miércoles, 2 de abril de 2025

5-Algo de Samanta Schweblin (pero solo es el comienzo... vos dirás)


Les dejo por aquí una entrevista que le hizo Hinde Pomeraniec en el Malba, con motivo del lanzamiento de este libro:

ENTREVISTA A SAMANTA SCHWEBLIN
Ojalá quieran verlo porque habla mucho sobre la escritura, sus procesos, cuenta anécdotas y es super natural y sencilla.

El buen mal es el último libro de cuentos de Samanta Schweblin. Ella dice que siempre se sintió atraída por lo extraño, por lo raro que sucede en el ámbito de la realidad.Para el encuentro de hoy, decidí compartir con ustedes el impacto de uno de los cuentos, pero... darles solo una pequeña dosis: tan solo un párrafo y medio del comienzo del texto.Confieso que bastó leer eso para quedar enganchada. Leí ese cuento y luego otro y luego otro. Sí, los voy a compartir con ustedes, claro. Pero después. Ahora, el fragmento:





Salto al agua desde la punta del muelle y me hundo apretándome la nariz. Tras el impacto inicial abro los ojos, me entrego atenta a la caída que va suavizándose, a los tonos nuevos a mi alrededor, más densos y tornasolados. Desciendo, aguanto sin respirar.

Quizá pasa un minuto. Al fin, despacio, toco el suelo mohoso con los pies, como una astronauta aterrizando en la luna. Me suelto la nariz y bajo los brazos, el cuerpo se tensa. Una contracción llega desde los pulmones, es un espasmo, espero un poco más. Tanteo las piedras atadas a mi cintura, el nudo siempre puede deshacerse. Para evitar arrepentirme, inspiro. Lleno el pecho de agua y un frío nuevo y duro se me pega a las costillas. Quiero que esto pase sin dolor. Una decena de burbujas salen por la boca y la nariz y se elevan. Otro espasmo me acalambra y tengo miedo de lo que pueda ocurrir ahora. Suelto el aire que me queda. Me sorprende la sensación líquida donde antes había aire, pero sobre todo me sorprende la lucidez, la serenidad. Me miro las manos, más grandes y blancas que en la superficie, y me pregunto cuánto tardaré en perder el conocimiento.


~~~~~~~~~~~~~


CONSIGNA DE ESCRITURA
La propuesta de hoy es la siguiente: ustedes deberán continuar la escritura del cuento a partir del fragmento que les compartí (su inicio).  No hagan trampa, nada de buscar el cuento eh... cuando me mandan la consigna resuelta, les envío el texto completito.



La musiquita de hoy: no sé si escucharon a Lila Downs. Es mexicana. 
Si no la conocen, les convido esta versión de La sandunga



~~~~~~~~~~~~~~~~~
LOS TEXTOS DE USTEDES

Silvia

Ahora
que los días son más dulces,
y las palabras
un cachorro suelto en el parque,
planto mis pies en lo más hondo.
Las manos,
 que flotan,
apenas más azules,
levantan algún que otro poema:
son momentos,
los hilos que arrastra la marea
entre café y café.
Entre el borde de la taza y un pensamiento,
que a veces,
se escupe amargo.
Bajo el agua,
las manos despiden a un pájaro.
Entonces, doy la vuelta,
después de andar descalza
 en un camino de rocas:
guardo la ropa de viaje.
Las manos,
de un pálido azul,
acumulan el viento.
Y suelto uno por uno
pequeños granos de arroz,
una por una
las palabras.
 
 
 
 
Kari

Salto al agua desde la punta del muelle y me hundo apretándome la nariz. Tras el impacto inicial abro los ojos, me entrego atenta a la caída que va suavizándose, a los tonos nuevos a mi alrededor, más densos y tornasolados. Desciendo, aguanto sin respirar.
Quizá pasa un minuto. Al fin, despacio, toco el suelo mohoso con los pies, como una astronauta aterrizando en la luna. Me suelto la nariz y bajo los brazos, el cuerpo se tensa. Una contracción llega desde los pulmones, es un espasmo, espero un poco más. Tanteo las piedras atadas a mi cintura, el nudo siempre puede deshacerse. Para evitar arrepentirme, inspiro. Lleno el pecho de agua y un frío nuevo y duro se me pega a las costillas. Quiero que esto pase sin dolor. Una decena de burbujas salen por la boca y la nariz y se elevan. Otro espasmo me acalambra y tengo miedo de lo que pueda ocurrir ahora. Suelto el aire que me queda. Me sorprende la sensación líquida donde antes había aire, pero sobre todo me sorprende la lucidez, la serenidad. Me miro las manos, más grandes y blancas que en la superficie, y me pregunto cuánto tardaré en perder el conocimiento.
 
Abro los ojos. No estoy muy segura, pero creo que no pasó mucho tiempo desde el último pensamiento hasta quedar inconsciente por un tiempo que no puedo determinar. Me pregunto si ya me fui o si todavía estoy acá. Me pregunto si ya fui o si todavía soy. ¿Por qué estoy pensando? ¿Cómo es que puedo ver mi cuerpo, tocarlo, sentir la soga atada a mi cintura? Respiro. Mis pulmones parecen funcionar sin mayor problema. Siento agua en la boca. Trago. Siento la necesidad de abrir la boca como un acto reflejo. No me molesta percibir el líquido, pero vuelvo a tragar. En mi cuerpo eso se siente como una inyección de energía, de vida. Observo mejor a mi alrededor y veo que el tono del agua tiene tintes violetas y una densidad diferente a la que recuerdo antes de desmayarme. Unas personas se acercan lentamente hacia mí. Su andar es fluido, como si el agua no generara resistencia. Noto que la tierra es suave y cómoda, sin moho. Algunas partículas se elevan cuando esta gente levanta sus pies descalzos. Están cada vez más cerca.
Me doy cuenta de que lo que tengo que hacer es dejar de tragar agua y de respirarla.
 
