jueves, 20 de marzo de 2025

3-Soltar la lengua

 


Dice Hebe Uhart, acerca de su libro Visto y oído: “Escribo dos clases de crónicas de viajes, dos tipos de impresiones. Una más libre, subjetiva, donde aparezco más yo, que son las que se parecen más a un cuento. Y las que están más documentadas, con información relevante, unida a mis impresiones personales. Los géneros están muy mezclados. Hay cuentos que pueden ser leídos como crónicas y crónicas que son cuentitos.” Podría decirse que a Hebe Uhart le atrae el abismo de la vida ajena. “¿Y cómo es la gente acá?”, se pregunta (les pregunta a sus entrevistados) Uhart; y la búsqueda de una respuesta a ese interrogante la acicatea a estar siempre lúcida, presta a “tirar de la lengua”.




Comparto con ustedes un fragmento de ese libro, titulado "Kilómetro ochenta y nueve". Si quieren leerlo completo, me lo piden y se los envío.


Kilómetro ochenta y nueve (fragmento)

Cuando la combi anda lenta por la ciudad, yo siento que podría bajarme tranquilamente, por ejemplo, a comer “Las medialunas del abuelo” o a mimar a ese gatito que veo sentado en el balcón o me tienta ese letrero tan grande de negocio pobre y esperanzado, con un helado gigante y “La cobertura de chocolate, gratis”. Pero cuando estoy en la autopista, siento que me voy. La autopista es como cuando carretea el avión. Ya salimos. Después de mucho andar apareció la llanura, pero era una llanura cosmetizada, con árboles de flores rosadas a la vera del camino. Ya nadie pasa por la vereda, no hay veredas. Emerge de repente una quinta grande con piletas y un letrero “Ministerio de desarrollo social”. Después unas casitas empequeñecidas por las altas y anchas rutas de autopista y finalmente un campo verde donde la tierra está más seca pero parece más natural y recuerdo esas conversaciones de campo: “¡Qué barbaridad! ¡Con la falta que hace el agua!”. Aparecen los primeros caballos comiendo y la planta plumero, casi plateada. Nos acercamos a Cañuelas, otra vez el cosmos de plantas plateadas y vacas urbanas, pocas, aumentan los autos. Todas las vacas están echadas junto a un árbol y cerca de las vacas y de la rotonda de Cañuelas unas señoras toman un aperitivo debajo de sombrillas de paja natural. Un cartel: “Cañuelas, tierra de las oportunidades”. Más que de las oportunidades parece de las variedades. Negocios de venta de autos junto a uno que vende carbón, más allá, un depósito de coches abandonados. Es como algo provisorio que se va a transformar en otra cosa. Aparecen animales lejanos en los campos, los más cercanos a la autopista parecen mal ubicados, como si alguien los hubiera mandado de picnic o de vacaciones. Allá lejos están en su salsa. Y ese celeste indeciso del cielo.

 

La casa de Juan Pablo y Cecilia

Después de atravesar ruta asfaltada, ruta de tierra y campo, llegamos a la casa de Cecilia y Juan Pablo. Es un poblado donde ha habido tambos; algunos hay pero no tantos como antes. Ahora hay casas de lugareños y de veraneantes. A las casas, ¿cómo llamarlas? ¿Quintas? No.

¿Chacras? No sé. Tienen huertas, pero son para consumo familiar, más bien para orgullo familiar: “Este tomate es de mi huerta”. En general las casas están escondidas detrás de unos árboles o cercos, salvo una vieja panadería, con edificio de ladrillo blanco, que tiene más de cien años, y aparece como abandonada, con su dueño que dice “Por voluntad de mi finada esposa, quiero que sea jardín de infantes o museo”. “Mi finada esposa era de allá”, dice y señala el campo de enfrente que sigue hasta el horizonte.

Las calles son caminos de tierra y no tienen nombre, para ubicar a alguien dicen “Al lado de la escuela” o “A la vuelta de lo de don Domingo”. La casa de Juan Pablo y Cecilia conserva un aire agreste y en la puerta hay millones de cascarudos. Ahí están ellos con Estanislao, de trece años, al que llaman “Esta”, y Sibila, de diez, que es una regalona. “Esta” tiende a desaparecer, va a jugar al fútbol y a la pelopincho de unos vecinos y se queda a comer porque lo invitan. Ahí todo es así, donde hay una pileta, uno se mete, si otro asó un cordero y le sobra, regala un gran trozo sin pena.

Cecilia me cuenta de su amor por los bichos. “Yo tengo esa veta inglesa bichera, cuando velamos a la abuela en una cama alta, los perros estaban debajo de la cama, mi tío llevaba a la casa de Buenos Aires al tero guacho, otro tío tenía un peludo y mi tía Margarita tenía un zoológico.” Hojeo el libro de la tía sobre el zoo; compraba animales en la feria de Constitución y también en las provincias, en Paraguay y en Brasil. Había heredado dinero y vendía joyas para comprar por ejemplo un oso hormiguero. (Lo bien que hacía.) Tenía chuñas que confundían los huevos con pelotitas de ping-pong y se volvían locas. Un ñandú, un quirquincho que estaba en un cajón de madera con tierra para que cavara cuevas ahí dentro y claro, el oso hormiguero. Una mona tití que volteaba las macetas, otra que estaba enamorada del cuidador, todo el tiempo hacía morisquetas para llamarle la atención. Ah, y el ñandú que tomaba agua de la pava del mate.

Cecilia tiene cuatro caballos y dice: “La que me conversa más es Esperanza, la peor tratada por los caballos”.

Esbozamos conversaciones sobre cosas de Buenos Aires pero no prenden en ese lugar, son como semillas que llevara el viento a un sitio inadecuado. Si tal escritor se casó y se separó pierde importancia porque el gato se está por comer un alguacil y hay que sacárselo. “¡Tiene unas alas tan lindas!” Y también sacar afuera al caballo que ha entrado donde no debe. “Sabe que no le está permitido”, dice Cecilia. Ahí Sibila se lamenta amargamente de una promesa incumplida de comprar el novio de la Barbie, la quinta, la casa y otro montón de pertenencias de la misma. No prende el reclamo, están tan lejos la Barbie y sus aditamentos... Porque viene Sara, una visitante, a quedarse y está medio perdida. Ahí nadie se angustia por perderse, ni por deshacer camino. Hay mucho tiempo. Cuando llega, se le comenta a Sara lo del caballo transgresor, se ve que lo conoce, dice: “Ese caballo es de cuarta”.

