El pacto
Aquí yo, otra vez, arrastrándome en el pantano de los rotos
o flotando feliz entre la euforia de los vivos, idéntica a mí, la muy sincera, la
muy falsa, la esquiva, la insensible, la mísera, la idiota, la astuta, la excesiva,
la austera, la retrógrada, la feminista, la jurásica, la iracunda, la violenta,
la agresiva, la suave, la tan suave, aquí yo, yo, yo, la egocéntrica, la narcisa,
la modesta, la muy humilde, la tan humilde, la soberbia, la confundida, la preclara,
la confusa, la confesa, la caníbal, la cobarde, la cursi, la que habla de sí,
la que no habla de sí, la que sólo habla de sí, la impávida, la fría, la muy cálida,
la kitsch, la ruda, la bruta, la brutal, la que vive en sosiego, la desasosegada,
la que te tiene harto, la que no sabe lo que dice, la que no dice lo que sabe, la
que lo cuenta todo, la que no cuenta nada, la que lo cuenta todo pero no cuenta
nada, la que no sabe escribir, la que escribe como puede, la que no escribe en absoluto,
la que no piensa, la que no sabe pensar, la enredada, la vacua, la precisa, la justa,
la tan justa, la honesta, la muy insoportable, la rastrera, la infame, la insumisa,
la blasfema, la que pide y no da, la que da pero no quiere, la que lo quiere todo,
la que nunca da explicaciones. «Mi propósito —dice Balder, uno de los personajes
de El Amor Brujo, del escritor argentino Roberto Arlt— es evidenciar de qué
manera busqué el conocimiento a través de una avalancha de tinieblas y mi propia
potencia en la infinita debilidad que me acompañó hora tras hora.» «Poco a poco
tendré que ir saqueando mi propia vida para ofrecerla al mejor postor», escribe
Andrés Felipe Solano en Corea, apuntes desde la cuerda floja. Vengo aquí. Saqueo
mi vida. Ahí la tienen. ¿Para qué la quieren? Yo, a veces, la prendería fuego.
Era la vida
Debería, por ejemplo, empezar
por viajar más, por viajar
menos, por no viajar en absoluto. Debería
hacer las paces con mi padre, debería
depender menos de mi padre,
debería ver a mi padre más seguido. Debería salir de esta casa en la que paso tanto tiempo sola, debería quedarme
en casa y no salir
a aturdirme con gente que no me importa en absoluto. Debería
terminar mi novela.
Debería renunciar a este trabajo
que detesto. Debería
ir a bailar antes de ser el más viejo de
la discoteca. Debería divorciarme. Debería empezar a usar toda esa ropa
que hace años que no uso. Debería ir a recitales. Debería invitarla a cenar, invitarlo a un bar, decirles que soy gay. Debería parar con la cocaína. Debería
probar alguna vez un trago, debería
beber menos, debería
dejar de beber. Debería aprender
a tocar la guitarra. Debería
ir a África mientras todavía puedo caminar.
Debería cambiar de analista, conseguir
un analista, dejar de ir al analista.
Abandonar las pastillas. Ceder. No ceder. Arrojarme en paracaídas, tomar un
curso de buceo,
poner un hotel en la montaña, un bar en una playa de Brasil.
Ir más despacio, ponerme en marcha, no mirar atrás. A fin de año, más que nunca, la vida no es la vida sino una patética declamación de buenas intenciones, una renovación del permiso de postergarlo todo, una fe idiota en que nunca será demasiado
tarde para nada. «Toda la inmortalidad que puedes desear
está presente / aquí y ahora», escribió
el poeta chileno Gonzalo Millán en Veneno
de escorpión azul,
su diario de vida y de muerte, y esa bestia terrible
de la poesía, la uruguaya
Idea Vilariño, dijo,
mejor que nadie,
peor que nunca: «Alguno de estos días / se acabarán las bromas y todo eso / esa farsa / esa juguetería / las marionetas
sucias / los payasos / habrán sido la vida».
Antes
Antes de que todo esto se termine. Antes de que cierren
la casa y vendan los muebles y regalen los libros. Antes de que se repartan los
cosméticos y los zapatos. Antes de que arrojen las cacerolas a la basura. Antes
de que vacíen las alacenas, de que se lleven las especias, los fideos. Antes de
que se terminen los días felices y las tardes de domingo. Antes de la última de
las madrugadas. Antes del final de la angustia. Antes de que se acaben el sexo sin
amor y el amor sin sexo. Antes de que la ropa se pudra en los placares. Antes de
que descuelguen los cuadros y cubran los sillones con lienzos y cierren las ventanas
para siempre. Antes de que quemen las fotos. Antes de que se resequen los felpudos,
de que se oxiden las cortinas en sus rieles. Antes de que se terminen la curiosidad,
los huesos, el hígado y las córneas. Antes de que se sequen todas las plantas del
balcón. Antes de que no haya más nieve, ni colores, ni trópicos. Antes del final
de todas las selvas, de todos los mares, de todos los reflejos en el agua. Antes
del último poema. Del final de las veredas y las calles. Del fin de todos los paseos.
Antes del adiós a todos los aeropuertos y todos los aviones y todas las ciudades
y todos los cafés con vidrios empañados. Antes de la cancelación de todas las discusiones,
de todos los argumentos, de toda la furias, de todos los desprecios. De todas las
metálicas ansiedades. Antes del fin de los gritos, de la desolación y de la culpa.
Antes de la última agenda, del último viernes, del último bar, del último baile.
Antes de que se apaguen todas las cúpulas y todas las pantallas. Antes de que las
polillas se coman los restos de la lana y de la almohada. Antes del final de las
mascotas. Antes, mucho antes: hay que vivir. Pero ¿cómo? ¿Cómo? «Qué admirable /
el que no piensa “la vida huye”/ cuando ve un relámpago», escribió Basho.
Admirables los que están en el tiempo sin pensar en él.
Cansancio
Había pasado un
par de meses sin ir a ver al doctor L.
Me recibió afable, como siempre, y como siempre,
con su acento chino, me preguntó: «¿Cómo shiente?». Le dije «Muy bien», y
era verdad, sólo que no me había dado cuenta hasta
verlo aparecer, y de hecho es
posible que hubiera llegado hasta
allí sintiéndome fatal pero que su sola presencia me haya hecho sentir espléndida. El doctor L. tiene ochenta y un años y, ya lo dije antes, practica
cosas en las que yo no creo. La medicina
china, la acupuntura. El doctor L. hizo lo suyo y después, como siempre, me dijo: «Relaja,
cierra ojo, escucha
música». Obedecí, mientras
él se alejaba con pasos sigilosos sobre el piso de madera.
Entonces, como siempre, me dediqué a ejercer mi karate mental: a pelear contra toda la basura flotante
que hay en mi cerebro.
