Karina
El mar con sus miradas
El mar, con su mirada desafiante, puede golpearte
antes de lo que pensás. No importa cuántos cálculos hagas, sus olas se lanzarán
y chocarán contra vos cuando ellas quieran.
A veces el mar se eleva, se incorpora como un monstruo
líquido, se sacude y te salpica su rabia. El mar es odioso, celoso de su cuerpo
y de quienes lo habitan.
~
El mar, con su mirada húmeda, te da el espacio que
necesitás. Se acerca de a poco, va tanteando el terreno y suavemente te invita
a entrar. El mar se mezcla con tus lágrimas y se las queda. Las guarda como un
tesoro, como tu ofrenda.
A veces el mar se mece y te mece, aunque estés de
pie. Al cerrar tus ojos, sentirás su presencia, sus caricias saladas. Cuando
menos lo esperes, te salpicará su misterio.
Claudia S
Bajo la
misma arena
Paula había elegido el mar como refugio. Colocó en un bolso algunas
prendas y un par de zapatillas que casi no usaba. Encontró una campera liviana
en un cajón de la cómoda y la dejó a mano. Lo único que quería en ese momento
era subirse al auto y manejar hasta Pinamar y así lo hizo.
Manejó durante seis horas sin descanso. Pensó que ese lugar se vería
sereno y pintoresco en primavera. Sus vacaciones habían sido siempre en verano
cuando coincidían con la de los chicos.
Llegó al hotel que había reservado y se dirigió a la recepción. Una
chica joven le entregó las llaves. El cuarto se encontraba en el tercer piso y
tenía un ventanal enorme que daba al mar. Ya era de noche y corrió las cortinas
y pudo ver la luna tan transparente que parecía disfrutar con ella. Dejó el
bolso y la cartera en un estante. Y se acostó en esa cama grande con sábanas
suaves y perfumadas. La habitación estaba decorada con muchos cuadros, donde el
mar, se mostraba siempre fiel en todas las imágenes. Figuras donde lo inefable
la mantuvo cautiva durante gran parte de la noche.
Despertó con el murmullo de ese mar cercano y el tintineo de las aves de
la mañana. Se duchó y se vistió con ropa cómoda. Luego, en el ascensor
descubrió a un hombre con lentes oscuros que debía tener casi la misma edad que
ella. Observó también, que vestía ropa deportiva y que una alianza se dejaba
ver en su mano izquierda.
En el salón comedor, ambos se sentaron en mesas individuales. Mientras
esperaba el desayuno, ella lo escuchó discutir por el celular y cuando él la
vio apagó el teléfono. La miró fijamente y ella sin darse cuenta respondió a
esa mirada. Él se le acercó y la invitó a su mesa. Conversaron tanto que el
tiempo pasó como un remolino.
A las dos horas, estaban caminando por la playa bajo el sol del
mediodía. Paula creía en sus palabras o quizás quería creer en ellas. Las olas
se apartaron de la orilla y el mar en toda su inmensidad se quedó en silencio.
Sus pasados imperfectos hicieron un hueco en la arena. Ahora, sus manos sienten
las caricias desvestidas de culpa.
Mirna
Como el mar…
Mira por
la ventana. Sonríe sin saber. Es sábado. Un sábado después de una larga y
extenuante semana. Sorbe su té tibio y vuelve a sonreír. La felicidad debe
parecerse mucho a ese instante, piensa.
Suena su
teléfono. Vuelve al interior de su departamento. Mira la hora. 10:04. Número
desconocido. Seguro es él.
Completamente quieto, como un espejo. No te deja ver dónde comienza,
dónde termina. Mar planchado
– ¿Hola? –atiende.
– Buen
día!!!¿Cómo estás?
– Buen
día, amor. Acá, saboreando un té, sin apuros. ¿Vos? Veo que volviste a cambiar
de número.
– Sí. Te
conté… no me habrás prestado atención.
¿Cómo se siente la princesa de mi vida?
Ella se
acerca a la mesa, apoya su taza y se sienta. Charlan unos minutos. Cosas
triviales, de esas que hacen que, aunque no estén juntos, lo estén. Ella habla
y responde. Responde y cuenta. Él, pregunta. Repregunta. Vuelve a preguntar.
Pequeñas ondas, apenas se mueve. Te hipnotiza con su paz acompasada. Mar
tranquilo
–Y
entonces me decidí por el instituto de Almagro. Tendré más tiempo de viaje,
pero me gusta más la propuesta y durante el viaje, podré ir leyendo… o mirando
por la ventanilla si voy sentada.