El que recibe constantemente el trato de perro boludo es el que han traído de Buenos Aires: se acerca demasiado a los caballos, se pone en el asiento de adelante del auto cuando sabe que debe ir atrás y está permanentemente excitado por lo que ve que no es poco: los gatos, los pajaritos y un montón de cositas lindas en el suelo. Otro perro que es lugareño parece tranquilo, pero se ha revolcado en la osamenta de los animales: hay que bañarlo.

 

El siete oficios

Aunque Zapiola donde estamos queda a diez kilómetros de Lobos y a noventa de la capital, recién tuvo luz eléctrica alrededor de 1985 y el único teléfono que había por esa fecha estaba en el almacén de ramos generales y era a manivela. Ahora mismo hay una salita de primeros auxilios que no tiene guardia nocturna y en caso de lluvia se hace difícil trasladar un enfermo hasta Lobos o hacer que alguien venga de allí. El almacén de ramos generales subsiste hasta ahora, y vende vino, gaseosas, comida, botas de todas clases, de goma, de cuero, altas, bajas. Las botas están en otro cuarto, junto a una mesa de pool. También hay unos maniquíes muy altos, con ropa. El público es variopinto: hay paisanos con su boina, botas, que esperan callados su turno. Hay gente con pantalones cortos, muchos chicos. Afuera, al reparo del sol, unas mesitas que deben ser el centro de la sociabilidad. Atiende toda la familia a toda velocidad. Con calculadora. Del almacén vamos a la casa de Raúl González que desde la calle no se ve bien, está detrás de un cerco tupido y tiene su parquecito con el pasto bien cortado. Raúl González es un hombre bajito y muy amable que se hizo su propia casa, de material. El techo es bajito, la casa tiene algo de la de Blancanieves. Todo está muy ordenado y limpio. Raúl cuenta: “Todo esto era zona de tambos cuando yo era chico, mi papá era ferroviario y cuando llovía no se podía entrar al pueblo, él se quedaba en Lobos. Yo también fui ferroviario hasta que llegó el eléctrico, a mí me gustaba la máquina a vapor. Yo le echaba la leña. ¿Ve esta foto? Acá está mi papá con el jefe de la estación, muy recto era, era inglés, tenía unas vacas al costado de la vía y mi papá se las ordeñaba. Cuando había niebla, se tiraban petardos para anunciar y papá nos daba algunos a nosotros para jugar. Mi escuela era toda de madera, una pena, la destruyeron. ¿Ve esos mosaicos de allí del piso? Eran los de la escuela. (Los mosaicos están perfectamente unidos a otra zona donde no hay, tan bien, que parece que los suelos debieran ser así.) Nosotros nos divertíamos en los bailes que se hacían en el galpón, venían los paisanos de más adentro, bailaban ranchera, polea y algún pericón. Ellos se iban del baile derecho a hacer el tambo. A esta casa la hice yo y también la de dos de mis hijos. Estos”. (Va a buscar la foto de los hijos, y guarda prolija y orgullosamente el recibo de sueldo de cuando era maquinista.) Después me muestra la foto de su mamá que está en otra habitación, tan prolija como el comedor-cocina. Toda la habitación está llena de fotos, la de la mamá carcomida por el tiempo, en sepia y las de los jóvenes en festejos, levantando copas, sentados en sillitas de jardín. La foto de la mamá, tan seria, me hace pensar que la gente antes era más seria, que su vida era más dura. Como si me adivinara el pensamiento dijo: “Pobre mamá, qué trabajadora era. ¡Cómo amasaba pan! Yo me separé hace treinta y siete años, y crié cinco hijos yo solo, todos estudiaron, son maestros, una enfermera diplomada, tienen comercio. Cuando trabajaba en el ferrocarril mi hermana me los miraba, pero usted sabe, un chico siempre se corta, o se cae, entonces yo me compré una motito así cuando bajaba del tren llegaba a casa más ligero. Cuando me jubilé hice changas de albañil, corté pasto, hice de todo”. Parece que el trabajo sienta: tiene ochenta y cinco años y está ágil y contento.

El mayor elogio que se le puede hacer a una persona en esa zona es que es trabajadora. Dicen: “¡Cómo se daba maña para todo!”. Y es que en ese poblado, aunque esté sólo a diez kilómetros de Lobos que ya es ciudad, no se puede llamar a un plomero, a un electricista para una urgencia. Hay que arreglarse, y así es como Cecilia Perkins colecciona gatos, perros y caballos, Sara Massini, dueña de la casa donde dormí, convoca a gente que sabe hacer de todo. Dice: “Yo traje de Buenos Aires a Igor, de padre ruso y madre brasileña; sabía restaurar muebles, hacer los pisos, miles de cosas. Pero tuvo un desengaño amoroso con su mujer, vivió un tiempo en la villa 31, estuvo en la calle dos años yo lo encontré comiendo en el comedor de una parroquia y me lo traje para acá, para Zapiola, vivió un tiempo, pero se ofendía mucho. Se vestía medio hipposo, le gustaba el rock y acá la gente le decía Charly, por Charly García. No sé dónde andará”. Ahora Sara no tiene más a Igor pero en cambio tiene un encargado que sabe de electricidad, de plomería, de construcción, de jardín: Lo llama Leonardo da Vinci. Leonardo da Vinci no quiso contar cosas de su vida. “Tiene sus días”, dice Sara. 

Y ahí la vida es así: una bronca es como una lluvia, como una niebla; como viene, se pasa.


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~CONSIGNA DE ESCRITURA~


“Quien conoce su aldea conoce el universo” es atribuida al gran novelista ruso León Tolstoi, autor de la famosa novela La guerra y la paz. La frase con los años se ha ido transformando y es conocida como “pinta tu aldea y pintarás el mundo”.

La autora de estas crónicas recoge testimonios de sus muchos viajes. Y sus entrevistados "pintan sus aldeas" de palabra, cuentan con sencillez y sabiduría el transcurrir de sus días.

La propuesta de hoy es: pintá tu aldea. Puede ser tu aldea de hoy o la de la infancia. Puede ser tu propia aldea o la de tus padres. Puede ser una aldea inventada, pero dotada de tal credibilidad que ningunx de nosotrxs dude de su existencia. Dale. Contá. Soltá la lengua. Te escuchamos.

