiquísima casa donde atiende el doctor L. y recordé esa frase que es la única que me arregla cuando no tengo arreglo. Una frase de uno de los personajes de ese libro que es un continente, llamado Las palmeras salvajes, de William Faulkner: «Entre la pena y la nada elijo la pena». El cansancio proviene, claro, de no saber cuándo termina.
Ayer
¿Qué hacen todas estas cosas sobre mi escritorio? ¿Qué hace la camisa rosada con alforzas que a los trece años me parecía tan sexy y que en verdad era un mamarracho? ¿Qué hace el olor pegajoso del brillo para labios que usaba en las fiestas de la adolescencia, cuando esperaba con taquicardia imbécil a que P. me sacara a bailar un tema de Air Supply? ¿Qué hacen la tapa del vinilo de Saturday Night Fever y el amor doloroso y ridículo por John Travolta, y el bolsillo de mi guardapolvo latiendo como un volcán con la carta de R. (y el terror a que la descubrieran)? ¿Qué hacen el calor tristísimo de las estufas a kerosén que había en mi casa, y las tardes de calvario en las que iba al conservatorio de música, y el sonido de los pianos destartalados que me hundía una uña negra en la garganta apenas empezaba a subir las escaleras, y las garras mal pintadas de la señorita Z. que me enseñaba solfeo, y los gritos despóticos del profesor de natación y el frío de la piscina que se metía bajo la piel como una parálisis? ¿Qué hacen el TEG y el Ludo Matic y los días de lluvia en los que sentía que estaba muerta pero sonreía mientras jugaba con mi hermano, y el olor desastroso a desinfectante y mina de lápiz que había en el colegio? ¿Y qué hace acá ese atardecer en la terraza de mi abuela mientras ella colgaba sábanas y yo escuchaba ulular el silencio sintiendo que podía volar? ¿Qué hacen acá la gorra de baño con flores amarillas, la gata Murly, el olor a chocolate del bargueño, el rastro dulcísimo del agua sobre las baldosas calientes? ¿Qué hace todo eso acá, vertido sobre mi escritorio como una infección? Jugando a escribir una columna releí la primera frase del libro Cabro chico, del fabuloso poeta chileno Claudio Bertoni —«De partida descubrí: no se recuerda así nomás»—, y metí el hocico en la memoria como un caníbal que se devora a sí mismo. Encontré cadáveres.
Distracción
Plantas en mi balcón, un colibrí, el cielo como una bandeja celeste, palomas, polvo traído por el viento y depositado como una capa de vello rubio sobre el piso de pinotea —yo, tratando de escribir esta columna—, el pez articulado con escamas de nácar que era de mi abuela y que está junto a mi computadora, el cairel de la araña de su casa que se rompió la semana pasada y cuyos trozos coloqué sobre un paño, el goteo sincopado de un reloj —yo, tratando de escribir esta columna—, retazos de recuerdos —una cena en la plaza de Puebla, un hotel en Arequipa, risas—, la alfombra áspera bajo los pies, las uñas de los pies que pinté ayer de color sangre, el pote con crema para las quemaduras (me quemé cocinando) cuyo olor me recuerda al de la crema que me ponía mi abuela para curarme las rodillas después de haberme pasado el día jugando juegos de varones —yo, tratando de escribir esta columna—, el pan en el horno, la máquina lavadora funcionando con su eficacia fresca, una nube como el retazo de una tela limpia, el poema de Ana Ajmátova que no citaré, la sencillez rampante de los lápices negros en mi portalápices de acero —yo, tratando de escribir esta columna—, el pequeño gajo de la desesperación asomando como una uña maligna, el abismo ahí nomás, la charla de hace días con el dibujante Miguel Rep, en su programa de radio, cuando le hablé de Un hombre enamorado, el libro de Karl Ove Knausgård que él no conocía, diciéndole que era la historia de un escritor que busca desesperadamente el tiempo y el espacio para escribir mientras vive con una mujer y unos hijos a los que ama, inmerso en una rutina que lo tranquiliza y que necesita pero que, a la vez, lo aniquila y le impide trabajar, y Miguel Rep, con ojos de quien ya ha estado allí, diciendo sabia, meridianamente: «Ah. La felicidad como distracción». Yo, que no he dejado de pensar en eso desde entonces.
Tus cosas
Leí estos versos de Stella Díaz Varín, poeta chilena: «No quiero / que mis muertos descansen en paz / tienen la obligación / de estar presentes». Después, salí a correr. Corrí por Santiago de Chile, por la hermosa Santiago en primavera, por un área llamada Las Condes donde todo parece salido de un catálogo de casas y jardines y, cuando pasé junto a una mujer mayor que llevaba un carrito para hacer las compras, quedé sumida en su perfume. No era un perfume: era el aroma que tienen los vestidos y las medias y las cajitas de música y los polvos de maquillaje —y las cajas con fotos y los rosarios de primera comunión y las imágenes de yeso de la Virgen Niña— cuando se los guarda en un ropero antiguo de madera oscura, de tres puertas, con espejo al medio, estilo Chipendale, en cuyos estantes se disponen pequeñas bolsas de tul repletas de lavanda, cerradas con un lazo de color violeta, y que se limpia cada tanto con cera para muebles marca Suiza y una franela de color naranja: el aroma de mi abuela. El aroma de su casa con vitraux y galería cubierta y pisos de pinotea que ella recorría llevando —llevándome— chocolate con leche y pan con manteca y azúcar. La hermosa casa de mi abuela ya no está, ni va a volver, y mi abuela, con sus ojos de agua, tampoco, porque está muerta. Pero yo guardo sus cosas. Su ropa —sus faldas, sus abrigos con olor a butaca de cine—, envuelta en papel azul, en cajas de cartón, con bolsitas repletas de lavanda. ¿Para qué? No sé. O sí. Para algo horrible: para decir —¿decirle?— que yo —su nieta, su atea, su blasfema atroz— tenía razón, y que después no hay nada, pero que igual lo guardé todo. Para decir —¿decirle?—: «Aquí está lo que alguna vez fue tuyo: tus cosas, yo».