–¿Cuántas
veces te dije que no es así? Lo hiciste al revés, nuevamente. Primero se elige
el barrio, la cercanía, la comodidad. Luego, te ajustas a lo que buscás y si no
hay, pues se espera. ¡Cómo vas a ir hasta Almagro dos veces por semana!
–Tampoco
es tan lejos… Tengo colegas que viven en La Plata y vienen todos los días. Yo
voy a hacer un curso de un cuatrimestre.
–No es
así! Te repito. Pero siempre hacés lo que querés. No me escuchás. Y yo tengo
que bancarme tus decisiones de m…– Se detuvo. Bajó la vehemencia, esa que con
cada palabra iba escalando…
Ella
también cambió de actitud. Descruzó las piernas que había cruzado relajadamente
durante la conversación y se levantó casi de golpe, pero callada.
Se dirigió
a la heladera. Sacó una bandeja de vegetales cortados. Regresó a la mesa del
comedor y llevó la taza a lavar. Antes, colocó el teléfono entre su oído y el
hombro y sacó delicadamente el film que cubría la verdura. Sin ruidos, sin el
mínimo ruido.
Olas que levantan un poco de espuma. Olas cortas y continuas.
Mar movido
Lo sigue
escuchando. Habla sin parar. Claramente, nada de lo que escucha puede retener.
Sólo piensa en esos instantes previos de maravillosa quietud mientras saboreaba
un té, antes de las 10:04. No puede permanecer quieta. Camina. Camina ida y
vuelta su departamento de dos ambientes. Camina sin apoyar los pies para que
nadie perciba su movimiento.
–…pero,
claro, vos a mí no me consultás… –Intenta intervenir, defenderse, argumentar a
su favor, pero no puede. El vozarrón se hace más y más grave. Más y más intenso.
Más y más sordo a sus oídos…
Difícil de navegar. Olas muy altas, fuerte oleaje. Mar bravo
Son las
11:21 y por fin, luego de pasear por situaciones históricas aparece un alto,
una pausa para respirar, una oportunidad de decir:
–Es sólo
un cuatrimestre.
Una
exhalación. Un silencio. Un:
–Tenés
razón. Exagero. Aunque vos no me lo digas, estoy exagerando. Además, debo dejar
que te equivoques. Así me vas a dar la razón, después. Es que yo no quiero que
te equivoques, princesa. Tus errores los siento míos y ya sabés que yo no me
equivoco nunca. Siempre tengo la razón.
–Lo sé –inaudible
y resignado.
–No seas irónica
–con una firmeza temeraria.
–No, no lo
soy. Lo sé. De verdad –con una debilidad temerosa.
Aunque en la costa el viento esté calmo, se acerca desde
la profundidad un oleaje peligroso. Mar de fondo.
Se detiene
en la cocina. Abre la alacena. Elige un bowl. Vuelca las verduras. Abre el
grifo y vierte agua para cocinarlas. El teléfono, entre su barbilla y el oído.
–¿Qué
haces? ¿Me estás escuchando?
–Voy a
preparar sopa de verduras.
–¿Mientras
te hablo?
–Sí –responde
con un Sí casi inaudible…
–Mejor
corto.
Y colgó.
La calma que antecede al huracán.
Claudia V
Mi espíritu y el mar
El mar…
Espuma mansa que besa la arena se entrega a
tus manos y te seduce
Furia indómita que se rebela y enfrenta tu
ofensa
Cristalino deja ver sus secretos
Turbulento los esconde
Cielo en la tierra que enamora a la luna,
espeja al sol
Y oculta a las estrellas en la profundidad
más intensa
El mar … inmensidad insondable
¿dónde comienza? ¿dónde termina?
Un horizonte sin fin
Un comienzo incierto
El mar…misterio… belleza oculta en el abismo
El mar quizás refleje mi espíritu:
Hondo, inefable, eterno, cautivador, manso y
salvaje.
Gladys
Sicilia
Lo primero que hicieron Gloria y Lucca fue registrarse en el hotel Lido
que estaba situado en la hermosa Isola Bella, con acceso directo a la playa,
tal como Gloria lo vio en las películas que miraba, mientras soñaba estar allí
algún día. Su sueño se había hecho realidad.
La habitación estaba elegantemente amueblada con balcón con vista al mar
y un restaurante panorámico con vista a la bahía. Se quedó un rato mirando las
anchas y largas playas, sentía que nada podía superar ese mágico instante.