 
 
 
Claudia S.

    Y no sé si era un lago o un río y ni siquiera si había un muelle. Sí, mis manos se ven enormes y arrugadas, pero no recuerdo cómo llegué hasta aquí. Mi mente parece flotar entre burbujas diáfanas. No puedo encontrar a nadie que me explique algo. Solo veo peces de colores e intento atraparlos, pero se escapan, se asustan en ese ambiente frío, calmo y cubierto de piedras.
    De pronto, empiezo a recordar todo nítidamente y descubro que mi memoria permanecerá intacta. La discusión del fin de semana, aquella que inundó de dudas nuestras vacaciones. Él me llevó, casi a las rastras, aun cuando mis obligaciones laborales justificaban la negativa a viajar. Había insistido desde hacía un mes y no se daba por vencido. Y sí, esperó el feriado largo y sacó los pasajes aéreos. Y con esa persuasión que lo caracterizaba, terminó por convencerme.
    El chalet era grandísimo, me pareció demasiado para nosotros dos. Pero, ya estábamos ahí y el alquiler había costado muy caro y ni hablar de los boletos de avión, como para adelantar el regreso. Hasta ese momento todo parecía normal, pero al día siguiente empezó a llegar gente. Durante la mañana apareció una pareja de jóvenes. Después del mediodía más y más personas se esparcieron por la casa. De lo que estoy segura es que no conocía a nadie.
    Al anochecer el nivel del ruido era ensordecedor, mezcla de música y gritos. Subí a unos de los cuartos: el que encontré vacío. Y luego me acosté sin tomar ni comer nada, eso también lo recuerdo.
    Ahora siento las manos frías, esas que firmaron obligadas papeles indescifrables. Aquellas manos que temblaban como lo hacen acá, en este silencio áspero que disfruto. Pero, los peces ya perdieron sus colores y yo intento respirar al compás del lenguaje del agua. Después, escucho una sirena y también gritos. Son gritos diferentes, desconsolados y no hay música o por lo menos, yo ya no la escucho.
 
 
 
Laly

“Salto al agua desde la punta del muelle y me hundo apretándome la nariz. Tras el impacto inicial abro los ojos, me entrego atenta a la caída que va suavizándose, a los tonos nuevos a mi alrededor, más densos y tornasolados. Desciendo, aguanto sin respirar.
Quizá pasa un minuto. Al fin, despacio, toco el suelo mohoso con los pies, como una astronauta aterrizando en la luna. Me suelto la nariz y bajo los brazos, el cuerpo se tensa. Una contracción llega desde los pulmones, es un espasmo, espero un poco más. Tanteo las piedras atadas a mi cintura, el nudo siempre puede deshacerse. Para evitar arrepentirme, inspiro. Lleno el pecho de agua y un frío nuevo y duro se me pega a las costillas. Quiero que esto pase sin dolor. Una decena de burbujas salen por la boca y la nariz y se elevan. Otro espasmo me acalambra y tengo miedo de lo que pueda ocurrir ahora. Suelto el aire que me queda. Me sorprende la sensación líquida donde antes había aire, pero sobre todo me sorprende la lucidez, la serenidad. Me miro las manos, más grandes y blancas que en la superficie, y me pregunto cuánto tardaré en perder el conocimiento…”
 
Pero eso no ocurre y felizmente despierto desesperada entendiendo que solo fue una pesadilla, no hizo falta deshacer el nudo atado a mi cintura, pero inevitablemente tanteo para encontrar las piedras que nunca estuvieron ahí
Por cierto noto que no puedo respirar… Y estoy despierta poniéndome de pie junto a mi cama, sintiendo el loco latir de mi corazón que busca salir de mí para “respirar” también él… Y no lo logra. Trato de engañarme buscando serenidad para dejar que el aire circule por mi garganta como el agua fresca y no sucede
Un ronquido me alerta aún más y atino a sentarme en una silla de la que de inmediato me paro tirándola al piso en medio de la desesperación que ya no ignoro y me pongo en puntas de pie tratando de encontrar alguna posición que me permita aspirar pero es imposible
Ya no sé en qué lugar de la casa estoy y me entrego al Todopoderoso pidiendo desesperadamente perdón por no intuir antes con claridad quién es, y en la entrega busco relajarme para ayudar a “eso” que me está pasando
Por fin, apenas “un hilito” de aire proclama un muy débil y endeble ronquido
Un apenas perceptible y bendito “rasposo” sonido seco, susurra su ingreso
 
Doy gracias al Dios que me regaló mi madre
El mismo al que le discutí tantas veces 
Porque no era cierto que lo quería 
Como ella me enseñaba
Y le ruego que no me deje ahí...
Que me acompañe unos minutos más
ÉL que todo lo sabe  -tal como ella me decía-
De alguna forma me hace sentir que ya pasó lo peor
Y que puedo estar por aquí
Un tiempo más.   
 