No te suelto
«¿Ya está, ya pasó?», preguntó mi madre. «Sí, mi amor, ya está, ya pasó», dijo mi padre, y sonrió y le dio un beso en la frente. Mi madre, todavía atontada por la anestesia de una operación que no había servido para nada, no sonrió pero dijo, con alivio, «Gracias a Dios». Yo estaba allí. Yo vi esa bestialidad. Yo sabía que a Dios no había que agradecerle nada porque la enfermedad iba a enterrar a mi madre a puñetazos en un cuarto de hospital del que no volvería a salir nunca, y me pregunté entonces, y me pregunto ahora, qué clase de hombre hay que ser para ser el hombre que fue mi padre aquella tarde: un hombre que, mirando la soledad de miedo que empezaba a abrirse bajo sus pies, parado al borde de la última ceja del abismo, se tragaba su horror y decía: «Aquí estoy: yo no te suelto». ¿A qué dioses se habrá encomendado para no aullar, para no moler a golpes el cuarto, el hospital, el mundo, mientras el cuerpo de mi madre marchaba seguro hacia la muerte? Supe que Amparo Fernández, la mujer del Cigala, el cantante flamenco, murió de cáncer una madrugada de agosto pasado en República Dominicana y que la noche siguiente él, el Cigala, subió a un escenario de la ciudad de Los Ángeles para hacer una presentación que tenía programada y, con los ojos revueltos de dolor y sangre, con traje de luto planchado por su propio hijo, enredado en los primeros crespones de la muerte, cantó. Cantó como quien dice «Aquí estoy: yo no te suelto». ¿Qué hay que ser para ser un hombre así? Porque yo quiero ser ese hombre. Yo quiero, todo para mí, ese coraje.
Máscaras
Esa soy yo jugando con dos gatas. Esa soy yo cenando con tres amigos y riéndome como un lobo. Esa soy yo leyendo el Tao («Todo ascenso degrada pues nos agita lograrlo y nos agita perderlo»). Esa soy yo un martes, mirando un partido del Mundial. Esa soy yo bromeando con el verdulero acerca de la horrible calidad de las papayas que me vende. Esa soy yo hablando con el carnicero que se recupera de un accidente (se golpeó la cabeza, la mitad el cuerpo le quedó paralizada, su mujer y su hijo manejan la carnicería desde enero). Esa soy yo amasando pan, preparando rouille de pimientos rojos, metiendo un pescado en el horno. Esa soy yo en el barrio chino comprando panko. Esa soy yo llevando en brazos a la hija recién nacida de unos amigos. Esa soy yo poniendo naftalina y lavanda en los placares. Esa soy yo dando una clase de tres horas un lunes por la noche. Esa soy yo respondiendo una entrevista por skype. Esa soy yo recibiendo a un plomero y, después, al hombre de DHL. Esa soy yo viajando hacia un penal de la provincia, y esa soy yo de pie en el patio del penal conversando con dos presos durante horas. Esa soy yo en una casa enorme y lujosa de un barrio privado. Esa soy yo haciendo abdominales sobre el piso de granito. Esa soy yo arrancando tréboles de las macetas del balcón. Esa soy yo cortando la primera orquídea del año, poniéndola en un florero, olvidándola un segundo después. Esa soy yo leyendo un libro de poemas de Charles Simic. Esa soy yo respondiendo correos electrónicos. Esa soy yo escuchando el concierto número 21 de Mozart en el teatro Colón. Esa soy yo en un bar de moda donde sirven tragos en frascos de mayonesa. Esa soy yo en un avión, mirando una película. ¿Verdad que no parezco una mujer que esté preguntándose, a cada paso, todo esto para qué? No deja de ser asombroso.
Instrucción 1
Vaya hasta la sala de su casa. Déjese caer en un sillón. Él va a llegar poco después. Mire por la ventana, como si intentara que él se diera cuenta de que usted es el pararrayos de la melancolía de todo el universo. Él va a preguntar: «¿Qué pasa?». Piense: «Que todo lo que me gusta de vos ha desaparecido». Diga: «Nada, ¿por?». Él va a decir: «Estás pensativa». Sienta que la garganta se le cierra como si un puño intentara atravesarle la tráquea. Él va a decir: «¿Querés que vayamos a un bar, al cine?». Diga: «No tengo ganas». Él va a decir «Como quieras». Sienta ira. Pregúntese por qué él no insiste. Sienta que sus pensamientos se confunden como insectos histéricos. Sienta deseos de beber, de fumar. Pregunte: «¿Compraste algo para la cena?». Él va a decir: «No, ¿vos?». Diga: «No». Él va a decir: «No importa. Comamos cualquier cosa». Diga: «Bueno». Mire cómo él se pone de pie y va hacia la cocina. Sienta que la tristeza es un río barroso del que usted ya no va a salir nunca. Póngase de pie. Camine hacia la cocina. Él va a estar mirando el diario. Sienta que su vida es perfecta —estupendo trabajo, casa impecable—, pero que cualquiera tiene una vida mejor que la suya. Sienta una rabia seca. Piense: «Quiero abrirme un hoyo en la mano». Piense «Él no se daría cuenta». Quiera sangrar profusamente. Diga «¿Querés vino?». Escuche cómo él dice: «No, gracias». Abra un cajón y, al cerrarlo, empújelo con fuerza excesiva. Vea cómo él levanta la cabeza. Diga con furia, como si fuera un canto guerrero: «Yo sí». Abra una botella. Escuche cómo él dice: «Amor, no te preocupes. Todo va a estar bien». Sienta que los ojos le queman. Pregúntese: «¿Esto que siento es odio?». Sienta que es necesario decir algo. Guarde silencio. Piense: «¿Esto que siento es desprecio?». Empiece a cocinar.