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La canción de hoy: hay una que me encanta de la Bersuit, se llama "Al olor del hogar". La versión original es preciosa... la letra es de Ariel Pratt (no se la pierdan, presten atención). Y buscando el link para dejárselas aquí, encontré otra versión: la Gata Varela la "tanguea" y hace otra belleza.

Les dejo esa, la versión de la Gata 

Y como la vida es bella, les dejo la versión original de Bersuit


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LOS TEXTOS DE USTEDES


Lali
 
... Sabía, porque lo había visto antes, que el carro que me llamaba la atención era diferente a todos, con techo y puertas de los dos lados, pintado de rojo y con filetes dorados.  El mismo era tirado por un caballo al que no recuerdo, solía pasar por las mañanas. La campanita que colgaba adelante sonaba con el movimiento todo el tiempo, era un tin tin fastidioso que lo caracterizaba. Nunca le llevé el apunte a quién conducía. 
 
Supe al preguntar alguna vez que era el carro de un tipo que vendía ropa a la gente de las viñas... Como los cosechadores no podían salir de compras él les llevaba la ropa a sus lugares de trabajo, es decir... Le encontró la vuelta a su negocio. 
 
Me enteré de casualidad que el hombre del carro vivía cerca de mi casa -en el Barrio Chino- del otro lado del ferrocarril. No sé cómo ese recuerdo me vino a la memoria en estos momentos ¡Realmente el cerebro a veces sorprende con cada cosa!
 
Pasó el tiempo y llegó la época del secundario, tocándome el mismo esfuerzo que a mi hermano 10 años antes, tuvimos que cursar en los colegios de la ciudad de Mendoza, porque los programas de estudio según mi padre  -que parecía saber del tema- eran más sólidos que los nacionales; y en aquél entonces los ómnibus demoraban 45m. de ida y otro tanto de vuelta para recorrer los 18 km que nos separaban de casa y encima los horarios eran muy espaciados y los colegios estaban retirados de la terminal, por lo que tuvimos que caminar una bocha de cuadras durante todos esos años... ¡Un embole!
En esas esperas para volver a casa después del colegio junto a las ganas de dar unas vueltas por ahí cerca -si bien sabía que no lo tenía permitido- noté que un pibe de ojos muy lindos me miraba sonriente y   me cayó más que bien. Primero me aseguré que las miraditas eran para mí y efectivamente lo eran, disimulé dándole la espalda como distraída, eso surtió efecto de inmediato y lo motivó para acercarse con una excusa más que buena, me preguntó sin titubeos si aún tenía a Tony, el perrito que su padre le había regalado al mío. 
Lo recuerdo y me parece hoy que fue un león para "el encare" aunque en ese momento por mi poca edad no me lo supe manifestar así, después de un tiempo largo me di cuenta del recurso. 
 
Así fue que me enteré que era el hijo del señor del carro " tendero" el mismo que referí como colorado, con campanita molesta y el caballo.
También me contó con entusiasmo que ese año había iniciado la cursada de medicina y que estaba muy ilusionado.
A todo esto, ya me había enamorado "del turco" de sus hermosos ojos y de todo lo que lo acompañaba -quien en realidad- era árabe como la comunidad que se asentó en el barrio vecino al nuestro, a pesar de que los pobladores lo desconocíamos. También me atrapó su charla, su simpatía, sin tener idea al principio de lo que me pasaba. 
 
La cuestión importante de todo esto, fue que viajábamos de vuelta juntos dos veces por semana y para mí eso estaba buenísimo, y lo mejor es que nunca tuve que aguantar preguntas ni recomendaciones de mis viejos porque no estaban enterados. A veces nos esperábamos y caminábamos juntos hasta mi casa y luego él cruzaba las vías como lo hacía el carro de su padre.
Nunca pasó de ahí esa inocente amistad. No sé cuando desapareció, pero dejó en mí el sonido de las campanitas  que después de todo no jorobaban tanto y al final descubrí que casi las tenía olvidadas. 
Me pregunto hoy qué habrá sido del pibe aquél que estrenó mi corazón y hago votos fervientes a favor de mi decrepitud, para que no sea ninguno de los médicos añosos que me atienden por Pami.
 
 
Ro
La isla
 
Pisábamos la arena de la playita, la tierra, el camino de raíces de los árboles, las tablas de madera de los muelles, de la escalera, de la casilla. En la isla era andar siempre descalzos.
 