 
Rosana
Collage (Pizarnik-Lispector-Schweblin)
 
 

 
Dar la mano a alguien ha sido siempre lo que esperé de la alegría. Muchas veces, antes de dormirme –en esa pequeña lucha por no perder la conciencia y entrar en un mundo más vasto–, muchas veces, antes de tener el valor de embarcarme en el gran viaje del sueño, finjo que alguien me tiende la mano y entonces avanzo, avanzo hacia la enorme ausencia de forma que es el sueño. E incluso cuando, así́ acompañada, me falta la valentía, entonces sueño. Sumergirse en el sueño se parece tanto al modo en que ahora debo avanzar hacia mi libertad... Entregarme a lo que no entiendo será́ como colocarme en los límites de la nada. Será como avanzar sin avanzar apenas, y como una ciega perdida en el campo.
 
 
 
Pero…
Estuve pensando que nadie me piensa. Que estoy absolutamente sola. Que nadie, nadie siente mi rostro dentro de sí, ni mi nombre correr por su sangre.
Nadie actúa invocándome, nadie construye su vida incluyéndome. He pensado tanto en estas cosas. He pensado que puedo morir en cualquier instante y nadie amenazará a la muerte, nadie la injuriará por haberme arrastrado, nadie velará por mi nombre.
He pensado en mi soledad absoluta, en mí destierro de toda conciencia que no sea la mía. He pensado que estoy sola y que me sustento sólo en mí para sobrellevar mi vida y mi muerte. Pensar que ningún ser me necesita, que ninguno me requiere para completar su vida.
 
 
 
Entonces…
Salto al agua desde la punta del muelle y me hundo apretándome la nariz. Tras el impacto inicial abro los ojos, me entrego atenta a la caída que va suavizándose, a los tonos nuevos a mi alrededor, más densos y tornasolados. Desciendo, aguanto sin respirar.
Quizá pasa un minuto. Al fin, despacio, toco el suelo mohoso con los pies, como una astronauta aterrizando en la luna. Me suelto la nariz y bajo los brazos, el cuerpo se tensa. Una contracción llega desde los pulmones, es un espasmo, espero un poco más. Tanteo las piedras atadas a mi cintura, el nudo siempre puede deshacerse. Para evitar arrepentirme, inspiro. Lleno el pecho de agua y un frío nuevo y duro se me pega a las costillas. Quiero que esto pase sin dolor. Una decena de burbujas salen por la boca y la nariz y se elevan. Otro espasmo me acalambra y tengo miedo de lo que pueda ocurrir ahora. Suelto el aire que me queda. Me sorprende la sensación líquida donde antes había aire, pero sobre todo me sorprende la lucidez, la serenidad. Me miro las manos, más grandes y blancas que en la superficie, y me pregunto cuánto tardaré en perder el conocimiento.
 
 
Entregarme a lo que no entiendo será́ como colocarme en los límites de la nada.
Será como avanzar sin avanzar apenas, y como una ciega perdida en el agua.
 