Instrucción 8
Mire por la ventanilla del auto. Vea cómo, a su derecha, se alinean moles de cemento y vidrio. Sienta frío, aunque sea un sábado soleado. Recoja los pies en el asiento. Mírelo a él, que conduce. Piense: «Qué guapo». Diga: «Qué feos esos edificios». Escuche cómo él dice: «Sí». Diga: «Tendríamos que llamar al plomero, por lo del caño». Escuche cómo él dice: «Bueno», no como si no le importara sino como quien considera el asunto algo muy poco entretenido para un día como ese. Siéntase, de pronto, urgida, como si quisiera enmendar una falta. Diga «¿Y si vamos al teatro?». Escuche cómo él dice: «¿Sí?». Diga: «Mejor no». Piense: «Si no nos gusta el teatro». Sienta una voluntad rara: como si quisiera complacerlo, pero haciendo cosas que usted nunca hace, en una actitud que sabe que resultará ridícula y sospechosa. No pueda detenerse. Diga: «¿Y a una galería de arte?». Escuche cómo él dice: «¿Y si vamos al recital en el parque, a la noche?». Piense: «Calor, mosquitos, horas fuera de casa». Responda: «Mañana tengo que trabajar». Arrepiéntase. Pregúntese qué fue de esa chica que usted era: alguien capaz de ir a un recital en cualquier momento, alguien que vivía en un departamento en el que había un solo plato, un solo tenedor, un solo juego de sábanas. Piense en la casa en la que viven ahora donde, hace una semana, encontró un juego de toallas sin estrenar compradas cinco años atrás. Diga «Bueno, podemos ir y volver temprano». Escuche cómo él dice, con sinceridad serena: «No. Está bien. Nos gusta pasear. Vamos al río». Mírese los dedos de los pies, encogidos como garras. Pregúntese: «¿Qué queda de mí?». Mire por la ventanilla. Siéntase ansiosa como un pájaro que choca contra un vidrio y busca una salida que no existe. Piense —con alivio y con pánico, con agradecimiento y terror— «Podemos seguir así veinte años más».
Instrucción 18
Despierte. Después de tantos días grises, de la angustia retorciéndose sobre el piso como un murciélago mutilado, sienta crecer dentro de usted un rizoma de alegría, como si una cueva de paredes cenicientas dejara al descubierto un resplandeciente tejido de hilos de seda. La casa está sola. Dígase que trabajará en la mañana y, después, cocinará algo sorprendente. Trabaje, haga compras, cocine sin hacerse preguntas. Sienta que toda la bruma se ha disuelto. Avance hacia el final del día sorprendida por lo fácil que resulta dejar atrás la anestesia soterrada. Ponga la mesa. Contemple todo como si acabara de declarar la paz. Entonces, sienta el primer punto de alarma. Piense: «No puede ser tan fácil». Dígase que ponerse un vestido le ayudará a revivir el entusiasmo agonizante. Póngaselo. Mientras se contempla en el espejo sienta una punzada de desánimo, como si hubiera quitado la primera de las cartas que sostiene un edificio de naipes. Escuche el ruido de la puerta. Camine hacia allí. Vea cómo él entra en la casa con la expresión de siempre. Dígale «Hola, amor, hice osobuco al vino tinto». Escuche cómo él dice: «Qué rico». Sirva los platos, siéntese a la mesa. Cuando él la mira, no dice «Hace mucho que no te ponés ese vestido», ni «Qué linda estás», sino «¿Y ese vestido?», con una entonación que suena a «¿Qué te pusiste?» y que la hace sentir humillada y ridícula. Diga: «Hace mucho que no me lo pongo. ¿Te gusta?». Él dice: «Sí. Pero te vas a manchar». Sienta una irritación palpitante, desbordada. Diga: «Tenés razón. Me voy a cambiar. Vos andá comiendo». Escuche cómo él dice: «Bueno». Al día siguiente, al despedirse cuando parte hacia el trabajo, él le da un beso en la mejilla. Vea cómo, de inmediato, se enmienda y trata de besarla en la boca. Esquívelo con una sonrisa tímida. Entienda que ya no queda nada. Sólo un odio que no es culpa de nadie.
Mi diablo
Mi primer muerto fue español. Era actor, se llamaba José María Vilches. Lo vi por primera vez siendo niña en un unipersonal llamado El Bululú, un recorrido por textos clásicos de Cervantes, Lope de Vega, Quevedo. Tenía una forma de decir espesa y dulce, como si las palabras fueran el rastro de un cuerpo o de un pecado potente, y yo, escuchándolo, entraba en trance sin saber qué sentía: ¿euforia, inspiración? Lo vi cada vez que pude, durante años. Cuando la obra terminaba, corría a mi casa a escribir, urgida cual ninfómana, tratando de retener ese momento de elevación alucinada. En 1984 yo tenía diecisiete años y estaba de viaje cuando una amiga golpeó la puerta de mi cuarto y gritó: «¡Se murió tu Bululú en un accidente!». Cinco años antes yo había entrado a su camarín. Él no me escuchó llegar. Vestía de negro y el rostro, maquillado a medias, parecía una máscara de tiza, la cara trágica de un tuberculoso. Le miré los dientes de predador, rodeados de una boca untuosa y pérfida. Dije «Hola». Él se dio vuelta y me miró. Era Satanás. Era bellísimo y fuerte, y tenía la pureza del odio y la fragilidad infecta del amor, y unos ojos de maldad exquisita con esquirlas de ternura sedosa. Me sonrió, me dijo «Hola, nena». Yo miraba el sudor que le caía por la frente. Exudaba sordidez y potencia y daba miedo y soledad, y era puro como una llama y sucio como el asfalto. Y de pronto entendí que lo que hacía ese fauno endemoniado cada noche, desde el escenario, no era llenarme el corazón de euforia sino de venerable pánico, de completo pavor. El día en que supe que había muerto bebí, repasé el grito: «¡Se murió tu Bululú!». Jamás fue mío. Pero nunca dejé de buscar —en lo que leo, en lo que quiero, en lo que escribo— ese pavor. Algo que se vuelva hacia mí, me mire a los ojos y me diga: «Hola, nena: yo soy tu diablo». No soy nada sin él. Sin eso.