Llegamos a la esquina del Boca Carabelas y el Paraná, en la lancha de pasajeros que zarpa del puerto de escobar. Son pocos minutos de navegación hasta bajar en el muelle ancho del bar-almacén de Pocho. Nos reciben los perros. Andan en manadas de tres o cuatro: uno grande, el resto medianos y bajos, de pelo corto, duro, con diferentes formas de manchas y colores. Con el motor rugiente, el capitán hacía la maniobra de acercarse al muelle para amarrar, y el marinero, con un cabo grueso, la enlazaba al muelle. Nos da la mano para bajar de a uno por vez y desde el techo verde de la lancha, descarga nuestros bolsos, algunas garrafas, bebidas y las compras de mercadería que Pocho hace traer desde el continente para vender en el bar. 
Cada uno carga sus cosas. Mi papá, el bolso más grande; mi hermana y yo, nuestras mochilitas de tela con ropa y juguetes; mi mamá, a mi hermanito. Tengan cuidado con las tablas al pisar En la dirección contraria a la casilla están la casa de Angelito y el hospital. Ya lo vamos a ir a visitar, ahora vamos a la casa.
Primera vereda y ya se siente el olor al pan. Nada como el pan de la isla.  La cuadra de la panadería tiene una espaciosa mesa cuadrada ubicada en el centro del gran salón, las estanterías, los pisos, el techo, todo en maderas oscuras, le da cierto clima de abrigo, reforzado por los sonidos crujientes y cálidos de los leños del horno. Y el pan… el pan, tiene sabor a masa madre. Me parece que hay una puerta que conecta a un salón con un mostrador para despachar las facturas y el pan, pero no lo tengo tan presente, no estoy muy segura, aunque tiene sentido. Para mí, la panadería es la cuadra en donde, a veces, nos dejan jugar.
En el camino, después de la panadería, hay una especie de conventillo, una casilla con cuartos individuales de alquiler. Siempre está pintado de colores, desvencijado, ruidoso. Nunca conocemos a nadie de los que entran y salen en mallas y shorts por sus angostas puertas descascaradas.
Hola Juanita, ¿y Raúl por dónde anda?, pregunta obligada para la señora que vive con su hijo adolescente en el almacén. Ahí anda, jugando a la taba. Que tengan feliz estadía y ya saben, tengo todo lo que necesiten. La mujer se asegura la venta de los próximos días. Cruzamos un puente angosto de madera que cuelga sobre el arroyito que divide la propiedad de Juanita. Y más allá una canoa vieja y un bote atado con una cadena, sobre la tierra seca como talco.
Los camalotes amontonados con sus bulbos de aire y flores moradas se destacan sobre el marrón del río a la vera del camino.
Las dos columnas de pinos junto a la costa forman un pasadizo, una travesía. Cuidado al pisar las raíces que sobresalen. Hay que prestar mucha atención, son raíces como huesos marrones, de manos entrelazadas, conectados, sobresalidos de la tierra. En algunos huecos profundos se forman lagunas mínimas en las que queda el agua atrapada después de la bajante y en otros, el musgo que brota y decora se vuelve peligroso, resbaladizo al pisar.
Tres escalones para subir y alcanzar la superficie interminable de la explanada de material de la sociedad de fomento. Más atrás el gran salón en donde los isleños, y nosotros, vamos a festejar el carnaval. Pa, ¿me comprás un aerosol de espuma, aunque sea una, una vez? Papel picado sí, la espuma es cara. Al papel picado que viene en colores pastel amarillo, rosa y verde, apretujados en una bolsita de nylon, como se termina enseguida, lo vamos a volver a levantar del suelo. Los barcos van a llegar con banderines de colores, y todos los que no están sentados en sillas de paja, van a bailar siguiendo la música que se escucha muy fuerte, mientras los chicos corremos por todo el lugar. Pero eso va a ser durante la noche.
Un viejo hotel permanece abandonado y los vidrios sin cortinas son una invitación a curiosear. Pero lleva tanto tiempo cerrado que las ventanas tienen una película de polvo que no nos deja mirar. El muelle del hotel es el más ancho después del de Pocho, pero las tablas que quedaron están muy porosas, débiles, peligrosas. Ya no vayan a ese muelle que le faltan tablas y está podrido.
Y nuestra casa, que es también Registro Civil y la casa de Doña Trini. Es una sola casilla dividida en tres. En la casa de Doña Trini viven ella y su papá. Nos ve llegar desde la ventanita de su cocina. El viejo indio tiene todos los dientes, habla poco, está sentado en una silla en el pasillo de entrada. Levanta la mano hasta la altura del pecho para saludarnos mientras vamos subiendo los siete escalones de la escalera ancha de madera con las barandas pintadas en verde agua. Las puertas centrales, dobles, son las del registro civil, que es solo una habitación con un escritorio, un par de sillas al frente, un sillón y un mueble con biblioratos de la jueza de paz. Una vez las vi abiertas, ella sentada. Y otro día vi un casamiento, el resto del tiempo las puertas de madera clara, permanecían cerradas. Y en el ala izquierda, nuestra casilla. Afuera, en la esquina del pasillo, el filtro de cerámica para purificar el agua que traemos del río, en donde gota a gota llenan una damajuana verde. Para entrar hay dos puertas, pero siempre abrimos la de la cocina.
Me encanta el olor a la isla. Mezcla de humedad, madera y querosene. Al anochecer, la luz la da un sol de noche, la pesca es con cañas de bambú y espinel. Hay muchas camas para cuando vienen todos los primos. Desde aquí se ve la casilla de Méndez, que está más allá de la cancha de bochas y de otro puentecito de madera que cruza el arroyo en dónde pescamos anguilas.
Y en la puerta de la casa, delante de la escalera, la mesa redonda con base de cemento y tapa de madera pintada, en donde siempre, siempre, nos juntamos todos a cantar.
 
 
Martín
 
Mi infancia estuvo anclada a la calle empinada. La cuadra fue siempre muy particular, más poblada de fábricas que de casas. De un lado de la cuadra, en la esquina más alta estaban los gordos, el papá tenía un Torino, vivían en una casa grande pegada a una galpón, también grande y que era de ellos. Los hijos iban al Copello, hablaban distinto a nosotros y jugaban tenis.
Bajando, literalmente hablando, vivía una familia algo hermética y rara, un día la mamá murió, un tiempo después otra señora vino a vivir con ellos, años después murió el papá y muchos años después los chicos echaron a la que fue su mamá durante mucho tiempo porque querían vender la casa. Eso me contaron.
Luego una seguidilla de casas chicas con sus pequeñas familias, la mayoría con hijas que hacían coreografías de la Isla Bonita en la vereda, no recuerdo si saltaban la soga. 
También vivía Edgardito que siempre se caía, incluso estando con la bicicleta quieta, también se lastimaba sin haberse caído y se lastimaba la piel solo rascándose. Tenía el superpoder de ignorar el efecto del merthiolate rojo.
Mi vereda tenía algunas casas y algunas fábricas. En la esquina más alta justo en frente de los gordos estaba el taller de Bessone, creo ahora que esa familia no sabía hablar, solo se los escuchaba gritar. Tenían tres hijos, solo recuerdo al Ariel y a la Adriana. Algunas veces los visitaba Pappo. Recuerdo que el papá le pedía a uno de sus hijos el mate más caliente y Más Caliente y MÁS CALIENTE, tanto que le calentó la bombilla con el soplete, esa tarde hubo muchos gritos.
Al lado vivían los Peini que comían cinco kilos de milanesa por día, alquilaban y tenían el frente totalmente abandonado, nunca entré, pero me contaron que el interior de su casa no estaba mejor. El hijo tenía una bicicleta con una traba cromada en el medio con la que podía doblarla a la mitad, algo inútil pero llamativo para nosotros.
Mi casa estaba entre dos fábricas, una sigue haciendo las galletitas Muñoz. Quien nos visitara recordaría siempre el olor a galletitas. Yo nunca lo sentí.
La calle tan tristemente transitada fue ideal para aprender a usar la bicicleta o bajar en patineta. La velocidad al llegar a la esquina más baja era increíble y el verdín de la esquina hacía que todo valiese la pena. Podíamos jugar a la pelota sin preocupación, los autos pasaban muy rara vez, y al tenis colgando una red entre los postes, sin importar de qué lado jugaba el gordo, siempre ganaba.
Durante las mañanas y las tardes teníamos la puerta abierta, a la noche poníamos la trabita.
Suelo pasar cerca con el auto y, eventualmente, paso por esa cuadra. Ya no queda nadie viviendo ahí, pero las casas y los galpones siguen intactos.
 