 SEGUNDO TEXTO Ro
Estamos en el auto, camino a Tigre. Es jueves a la tarde, a la mañana tuve taller de escritura. La consigna es difícil, le digo mientras esperamos en el semáforo de la estación de El Palomar, le cuento que, esta vez, el texto es tremendo pero que ya tengo unas ideas. Él se queda mirándome mientras le hablo. Yo, con la vista al frente le aviso que el semáforo está verde. Arranca.
Atravesamos el túnel en dirección al colegio militar y leo:
“Salto al agua desde la punta del muelle y me hundo apretándome la nariz. Tras el impacto inicial abro los ojos, me entrego atenta a la caída que va suavizándose, a los tonos nuevos a mi alrededor, más densos y tornasolados. Desciendo, aguanto sin respirar.
Quizá pasa un minuto. Al fin, despacio, toco el suelo mohoso con los pies, como una astronauta aterrizando en la luna. Me suelto la nariz y bajo los brazos, el cuerpo se tensa. Una contracción llega desde los pulmones, es un espasmo, espero un poco más. Tanteo las piedras atadas a mi cintura, el nudo siempre puede deshacerse. Para evitar arrepentirme, inspiro. Lleno el pecho de agua y un frío nuevo y duro se me pega a las costillas. Quiero que esto pase sin dolor. Una decena de burbujas salen por la boca y la nariz y se elevan. Otro espasmo me acalambra y tengo miedo de lo que pueda ocurrir ahora. Suelto el aire que me queda. Me sorprende la sensación líquida donde antes había aire, pero sobre todo me sorprende la lucidez, la serenidad. Me miro las manos, más grandes y blancas que en la superficie, y me pregunto cuánto tardaré en perder el conocimiento”.
Lo tenemos que continuar, le explico mientras veo su gesto consternado.
Me dice que podría ser que está soñando. Para mí esa es la salida más fácil. Estoy de acuerdo, pero no es un camino que quiera seguir. Le cuento que pensé en escribir desde la voz de las piedras, la del líquido entrando a los pulmones y las manos debajo del agua. Hace una mueca como que no le convence. No me importa, me gusta la idea, aunque no sé muy bien todavía qué dirá cada elemento.
Llegamos a la guardería, hacemos bajar la lancha y nos vamos al ocho. Nos ponemos a pescar. Tres dorados saltan al lado de la lancha, salen del agua formando con el recorrido un arco, antes de volver a zambullirse. Son muy dorados, muy brillosos y me resulta tan estimulante que siento que mi cuerpo se llena de adrenalina. Nos reímos. ¿Los viste? ¿Los viste? Hasta ahora nunca los había visto saltar tan cerca. Los queremos atrapar, pero ni un pique, nada en toda la tarde. Se nubla y sin sol empieza a hacer frío, los primeros fríos después del verano. Pienso en el cuento mientras miro el agua y recojo la tanza con el reel. Volvemos a casa.
Dos días después todavía no sé cómo escribir siendo una piedra, o varias, atadas por una soga, sumergidas en el agua que, estando fría, se empieza a entibiar en los pulmones de la mujer. Si fuese esas manos que se ven más grandes y blancas que en la superficie, a lo mejor estarían crispadas, tensas, aguantando la respuesta natural del cuerpo por sobrevivir frente a la decisión de una mujer que, aun pudiendo desatar el nudo, no lo hace, y llena el pecho de agua redoblando la apuesta. Descartado, no se me ocurre más para decir y para un cuento no alcanza.
Dos días después recuerdo la forma en que está escrita “La vegetariana” entonces pienso en escribir desde el lugar de, ¿el novio? ¿La hermana? Ella es suicida, no hay dudas sobre eso, no va a tener otro final. Pudo haber dejado unas cartas o no, mejor no, mejor hablar desde el sentimiento de culpa de ellos. No es necesario que hayan hecho algo, pero el sentimiento lo van a tener. Tal vez piensen que su amor no fue suficiente, que no alcanzó, que debían haber hecho algo que no hicieron, que no supieron reconocer las señales, que creyeron ese dicho que dice que quién amenaza no cumple. Pero ella sí cumplió, y yo sé muy bien sobre los pensamientos y sentimientos que produce un suicidio, así que tranquilamente podría haber escrito sobre eso.
Pero pasó que me topé con Clarice, mi amada Clarice Lispector, tan luminosa. Y con Alejandra Pizarnik, tan profundamente oscura, que se me ocurrió hacer un collage. Las junté a las tres, a Lispector, a Pizarnik y Schweblin. Puse un par de conectores, repetí el último renglón de Clarice y cambié la palabra campo por agua y busqué unas imágenes en línea.
Abrí el Corel y armé un collage con las fotos que saqué en línea de las tres mujeres y la de una mano bajo el agua. Todas coloridas, le pegué flores, un libro que recorté y dupliqué variando su tamaño. No sabía qué escribir, pero supe cómo combinar sus voces y esas imágenes.
Ahora disfruto de estar componiendo el collage, es de noche y él viene hasta la habitación en dónde estoy para avisarme que está lista la cena.
 
 
 
Adri

Cuando imaginaba como sería este momento, mientras lo planeaba minuciosamente, trataba de sentir cada sensación que se me ocurría como si ya estuviera sucediendo. Por eso até las piedras a mi cintura: pude saber de antemano que tal vez la desesperación fuera mayor que mi deseo de morir en esta vida para nacer a otra. ¿Pero cuál? Si son ciertas todas las teorías de que existe vida después de la muerte, yo debería pasar por la muerte y volver a vivir, convertirme en agua, o viento, o simplemente en partículas en suspensión, hasta que el universo decida que hacer conmigo. ¿O estoy solo evadiendo el dolor que me ahora invade todo el cuerpo? este cuerpo que comienza a sacudirse, estas manos torpes que intentan desatar el nudo, para que las piedras caigan al fondo y pueda volver a la superficie, a tomar inmensas bocanadas del oxígeno del que yo misma, ilusa de mi, decidí privarme. Repentinamente una inmensa oscuridad me rodea y pierdo la conciencia.
Cuando vuelvo a sentir mi cuerpo, ahora liviano y resbaladizo, me deslizo con el agua siguiendo la corriente. Otros seres me observan pasar, como si fuera extraña a ese paisaje, pero son amigables. Ya no tengo manos, ni piernas, ni nariz, solo sé que puedo respirar a través de unas raras aberturas que tengo en mis costados. Definitivamente sigo viva, aunque no estoy segura de si ésta era la forma de vida que, ilusa de mi, deseaba tener después de la muerte. 

Laury

Aunque me gustaría no perderlo en ningún momento, pasar de un estado al otro sintiendo que estoy más lúcida que nunca. Veo pasar algunos instantes de mi vida como si fueran pompas que, al aparecer el recuerdo en mí, se escapan y me liberan. El fondo cambia de color, como si el fango se convirtiera en un arco iris en el que me deslizo hacia la una negrura que cada vez se hace más clara. Una liviandad invade cada uno de mis órganos. Las piedras ya no pesan, aprieto el nudo con las ultimas fuerzas para saber que ya no hay marcha atrás, el dolor se diluye, algo que no puedo distinguir me roza la espalda, lo tomo como un abrazo de ella que me espera. No fue una decisión tomada al azar, es ganarle a la tiranía del tiempo y a la decrepitud de mi conciencia. No tenia de quien despedirme pero igual decidí dejar a la vista mi diario, quizás, algún desconocido lo encuentre y le dé un sentido a toda historia.

Claudia V.