En eso estaba cuando escuché que llegaba un paciente
a la camilla de al lado,
separada de la mía por un biombo. Era un hombre. Se recostó y el doctor L.
le pregunto qué problema tenía. El hombre respondió: «Cansancio». La voz me dejó helada. Porque eso no era cansancio. Era alguien que está de pie en el balcón con la pistola cargada
apuntándose a la sien. Una vez el doctor L. me preguntó cómo estaba y yo le dije «Tengo pesadillas». Él dijo: «El sueño no sabe». Ahora le susurró al hombre: «Tranquilo». Eso fue todo. Y el hombre, al otro lado del
biombo, suspiró. Fue un suspiro
horrible, como quien sabe que no
tiene remedio. Yo abrí los ojos y miré la lámpara de caireles que pende del techo de
la antiquísima casa donde atiende el doctor L. y recordé esa frase que es la única que me
arregla cuando no tengo
arreglo. Una frase de uno de los personajes de ese libro que es un continente, llamado Las palmeras
salvajes, de William
Faulkner: «Entre la pena y la nada elijo la pena». El cansancio proviene,
claro, de no saber
cuándo termina.
Ayer
¿Qué hacen todas estas cosas sobre mi escritorio? ¿Qué hace la camisa rosada con alforzas
que a los trece años me parecía
tan sexy y que en verdad era un mamarracho? ¿Qué hace el olor pegajoso
del brillo para labios que usaba en las fiestas de la adolescencia, cuando esperaba con taquicardia imbécil
a que P. me sacara
a bailar un tema de Air Supply?
¿Qué hacen la tapa del vinilo de Saturday Night Fever y el amor doloroso y ridículo por John Travolta,
y el bolsillo de mi guardapolvo latiendo
como un volcán con la carta de R. (y el terror
a que la descubrieran)? ¿Qué hacen el calor tristísimo de las estufas
a kerosén que había en mi casa, y las tardes de calvario en las
que iba al conservatorio de música, y el sonido de los pianos destartalados que me hundía una uña negra en la garganta apenas empezaba a subir las escaleras, y las garras mal pintadas de la señorita Z. que me enseñaba solfeo,
y los gritos despóticos del profesor
de natación y el frío de la piscina que se metía bajo la piel como una parálisis?
¿Qué hacen el TEG y el Ludo Matic
y los días de lluvia en los que
sentía que estaba muerta pero sonreía
mientras jugaba con mi hermano, y el olor desastroso a desinfectante y mina de lápiz que había en el colegio?
¿Y qué hace acá ese atardecer en la terraza
de mi abuela mientras ella colgaba sábanas y yo escuchaba ulular el silencio
sintiendo que podía volar? ¿Qué hacen acá la gorra de baño con flores amarillas, la gata Murly, el olor a chocolate del bargueño, el rastro dulcísimo
del agua sobre
las baldosas calientes? ¿Qué hace todo eso acá, vertido sobre mi escritorio como una infección? Jugando a escribir
una columna releí la primera
frase del libro Cabro chico, del fabuloso poeta chileno Claudio
Bertoni —«De partida
descubrí: no se recuerda así nomás»—, y metí el hocico en la memoria
como un caníbal que se devora a sí
mismo. Encontré cadáveres.
Distracción
Plantas en mi balcón, un colibrí, el cielo como una
bandeja celeste, palomas, polvo traído por el viento y depositado como una capa
de vello rubio sobre el piso de pinotea —yo, tratando de escribir esta
columna—, el pez articulado con escamas de nácar que era de mi abuela y que
está junto a mi computadora, el cairel de la araña de su casa que se rompió la
semana pasada y cuyos trozos coloqué sobre un paño, el goteo sincopado de un
reloj —yo, tratando de escribir esta columna—, retazos de recuerdos —una cena
en la plaza de Puebla, un hotel en Arequipa, risas—, la alfombra áspera bajo
los pies, las uñas de los pies que pinté ayer de color sangre, el pote con
crema para las quemaduras (me quemé cocinando) cuyo olor me recuerda al de la
crema que me ponía mi abuela para curarme las rodillas después de haberme
pasado el día jugando juegos de varones —yo, tratando de escribir esta
columna—, el pan en el horno, la máquina lavadora funcionando con su eficacia
fresca, una nube como el retazo de una tela limpia, el poema de Ana Ajmátova
que no citaré, la sencillez rampante de los lápices negros en mi portalápices
de acero —yo, tratando de escribir esta columna—, el pequeño gajo de la
desesperación asomando como una uña maligna, el abismo ahí nomás, la charla de
hace días con el dibujante Miguel Rep, en su programa de radio, cuando le hablé
de Un hombre enamorado, el libro de Karl Ove Knausgård que él no conocía,
diciéndole que era la historia de un escritor que busca desesperadamente el
tiempo y el espacio para escribir mientras vive con una mujer y unos hijos a
los que ama, inmerso en una rutina que lo tranquiliza y que necesita pero que,
a la vez, lo aniquila y le impide trabajar, y Miguel Rep, con ojos de quien ya
ha estado allí, diciendo sabia, meridianamente: «Ah. La felicidad como
distracción». Yo, que no he dejado de pensar en eso desde entonces.
Tus cosas
Leí estos versos de Stella Díaz Varín, poeta chilena:
«No quiero / que mis muertos descansen en paz / tienen la obligación / de estar
presentes». Después, salí a correr. Corrí por Santiago de Chile, por la hermosa
Santiago en primavera, por un área llamada Las Condes donde todo parece salido
de un catálogo de casas y jardines y, cuando pasé junto a una mujer mayor que
llevaba un carrito para hacer las compras, quedé sumida en su perfume. No era
un perfume: era el aroma que tienen los vestidos y las medias y las cajitas de
música y los polvos de maquillaje —y las cajas con fotos y los rosarios de
primera comunión y las imágenes de yeso de la Virgen Niña— cuando se los guarda
en un ropero antiguo de madera oscura, de tres puertas, con espejo al medio,
estilo Chipendale, en cuyos estantes se disponen pequeñas bolsas de tul
repletas de lavanda, cerradas con un lazo de color violeta, y que se limpia
cada tanto con cera para muebles marca Suiza y una franela de color naranja: el
aroma de mi abuela. El aroma de su casa con vitraux y galería cubierta y pisos
de pinotea que ella recorría llevando —llevándome— chocolate con leche y pan
con manteca y azúcar. La hermosa casa de mi abuela ya no está, ni va a volver,
y mi abuela, con sus ojos de agua, tampoco, porque está muerta. Pero yo guardo
sus cosas. Su ropa —sus faldas, sus abrigos con olor a butaca de cine—,
envuelta en papel azul, en cajas de cartón, con bolsitas repletas de lavanda.
¿Para qué? No sé. O sí. Para algo horrible: para decir —¿decirle?— que yo —su
nieta, su atea, su blasfema atroz— tenía razón, y que después no hay nada, pero
que igual lo guardé todo. Para decir —¿decirle?—: «Aquí está lo que alguna vez
fue tuyo: tus cosas, yo».
No
te suelto
«¿Ya está, ya pasó?», preguntó
mi madre. «Sí, mi amor, ya está, ya pasó», dijo mi padre, y sonrió y le dio un beso en la frente.