Gloria se acercó a Lucca y le sonrió seductora–hoy quiero ir a la playa
y bañarme en el Mar Mediterráneo–parecía una niña con un juguete nuevo.
Para ella el mar estuvo desde siempre, desde antes, y ahí estaba, en la
tierra de su abuelo. Miraba ese mar con el asombro de la primera vez. El mar la
seducía con su misterio abrumador del mismo modo que la seducía Lucca. Parecía
que los dos le trajeran mensajes del infinito, de otros tiempos, de otros
mundos.
Cuando llegaron a las aguas cristalinas su emoción fue inmensa, la playa
superó sus expectativas, arena blanca mar turquesa, todo era muy bonito.
Lucca y Gloria se metieron juntos al mar con distintas tonalidades de
azul, del verdoso al marino.
El mar, la vida y la muerte, la inmensidad y lo absoluto, sereno o
furioso. Olas, burbujas, espuma blanca.
A veces es susurro, a veces es rugido. Sal en el aire. Arena entre los
dedos, viento en la piel que abruma y reconforta.
El mar era cálido y plácido y las playas un refugio donde vivir su por
la orilla de la extensa playa y vieron el atardecer tomados de la mano, ella
sentía una conexión única con él, él sentía algo mágico al lado de ella.
Parecía que se conocían desde siempre y se entendían con solo mirarse,
era todo perfecto.
Se quedaron en la playa hasta el anochecer, no querían dejar ese paraíso
donde se sentían felices. Gloria tenía un poco de miedo a tanta felicidad, pero
no quería oscurecer el día con pensamientos negativos, por momentos la culpa
aparecía para recordarle que en Argentina tenía que seguir con su vida de
antes. No quería pensar, no quería tener que decidir, solo quería vivir el
presente, se merecía vivir sin miedo aunque sea un tiempo.
Martín
El viaje de la lata.
Los lugares no están lejos ni están cerca y
las cosas están en lugares y luego se trasladan pudiendo recorrer mucho y
llegar lejos, recorrer muchísimo y volver o no haber llegado jamás a ningún
sitio.
Y así fue que en una ciudad escondida dentro
de China hay una pequeña fábrica de gaseosas en lata que alberga a una familia
que cierra tratos por ganancias paupérrimas. Reciben las instrucciones sobre
medidas, volúmenes, sabores, burbujas, colores, estampas y destinos. Y así
trabajan mucho, mucho y mucho más. Si cierran un buen trato y lo cumplen bien
rápido, podrán comer algo caliente en sus cuencos mientras se dicen secretos en
chino.
Y así nació la lata que por la celeridad en
el proceso le faltó un ojo. Todos miran con desagrado a la lata tuerta, pero ahí
está, igual que todas, envasada en pequeños paquetes de plástico que las
aprietan hasta la asfixia pero sin sacarles el gas de adentro. Un angosto
camión de ruedas pequeñas las lleva por geografías extrañísimas hasta algún
lugar.
Y así la lata conoció el puerto. Con miles de
camiones descargando millones de paquetes que luego se cargan en barcos miles
de veces más grandes que la fábrica donde comenzó todo. Todo queda guardado en
algún lugar del enorme barco, los camiones se fueron. Habiendo sido todo supervisado
se comienzan a escuchar sonidos de sirenas y de sogas, gritos en un dialecto
secreto mezcla de chino y marinero que cruzan al barco en toda su extensión.
Y así comenzó el viaje. Con el suave vaivén
del agua le daba ganas de cerrar su ojo y dormir. El paquete donde se encuentra
la lata da directo al mar, sería babor o estribor, no tenía ninguna
importancia. No podrá dormir con el viento salino sobre su cuerpo, el agua de
la lluvia y la salpicadura de las olas.
Y así se conocieron con el mar inmenso,
omnipresente, infinito. Días y noches se miraron, ella con su ojo, él con su
imponente ser. Un marinero sintió curiosidad por lo distinto de la lata y la
sacó del empaque, la miró mucho rato, se río y se la pasó a otro marinero que
se la tiró a otro mientras se burlaban de lo extraña que se veía la lata.
Ninguno se atrevió a abrirla y beberla.
Y así el mar se indignó y se volvió inhóspito
con su más terrible temperamento rodeó al barco con sus olas salvajes, lo
sacudió, lo invadió como si fuese una mano gigante y lo hizo girar. Con miedo,
los marineros corrieron y se sujetaron de donde pudieron soltando la lata. Cayó
al mar quien la acunó y se olvidó del pequeño barquito. Descansó sobre la más
suave espuma que el mar le ofreció. Durante días conversaron, ella no tuvo
mucho que decir acerca de su vida, él solo le contó lo necesario. La hizo
llegar a un lugar seguro y muy lejano.