Cierro los ojos esperando ese momento. Me invade una plácida calma. Me siento flotar en un universo oscuro y brillante a la vez. Ese universo acuoso parece acunarme suavemente al tiempo que escucho un cálido arrullo.
De pronto, todo cambia y una fuerza inusitada me arrastra. El agua me empuja con intensidad. El suave arrullo desaparece y la furia se deja oír.
Mi cuerpo flácido, abandonado, es acariciado por la espuma de esas aguas que reflejan el cielo. No puedo sentir la tibieza de la arena bajo mi piel rugosa y húmeda.
Y el sol… me observa sin quemarme desde allá arriba, hundido en la inmensidad.
Y yo… 
 


jueves, 27 de marzo de 2025

4-Soltá un poema, también


En los primeros encuentros, leyendo a Hebe Uhart, estuvimos transitando el territorio de la anécdota. Un territorio que habitaremos muy a menudo en el taller. Y la anécdota también es materia poética. Sobre todo, si la juntamos con la ternura. Vean si no, estos poemas:


Ojalá siempre seas mi amiga

El trabajo a veces nos quema la cabeza.
Así que llamé a Silvita
y le conté que me sentía mal.
Ella me consoló algo así como que
la culpa no sirve para nada.
Que las cosas tienen que
sumar o sumar.
Que el que mucho abarca poco aprieta.
Pero que hay dos momentos diferentes:
Momentos para abarcar.
Momentos para apretar.

Ahora destapé una y calenté las lentejas.
Y quiero decirle a mis alumnos que me perdonen
por las veces
que en vez de pedirles que me escuchen
les digo que se callen.
Por los porque sí, los porque no.
Mandonearlos. No conocerlos bien.
Tratarlos de usted. Señalarles la vergüenza.
Enojarme con el desgano.
Calentarme con el desamor que tienen por las cosas
que a mí se me viene a ocurrir
que están buenas.

Por ese afán absurdo,
al que obedezco por obrera,
de ordenar las filas –rotas–
parándolos encerrados en baldosas,
separados uno detrás del otro:
—¡La mirada al frente!
¡Está prohibido darse vuelta!
(Casi siempre me doblo y les sonrío bajito
o les acaricio el hombro
cuando le cantamos a la bandera).

No puedo adoptarlos
ni llevarlos a todos de la mano.
En este tiempo se supone que comprendí
que no voy a cambiar la escuela:
sólo soy una maestra.
Hacemos lo que podemos, la piloteamos.
Nunca les voy a regresar al Tata y a Mayra
su madre muerta.
Ni le sacaré las ojeras a Valentín.
Ni volveré a saber nada de Yésica.

Sentir que no se puede cambiar nada
es la que más raspa de las violencias.

No sé cómo explicar algunas cosas
para que se entiendan.
Por eso a veces reparto papel glasé de a montones,
fotocopias con sopas de letras
y lleno los pizarrones de dibujos.
¿Cómo amamantar la hambruna
de los cachorros de otras fieras?

Ojalá pudiera calentarles el agua.
Despiojarlos. Empacharlos.
Llenarles de crema la piel seca.
Invitarlos a pasear.
Tener un regalo para cada cumpleaños
y no esos tontos tirones de orejas.

Una vez hice algo por uno:
le mostré cómo atarse los cordones
con una imagen simple:
un cordón doblado es una orejita de conejo.
El otro cordón doblado,
es como una orejita también.
Después una acción un poco menos sencilla:
apoyás una orejita sobre la otra como una cruz.
Pasás la oreja de arriba por debajo de la otra
y tirás.
Así se fabrica un moño.

Espero que algún día, cuando necesite trabajo,
él pueda decir:
—Sé atarme los cordones.
Y su futuro patrón lo abrace con alegría.

Y que cuando los chicos del barrio le pasen la
bolsa él diga:
—Sé atarme los cordones.
Y los chicos le respondan:
—Perdonanos, ni sabíamos.
Y que cuando su novia dé a luz él diga:
—Sé atarme los cordones.
Y todas sus cosas sean hechas nuevas para siempre.

También sería muy bueno
que cuando su hijo lo haga enojar
él, arrodillándose,
le agarre los cordones y le muestre:
—Primero una orejita de conejo, después la otra.
Las cruzás en cruz. Hacés la parte difícil que es
pasar una oreja por debajo de la otra y tirás.

Ahora nada sabemos,
ni tenemos maneras de saber.
Nadie sabe el poder de un nudo bien hecho
(un moño es un nudo, sólo que hecho con belleza).

Lo que ahora sé
es que con suerte pagaré las cuentas,
ahorraré un poco para el verano

y me tomaré esta cerveza
que, con un poco más de suerte,
me ayudará a dormir.