Mi madre, todavía atontada por la anestesia de una operación que no había servido para nada, no
sonrió pero dijo, con alivio, «Gracias a Dios». Yo estaba allí. Yo vi esa bestialidad. Yo sabía que a
Dios no había que agradecerle nada porque la enfermedad iba a enterrar a mi madre a puñetazos
en un cuarto de hospital del que no volvería a salir nunca, y me pregunté entonces, y me pregunto
ahora, qué clase de hombre hay que ser para ser el hombre que fue mi padre aquella tarde: un
hombre que, mirando la soledad de miedo que empezaba a abrirse bajo sus pies, parado al borde
de la última ceja del abismo, se tragaba su horror y decía: «Aquí estoy: yo no te suelto». ¿A qué
dioses se habrá encomendado para no aullar, para no moler a golpes el cuarto, el hospital,
el mundo, mientras el cuerpo de mi madre marchaba seguro hacia la muerte? Supe que Amparo
Fernández, la mujer del Cigala, el cantante flamenco, murió de cáncer una madrugada de agosto pasado
en República Dominicana y que la noche siguiente él, el Cigala, subió a un escenario de la
ciudad de Los Ángeles para hacer una presentación que tenía programada y, con los ojos
revueltos de dolor y sangre, con traje de luto planchado por su propio hijo, enredado en los primeros
crespones de la muerte, cantó. Cantó como quien dice «Aquí estoy: yo no te suelto». ¿Qué hay que
ser para ser un hombre así? Porque yo quiero ser ese hombre. Yo quiero, todo
para mí, ese coraje.
Máscaras
Esa soy yo jugando con dos
gatas. Esa soy yo cenando con tres amigos y riéndome como un lobo. Esa soy yo leyendo el Tao («Todo
ascenso degrada pues nos agita lograrlo y nos agita perderlo»). Esa soy yo un martes, mirando un
partido del Mundial. Esa soy yo bromeando con el verdulero acerca de la horrible calidad de
las papayas que me vende. Esa soy yo hablando con el carnicero que se recupera de un accidente
(se golpeó la cabeza, la mitad el cuerpo le quedó paralizada, su mujer y su hijo manejan la
carnicería desde enero). Esa soy yo amasando pan, preparando rouille de pimientos rojos, metiendo un
pescado en el horno. Esa soy yo en el barrio chino comprando panko. Esa
soy yo llevando en brazos a la hija recién nacida de unos amigos. Esa soy yo
poniendo naftalina y lavanda en los
placares. Esa soy yo dando una clase de tres horas un lunes por la noche. Esa soy yo respondiendo
una entrevista por skype. Esa soy yo recibiendo a un plomero y, después, al hombre de DHL. Esa
soy yo viajando hacia un penal de la provincia, y esa soy yo de pie en el patio del penal
conversando con dos presos durante horas. Esa soy yo en una casa enorme y lujosa de un barrio
privado. Esa soy yo haciendo abdominales sobre el piso de granito. Esa soy yo arrancando tréboles
de las macetas del balcón. Esa soy yo cortando la primera orquídea del año, poniéndola en
un florero, olvidándola un segundo después. Esa soy yo leyendo un libro de poemas de Charles
Simic. Esa soy yo respondiendo correos electrónicos. Esa soy yo escuchando el concierto número
21 de Mozart en el teatro Colón. Esa soy yo en un bar de moda donde sirven tragos en frascos de
mayonesa. Esa soy yo en un avión, mirando una película. ¿Verdad que no parezco una mujer
que esté preguntándose, a cada paso, todo esto para qué? No deja de ser
asombroso.
Instrucción
1
Vaya hasta la sala de su casa.
Déjese caer en un sillón. Él va a llegar poco después. Mire por la ventana, como si intentara que
él se diera cuenta de que usted es el pararrayos de la melancolía de todo el universo. Él va a
preguntar: «¿Qué pasa?». Piense: «Que todo lo que me gusta de vos ha desaparecido». Diga: «Nada, ¿por?».
Él va a decir: «Estás pensativa». Sienta que la garganta se le cierra como si un puño
intentara atravesarle la tráquea. Él va a decir: «¿Querés que vayamos a un bar, al cine?». Diga: «No
tengo ganas». Él va a decir «Como quieras». Sienta ira. Pregúntese por qué él no insiste. Sienta
que sus pensamientos se confunden como insectos histéricos. Sienta deseos de beber, de fumar.
Pregunte: «¿Compraste algo para la cena?». Él va a decir: «No, ¿vos?». Diga: «No». Él va a
decir: «No importa. Comamos cualquier cosa». Diga: «Bueno». Mire cómo él se pone de pie y va
hacia la cocina. Sienta que la tristeza es un río barroso del que usted ya no va a salir nunca. Póngase
de pie. Camine hacia la cocina. Él va a estar mirando el diario. Sienta que su vida es perfecta —estupendo
trabajo, casa impecable—, pero que cualquiera tiene una vida mejor que la suya.
Sienta una rabia seca. Piense: «Quiero abrirme un hoyo en la mano». Piense «Él no se daría cuenta».
Quiera sangrar profusamente. Diga «¿Querés vino?». Escuche cómo él dice: «No, gracias».
Abra un cajón y, al cerrarlo, empújelo con fuerza excesiva. Vea cómo él levanta la cabeza. Diga
con furia, como si fuera un canto guerrero: «Yo sí». Abra una botella. Escuche cómo él dice:
«Amor, no te preocupes. Todo va a estar bien». Sienta que los ojos le queman. Pregúntese: «¿Esto
que siento es odio?». Sienta que es necesario decir algo. Guarde silencio.
Piense: «¿Esto que siento es desprecio?». Empiece a cocinar.
Instrucción
8
Mire por la ventanilla del auto.
Vea cómo, a su derecha, se alinean moles de cemento y vidrio. Sienta frío, aunque sea un
sábado soleado. Recoja los pies en el asiento. Mírelo a él, que conduce. Piense: «Qué guapo». Diga: «Qué
feos esos edificios». Escuche cómo él dice: «Sí». Diga: «Tendríamos que llamar al plomero,
por lo del caño». Escuche cómo él dice: «Bueno», no como si no le importara sino como
quien considera el asunto algo muy poco entretenido para un día como ese. Siéntase, de pronto,
urgida, como si quisiera enmendar una falta. Diga «¿Y si vamos al teatro?». Escuche cómo él dice:
«¿Sí?». Diga: «Mejor no». Piense: «Si no nos gusta el teatro». Sienta una voluntad rara: como
si quisiera complacerlo, pero haciendo cosas que usted nunca hace, en una actitud que sabe
que resultará ridícula y sospechosa. No pueda detenerse. Diga: «¿Y a una galería de arte?». Escuche
cómo él dice: «¿Y si vamos al recital en el parque, a la noche?». Piense: «Calor, mosquitos, horas
fuera de casa». Responda: «Mañana tengo que trabajar». Arrepiéntase. Pregúntese qué fue
de esa chica que usted era: alguien capaz de ir a un recital en cualquier momento, alguien que
vivía en un departamento en el que había un solo plato, un solo tenedor, un solo juego de
sábanas. Piense en la casa en la que viven ahora donde, hace una semana, encontró un juego de
toallas sin estrenar compradas cinco años atrás. Diga «Bueno, podemos ir y volver temprano».
Escuche cómo él dice, con sinceridad serena: «No. Está bien. Nos gusta pasear. Vamos al río».
Mírese los dedos de los pies, encogidos como garras. Pregúntese: «¿Qué queda de mí?».