El mar
Ayer conocí a un niño que no conocía el mar. Era un niño pequeño, de seis o siete años, que en dos días más marcharía a la costa. Cuando le pregunté si estaba contento —¡el mar, el mar!—, me dijo: «¿Por? Si ya lo vi mil veces por la tele». Hoy llueve una lluvia fina que se descuelga de un cielo gris y lácteo. Hace calor. Hay una luz verde y serena. De pronto, recordé una tarde exactamente igual a esta, con esta misma luz. Con una luz que da, a la vez, ganas de morirse y de amasar un pan. Una tarde de cuando yo tenía nueve años, y era una niña que no había visto nunca el mar, y formaba parte de una familia que tampoco lo había visto nunca. Por esa época, mi padre hizo un viaje de trabajo a una ciudad de la costa. No recuerdo el día en que se fue, pero recuerdo perfectamente el día en que volvió. Llovía. Y había, como hay hoy, una luz verde y serena. Yo estaba tejiendo un macetero en la cocina, los hilos ásperos y gruesos anudados a la falleba de la ventana —porque la lluvia no me permitía hacerlo afuera, como lo hacía siempre, descalza y debajo de la higuera, descalza y debajo de la parra—, cuando de pronto escuché un auto que se detenía. Segundos después, se abrió la puerta y, en medio de la luz suave de la tarde, apareció mi padre: el primero de todos nosotros (mi hermano, mi madre, mis abuelos, yo) en conocer el mar. Corrí, lo abracé, le pregunté: «¡¿Cómo es, cómo es?!». Él no me respondió. Sólo levantó la mano, la acercó a mi cabeza, me dijo «Escuchá», y me apoyó un caracol blanco y enorme, como un alien de yeso, sobre la oreja. Y yo escuché. Pasaron todavía muchos años hasta que pude conocer el mar. Pero durante todos esos años tuve algo mucho mejor: tuve a mi padre, que me lo contaba. A veces preguntan por qué uno escribe. Supongo que por cosas como esas.
Empezar
¿Qué es un fin? ¿Qué es un principio? «Cuando el niño era niño —decía la voz del poeta en la película El cielo sobre Berlín, de Wim Wenders—, no tenía opinión sobre nada, / no tenía ninguna costumbre / se sentaba en cuclillas, / tenía un remolino en el cabello / y no ponía caras cuando lo fotografiaban.» He vuelto —sólo para escribir— al departamento donde todo comenzó. Al sitio donde viví con una planta de jazmines como toda compañía. Aquí, hace años, mirando a través de esta ventana por la que ahora miro, en un febrero de infierno, con paro de metro y calor de cuarenta grados, en jornadas que iban de las siete de la mañana hasta las doce de la noche apenas interrumpidas por siestas crucifijas de veinte minutos, escribí un libro, el primero. Aquí, antes de eso, me hice periodista tecleando con jactancia en una Lettera portátil que aún conservo. Aquí canté a gritos, con amigos salvajes, canciones que hablaban de nosotros: de nuestra soledad y nuestro tedio. Ahora no hay nada, salvo el aroma de las casas cuando están vacías durante mucho tiempo: un olor al fondo de la vida, el olor seco que dejaría el mar si se retirara del mundo. Puedo contar los objetos que traje: un cepillo de dientes, un dentífrico, un jabón, una toalla, un vaso, un tenedor, un escritorio, una silla, la computadora. No hay adornos, ni libros, ni lavarropas, ni cortinas, ni alfombras, ni cama. No tengo nada porque nada me hace falta para lo que tengo que hacer: mi tarea no necesita de adornos. Estoy sola con ese animal caprichoso, esa fuerza que me ha traído de regreso. La escritura, mi patria tirana. Aquí, después de haber estado en tantas partes, y con tantos, permanezco, espero. Dejar atrás es, ahora, la forma de ganarlo todo. Regresar, la única forma de seguir adelante. Aquí, donde todo comenzó, escribo. Empiezo. Allá vamos. (Qué curiosidad.)
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CONSIGNA/S DE ESCRITURA
Guerriero trabaja con estructuras muy marcadas, con listas, contradicciones y una honestidad brutal . Teniendo en cuenta este puñado de crónicas, hoy les traigo algunas propuestas para escribir. Estas son las opciones, pueden ir por la que más les guste, por una o varias; también inventar otras, por qué no.
1. El inventario de contradicciones
Escribir un texto en primera persona que empiece con un "Aquí yo..." o "Esa/ese soy yo...", y armar un inventario de quiénes son a través de sus propias contradicciones o de las distintas máscaras que usan en el día a día. Pueden usar la estructura de acumulación (una lista de características o de escenas cotidianas contrapuestas) para retratarse.
2. La escena en segunda persona (Instrucciones)
En estas crónicas hay una tensión manifiesta en los vínculos. Guerriero usa el imperativo para escribirlas y logra un efecto muy potente. Dice Pedro Mairal, en el prólogo, respecto del bloque de instrucciones:
Escribir un texto en primera persona que empiece con un "Aquí yo..." o "Esa/ese soy yo...", y armar un inventario de quiénes son a través de sus propias contradicciones o de las distintas máscaras que usan en el día a día. Pueden usar la estructura de acumulación (una lista de características o de escenas cotidianas contrapuestas) para retratarse.
2. La escena en segunda persona (Instrucciones)
"En el centro de estos textos aparece una serie de instrucciones que dejan los pelos de punta. El devenir de una pareja alienada. Una especie de autoayuda invertida: instrucciones para una silenciosa autodestrucción emocional. El relato, como una micronovela a toda velocidad, va describiendo el crecimiento del odio entre dos personas. Un odio que al final no es culpa de nadie, y eso lo hace más espantoso, un ente que se instala y va tomando a la pareja hasta destruirla."
Escribir un texto breve titulado "Instrucciones", que narre una escena cotidiana de pareja, familiar o de amistad utilizando la segunda persona del singular en imperativo ("Vaya...", "Sienta...", "Mire..."). La clave es que las acciones físicas parezcan mecánicas o triviales (cocinar, mirar por la ventanilla, abrir un cajón), pero que el peso del texto esté en esa segunda persona en imperativo y en el mundo interno: los pensamientos, la irritación contenida y los sobreentendidos.