Marie Gouiric (Bahía Blanca, Argentina, 1985)


~~~~~~


Perfeito

 

Mi viejo decía perfeito, no perfecto,

y a mí me agarraba un sopor nervioso

y me quería morir. O que se muera.

Después de todo era preferible ser muerto

o huérfano

antes que tener un padre que diga “perfeito”.

Encima lo decía a cada rato

porque el término había ingresado

a la jerga comercial de la época.

Si lo acompañaba a vender bombachas

a Basavilbaso, prefería quedarme en el auto

escuchando casets, leyendo un Emecé sin tapas

de Niko Kazanzakis

antes que pasar calor en los negocios

escuchando a mi viejo cada dos por tres

decir “perfeito”.

Me sonaba brasilero y algo porno,

además de la descalificación que le acarreaba

ese error de dicción

a un hablante correcto de su lengua.

Él no había terminado el sexto grado.

A mí me apretaba el cuello una corbata

de bachiller

y a los 12 era un neurótico de la gramática

y de las oraciones.

Entiendo que mi viejo también soportaba

andar con Fray Mamerto Esquiú de acompañante,

pero así son las cosas. Mi historia.

Un viaje en break con el mate estrellándose

contra los vidrios del Renó.

Mamá que saca cuentas, papá en su paraíso

de lycra y notas de pedido.

Los hermanitos atrás

rogando que los dejen juntar de ese campito

un cachorro con sarna.

¿Cuánto suman las facturas, Susana?

257.000 pesos.

Perfeito.

 

Fernando Callero (Entre Ríos, Argentina, 1971-2020)


~~~~~~

 

 ~CONSIGNA DE ESCRITURA~

 

En estos poemas está muy presente la ternura, aunque sin nombrarla. Son tiernos sin ser cursis ni melosos. Hay anécdotas y hay mirada poética, con muchas imágenes sensoriales. 