Mire por la ventanilla. Siéntase ansiosa como un pájaro que choca contra un vidrio y busca
una salida que no existe. Piense —con alivio y con pánico, con agradecimiento
y terror— «Podemos seguir así veinte años más».
Instrucción
18
Despierte. Después de tantos
días grises, de la angustia retorciéndose sobre el piso como un murciélago mutilado, sienta
crecer dentro de usted un rizoma de alegría, como si una cueva de paredes cenicientas dejara al
descubierto un resplandeciente tejido de hilos de seda. La casa está sola. Dígase que trabajará en la
mañana y, después, cocinará algo sorprendente. Trabaje, haga compras, cocine sin hacerse
preguntas. Sienta que toda la bruma se ha disuelto. Avance hacia el final del día sorprendida por lo
fácil que resulta dejar atrás la anestesia soterrada. Ponga la mesa. Contemple todo como si acabara
de declarar la paz. Entonces, sienta el primer punto de alarma. Piense: «No puede ser tan
fácil». Dígase que ponerse un vestido le ayudará a revivir el entusiasmo agonizante.
Póngaselo. Mientras se contempla en el espejo sienta una punzada de desánimo, como si hubiera
quitado la primera de las cartas que sostiene un edificio de naipes. Escuche el ruido de la puerta.
Camine hacia allí. Vea cómo él entra en la casa con la expresión de siempre. Dígale «Hola, amor,
hice osobuco al vino tinto». Escuche cómo él dice: «Qué rico». Sirva los platos, siéntese a la
mesa. Cuando él la mira, no dice «Hace mucho que no te ponés ese vestido», ni «Qué linda estás»,
sino «¿Y ese vestido?», con una entonación que suena a «¿Qué te pusiste?» y que la hace sentir
humillada y ridícula. Diga: «Hace mucho que no me lo pongo. ¿Te gusta?». Él dice: «Sí. Pero te
vas a manchar». Sienta una irritación palpitante, desbordada. Diga: «Tenés razón. Me voy a cambiar.
Vos andá comiendo». Escuche cómo él dice: «Bueno». Al día siguiente, al despedirse cuando
parte hacia el trabajo, él le da un beso en la mejilla. Vea cómo, de inmediato, se enmienda y trata
de besarla en la boca. Esquívelo con una sonrisa tímida. Entienda que ya no queda
nada. Sólo un odio que no es culpa de nadie.
Mi diablo
Mi primer muerto fue español. Era actor, se llamaba José María Vilches.
Lo vi por primera vez siendo niña en
un unipersonal llamado El Bululú, un recorrido por textos clásicos
de Cervantes, Lope de Vega, Quevedo. Tenía una forma de decir espesa y dulce, como si las palabras fueran
el rastro de un cuerpo o de un pecado potente, y yo, escuchándolo, entraba en trance sin saber qué sentía: ¿euforia, inspiración? Lo vi cada vez que pude, durante años. Cuando la obra terminaba, corría a mi casa a escribir, urgida cual ninfómana,
tratando de retener ese momento de elevación
alucinada. En 1984 yo tenía diecisiete años y estaba de viaje cuando una amiga golpeó la puerta de mi cuarto y gritó: «¡Se murió tu Bululú en un accidente!». Cinco años antes yo había entrado a su camarín.
Él no me escuchó llegar.
Vestía de negro
y el rostro, maquillado a medias, parecía
una máscara de tiza, la cara trágica
de un tuberculoso. Le miré los dientes de predador,
rodeados de una boca untuosa y pérfida. Dije «Hola». Él se
dio vuelta y me miró. Era Satanás. Era bellísimo y fuerte, y tenía la pureza del odio y la fragilidad infecta del amor, y unos ojos de maldad exquisita
con esquirlas de ternura sedosa. Me sonrió, me dijo «Hola,
nena». Yo miraba el sudor que le caía por la frente. Exudaba sordidez
y potencia y daba miedo y soledad,
y era puro como una llama y sucio como el asfalto. Y de pronto entendí que lo que hacía ese fauno endemoniado cada noche, desde el escenario,
no era llenarme el corazón de euforia sino de venerable pánico, de completo
pavor. El día en que supe que había muerto bebí, repasé el grito: «¡Se murió tu Bululú!».
Jamás fue mío. Pero nunca dejé de buscar —en lo que leo, en lo que quiero, en lo que escribo— ese pavor. Algo que se vuelva hacia
mí, me mire a los ojos y me diga: «Hola,
nena: yo soy tu diablo». No soy
nada sin él. Sin eso.
El
mar
Ayer conocí a un niño que no
conocía el mar. Era un niño pequeño, de seis o siete años, que en dos días más marcharía a la
costa. Cuando le pregunté si estaba contento —¡el mar, el mar!—, me dijo: «¿Por? Si ya lo vi mil
veces por la tele». Hoy llueve una lluvia fina que se descuelga de un cielo gris y lácteo. Hace calor.
Hay una luz verde y serena. De pronto, recordé una tarde exactamente igual a esta, con
esta misma luz. Con una luz que da, a la vez, ganas de morirse y de amasar un pan. Una tarde de cuando
yo tenía nueve años, y era una niña que no había visto nunca el mar, y formaba parte de una
familia que tampoco lo había visto nunca. Por esa época, mi padre hizo un viaje de trabajo a una
ciudad de la costa. No recuerdo el día en que se fue, pero recuerdo perfectamente el día en que
volvió. Llovía. Y había, como hay hoy, una luz verde y serena. Yo estaba tejiendo un macetero en
la cocina, los hilos ásperos y gruesos anudados a la falleba de la ventana —porque la lluvia no me
permitía hacerlo afuera, como lo hacía siempre, descalza y debajo de la higuera, descalza y
debajo de la parra—, cuando de pronto escuché un auto que se detenía. Segundos después, se
abrió la puerta y, en medio de la luz suave de la tarde, apareció mi padre: el primero de todos nosotros
(mi hermano, mi madre, mis abuelos, yo) en conocer el mar. Corrí, lo abracé, le pregunté:
«¡¿Cómo es, cómo es?!». Él no me respondió. Sólo levantó la mano, la acercó a mi cabeza, me dijo
«Escuchá», y me apoyó un caracol blanco y enorme, como un alien de yeso, sobre la oreja. Y yo
escuché. Pasaron todavía muchos años hasta que pude conocer el mar. Pero durante todos esos
años tuve algo mucho mejor: tuve a mi padre, que me lo contaba. A veces preguntan
por qué uno escribe. Supongo que por cosas como esas.