 
Lauri
Viaje a la oficina
 
Parece que será un día soleado, entre el paredón del cuartel de bomberos y la fábrica   aparecen algunos rayos de sol sobre un cielo donde apenas pintan algunas nubes. Antes de salir busco la sube, las llaves, el celular, chequeo no olvidar nada, no podría volver a buscarlo. Al llegar a la esquina doblo para tomar el colectivo, se percibe el aroma de las facturas de Ramona, no es el típico olor a panadería, tiene algo especial que se flota en el aire de esquina a esquina. Al pasar por ahí, están las mismas cuatro o cinco personas haciendo cola para entrar al negocio, son los operarios de las fábricas y talleres lindantes vestidos con su típica ropa de trabajo que usan todo el año, en invierno con una campera más, en verano con camisa y pantalones arremangados.
En la otra esquina está la ruta divida en dos, como peinada con raya al medio por las nuevas paradas de colectivo, que a veces, está decorada con flores silvestres, otras con yuyos desmechados y secos y las menos con esa costra helada de los peores días del invierno. Por el lugar pasan cuatro líneas de colectivo, uno es de media distancia.
Siempre toca esperar y con la misma gente, no sé sus nombres, pero conozco a la mayoría de ellos desde hace años, el señor mayor que llega fumando, siempre saluda y acota algo del tiempo, la chica flaquita de trajecito y tacos altos, que se sienta y se maquilla, se acomoda el pelo con una hebilla que le sostiene la mayor parte. El joven tatuado con ropa deportiva con su mochila de lado y unos auriculares gigantes. Una madre acompañando a su hijo a la escuela, me muestra tiránicamente el paso del tiempo, porque vi a su hijo crecer, la vi embarazada y vi al mayor de sus hijos de la mano del pequeño, ya sin su madre para acompañarlos y con la que tenía algún tema trivial de conversación, ahora, no sé si por costumbre o respeto, el hijo mayor me saluda con una sonrisa, pero no hay conversación si yo no lo saco. El colectivo de media distancia es el que más tarda en pasar y el que más gente levanta.
Antes de las nuevas paradas, éstas estuvieron por años al costado de la ruta, era un refugio de chapa pintado con la marca de Coca Cola, y en la mayoría había un puesto de diario. En la que esperaba yo, estaba el diariero apodado “el petiso” con una voz muy particular para contar las novedades del barrio y saludar a todos por su nombre.
En el recorrido del colectivo, que ya va lleno cuando logro tomarlo, pasa por las paradas del hospital Bocalandro, la rotonda, el barrio de suboficiales, la villa un poco más allá y el Museo de José Hernandez (muchas veces pensé en bajarme o en ir un fin de semana, pero la verdad es que nunca lo visité). Algunas paradas son icónicas, con nombres de algún negocio histórico en la zona, como “La Finita” una gomería que desapareció hace muchos años y aún hoy la siguen llamando así, lo mismo el “Tiro Federal” que quedó abandonado muchísimo tiempo y hace unos años hicieron una plaza saludable y con juegos para niños. En frente el Liceo militar y la gente que lo recorre por completo para hacer su caminata matutina.
Un poco más allá el hospital Castex, indefectiblemente miro la ventana del cuarto piso donde alguna vez de chica yendo al cine, mamá me dijo ahí es la maternidad, y señalando la tercera ventana de la izquierda agregó, “ahí naciste vos”, pero inmediatamente después busco el tríptico de bochas sobre las columnas que hay a los costados de la entrada donde mi papá desmintiendo la versión materna me dijo, no es cierto, a vos te dejaron entre las luces, mientras me guiñaba el ojo. Mi boca hace una mueca, siempre, cada vez que paso, a la ida y a la vuelta.
Faltan tres paradas más, camino entre el roce de la gente pidiendo permiso hasta la puerta de atrás y toco el timbre para bajar.
 

2-Un cuento de Hebe Uhart

 

¿Cómo vuelvo? ~   Hebe Uhart


Yo no soy muy suelta de lengua y no crea que lo que le cuento a usted lo puedo decir por ahí, y menos en mi pueblo: se lo cuento a usted porque es una desconocida; si le contara a alguien de allá, en dos minutos estoy perdida. Yo vivo en una calle que da a la ruta; allí, mi marido y yo tenemos una estación de servicio; va bien, gracias a Dios; él es un buen hombre y no me deja faltar nada: tengo mi heladera, mi televisión y un cochecito usado: lo movemos poco. Los chicos se fueron a vivir a Venado Tuerto, para estudiar el secundario. Entre mi marido y yo atendemos la estación de servicio. Yo también atiendo la escuela: vengo a ser maestra, directora y portera, tengo en total diez alumnos. Donde vivo, son cuatro cuadras con casas; en invierno a las ocho de la noche están todos adentro. Y ahora que estoy lejos y lo veo desde acá, no me explico cómo pude vivir veinte años en ese lugar. Yo no tendría que extrañar, porque nací en un lugar parecido, cerca de la ruta; pasaban y pasaban los autos por la ruta y yo los miraba parada en una tranquerita, y deseaba tanto inconsciencia de criatura que algún auto me llevara. Yo no pensaba en ningún lado especial: cualquiera. Me paraba en la tranquera para que me vieran, y decía: "Alguien me va a mirar". Los autos pasaban como una exhalación y yo tardé mucho en darme cuenta de que nadie me miraba ni me iba a mirar, y cuando me sentí ahí plantada, sola, era como una especie de desilusión. Por eso, yo ya debía de haber estado curtida, pero al principio, cuando me casé, también me resentí. Me acuerdo que al principio un día pensé: "¿Y si se incendia la estación de servicio? Un incendio grande, digamos. Necesariamente tendremos que ir a vivir a otro lado". Pero yo ya era grande y una entra en razones, sabe que son malos pensamientos, los sabe apartar. Nunca le dije eso a mi marido: él tiene otro ánimo, es más parejo, siempre está conforme y eso que no tiene vicios. Pero últimamente, después de tantos años de estar ahí, me volvió un poco de esa tristeza de cuando me casé, y en invierno a la noche miro afuera; no hay un alma y me da un no sé qué. Por eso cuando llegó la carta donde nos decía que habíamos sido sorteados para ir a Embalse -yo y los chicos de la escuela- tardé un poco en mostrársela a mi marido, en parte porque estaba tan confundida que no creía que fuera cierto. El me reprochó después por qué no se lo dije enseguida. Y yo hice ver como que no me importaba mucho, no fuera que si hacía ver que me importaba mucho se arruinara el viaje. Aparte a mí me gusta la gente ubicada, sensata, tranquila: hasta por televisión se da cuenta una de cómo es la gente: miro a los actores y a los artistas y ya veo si son personas confiables, responsables o, hablando mal y pronto, si son un tiro al aire. En la carta decía que había que llevar ropa deportiva, pero yo pensé que debía llevar un vestido, y como hubo que preparar la ropa de los chicos de la escuela, me traje un vestido ni fu ni fa. Como usted ve, tengo la cara curtida por el viento; no, las manos están así de lavar. Cuando viene la noche y yo ya terminé de hacer todo, antes de ver televisión me pongo a lavar. Allá al atardecer es tan triste que yo a veces quisiera apurar al tiempo, que se haga de noche de una vez. Entonces digo: "Tengo que hacer algo útil". Y me pongo a lavar o a ordenar. Al atardecer me vienen esos pensamientos tristes que ni me distrae la televisión. Bueno, cuando llegué acá a Embalse, nunca hubiera supuesto que en el mundo había una cosa así. Yo acá en Embalse viviría toda la vida: no volvería más. El primer día que llegué me encontré perdida en esta planicie llena de gente. No hablamos con nadie, pero supimos que había porteños, entrerrianos, salteños, chaqueños y de tantos otros lugares. Recorrimos todo el lugar para ver dónde se compraban los alfajores y las postales -no como el negocio de allá, acá son negocios y negocios todos juntos-, hileras de burros y caballos con sus cuidadores, llenas las hamacas y los subibajas y todos los grupos haciendo gimnasia.