3. El asalto a la memoria
Escribir un texto que arranque con una pregunta: "¿Qué hace [un objeto, un olor o un sonido de la infancia/adolescencia] sobre mi escritorio/en mi casa?". A partir de ahí, tirar del hilo y reconstruir una escena del pasado a través de los detalles más crudos y materiales (la ropa guardada, un perfume, un juguete, el frío de un lugar), buscando el impacto de lo que ya no está.
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LOS TEXTOS DE USTEDES
Claudia S.
No se desespere. Acaba de colocar la ropa en la lavadora, programó todo adecuadamente y la máquina no responde. El sol la saluda por la ventana después de varios días de lluvia. No se inquiete, siéntese muy despacio y respire durante cinco minutos. Luego, consiga una manta y colóquela en el piso. Haga algunos ejercicios de yoga que seguramente aprendió en algún momento de su vida. Lo importante es que mantenga la respiración perfecta. Seguro se encuentra sola ya que es la mañana de un viernes y todos los miembros de su familia salieron. Luego recordará que sus hijos se iban de campamento. Y más tarde le vendrá a la mente el viaje de negocio de su marido en ese fin de semana. Respire y mire al techo.
Es muy probable que su lavadero se encuentre en la parte inferior de la casa y el celular quedó en el living cuando hizo el pedido del super. Suele pasar, es lo más común en estos casos. Siga recostada y cierre los ojos. Piense en algún paisaje donde querría estar ahora. Alguna playa desierta o un lugar soñado. Se quedará dormida rápidamente y se olvidará de la ropa y de toda su familia, incluso de su suegra que la visitaría esa misma tarde. Después de esa prolongada siesta, levántese del suelo y deje la lavadora tranquila. Tome una ducha caliente. Vístase con lo más presentable que encuentre. Ahí, se dará cuenta que no tiene mucho para elegir y va a tomar la decisión. Recordará que tiene una gigantesca deuda con la tarjeta de crédito y que le están por cortar el gas, si no paga la factura. Olvídese de todo eso y ni piense en pagar nada ahora. Saque el auto del garage. No se preocupe por nada. Maneje hasta el shopping que tiene más cerca. Compre todo lo que se le ocurra, desde botas hasta una joya valiosa y salga con una sonrisa espléndida. Seguro nadie piensa en usted ahora, con excepción de su suegra que estará contando los minutos para verla y la culpará por el desperfecto del lavarropas y de todos sus dramas.
Aquí yo, la que me cuestiono por ser egoísta y la solidaria reconocida. La que puede hacer mil cosas en un minuto, o permanecer mil minutos sin hacer nada.
La que rebalsa de ganas de todo, pero tiene energía para nada. Yo, la que se cuida con las harinas, pero tropieza incansablemente con ese perverso carbohidrato.
La que creció en piloto automático, pero se puso en máximo cuando era necesario. La prejuiciosa desmesurada, pero con más aciertos que errores en sus presentimientos.
La que escucha y aconseja, pero que silencia algunas verdades filosas. Yo, la que creí que me llevaba el mundo por delante y el mundo me está pasando por encima.
Yo, la madre presente y abnegada, y la que siente culpa de lo que no puede. La que quiere enmendar roturas, pero prefiere dejar que las costuras colapsen.
La que busca nuevos caminos, pero vive con nostalgia por los que dejó. La que dice esperar críticas, pero que las mastica con un gesto de rencor disimulado.
La que ama nadar, pero le da fiaca mojarse.
La que ama usar bicicleta, pero le da fiaca pedalear.
La que ama leer, pero tarda un siglo en terminar un libro o NO lee tres a la vez.
Yo, la mujer con más contradicciones y adicciones, pero a quien de vez en cuando miro con compasión.
Instrucciones para ver la semifinal del mundial de fútbol Argentina/Inglaterra 2026
Prepárese desde la mañana. No vaya a trabajar, o vaya y vuelva temprano. Suspenda toda actividad, igual no va a haber nadie en ningún lugar, excepto frente a las pantallas. Cuelgue en la ventana de su casa la bandera argentina. Si no la descolgó desde el último partido, cuélguela nuevamente. Si le da vergüenza no haberla colgado el 9 de Julio, no la cuelgue. Póngasela como pashmina. Átese una cinta celeste y blanca como vincha. Póngale un poncho con un sol en el medio del blanco al perro, a los perros, o al gato. Póngase una camiseta albiceleste o combine una camisa blanca con una bufanda azul claro. O al revés.
Si no tiene cábala, no hace falta que la invente. O invéntela. Si la tiene, póngase en marcha para ejecutarla. Hágala como siempre. O no la haga. Excluya, según indicaciones del gobierno, cualquier signo provocador. Si tiene tatuadas las Islas Malvinas en brazo de la vacuna, junto al corazón, córteselo, o véndeselo como si una bomba se lo hubiera amputado, o lastimado. Asegúrese de que no se vea.
Ponga sobre la mesa la picada llena de fiambres y la cerveza. Si no le gusta la cerveza, aunque sea temprano, acompañe con una copa de vino para poder entonarse y sírvase un vaso con agua, para poder tragar, para aclararse la garganta después gritar o putear. Júntese con amigos o con la familia. Mírelo solo. Relaje el cuello y, sobre todo, la mandíbula.
Permítase sentir todo tipo de emociones. Cántele piedra libre a la contradicción de lo que puede estar sintiendo momento a momento.
Acuda a esta cita a ciegas con nuestra propia historia, anulando la memoria, abstrayéndose, por todos los medios del inconsciente colectivo. No se sorprenda frente a la casualidad y no piense en que el 15 de julio, pero de 1982, fue el día en que llegó el último gran contingente de soldados argentinos repatriados. No piense en ese día como el día del dolor más profundo de la guerra, porque igual llegaron de noche, en la oscuridad, escondidos, vencidos. Los que pudieron volver llegaron así, para que nadie los viera. No piense en que se les impuso un pacto de silencio en el que no podían hablar, contar, llorar. Olvídese por completo del ocultamiento, el silencio forzado, el regreso invisible de los hijos de la guerra de Malvinas.