Empezar
¿Qué es un fin? ¿Qué es un
principio? «Cuando el niño era niño —decía la voz del poeta en la película El
cielo sobre Berlín, de Wim Wenders—, no tenía opinión sobre nada, / no tenía
ninguna costumbre / se sentaba en
cuclillas, / tenía un remolino en el cabello / y no ponía caras cuando lo fotografiaban.» He vuelto —sólo
para escribir— al departamento donde todo comenzó. Al sitio donde viví con una planta de
jazmines como toda compañía. Aquí, hace años, mirando a través de esta ventana por la que ahora
miro, en un febrero de infierno, con paro de metro y calor de cuarenta grados, en jornadas que iban de las siete de la
mañana hasta las doce de la noche apenas interrumpidas por siestas
crucifijas de veinte minutos, escribí un libro, el primero. Aquí, antes de eso, me hice periodista
tecleando con jactancia en una Lettera portátil que aún conservo. Aquí canté a gritos, con amigos
salvajes, canciones que hablaban de nosotros: de nuestra soledad y nuestro tedio. Ahora no hay
nada, salvo el aroma de las casas cuando están vacías durante mucho tiempo: un olor al fondo de la
vida, el olor seco que dejaría el mar si se retirara del mundo. Puedo contar los objetos que traje: un
cepillo de dientes, un dentífrico, un jabón, una toalla, un vaso, un tenedor, un escritorio, una
silla, la computadora. No hay adornos, ni libros, ni lavarropas, ni cortinas, ni alfombras, ni cama.
No tengo nada porque nada me hace falta para lo que tengo que hacer: mi tarea no necesita de
adornos. Estoy sola con ese animal caprichoso, esa fuerza que me ha traído de regreso. La
escritura, mi patria tirana. Aquí, después de haber estado en tantas partes, y con tantos, permanezco,
espero. Dejar atrás es, ahora, la forma de ganarlo todo. Regresar, la única forma de seguir adelante.
Aquí, donde todo comenzó, escribo. Empiezo. Allá vamos. (Qué curiosidad.)
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CONSIGNA/S DE ESCRITURA
Guerriero trabaja con estructuras muy marcadas, con listas, contradicciones y una honestidad brutal. Teniendo en cuenta este puñado de crónicas, hoy les traigo algunas propuestas para escribir. Estas son las opciones, pueden ir por la que más les guste, por una o varias; también inventar otras, por qué no.
1. El inventario de contradicciones
Escribir un texto en primera persona que empiece con un "Aquí yo..." o "Esa/ese soy yo...", y armar un inventario de quiénes son a través de sus propias contradicciones o de las distintas máscaras que usan en el día a día. Pueden usar la estructura de acumulación (una lista de características o de escenas cotidianas contrapuestas) para retratarse.
2. La escena en segunda persona (Instrucciones)
En estas crónicas hay una tensión manifiesta en los vínculos. Guerriero usa el imperativo para escribirlas y logra un efecto muy potente. Dice Pedro Mairal, en el prólogo, respecto del bloque de instrucciones:
"En el centro de estos textos aparece una serie de instrucciones que dejan los pelos de punta. El devenir de una pareja alienada. Una especie de autoayuda invertida: instrucciones para una silenciosa autodestrucción emocional. El relato, como una micronovela a toda velocidad, va describiendo el crecimiento del odio entre dos personas. Un odio que al final no es culpa de nadie, y eso lo hace más espantoso, un ente que se instala y va tomando a la pareja hasta destruirla."
Escribir un texto breve titulado "Instrucciones", que narre una escena cotidiana de pareja, familiar o de amistad utilizando la segunda persona del singular en imperativo ("Vaya...", "Sienta...", "Mire..."). La clave es que las acciones físicas parezcan mecánicas o triviales (cocinar, mirar por la ventanilla, abrir un cajón), pero que el peso del texto esté en esa segunda persona en imperativo y en el mundo interno: los pensamientos, la irritación contenida y los sobreentendidos.
3. El asalto a la memoria
Escribir un texto que arranque con una pregunta: "¿Qué hace [un objeto, un olor o un sonido de la infancia/adolescencia] sobre mi escritorio/en mi casa?". A partir de ahí, tirar del hilo y reconstruir una escena del pasado a través de los detalles más crudos y materiales (la ropa guardada, un perfume, un juguete, el frío de un lugar), buscando el impacto de lo que ya no está.
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LOS TEXTOS DE USTEDES
Claudia S.
Instrucciones
No se desespere. Acaba de colocar la ropa en la
lavadora, programó todo adecuadamente y la máquina no responde. El sol la
saluda por la ventana después de varios días de lluvia. No se inquiete,
siéntese muy despacio y respire durante cinco minutos. Luego, consiga una manta
y colóquela en el piso. Haga algunos ejercicios de yoga que seguramente
aprendió en algún momento de su vida. Lo importante es que mantenga la
respiración perfecta. Seguro se encuentra sola ya que es la mañana de un
viernes y todos los miembros de su familia salieron. Luego recordará que sus
hijos se iban de campamento. Y más tarde le vendrá a la mente el viaje de
negocio de su marido en ese fin de semana. Respire y mire al techo.
Es muy probable que su lavadero se encuentre en la
parte inferior de la casa y el celular quedó en el living cuando hizo el pedido
del super. Suele pasar, es lo más común en estos casos. Siga recostada y cierre
los ojos. Piense en algún paisaje donde querría estar ahora. Alguna playa
desierta o un lugar soñado. Se quedará dormida rápidamente y se olvidará de la
ropa y de toda su familia, incluso de su suegra que la visitaría esa misma
tarde. Después de esa prolongada siesta, levántese del suelo y deje la lavadora
tranquila. Tome una ducha caliente. Vístase con lo más presentable que
encuentre. Ahí, se dará cuenta que no tiene mucho para elegir y va a tomar la
decisión. Recordará que tiene una gigantesca deuda con la tarjeta de crédito y
que le están por cortar el gas, si no paga la factura. Olvídese de todo eso y
ni piense en pagar nada ahora. Saque el auto del garage. No se preocupe por nada.
Maneje hasta el shopping que tiene más cerca. Compre todo lo que se le ocurra,
desde botas hasta una joya valiosa y salga con una sonrisa espléndida. Seguro
nadie piensa en usted ahora, con excepción de su suegra que estará contando los
minutos para verla y la culpará por el desperfecto del lavarropas y de todos
sus dramas.
Cintia
Aquí yo, la que me cuestiono por ser egoísta y la
solidaria reconocida. La que puede hacer mil cosas en un minuto, o permanecer
mil minutos sin hacer nada.
La que rebalsa de ganas de todo, pero tiene energía
para nada. Yo, la que se cuida con las harinas, pero tropieza incansablemente
con ese perverso carbohidrato.
La que creció en piloto automático, pero se puso en
máximo cuando era necesario. La prejuiciosa desmesurada, pero con más aciertos
que errores en sus presentimientos.
La que escucha y aconseja, pero que silencia
algunas verdades filosas. Yo, la que creí que me llevaba el mundo por delante y
el mundo me está pasando por encima.
Yo, la madre presente y abnegada, y la que siente
culpa de lo que no puede. La que quiere enmendar roturas, pero prefiere dejar
que las costuras colapsen.
La que busca nuevos caminos, pero vive con
nostalgia por los que dejó. La que dice esperar críticas, pero que las mastica
con un gesto de rencor disimulado.
La que ama nadar, pero le da fiaca mojarse.
La que ama usar bicicleta, pero le da fiaca
pedalear.
La que ama leer, pero tarda un siglo en terminar un
libro o NO lee tres a la vez.
Yo, la mujer con más contradicciones y adicciones,
pero a quien de vez en cuando miro con compasión.