Después hablé con los maestros chaqueños; ellos se acercaron a hablar y me dijeron que para ellos era una delicia estar ahí porque les servían de comer y aparte no tenían que ir a la escuela; ellos hacían tres horas a pie de ida y tres de vuelta; por el camino paraban y tomaban mate, y también hacían sus necesidades. "Tranquilos me dijeron, no como esos porteños", y señalaron a la coordinadora del grupo de la Capital, "que van siempre apurados". Yo ya me había fijado en esa coordinadora, que de lejos me pareció una jovencita y de cerca vi que podía tener mi edad; eso sí, con las manos de una criatura y el pelo largo. Ella se mueve como si nadie la fuera a mirar y como si no le importara de nada, anda en subibaja y no come toda la comida que le dan en el comedor, come de una bolsa propia. A ella yo le oí decir al pasar, como si fuera algo malo: "Esa gente que tiene el televisor todo el día prendido en la casa", y yo pensé: yo lo tengo prendido todo el día, pero es para compañía. Aunque a veces no lo apago porque pienso: "Ahora va a venir algo hermoso, no sea que lo pierda". Y los chicos porteños que lleva ella, ellos inventaron un sistema para comunicarse de cuarto a cuarto; desde el primer día ellos fueron solos a comprar alfajores y ellos mismos hablaban con el cuidador para andar a caballo y le pagaban. Yo les decía a los chicos míos: "No se alejen". Ni falta que hacía, porque al principio no hicieron más que mirar, como yo. También, con todo lo que hay, esos concursos de juegos; no sé si usted estuvo en la guitarreada al aire libre que hicieron los maestros de Mendoza; yo estaba tan contenta y por otro lado me agarraba una tristeza al pensar "¿cómo fue que yo no sabía que había una cosa así?". Me agarró tristeza por los años perdidos. Bueno, hace tres noches, usted no se debe haber enterado porque no la vi, había una guitarreada en el café, con vino y empanadas. Dejé a los chicos al cuidado de Aníbal, el mayor, y me fui con los otros maestros al café. Fueron también las instructoras de los chicos de la villa, que no sé cómo los aguantan, pobres: ellas pasaron agachadas a la altura del dormitorio de los chicos y uno las reconoció: enseguida todos gritaron desde la ventana del dormitorio: "Putas, putas". Y pensar que esas chicas los instruyen por idealismo. Yo me fui con el vestido y después me sentí un poco desubicada: todos fueron de jogging y zapatillas. ¡Cuánta juventud! Toda con guitarra y con canciones nuevas y viejas, tanto ponían un bolero como esas canciones de a desalambrar, a desalambrar. Yo me puse a conversar con un profesor de gimnasia, más joven que yo. Yo no sé hasta el día de hoy cómo fue que me acosté con él. Nunca en veinte años de casada le fui infiel a mi marido, nunca conocí a otro hombre. Y yo quiero que me comprenda bien: yo no soy ninguna descocada ni tampoco una mujer desubicada; le tengo gran estima a mi marido y por suerte nunca va a enterar de lo que pasó: pero yo con el profesor de gimnasia conocí otra cosa, como si se me hubiera abierto la cabeza, como si hubiera entrado en otra dimensión. Estaba él con su jogging azul ni siquiera le podría decir si él era lindo o no; recuerdo que me dijo que era una mujer interesante, cosa que no creí y por lo poco que sé de la vida, siempre me di cuenta de que era una aventura y nada más. Entiéndame: no me enamoré ni cabe enamorarse a mi edad, y además, mirándolo fríamente a mi profesor de gimnasia, hasta podría ser que tuviera pinta de haragán. Jamás me casaría con un hombre así. Después él me buscó y yo no quise saber nada de él: ya tenía suficiente para pensar. ¿Sabe en lo que yo pienso? En cómo vuelvo yo a mi pueblo. Estoy acá, hablo con los maestros salteños, que me cuentan su pobre vida de allá, más pobre que la mía; escucho el altavoz y pienso que si en este lugar hay un mundo cuánto más habrá más allá, en todos lados, y ahora que estamos por volver, no hago más que preguntarme: ¿cómo vuelvo yo a mi pueblo?


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~CONSIGNA DE ESCRITURA~


Vemos que la autora usa un lenguaje sencillo, cotidiano, para contar una historia de pueblo en la voz de su protagonista. De esto hablamos cuando nos referimos al REGISTRO: es la variedad que depende de la situación de comunicación. 

En este caso se trata de un registro informal, coloquial. En contraposición con el informal, tenemos el registro formal. Es un registro más sofisticado, correcto. Vean que usar uno u otro registro depende del grado de confianza entre los hablantes. También hay registro culto, vulgar, técnico, académico, etc.