Y así en una costa desconocida, el mar la
empujó una y otra vez hasta que una niña que pasea descalza mojándose los pies,
la mira y la levanta, le hace una pequeña caricia, le sonríe, la abre, la bebe,
la disfruta sin saber absolutamente nada del viaje de la lata.
Morena
Cuando todo esto inició
Ellos eran solo dos niños.
Pasaban el tiempo juntos,
El tiempo era distinto para ellos.
Poco a poco fue creciendo la vida
Y todo a su alrededor también.
Los dos caminaban de la mano
Todo lo nuevo empezaron a ver.
Un día su padre los vio
Ya presos de un amor
incontrolable
Les ordenó una distancia
Algo corto para empezar
Pero ellos necios se encontraban a
escondidas.
Creyéndose camuflados
Ante tanta creación.
El padre receloso volvió a
alejarlos
Esta vez un poco más
Ella comenzaba a verse
triste
El comenzaba a llorar sal
Como su amor era tan fuerte,
(Les brotaba enormemente)
No pudieron separarse
No cedieron el control
El padre supo de su astucia
Que tontos héroes creyeron
ser
Esta vez las cosas cambiarían
Dejaría de ser lo que alguna vez
fue.
El padre susurro unas palabras
Al oido de los enamorados
Los dos cayeron en sueño
Ya eran parte del pasado
Al despertar
Se notaron parte del mundo nuevo
Ella brillaba amarilla
Él se extendía en el suelo
Hicieron fuerza
Tanto hicieron por acercarse
Pero solo los ojos les
servían
Para acariciarse
Él comenzó a llorar y llorar
Sus lágrimas de sal
Lo agrandaban
Pero no en la direccion deseada
Ella se movía triste
De lado a lado
Tanto que pronto
Perdió el color.
Su dorado.
Ahora su piel se tornaba
blanca
Su alrededor
oscuro.
Él por las noches furioso
Agitaba sus olas para alcanzar a
la doncella.
Solo logro salpicarla
Formando un par de estrellas.
Y asi,
el tiempo paso
Y ellos
jovenes enamorados
Se miraran para siempre
Con la ternura joven
Que no les lograrán quitar jamas.
Guada
No voy a meterme al mar
Amo mirar el mar. Su agua cristalina,
su espuma salada, el ruido de las olas rompiendo a la lejanía. Podría vivir en
la playa, simplemente adorando la grandeza divina que el océano posee. El
momento en el que su brisa me relaja y me desconecta de la realidad. Recuerdo
que de chica podía pasar horas dentro, jugando y nadando en el agua.
Nunca supe cuándo fue el momento de
quiebre.
De un momento a otro, comencé a
tenerle pánico. Apenas soy capaz de meterme hasta las rodillas, es en ese punto
en el que una extraña sensación me recorre por las piernas, mi garganta se
anuda y casi con desesperación necesito salir.
Mi familia suele preguntarme que me
pasa, si es que lo hago para llamar la atención o si estoy menstruando, pero
nunca supe cómo explicarlo exactamente.
Mi miedo no es justamente al mar,
sino a lo que habita en él. Me aterra tan solo ver un pez. De hecho, ni
siquiera los consumo, excepto por el atún, las anchoas y las rabas. Si estoy en
el mar, o en el río, o en algún lugar donde haya peces, soy incapaz de meterme,
y si llego a ver a alguno mientras estoy nadando... el miedo se apodera de mí,
y al borde del llanto, corro como puedo hacia la orilla.
Ahora, hace años que no voy a la
playa, pero estoy segura que si en algún momento voy, evitaré a toda costa
sumergirme. No importa el calor, no voy a meterme al mar.
Adri
Hay un lugar en el mundo
donde no vivo
pero me habita
ese lugar donde talvez
si nos cruzamos yo no te vea.
hay un lugar donde puedo quedarme
y si me voy algo de mí
se queda.
Si me ves ahí
parada descalza
con los pies hundidos en la arena
los ojos húmedos
y la boca entreabierta,
abriendo el pecho y los brazos como poseída
si sabes que soy yo
pero parezco otra persona
y no hay nada que digas
que me haga reaccionar,
es seguro que estoy rendida a su poder,
que estoy allí absorta ante su grandeza
maravillada, casi en éxtasis, mirando el
mar.