Rosana
Instrucciones
para ver la semifinal del mundial de fútbol Argentina/Inglaterra 2026
Prepárese
desde la mañana. No vaya a trabajar, o vaya y vuelva temprano. Suspenda toda
actividad, igual no va a haber nadie en ningún lugar, excepto frente a las
pantallas. Cuelgue en la ventana de su casa la bandera argentina. Si no la
descolgó desde el último partido, cuélguela nuevamente. Si le da vergüenza no
haberla colgado el 9 de Julio, no la cuelgue. Póngasela como pashmina.
Átese una cinta celeste y blanca como vincha. Póngale un poncho con un sol en
el medio del blanco al perro, a los perros, o al gato. Póngase una camiseta
albiceleste o combine una camisa blanca con una bufanda azul claro. O al revés.
Si
no tiene cábala, no hace falta que la invente. O invéntela. Si la tiene,
póngase en marcha para ejecutarla. Hágala como siempre. O no la haga. Excluya,
según indicaciones del gobierno, cualquier signo provocador. Si tiene tatuadas
las Islas Malvinas en brazo de la vacuna, junto al corazón, córteselo, o
véndeselo como si una bomba se lo hubiera amputado, o lastimado. Asegúrese de
que no se vea.
Ponga
sobre la mesa la picada llena de fiambres y la cerveza. Si no le gusta la
cerveza, aunque sea temprano, acompañe con una copa de vino para poder
entonarse y sírvase un vaso con agua, para poder tragar, para aclararse la
garganta después gritar o putear. Júntese con amigos o con la familia. Mírelo solo.
Relaje el cuello y, sobre todo, la mandíbula.
Permítase
sentir todo tipo de emociones. Cántele piedra libre a la contradicción de lo
que puede estar sintiendo momento a momento.
Acuda
a esta cita a ciegas con nuestra propia historia, anulando la memoria,
abstrayéndose, por todos los medios del inconsciente colectivo. No se sorprenda
frente a la casualidad y no piense en que el 15 de julio, pero de 1982, fue el
día en que llegó el último gran contingente de soldados argentinos repatriados.
No piense en ese día como el día del dolor más profundo de la guerra, porque
igual llegaron de noche, en la oscuridad, escondidos, vencidos. Los que
pudieron volver llegaron así, para que nadie los viera. No piense en que se les
impuso un pacto de silencio en el que no podían hablar, contar, llorar.
Olvídese por completo del ocultamiento, el silencio forzado, el regreso
invisible de los hijos de la guerra de Malvinas.
Desestime
la casualidad de que este partido se juega en Atlanta, en el estado de Georgia,
en el sureste de los Estados Unidos. Niegue el hecho de que Estados Unidos fue
aliado de Inglaterra y que nuestros jugadores, los que hoy pisan ese suelo,
tienen la misma edad que en ese momento tenían los soldados que fueron desde
todas las provincias de Argentina. Deseche la casualidad de que las Islas Georgias del Sur son un remoto
archipiélago subantártico en el océano Atlántico Sur, ubicadas a unos 1.390 km
al sureste de las Islas Malvinas. Y que, aunque son conocidas en Argentina como
parte de la provincia de Tierra del Fuego, Antártida e Islas del Atlántico Sur,
el archipiélago se encuentra bajo administración del Reino Unido como
Territorio Británico de Ultramar.
Menoscabe
la información de que en 1986 “La mano de Dios” nos dio la revancha en México,
muy cerca de donde se juega hoy. Aunque lo que no se repara en el plano de la
realidad busca canales simbólicos para compensarse, descarte ese momento como
símbolo de compensación. Cierre los puños y manténgalos apretados para que no
se le escape el orgullo.
De
ninguna manera crea que el partido es la representación de un escenario de
guerra. Haga como hizo la dictadura en aquel momento y como quieren hacer
ahora. Olvídese de la historia pasada. Instale para sí y para los otros que
Inglaterra es solo un rival de turno. Hágalo como si el inconsciente colectivo,
que es infinitamente más amplio que el suyo, no existiera. Como si el
territorio no mandara. Exclúyalo usted también. Intente anular al inconsciente
mediante una perspectiva racional.
Para
ver el partido como corresponde siga el consejo de Lionel Scaloni. Repita: “Es
un partido de fútbol, ¿eh? El mensaje es
que es solo un partido de fútbol. No busquemos otra cosa”.
Salvo
que este espejo en el tiempo, bajo los ojos de millones de personas, en este
escenario mundial, nos dé la oportunidad de la revancha. Que en la cancha el
fútbol se convierta en un drama sagrado, aunque sea simbólico, y aunque la
tierra y la vida no se recupere con goles, que esta tarde, este enfrentamiento,
se convierta en una especie de visibilización, de reconocimiento y justicia
poética. Que otra vez, nos encontremos frente a la oportunidad de transformar
el silencio en un grito sagrado de ¡GOL!
¡Vamos,
mi Argentina todavía!
Mirna
INSTRUCCIONES
PARA ESPERAR LA CUARTA.
Acaba
de terminar el partido 101 del evento deportivo del momento. El mundo tuvo un
favorito y perdió. Así que ahora, le toca a usted continuar la historia. Yo lo
ayudaré.
Primero y, antes que nada, programe el reloj
para las 15.40 hs, no sea cosa que se pierda el despliegue de la enseña sobre
el césped y el icónico O juremos con gloria morir. Luego, continúe su vida lo
más fiel posible a su rutina. Piense que tiene veintidós horas por delante y al
menos ocho, deberá descansar. Para llegar a mañana deberá respetar cada
indicación. Comencemos.
Diríjase
a la cocina. Prepare su cena. Utilice la mayor cantidad de utensilios posibles.
Ponga la mesa cuidando de no pensar en Pedri, Oyarzabal y menos aún en Yamal.
Cene. Lave platos y si tiene, fuentes y demás enseres también. Lave todo con
agua fría y sin detergente. Lave tallando largamente para acopiar emociones.
Como situación excepcional, seque cada uno de los objetos lavados. Hágalo
ceremoniosa y lentamente para distraer los pensamientos en cada fricción del
paño sobre las piezas. No ahorre energía; guarde inseguridad… y por qué no,
algo de ira. Luego retírese al dormitorio. Cámbiese de ropa. Vístase con un
pijama de media estación. Quite un par de frazadas así el frío le sigue
templando el calor que, a estas alturas, deberá sentir como sofocos femeninos.
Intente dormir. Si no lo logra, ponga en palabras las ideas que lo atormentan.
Alce la voz y recite enumerando los miedos que lo asaltan. Aclare su objetivo:
¿quiere ser vencedor? ¿Quiere la cuarta? Tómeselo con calma. Evoque las
palabras de Mostaza Merlo: Paso a paso. Piense en el encuentro 102 que es
mañana y recuerde la frase de Grondona: Todo pasa. Mientras tanto, haga memoria
y llegue a las clases de historia de la escuela primaria. Inhale. Exhale.
Duerma. Al fin y al cabo, para librarnos de los españoles, primero debimos despedir
a los ingleses… y aunque el resultado tenga algunos defectos, seguimos
victoriosos desde 1816.