La consigna de hoy es escribir un texto, puede ser en prosa, puede ser un poema. En este texto no vamos a hablar de la ternura desde la razón, la definición, la explicación, sino que vamos a construir un texto poético que parta de una anécdota, que trabaje con imágenes sensoriales, que esté ligada a la ternura.

~~~~~~~~~~~

La canción del día: hoy les regalo una canción que ya conocen, seguramente, pero en una versión que me gusta mucho. Se trata de Un vestido y un amor en la voz dulcísima de Caetano Veloso. Cuánta ternura... ¿no?



~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
LOS TEXTOS DE USTEDES


Lauri
 
La Tejedora 
 
Estás en tu sillón preferido
¿te cuento un cuento?
                                              había una vez
                                              una tejedora que se encargó
                                              de vestir a todos los niños
                                              de su familia
levantás la mirada
parpadeás lento
                                              bufandas, ponchitos
                                              guantes y pasamontañas
tus manos me escuchan
tus dedos bailan torcidos
 
                                              la tejedora comenzó
                                              a necesitar más lana
                                              los niños crecían
                                              pero ella no quería que pasaran frío
 
intentás acomodar el cuerpo                                            
y estirás la curva de tu brazo
                                               la más pequeña ayudaba
                                               siempre cerca de la tejedora
                                               atenta a la canasta para que el gato
                                               no jugara con los ovillos
aparece una sonrisa
 
                                               la tejedora nunca dejó de tejer
                                               con sus manos al principio
                                               con sus abrazos después
y erguís tu espalda
asentís con un gesto conocido
                                               los niños ya grandes
                                               aunque extrañaban
                                               las bufandas y los guantes
                                               nunca más sintieron frío
                                                
(como cada tarde, no sé cómo seguir…)
 
mañana te cuento otro   
y si sale el sol vamos al parque
 
Ahora, se te enfría el té, ¿te ayudo?
 
 

Guada
La muñeca Jenn
 
Un día de primer grado, todas las chicas nos pusimos de acuerdo para llevar nuestra muñeca favorita. Me acuerdo lo emocionada que estaba, mirando entre todas las que tenía cuál iba a llevar. La elegida fue Jenn.
Llegué al colegio con mi muñeca en la mochila. Esperé ansiosa que llegara el recreo, no podía esperar a que todas vieran lo linda que era.
Sonó el timbre, agarré a Jenn y bajé corriendo las escaleras hasta el patio. 
Y ahí, me sentí fuera de lugar.
Todas tenían barbies de marca, con el pelo desenredado, la ropa limpia, articuladas.
Yo miré a la mía. Ni siquiera era una muñeca barbie. Era un peluche de una chica de uno de mis programas favoritos, "Hi-5". Tenía una sonrisa enorme, que ocupaba gran parte de su rostro. No era de marca, no podía peinarla ni cambiarla.
Por un momento pensé que se iban a reír de mi por llevar una muñeca que medía 3 veces más lo que median las suyas.
Pero lo que sucedió, me sorprendió.
Al parecer todas miraban el mismo programa, y en cuanto la vieron, dejaron sus barbies a un costado para admirar a Jenn.
Estuvimos todo el recreo jugando a tirarla para arriba y agarrarla. 
Nadie jugó con las muñecas de marca.
 
 

Claudia
Carita tramposa
 
Pasó casi un año y medio de ese cruce tornado de miedo en el portal de la puerta corrediza del living. Un tiempo lo suficientemente prudente y será por eso que me animo hablarte. No creas que olvidé tus caricias ni tus enojos cuando era yo quien te abrazaba más de la cuenta.  Tu llorar ante el primer baño, pero que poco a poco te empezó a gustar, especialmente durante los días más calurosos del verano. Traté de buscarte en rostros diminutos o en pelajes grisáceos. Pero, aunque fue en vano, sé que estás en el aire que nos inmuniza, soplando a través de las ventanas.
En estos días, vienen una cascada de preguntas a mi mente ¿Y el día que te perdiste? Un silencio amargo inundó la casa. Apenas cenamos y ninguno pudo conciliar el sueño aquella noche. Te encontré en el patio del vecino a la mañana siguiente. Hasta hoy no dejo de preguntarme cómo llegaste hasta allí. Solo cuando me viste, te acercaste únicamente a mí. Porque tenés que admitir que eras bastante arisca con los extraños.
¿Y el secador de pelo tan ruidoso que nos sorprendió a ambas? Dado que, no pude percibir la magnitud de tu miedo ante sonidos bruscos y que culminó con ese pequeño rasguño en el brazo. Pero no dolió porque aprendimos juntas a conocernos, entre susurros de miel y miradas cómplices.
¿Y tus amiguitos del barrio que merodeaban la terraza en los meses estivales? ¿Sería por vos o por el pedacito de hígado que crujía en la plancha? El alimento balanceado era muy aburrido para comer todos los días. Y aunque la veterinaria nos decía que comas solo eso, todos a escondidas, rompíamos las reglas. Y no faltaba, quien te alcanzara una cucharadita de queso crema o de yogurt de frutilla. Recuerdo tu chillido ansioso, al abrir una latita de atún o como te desesperabas por el filet de merluza que compraba en la feria.
Escucho decir a veces que ustedes son un poco antisociales. Creo que más que eso, es que tienen mala prensa o en algún momento la tuvieron. Una amiga me dijo una vez, que quien tiene gatos como mascotas, los va a elegir siempre. Y sí, tenía razón, después de nuestra experiencia lo comprobé. Nadie permanecería indiferente ante ese ronroneo, que nos consuela de las adversidades del día a día. Ese sentir indescriptible que solo conocemos los que tuvimos un felino en nuestro pecho. Sobre todo, ver esa imagen de ojos curiosos parpadeando arriba de una montaña de libros.
¿Te acordás del último libro que leímos juntas? Fue allá por ese mes de agosto después del mundial y leímos 1984 de George Orwell. Recorrimos muy despacio, página por página ese texto, que se mezclaba de sabor a mate y despedida. Y vos, tan astuta y difícil de engañar… hoy te imagino guiñándome un ojo, yo entendería perfectamente lo que estás pensando. Ni siquiera podrías imaginar cómo cambio todo desde nuestro último domingo de lectura. Miro el sofá blanco con las huellas que dejaste y te veo durmiendo. Probablemente, en unos meses ya no estemos acá. Nos mudaremos a un lugar más chico y es lo que más deseo ahora. La casa se llenará de cuerpos y de voces nuevas, pero no tengo dudas que alguien, allí, sentirá tu abrigo cubriendo las paredes.
    
 

Adri
Abuela Ana
El portón hacía un chirrido agudo que nos alertaba si alguien entraba. No había timbre, pero la gente golpeaba las manos y esperaba que atendiéramos, entonces mi hermana y yo salíamos corriendo y chocándonos para llegar primero a abrir.