Desestime la casualidad de que este partido se juega en Atlanta, en el estado de Georgia, en el sureste de los Estados Unidos. Niegue el hecho de que Estados Unidos fue aliado de Inglaterra y que nuestros jugadores, los que hoy pisan ese suelo, tienen la misma edad que en ese momento tenían los soldados que fueron desde todas las provincias de Argentina. Deseche la casualidad de que las Islas Georgias del Sur son un remoto archipiélago subantártico en el océano Atlántico Sur, ubicadas a unos 1.390 km al sureste de las Islas Malvinas. Y que, aunque son conocidas en Argentina como parte de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur, el archipiélago se encuentra bajo administración del Reino Unido como Territorio Británico de Ultramar.
Menoscabe la información de que en 1986 “La mano de Dios” nos dio la revancha en México, muy cerca de donde se juega hoy. Aunque lo que no se repara en el plano de la realidad busca canales simbólicos para compensarse, descarte ese momento como símbolo de compensación. Cierre los puños y manténgalos apretados para que no se le escape el orgullo.
De ninguna manera crea que el partido es la representación de un escenario de guerra. Haga como hizo la dictadura en aquel momento y como quieren hacer ahora. Olvídese de la historia pasada. Instale para sí y para los otros que Inglaterra es solo un rival de turno. Hágalo como si el inconsciente colectivo, que es infinitamente más amplio que el suyo, no existiera. Como si el territorio no mandara. Exclúyalo usted también. Intente anular al inconsciente mediante una perspectiva racional.
Para ver el partido como corresponde siga el consejo de Lionel Scaloni. Repita: “Es un partido de fútbol, ¿eh? El mensaje es que es solo un partido de fútbol. No busquemos otra cosa”.
Salvo que este espejo en el tiempo, bajo los ojos de millones de personas, en este escenario mundial, nos dé la oportunidad de la revancha. Que en la cancha el fútbol se convierta en un drama sagrado, aunque sea simbólico, y aunque la tierra y la vida no se recupere con goles, que esta tarde, este enfrentamiento, se convierta en una especie de visibilización, de reconocimiento y justicia poética. Que otra vez, nos encontremos frente a la oportunidad de transformar el silencio en un grito sagrado de ¡GOL!
¡Vamos, mi Argentina todavía!
Mirna
INSTRUCCIONES PARA ESPERAR LA CUARTA.
Acaba de terminar el partido 101 del evento deportivo del momento. El mundo tuvo un favorito y perdió. Así que ahora, le toca a usted continuar la historia. Yo lo ayudaré.
Primero y, antes que nada, programe el reloj para las 15.40 hs, no sea cosa que se pierda el despliegue de la enseña sobre el césped y el icónico O juremos con gloria morir. Luego, continúe su vida lo más fiel posible a su rutina. Piense que tiene veintidós horas por delante y al menos ocho, deberá descansar. Para llegar a mañana deberá respetar cada indicación. Comencemos.
Diríjase a la cocina. Prepare su cena. Utilice la mayor cantidad de utensilios posibles. Ponga la mesa cuidando de no pensar en Pedri, Oyarzabal y menos aún en Yamal. Cene. Lave platos y si tiene, fuentes y demás enseres también. Lave todo con agua fría y sin detergente. Lave tallando largamente para acopiar emociones. Como situación excepcional, seque cada uno de los objetos lavados. Hágalo ceremoniosa y lentamente para distraer los pensamientos en cada fricción del paño sobre las piezas. No ahorre energía; guarde inseguridad… y por qué no, algo de ira. Luego retírese al dormitorio. Cámbiese de ropa. Vístase con un pijama de media estación. Quite un par de frazadas así el frío le sigue templando el calor que, a estas alturas, deberá sentir como sofocos femeninos. Intente dormir. Si no lo logra, ponga en palabras las ideas que lo atormentan. Alce la voz y recite enumerando los miedos que lo asaltan. Aclare su objetivo: ¿quiere ser vencedor? ¿Quiere la cuarta? Tómeselo con calma. Evoque las palabras de Mostaza Merlo: Paso a paso. Piense en el encuentro 102 que es mañana y recuerde la frase de Grondona: Todo pasa. Mientras tanto, haga memoria y llegue a las clases de historia de la escuela primaria. Inhale. Exhale. Duerma. Al fin y al cabo, para librarnos de los españoles, primero debimos despedir a los ingleses… y aunque el resultado tenga algunos defectos, seguimos victoriosos desde 1816.
Andrea
Aquí yo, siempre yo, subiendo nuevamente, en una meseta anímica, gozando de sentirme en la huella de la vida, otra vez, la definitiva? la última? Buscando lo nuevo que me mantenga, atesorando lo viejo que acopio, surfeando los acontecimientos como si supiera, respirando airosa entre las aguas que no llegan al cuello, inventando comidas, escritos, pinturas, actuaciones, manteniendo el físico activo, cuidando celosamente la mente, abrigando con suma ternura el alma, caminando por los senderos de la diversión, haciéndole la gambeta a la culpa, poniendo por primera vez distancia con algunos, encontrándome por primera vez con otros, soltando uno, dos…mil prejuicios, haciendo lugar, tomando lo que viene, como viene, proyectando un futuro marino, haciéndome amiga, muy amiga de la soledad, sufriendo algún dolor de rodilla, de cadera, de cintura, acumulando algunos kilos, peinando cada vez más canas, maquillando sobre arrugas, perdiendo algunas piezas dentales, amigándome con los cambios hormonales, disfrutando de no necesitar más depilación, intentando despojarme de hacer siempre lo correcto, de tener la palabra justa para mi pareja, mis hijos mis amigos, descolgándome la mochila de la perfección, mirando a la cara a la exigencia y sacándole la lengua, diciéndole pito catalán a la mediocridad, aceptando mi humanidad con luces y miles de sombras y aun así sentirme amada por mí, satisfecha de no tener que rendir más exámenes ante nadie, feliz de comprender que no le tengo que caer bien a todos y así poder ser honesta conmigo misma al no traicionar mis gustos, mis modos, mis ideas y pensamientos. Agradeciendo los bajones que me hicieron ir en busca de horizontes impensados y así conocer gente, filosofías, historias…universos. Y entonces recuerdo lo que dice la banda Cuarteto de nos: “Y oigo una voz que dice con razón: Vos siempre cambiando, ya no cambias más. Y yo estoy cada vez más igual. Ya no sé qué hacer conmigo” Aquí yo, siempre yo.