Andrea
Yo, hoy
Aquí
yo, siempre yo, subiendo nuevamente,
en una meseta anímica, gozando de
sentirme en la huella de la vida, otra vez, la definitiva? la última? Buscando lo nuevo que me mantenga, atesorando lo viejo que acopio, surfeando los acontecimientos como si
supiera, respirando airosa entre las
aguas que no llegan al cuello, inventando
comidas, escritos, pinturas, actuaciones, manteniendo
el físico activo, cuidando
celosamente la mente, abrigando con
suma ternura el alma, caminando por los
senderos de la diversión, haciéndole
la gambeta a la culpa, poniendo por
primera vez distancia con algunos, encontrándome
por primera vez con otros, soltando
uno, dos…mil prejuicios, haciendo
lugar, tomando lo que viene, como
viene, proyectando un futuro marino,
haciéndome amiga, muy amiga de la
soledad, sufriendo algún dolor de
rodilla, de cadera, de cintura, acumulando
algunos kilos, peinando cada vez más
canas, maquillando sobre arrugas, perdiendo algunas piezas dentales, amigándome con los cambios hormonales, disfrutando de no necesitar más
depilación, intentando despojarme de
hacer siempre lo correcto, de tener la
palabra justa para mi pareja, mis hijos mis amigos, descolgándome la mochila de la perfección, mirando a la cara a la exigencia y sacándole la lengua, diciéndole
pito catalán a la mediocridad, aceptando mi humanidad con luces y
miles de sombras y aun así sentirme
amada por mí, satisfecha de no tener que rendir más exámenes ante nadie, feliz
de comprender que no le tengo que caer bien a todos y así poder ser honesta
conmigo misma al no traicionar mis gustos, mis modos, mis ideas y pensamientos.
Agradeciendo los bajones que me hicieron
ir en busca de horizontes impensados y así conocer gente, filosofías, historias…universos.
Y entonces recuerdo lo que dice la banda Cuarteto de nos: “Y oigo una voz que
dice con razón: Vos siempre cambiando, ya no cambias más. Y yo estoy cada vez más
igual. Ya no sé qué hacer conmigo” Aquí yo, siempre yo.
Instrucciones de supervivencia
Empiece
su rutina diaria como siempre. Salude a su perro. Advierta que es el ser que más
cariño le da en estos últimos años. Vaya al baño. Prepare el desayuno. Sírvale
a su perro su alimento y controle que tenga agua suficiente. Siéntese cómodamente
sola en la mesa. Mientras toma sus mates, lea las tareas que en su agenda anoto
para este día. Prepare lo que corresponde para empezar a llevarlas a cabo.
Conteste el celular que claramente llama en una hora inapropiada por lo
temprano. Es su marido. No espere una
mala noticia, tenga confianza. “Hola que tal”. “Hola estás en casa” dice él.
“si”. “¿Tenés que venir para Ciudad Jardín?” pregunta. “No”. “Uh Que macana” responde.
“Decime que necesitas, se me hace tarde” “Tendrías que ir al banco y después a
pagar la tarjeta. Me salió trabajo y yo no puedo ir y si o si tiene que ser
hoy” comenta. “¿Siempre tenés que dejar las cosas para último momento?” “Es que
antes no llegaba con la plata” Comprenda que no le miente, comprenda que él está
trabajando y en cierto modo es para los dos. Comprenda que ahora la vida les
cambio. Comprenda y trague saliva. “Está bien, donde están las tarjetas, el
banco queda en Palomar, para que voy a ir a Ciudad Jardín” Recuerde que cruzar
la barrera ida y vuelta puede robarle muchos minutos. “Porque las tarjetas las
tengo yo, acá en el puesto” responde tranquilamente. “¿Desde cuándo sabías que
ésta mañana iba a ser así para mí?” le dice usted “Me di cuenta ayer a la noche
y hoy como un boludo me olvide las tarjetas, no me sale una, estoy tan cansado
que ya no pienso con claridad” Tómese un segundo para sentir, enumere los
sentimientos: bronca, comprensión, ternura. Repase como sería su nueva mañana.
Resigne lo que menos le afecte de su rutina ya armada. Responda con
tranquilidad. “En una hora paso por el puesto” “Dale gracias” Escuche como
siempre corta antes que usted se despida. Tache las actividades a las que no
concurrirá. Haga los llamados pertinentes para no quedar como una mal educada.
Recuerde que en el rapi pago siempre hay mucha cola. Y además tiene que cruzar ida
y vuelta la barrera. Entonces vuelva a ver la agenda y siga tachando
actividades. No piense nada. Haga todo automáticamente. Prenda la radio
mientras se prepara para salir. Sienta la compañía de voces ajenas y tan
familiares al mismo tiempo. Acaricie a su perro antes de salir. Sepa que lo
suyo es importante. Pero lo que tiene que hacer es urgente, y no le dé más
vueltas. Salga de su casa con una sonrisa, sus vecinos no tienen la culpa que
su día no empezó bien.
Adri
Instrucciones
Levantate como siempre, a la misma hora y con el mismo
pie, para empezar el día con el derecho, como decía tu vieja.
Levantate como si fueras a llevarte al mundo por
delante, con esa cara de feliz cumpleaños y con ese nudo en el pecho que no
afloja. No afloja con yoga, ni con respiración, ni con terapia. No afloja, como
vos.
Levantate y metete en el baño, date una ducha tibia que
siempre ayuda, vos sabés, ayuda a que parezca que las cosas están de maravilla.
Mientras, seguí esperando un mensaje, un saludo aunque sea, alguna razón para
que te hable alguna vez con un poco de cariño.
Mejor no esperes cariño. Sé realista: esperá que, con
un poco de suerte, te respete. Pero eso también ponelo en duda. Pone en duda
cada cosa que pensás, cada cosa que te parezca que puede pasar. Dudá, dudá de
todo, así si todo sale mal, vos ya sabias.
Ahora salí a la calle, apurada, con los pelos húmedos
todavía. Y corré para no perder el colectivo. Volvé a mirar el celu, fíjate si
llegó el mensaje, ese mensaje. Suspira resignada.
Pensá otra vez en todo lo que hiciste mal,
justificate, compadecete, echale la culpa. Bajá del bondi, hacé tu trabajo como
si te importara, dejá que pasen las horas para irte a casa.
Caminá con los hombros vencidos y la cabeza en alto,
como si te sintieras orgullosa de lo que no sos. Mientras girás la llave en la
cerradura, sacudite ese bicho que te zumba que la culpa es tuya, Tirá la
cartera y el saco en el sillón, ese sillón que no se llevó cuando se fue. Servite
algo de comer y andá a dormir. O hacé como que dormís.
Dejá que pase la noche, que la luz del día vuelva a
entrar por las hendijas, y empezá de nuevo. Levantate como siempre, a la misma
hora y con el mismo pie.
Es
un partido
Tenía 14 años, varios secretos, rulos en la cabeza y
alas en los pies. Soñaba, soñaba con ese chico pelirrojo de ojos a veces
verdes, que cambiaban con el clima. Ese chico tenía 19 años, acababa de salir
de la colimba y hacía planes, mientras me miraba con esa sonrisa tibia cuando
yo pasaba para ir al quiosco, a comprar cualquier cosa, porque lo único que
quería era pasar, que me sonriera, sonreír también y bajar la mirada.