Como nosotrxs escribimos ficción, podemos usar cualquiera de los dos (o cualquiera de los otros que mencionamos), según nuestras necesidades: acorde al personaje que estemos delineando, usaremos uno u otro. Vamos a hacer un ejercicio.


*Contar una anécdota en primera persona y elegir un registro para contarla. Puede ser informal o formal. Puede ser vulgar, culto, técnico, etc. Podemos pensar en el habla de alguna persona conocida, de nuestro entorno, en un tipo de registro particular, en un personaje famoso, en un pariente, fácilmente identificable. Y, si tenemos ganas, tiempo, un ratito más de escritura, volver a contarla usando otro registro. Qué tul...



PD: ¿Pensaban que no les iba a dejar una canción? Qué equivocadxs estaban... Aquí les dejo una canción que a mí me gustó siempre y esta es una versión preciosa. Solo tienen que tocar AQUÍ


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LOS TEXTOS DE USTEDES


Karina Registros
 
Versión periodística
 
HURTOS EN HOGAR DE ADULTOS MAYORES: CRUCE ENTRE PERSONAL ADMINISTRATIVO Y PACIENTES
 
Uno de los administradores de la Residencia San Juan denunció el robo de su teléfono de trabajo y otros pacientes también se quejaron de la desaparición de varias de sus pertenencias.
 
El viernes pasado el mediodía los gritos que provenían del hogar para ancianos en Montecastelli, a una cuadra del hospital España, escalaron hasta alertar a toda la cuadra sobre el conflicto. El administrativo, de nombre Facundo, había salido a hacer compras para el hogar alrededor de las 13 horas del 7 de marzo, y al regresar advirtió la ausencia de su teléfono laboral, el cual había dejado en su oficina.
Luego de consultar con el personal que se encontraba presente al momento de la desaparición del aparato y comentarlo entre los ancianos, el muchacho de unos 30 años decidió hacer la denuncia.
Familiares de un paciente declararon como testigos ante la policía. Comentaron off the record que habían presenciado el momento exacto del hurto, cuando una de las mujeres que se encuentra allí alojada entró a la oficina de la víctima y se llevó el teléfono para hablar con su hija, a quien culpa de haberla abandonado.
Algunos abuelos, ante la presencia de la prensa, expresaron que varias de sus pertenencias también habían desaparecido. Ellos sospechan que el autor de los hechos podría ser otro abuelo que convive con ellos, de apodo “Fénix”.
El hecho y la posterior acusación, causó descontento entre los pacientes de la residencia, que se negaron a recibir los cuidados y las indicaciones del personal que trabaja en la Residencia San Juan.
La policía continúa con sus tareas de investigación para dar con la persona que cometió el ilícito.
 
 
Versión de la anciana que vive en la residencia en primera persona
 
Escuchame, ¿te puedo decir una cosita? Es una cosita, nada más, un segundito. Mi hija me dejó acá. Yo no sé si vos me creés, pero yo estoy bien de la cabeza. Yo tengo que hablar con mi hija, ¿entendés? Mi hija me dejó acá, es una desagradecida. Yo le pagué la universidad, estudió inglés. Yo le di todo y me dejó acá. Me dijo que venía al dentista. Yo tengo que hablar con mi hija. ¿Vos sabés dónde está mi hija? Estoy tranquila, hoy estuve tranquila. Yo fui a buscar el teléfono para hablar con hija. Yo quiero saber si va a venir. Facundo no estaba así que me llevé el teléfono, pero no sé qué pasó después. A mí qué me importa quién robó el teléfono. Yo no sé si me vas a creer pero yo estoy bien. ¿Vos sabés que mi hija me dejó acá?
 
 
Silvia
(comienzo de un nuevo proyecto)
 
Cuentos de jabón
 
La tía Nicolasa vive en Ingeniero Maschwitz. Todos los veranos, mi hermano y yo vamos a pasar las vacaciones con ella. Me encanta visitar a la tía Nicolasa, tiene un parque con muchos árboles, una pileta, dos patos, una tortuga, un perro que se llama Coco y tres gatos: uno naranja y dos tricolor. Las tricolor son gatas. Casi todas las que tienen tres colores son hembras, me explicó la tía, que es una cuestión genética. Son hermanas, el gato vino de paseo y se quedó a vivir para siempre ahí.
 
 
Laury
No sé cuánto hace, pero sé que siempre estuviste acá, mi cabeza o lo que queda de ella no puede pensar rápido. Recuerdo cuando jugábamos a decir muchas palabras en un minuto, seguro que también te acordás, las veces que me hacías trampa cuando jugábamos a las cartas o al tuti fruti, yo me daba cuenta, pero no te decía nada.
Si, aunque no te lo puedo decir, siento tu presencia, tu respiración y tu resignación, algunos de mis sentidos están más alertas que nunca, salvo cuando me duermen. No quiero dormir, ellos no lo saben, quieren evitar el dolor, no puedo decirles que el dolor me ayuda a saber que sigo acá, en esta jaula llena de barrotes rotos y grietas por doquier, que me silencia y me traga de a poco. ¿Será que se degrada el cuerpo y se agudizan las sensaciones?, no sé, pero me doy cuenta que tu voz, aunque tenga tanta tristeza en cada palabra, me da fuerzas para un latido más, para una bocanada mas de aire. Nunca te voy a poder responder todas las preguntas que me hacés, algunas cosas pasan porque tienen que pasar, llamalo destino si querés…
Hace mucho que no escuchaba tantos cuestionamientos, todos juntos, ahora, que no puedo darte respuestas, tampoco tengo todas las respuestas. Cuando eras chiquito me agotabas, ojalá te acuerdes de eso también. Ahora ya no hay necesidad de explicaciones.
Como son las cosas, este último tiempo vos me ayudabas a mí, y yo era la que agotaba tu paciencia con preguntas y pidiendo nuevas explicaciones. Es que tu edad y tantos cambios en este mundo me pasaron por encima, ja, que buena metáfora para usar en este momento.
Quisiera poder agradecerte tu cariño, y complicidad, el darle sentido a mi vida y también a mi muerte. Me hubiese gustado quedarme un tiempo más, seguramente cambiaría algunos hábitos, ya no estaría tan apurada. Te pediría que nos regaláramos algún tiempo para nosotros, para decirnos todo aquello que en algún momento tendríamos que hablar y ya no será posible.
Ahora me doy cuenta lo ridículo que es dar por sentado lo que uno siente y no expresarlo ¿Dónde queda todo este sentir? ¿Se muere con mi cuerpo? ¿Te lo llevás vos? No lo sé, ya tampoco importa, prefiero dedicarme a sentir tu mano apoyada sobre la mía, notás que intento mover los dedos, me das un beso… todo va a estar bien.
 