Empiece su rutina diaria como siempre. Salude a su perro. Advierta que es el ser que más cariño le da en estos últimos años. Vaya al baño. Prepare el desayuno. Sírvale a su perro su alimento y controle que tenga agua suficiente. Siéntese cómodamente sola en la mesa. Mientras toma sus mates, lea las tareas que en su agenda anoto para este día. Prepare lo que corresponde para empezar a llevarlas a cabo. Conteste el celular que claramente llama en una hora inapropiada por lo temprano. Es su marido. No espere una mala noticia, tenga confianza. “Hola que tal”. “Hola estás en casa” dice él. “si”. “¿Tenés que venir para Ciudad Jardín?” pregunta. “No”. “Uh Que macana” responde. “Decime que necesitas, se me hace tarde” “Tendrías que ir al banco y después a pagar la tarjeta. Me salió trabajo y yo no puedo ir y si o si tiene que ser hoy” comenta. “¿Siempre tenés que dejar las cosas para último momento?” “Es que antes no llegaba con la plata” Comprenda que no le miente, comprenda que él está trabajando y en cierto modo es para los dos. Comprenda que ahora la vida les cambio. Comprenda y trague saliva. “Está bien, donde están las tarjetas, el banco queda en Palomar, para que voy a ir a Ciudad Jardín” Recuerde que cruzar la barrera ida y vuelta puede robarle muchos minutos. “Porque las tarjetas las tengo yo, acá en el puesto” responde tranquilamente. “¿Desde cuándo sabías que ésta mañana iba a ser así para mí?” le dice usted “Me di cuenta ayer a la noche y hoy como un boludo me olvide las tarjetas, no me sale una, estoy tan cansado que ya no pienso con claridad” Tómese un segundo para sentir, enumere los sentimientos: bronca, comprensión, ternura. Repase como sería su nueva mañana. Resigne lo que menos le afecte de su rutina ya armada. Responda con tranquilidad. “En una hora paso por el puesto” “Dale gracias” Escuche como siempre corta antes que usted se despida. Tache las actividades a las que no concurrirá. Haga los llamados pertinentes para no quedar como una mal educada. Recuerde que en el rapi pago siempre hay mucha cola. Y además tiene que cruzar ida y vuelta la barrera. Entonces vuelva a ver la agenda y siga tachando actividades. No piense nada. Haga todo automáticamente. Prenda la radio mientras se prepara para salir. Sienta la compañía de voces ajenas y tan familiares al mismo tiempo. Acaricie a su perro antes de salir. Sepa que lo suyo es importante. Pero lo que tiene que hacer es urgente, y no le dé más vueltas. Salga de su casa con una sonrisa, sus vecinos no tienen la culpa que su día no empezó bien.
Levantate como siempre, a la misma hora y con el mismo pie, para empezar el día con el derecho, como decía tu vieja.
Levantate como si fueras a llevarte al mundo por delante, con esa cara de feliz cumpleaños y con ese nudo en el pecho que no afloja. No afloja con yoga, ni con respiración, ni con terapia. No afloja, como vos.
Levantate y metete en el baño, date una ducha tibia que siempre ayuda, vos sabés, ayuda a que parezca que las cosas están de maravilla. Mientras, seguí esperando un mensaje, un saludo aunque sea, alguna razón para que te hable alguna vez con un poco de cariño.
Mejor no esperes cariño. Sé realista: esperá que, con un poco de suerte, te respete. Pero eso también ponelo en duda. Pone en duda cada cosa que pensás, cada cosa que te parezca que puede pasar. Dudá, dudá de todo, así si todo sale mal, vos ya sabias.
Ahora salí a la calle, apurada, con los pelos húmedos todavía. Y corré para no perder el colectivo. Volvé a mirar el celu, fíjate si llegó el mensaje, ese mensaje. Suspira resignada.
Pensá otra vez en todo lo que hiciste mal, justificate, compadecete, echale la culpa. Bajá del bondi, hacé tu trabajo como si te importara, dejá que pasen las horas para irte a casa.
Caminá con los hombros vencidos y la cabeza en alto, como si te sintieras orgullosa de lo que no sos. Mientras girás la llave en la cerradura, sacudite ese bicho que te zumba que la culpa es tuya, Tirá la cartera y el saco en el sillón, ese sillón que no se llevó cuando se fue. Servite algo de comer y andá a dormir. O hacé como que dormís.
Dejá que pase la noche, que la luz del día vuelva a entrar por las hendijas, y empezá de nuevo. Levantate como siempre, a la misma hora y con el mismo pie.
Tenía 14 años, varios secretos, rulos en la cabeza y alas en los pies. Soñaba, soñaba con ese chico pelirrojo de ojos a veces verdes, que cambiaban con el clima. Ese chico tenía 19 años, acababa de salir de la colimba y hacía planes, mientras me miraba con esa sonrisa tibia cuando yo pasaba para ir al quiosco, a comprar cualquier cosa, porque lo único que quería era pasar, que me sonriera, sonreír también y bajar la mirada.
Un día me llamó y yo me acerqué, me fui con él a tomar un helado y no me acuerdo qué iba a comprar porque al quiosco no llegué. Cuando volví a casa mamá preguntó si había comprado el mapa y dije que no tenían, ella me miró con un gesto cómplice y no dijo nada.
Ese chico a los pocos meses se fue a Malvinas. Lo vi irse con los ojos asustados, lo vi volver con los ojos fijos, ensombrecidos, ya no cambiaban de color con el clima. Su único plan era irse a otro país, lo más lejos posible. Y se fue.
Yo tenía guardadas algunas cartas que él había escrito durante la guerra, mientras se moría de hambre y frío en una trinchera, junto a otros chicos tan asustados como él. En esas cartas decía que las cosas que le mandábamos desde aquí no llegaban a los soldados, que el enemigo estaba entre los oficiales argentinos, que no terminaban de entender por qué estaban ahí. Con los años dejé de leer esas cartas y en alguna mudanza las perdí.