Un día me llamó y yo me acerqué, me fui con él a tomar
un helado y no me acuerdo qué iba a comprar porque al quiosco no llegué. Cuando
volví a casa mamá preguntó si había comprado el mapa y dije que no tenían, ella
me miró con un gesto cómplice y no dijo nada.
Ese chico a los pocos meses se fue a Malvinas. Lo vi
irse con los ojos asustados, lo vi volver con los ojos fijos, ensombrecidos, ya
no cambiaban de color con el clima. Su único plan era irse a otro país, lo más
lejos posible. Y se fue.
Yo tenía guardadas algunas cartas que él había escrito
durante la guerra, mientras se moría de hambre y frío en una trinchera, junto a
otros chicos tan asustados como él. En esas cartas decía que las cosas que le
mandábamos desde aquí no llegaban a los soldados, que el enemigo estaba entre
los oficiales argentinos, que no terminaban de entender por qué estaban ahí.
Con los años dejé de leer esas cartas y en alguna mudanza las perdí.
Hoy Argentina enfrentó a Inglaterra en un partido del Mundial
que se juega en Estados Unidos. Se dijeron muchas cosas antes del partido: que
los jugadores no son soldados, que los equipos no enfrentan una guerra, hasta
el director técnico dijo “Es un partido, eh”.
Pero cuando vi a los jugadores cantar el himno a los
gritos, se me hizo un nudo en la garganta y entendí. Es un partido, es un
símbolo, es una reparación, es un grito tantas veces ahogado, es una pequeña
ilusión de justicia, es la conciencia colectiva de saber que las Malvinas son argentinas,
que fueron regadas con sangre de nuestros chicos, que no los olvidamos, que
siempre levantaremos la bandera con lágrimas en los ojos por los que no
volvieron, por los que volvieron rotos, por los que volvieron y se fueron lejos,
por los que todavía esperan ser vistos. El de hoy fue mucho más que un partido,
fue un Homenaje y nuestros gritos de GOL desde todos los rincones de la patria,
se unieron en un solo Grito Sagrado.
Lauris
Biografía
Soy futbolera, desde que era muy chica acompañaba a mi
papá las tardes de domingo escuchando los partidos en la radio Spika, apoyada
en la mesa junto con la pava y el mate.
Soy de River como lo éramos todos en casa, hasta el
Colita y el Garibaldi.
No se podía ser de otro cuadro, no había chance.
Aprendí mucho de fútbol, mi viejo usaba a veces la
analogía de un partido con hechos de la vida, me daba una explicación de manera
práctica para él y entendible para mí.
Él amaba a su equipo y muchos de mi familia eran
hinchas de otros clubes, la mayoría de boca y sin embargo mi viejo tenía
códigos que hacía respetar.
Me hubiese encantado ir a la cancha con mi papá.
En el 78 ganamos el primer mundial, salimos a festejar
con la familia a la plaza San Martín.
Yo era chica y hubo un montón de cosas terribles,
ajenas al futbol, que me enteré mucho después.
En el 82 yo tenía 17 años y muchos de mis amigos
fueron a la guerra, no todos volvieron.
Tengo el recuerdo del siguiente mundial, el partido
contra Inglaterra y toda la locura cuando se ganó la segunda copa.
Mi papá ya había muerto, y yo celebré a medias.
Mi primer novio, era fanático de independiente, conocí
casi todos los estadios ya que lo acompañaba a los partidos.
Sufría cuando independiente jugaba contra river, el
resto de las veces si el partido me aburría, me entretenía mirando a las
personas en las tribunas. Me imaginé miles de historias.
Tuve la suerte de ver al Diego en persona, lo tuve
cerquita cuando jugaron un amistoso después de ganar el mundial del 86.
Yo estaba en la platea justo arriba por donde salían
los jugadores y lo ví, ahí, solo a un par de metros.
Para mi hijo cuando era chiquito, el Diego era un
prócer como Belgrano o San Martín.
Juan, es fanático de Messi y de boca (evidentemente en
lo segundo en algo fallé) pero seguimos con el mismo código de respeto que
usaba mi viejo.
Sé lo conté un par de veces y él lo entendió, lo
aplica conmigo y con los demás, eso me llena de orgullo.
En el 2022 ganar y disfrutar el mundial fue
maravilloso, yo ya era abuela, y apareció un uruguayo en mi vida, también hincha
de river, acompañando a alentar a un equipo imparable con Messi y Scaloni a la
cabeza.
Desde ese mundial hasta hoy pasaron cosas…muchas cosas
Hoy es 15 de julio del 2026, terminó el partido de la
semifinal del mundial, otra vez contra los ingleses.
Lo ganamos a puro corazón, se lo ganamos a la historia
que, igual no resuelve nada, del pasado ni del presente.
Pero llegamos a la final y quiero pensar que estamos a
un paso de ganar la cuarta, eso ya me hace feliz.
Estoy sola en casa, pero no estoy sola. Hablo, me río
y lloro por mensajes con memes y stickers incluidos, escucho la emoción en la
voz quebrada de Juan, me colma el alma sentir la alegría de mi nieta.
Estoy sola, pero no estoy sola, llegan mensajes de
Francisco, de los grupos, del taller, de amigos.
Escucho los bocinazos, petardos entre cantos y gritos en
la calle.
Me parece oír la voz de mi viejo, y la de los que se
quedaron siendo chicos celebrando en algún lugar invisible.
Hoy estoy sola pero no estoy sola.
Hoy me siento más acompañada que nunca.
Kari
Aquí yo, la dulce, la rebelde, la empática, la emocional, la
conmovida, la furiosa, la del pecho encogido de dolor, la del pecho expandido
de amor, la valiente, la atrevida, la temeraria, la que esconde el miedo, la
que entrena a escondidas, la desafiante, la que muestra la espada, la de los
ojos de mar, la de la boca filosa, la que acaricia escamas azules, la que
oculta para salvar, la que no se oculta para ayudar, la que tiende la mano, la
que se venda la mano, la que usa los vestidos más caros, la que danza enfundada
en la armadura, la que siempre está para escuchar, la que escucha lo que no
tiene que escuchar, la que se ubica en su lugar, la que está donde no debe, la
que alza la voz, la que se queda sin vos, la que esconden, la que llora, la que
pierde todas sus lágrimas, la que te mira como está prohibido, la que te
extraña, la que se queda sin tinta de tanto escribir cartas, la que aguarda
impaciente, la que te busca a pesar del peligro, la que es agua y ama el fuego.
El juego
Dinero, billetes, transacciones
Clubes
Estadios
Fútbol
Veintidós tipos corriendo detrás
de una pelota
Once representantes
de los colores del corazón
Para nosotros, blanco y rojo
Junio soleado y triste
cuando el golpe mágico no fue
suficiente
Diciembre lluvioso
radiante
de gloria eterna
Las risas, las lágrimas,
Los abrazos sin fin
que duran aunque se separen los
cuerpos
Los corazones retumbando
La garganta ardiendo
Vos, ellos y yo, cuando éramos
cuatro
Los domingos de sorpresa
atrás del asiento del auto
Vos, él y yo
Pedidos y ruegos al cielo
Esa ayuda extra
en los momentos complicados
Tu locura
contagiosa y hereditaria
Transmisora de pasión
compartida
Vos, él y yo