La abuela no llamaba, entraba. Ella fue la única abuela que conocí, se llamaba Ana, era la mamá de mi papá. Ese día llegó como solía llegar, inesperadamente, sin avisar.
Papá se levantó de un salto y fue rápido a abrir la puerta cuando vio desde la ventana que era ella la que abría el portón para entrar, sin llamar.
A mamá siempre le cambiaba la cara y el humor cuando pasaba eso, y decía cosas entre dientes que yo no entendía. Papá salió tan rápido que nosotras no llegamos a correr a recibirla, se abrazaron y entraron. Yo me colgué de la falda de la abuela y mi hermana, que era más grande y alta que yo, se agarró de su brazo. Como siempre sacó de la cartera dos bananitas Dolca y dos chocolatines Jack, esos que traían un juguetito que se me perdía y yo lloraba y mi hermana se reía y me cargaba y cuando se distraía yo le sacaba el juguetito y me lo escondía, entonces la que lloraba era ella. Mamá se ponía a cocinar mientras papá y la abuela charlaban, se reían y decían cosas de grandes que no querían que escucháramos, por eso nos mandaban a jugar afuera.
Ese día estábamos pintándole la cara a una muñeca cuando escuchamos a papá y mamá hablando fuerte, más fuerte, gritando. Yo quería entrar, pero mi hermana decía que nos iban a retar. Nos quedamos sentadas en el suelo, con la muñeca titada a un costado, agarradas de la mano que a mi hermana le temblaba un poco, y también le temblaba un poco la pera y el labio de abajo; hasta me abrazó, que era raro, y apoyó la cabeza en la mía. Se escuchó un golpe fuerte en la mesa y mamá que se puso a llorar, yo también tenía ganas de llorar. La puerta se abrió y salió la abuela con su cartera en la mano, caminando apurada, seguida por papá que la agarraba del brazo, pero ella lo sacaba; se agachó, nos dio un beso en la frente y caminó con sus zapatos marrones haciendo ruido hasta la puerta, le dijo algo a papá que no entendí y se fue.
Por mucho tiempo la abuela no volvió a venir, hasta que una tarde de verano la vimos parada en el portón que ya no chirriaba porque lo habíamos cambiado, pero esa vez golpeó las manos.    
 
 

Laly
Caminé por la Avenida Alameda 
Que tantas veces nos cubrió de sombras 
Hoy sé que te la recordé... Sin dudas
 
Sentí repentinamente tu mirada  
No sé cómo pasó
Un escalofrío me invadió 
Adiviné tu presencia tan cercana
Y a pesar de no oír tu taconeo
Volví la mirada y te busqué 
 
Fue inútil
No te vi
 
Al menos tu perfume sintió ternura por mí
Impregnó mi espacio y quedé inmóvil
Apreté el recuerdo y en mí sonó tu voz 
que rauda y temerosa escapó de ahí 
Adiviné tus lagrimones negros y entintados 
por el disfraz de lo que fue tu vida
Me rozó una suave brisa y acarició apenas 
como tu aliento 
y éste luego me ordenó seguir 
 
Quedé esperando otro encuentro 
quizás sin tu voz, sin tu mirada 
y sin la magia de tu presencia
 
Definitivamente lo sé... eso sucederá



Martín
 
Con los pies derechos
 
Con sus dedos finos y manos chicas
no logran ajustar los cordones
se desatan y se ensucian
y se ensucian las manos
las manos ensucian la boca y los ojos también.
 
Comencé a atar sus cordones
mejor que ellos con sus pequeñas manos
Así fue en el jardín de infantes,
en los cumpleañitos,
en la pista de patín,
los patines primero
las zapatillas después.
Las medias
la roña de las medias
no hay nada que yo pueda hacer
excepto decirles:
–¡Qué mugre, amigo!
Crecen
sus manos se hacen fuertes
las mías duelen cada día más
Crecen
ya no necesitan caricias invisibles.
Ahora andan en Crocs con los tobillos torcidos.
Solo puedo decirles:
–¡Los pies derechos, nene!


Rosana
Día de los enamorados

 

11 de febrero de 1967

Querido diario:

                               Me enamoré.

 

12 de febrero

Diario de mis secretos:

                               Ayer solo pude escribir esas dos palabras. ¡Es que nunca me había sentido así! 

Pero no es por eso que te dejé abandonado desde la navidad. Es que, de regalo, “Papá Noel” me trajo al amor de mi vida. Lo vi en la contratapa de su libro. ¡Ay! ¡Este sentimiento tan lindo y extraño que me imagino es el amor! ¿Cómo voy a hacer? Me lo paso pensando en Wence. ¡Ya lo leí tres veces, al mismo libro! ¡Qué locura! Por eso no estuve escribiendo. Me estuve enamorando.

 

14 de febrero

Diario querido:

                               Todas las noches me duermo con el libro sobre el pecho y por fin anoche pude soñar con él. Aunque quisiera no podría olvidarlo, pero voy a intentar dejar por escrito uno de los momentos más hermosos que viví desde que nací. Bueno, no hace tanto, hace apenas doce años. Pero es así, fue el sueño más bonito de todos mis sueños, de todos los que quería tener y tuve hasta hoy. Yo golpeaba la puerta de madera blanca de una casa, estaba muy bien pintada, brillante. Alrededor del marco había muchas flores. El sueño era en colores, veía el rosado de las rosas chiquitas y los centros amarillo cremita que sobresalían de un blanco como algodón del jazmín. Golpeaba tres veces, lento y suave pero no sabía por qué estaba allí y mientras esperaba que alguien abra la puerta, me ponía a oler las flores. Como mi cuello estaba estirado, el mentón elevado y los ojos cerrados, cuando se abrió la puerta me puse colorada (¡parecía que estaba esperando un beso!) Así que abrí grande los ojos, echándome para atrás, acomodándome un poco la ropa, como planchando mi vestido. No te dije, en el sueño tenía un vestido hermoso, con tiritas en los hombros, que se movía con la brisa que traía el mar. Tampoco te dije que la casa con marco de flores tenía como fondo un mar azul ¡tannn azul! Y el cielo, ahhh el cielo ¡tan azul también! Que ahora me acuerdo que mientras esperaba pensé: el amor es azul.

Qué locos son los sueños. Yo saltaba para atrás tan rápidamente, pero cuando la puerta se abría, lo hacía como en cámara lenta. Mis ojos que ya estaban abiertos por haber sido tomada por sorpresa, se volvieron más y más grandes, hasta ocupar toda mi cara cuando lo vi a Wence aparecer con un pantalón y una camisa blancos, de una tela liviana que dejaba ver algo del cuerpo de él. ¡Se veía tan lindo! Toda su silueta contrastaba con la habitación también azul. Lo vi, lo vi lo vi! Y me desperté.

Intenté volver a dormir, pero no pude. ¡Recién me doy cuenta de que es el día de los enamorados! Será por eso que soñé con él. 


Kari

Alas compañeras 
No es uno
de mis mejores días
Aún así
elijo mirar el cielo
azul
casi sin nubes
y pienso que
a pesar de la
inmensidad
me cubre
Una mariposa
se asoma ante mí
un poco tímida
al principio
Creo que me pide
que la siga
Yo voy hacia
la misma dirección
Y nos movemos juntas
Es como si bailara
o me bailara
Va dando vueltas
a mi alrededor
Y me divierte
Sonrío mientras voy
dando pasos
entre la gente seria,
concentrada, que habla,
que grita, que está
en su mundo
Como yo
Sus alas marrones
juegan conmigo
Están decoradas
por puntos amarillos
y sus bordes son
como de puntillas
Hasta que llego
a la puerta del súper
y me despido
internamente
de mi compañera
Vuelvo a la calle
a esquivar a la
gente que pasa
y escuchar los
bocinazos
de los conductores
apurados
Detengo mis
movimientos
Ahí está ella
revoloteando
sigue el camino
conmigo otra vez
y la siento feliz
Como yo