Hoy Argentina enfrentó a Inglaterra en un partido del Mundial que se juega en Estados Unidos. Se dijeron muchas cosas antes del partido: que los jugadores no son soldados, que los equipos no enfrentan una guerra, hasta el director técnico dijo “Es un partido, eh”.
Pero cuando vi a los jugadores cantar el himno a los gritos, se me hizo un nudo en la garganta y entendí. Es un partido, es un símbolo, es una reparación, es un grito tantas veces ahogado, es una pequeña ilusión de justicia, es la conciencia colectiva de saber que las Malvinas son argentinas, que fueron regadas con sangre de nuestros chicos, que no los olvidamos, que siempre levantaremos la bandera con lágrimas en los ojos por los que no volvieron, por los que volvieron rotos, por los que volvieron y se fueron lejos, por los que todavía esperan ser vistos. El de hoy fue mucho más que un partido, fue un Homenaje y nuestros gritos de GOL desde todos los rincones de la patria, se unieron en un solo Grito Sagrado.
Lauris
Soy de River como lo éramos todos en casa, hasta el Colita y el Garibaldi.
No se podía ser de otro cuadro, no había chance.
Aprendí mucho de fútbol, mi viejo usaba a veces la analogía de un partido con hechos de la vida, me daba una explicación de manera práctica para él y entendible para mí.
Él amaba a su equipo y muchos de mi familia eran hinchas de otros clubes, la mayoría de boca y sin embargo mi viejo tenía códigos que hacía respetar.
Me hubiese encantado ir a la cancha con mi papá.
En el 78 ganamos el primer mundial, salimos a festejar con la familia a la plaza San Martín.
Yo era chica y hubo un montón de cosas terribles, ajenas al futbol, que me enteré mucho después.
En el 82 yo tenía 17 años y muchos de mis amigos fueron a la guerra, no todos volvieron.
Tengo el recuerdo del siguiente mundial, el partido contra Inglaterra y toda la locura cuando se ganó la segunda copa.
Mi papá ya había muerto, y yo celebré a medias.
Mi primer novio, era fanático de independiente, conocí casi todos los estadios ya que lo acompañaba a los partidos.
Sufría cuando independiente jugaba contra river, el resto de las veces si el partido me aburría, me entretenía mirando a las personas en las tribunas. Me imaginé miles de historias.
Tuve la suerte de ver al Diego en persona, lo tuve cerquita cuando jugaron un amistoso después de ganar el mundial del 86.
Yo estaba en la platea justo arriba por donde salían los jugadores y lo ví, ahí, solo a un par de metros.
Para mi hijo cuando era chiquito, el Diego era un prócer como Belgrano o San Martín.
Juan, es fanático de Messi y de boca (evidentemente en lo segundo en algo fallé) pero seguimos con el mismo código de respeto que usaba mi viejo.
Sé lo conté un par de veces y él lo entendió, lo aplica conmigo y con los demás, eso me llena de orgullo.
En el 2022 ganar y disfrutar el mundial fue maravilloso, yo ya era abuela, y apareció un uruguayo en mi vida, también hincha de river, acompañando a alentar a un equipo imparable con Messi y Scaloni a la cabeza.
Desde ese mundial hasta hoy pasaron cosas…muchas cosas
Hoy es 15 de julio del 2026, terminó el partido de la semifinal del mundial, otra vez contra los ingleses.
Lo ganamos a puro corazón, se lo ganamos a la historia que, igual no resuelve nada, del pasado ni del presente.
Pero llegamos a la final y quiero pensar que estamos a un paso de ganar la cuarta, eso ya me hace feliz.
Estoy sola en casa, pero no estoy sola. Hablo, me río y lloro por mensajes con memes y stickers incluidos, escucho la emoción en la voz quebrada de Juan, me colma el alma sentir la alegría de mi nieta.
Estoy sola, pero no estoy sola, llegan mensajes de Francisco, de los grupos, del taller, de amigos.
Escucho los bocinazos, petardos entre cantos y gritos en la calle.
Me parece oír la voz de mi viejo, y la de los que se quedaron siendo chicos celebrando en algún lugar invisible.
Hoy estoy sola pero no estoy sola.
Hoy me siento más acompañada que nunca.
Aquí yo, la dulce, la rebelde, la empática, la emocional, la conmovida, la furiosa, la del pecho encogido de dolor, la del pecho expandido de amor, la valiente, la atrevida, la temeraria, la que esconde el miedo, la que entrena a escondidas, la desafiante, la que muestra la espada, la de los ojos de mar, la de la boca filosa, la que acaricia escamas azules, la que oculta para salvar, la que no se oculta para ayudar, la que tiende la mano, la que se venda la mano, la que usa los vestidos más caros, la que danza enfundada en la armadura, la que siempre está para escuchar, la que escucha lo que no tiene que escuchar, la que se ubica en su lugar, la que está donde no debe, la que alza la voz, la que se queda sin vos, la que esconden, la que llora, la que pierde todas sus lágrimas, la que te mira como está prohibido, la que te extraña, la que se queda sin tinta de tanto escribir cartas, la que aguarda impaciente, la que te busca a pesar del peligro, la que es agua y ama el fuego.
Clubes
Estadios
Fútbol
Veintidós tipos corriendo detrás de una pelota
Once representantes
de los colores del corazón
Para nosotros, blanco y rojo
cuando el golpe mágico no fue suficiente
Diciembre lluvioso radiante
de gloria eterna
Los abrazos sin fin
que duran aunque se separen los cuerpos
Los corazones retumbando
La garganta ardiendo
Los domingos de sorpresa
atrás del asiento del auto
Pedidos y ruegos al cielo
Esa ayuda extra
en los momentos complicados
contagiosa y hereditaria
Transmisora de pasión compartida
Vos, él y yo
Un joven Serrat, mas no un jovencito: un señor joven, un muchacho grande y hermoso, este Serrat de Versos en la boca, que abraza a su guitarra (ay, quién fuera ella...).
Y esta canción, LOS RECUERDOS