Adri

La luna en el balcón
En verano me gustaba salir al balcón a mirar la luna, las estrellas no se veían mucho con tantas luces, pero la luna, cuando estaba llena, era de verdad maravillosa. Vivíamos en un departamento de dos ambientes, en el tercer piso por escalera de un edificio viejo, sobre la calle Medrano. Los dos teníamos trabajos de mierda, laburábamos hasta tarde, con poco sueldo, pero llegar al depto con una birra y una muzza porque habíamos cobrado la quincena era casi una fiesta, y digo casi porque el resto del festejo terminaba en ese balcón, cuando después de comer salíamos a fumar un pucho compartido, porque la guita era tan poca que habíamos acordado fumar la mitad, y aunque siempre decíamos que nos convenía dejar de quemar plata en ese veneno, el ritual de salir a fumar y terminar a los besos era mucho más tentador y las cuentas terminaban importando poco.
¿Cuándo fue que todo ese poema se convirtió en un cuento mal escrito y ordinario? ¿Cuándo compramos la idea del progreso a costa de nuestro tiempo, y dejamos de gozar de todo?
Ahora vivimos en una casa en Villa Urquiza, tenemos dos autos, dos hijos, tres perros, sos arquitecto, soy psicóloga, vamos de vacaciones a Cancún, pagamos las tarjetas llenas de cuotas de cosas que no necesitamos, los pibes van a una escuela bilingüe, ¡a una escuela con dos idiomas van los pibes, boludo! ¿Qué carajo nos pasó? ¿Cómo hacemos para salir de este circo? Porque yo no me banco más la comparsa de salames que compiten a ver quién se compra la camioneta más grande, mientras las “chicas” se hacen uñas cada vez más largas y pestañas que parecen bichos, porque en la empresa donde laburan se las hacen todas.
Qué se yo, no quiero más todo esto, yo te extraño, quiero volver a encontrarme en tu mirada, quiero contarles a los pibes nuestra historia, de donde venimos, quienes éramos antes de caer en este pozo de mentiras. Ojalá vos también quieras. Dame una señal mi amor, volvamos al llano, a nuestra esencia. Se que es difícil, que tal vez me mandes a la mierda, pero necesito que sepas lo que siento: yo tengo ganas de volver a fumar un puchito compartido, mirando la luna en el balcón, y terminar a los besos.
 


Guada
Te voy a decir algo. Se que nos conocemos desde hace poco, que no nos tenemos confianza del todo. Pero, sinceramente, no tengo a nadie más a quien decirle. Es algo tremendo, me estalla en la boca las ganas de compartirlo.
Yo estuve de novia por mucho, muuuucho tiempo con un chico. Desde la adolescencia, imagínate. La cosa es que el año pasado, ambos comenzamos a notar que la relación no estaba yendo del todo bien, y decidimos separarnos. Aunque la esté pasando tan mal desde la ruptura, comencé a notar que algo se destrabó en mi vida. Descubrí un nuevo mundo lleno de oportunidades. Comencé a enfocarme en los estudios, en amistades y en la búsqueda laboral. 
Meses más tarde, volví a tener contacto con este chico, porque, después de todo, sigo enamorada.
Tiempo después, volvimos a estar de novios, pero duró poco. Él conoció a una chica que le encantó y no tardó en descartarme por una relación que duró menos de dos meses. 
Durante el tiempo que él estuvo de novio, yo toqué fondo. Sabía que me sucedían cosas buenas, como que al fin pude conseguir trabajo, que estaba teniendo muchos amigos y tenía más facilidad para comunicarme, pero había algo dentro mio que me impedía ser feliz.
Lloraba todos los días, a penas comía, me costaba dormir y empecé a tener ataques de pánico y rabia. Lo único que podía hacer, era escribir. Escribí y escribí cientos de poemas tristes qué guardo en un cuaderno y que probablemente nadie verá.
La cuestión, es que luego de esa relación fallida, vuelvo a tener contacto con él, y volvemos a reconciliarnos, pero no del todo, por el momento somos "amigovios", nada formal.
Lo sé, pensaras que soy una estúpida. Pero no puedo eliminarlo de mi vida, después de tanto tiempo juntos. Y lo amo, con todo mi ser.
El problema surge acá:
En el trabajo conocí a un nuevo chico, con el cual conecté desde el primer momento. Escuchamos la misma música, tenemos la misma pasión por la lectura, y me hace reír muchísimo.
Comencé a notar que este compañero me miraba diferente. Que el rostro le cambiaba en el momento en el que aparecía en el local. Hablamos muchísimo y nos apoyamos mutuamente cuando vemos que el otro está bastante estresado con las labores. 
Yo lo notaba, algo estaba comenzando a suceder, sin que los dos dijéramos nada. Nos dedicamos las mismas miradas, las mismas sonrisas.
Ayer yo le comentaba que me gastaba mucha plata en uber para volver a casa a altas horas de la madrugada, y que esta situación me enojaba sabiendo que vivo a tan solo un par de cuadras. Él se ofreció a llevarme hasta casa en su moto.
Nunca antes anduve en moto.
Y en ese momento todo cambio. 
Él manejaba bajo la luz de la luna. Yo me aferraba fuerte a sus hombros mientras reía. Sentía su olor a tabaco, fuerte, adherido a su ropa. Iba directo a mi nariz por el viento que nos chocaba. En un momento se agachó y aceleró. Yo le gritaba que no fuera tan rápido, que me asustaba. Entre el ruido del caño de escape, escuché que dijo "confiá en mi". 
Cuando llegamos a casa, lo saludé, él aun con el casco puesto, y esperó a que entre. Una vez dentro, no podía parar de pensar en ese momento, en lo irreal que se sintió. Quizás para vos no sea nada, un simple viaje en moto, una estupidez. Pero la conexión que sentí con él durante el viaje, no la puedo explicar.
Y ahora no sé qué hacer. Porque me gusta este chico, después de lo de ayer, puedo afirmarlo. Pero también me gusta mi ex. ¿Qué debería hacer?

 


jueves, 6 de marzo de 2025

1 ~ ¡Bienvenidxs a un nuevo año juntxs!

¡HOLAAAAAA!

Qué lindo momento. Estar de vacaciones y planificar esto pensando en ustedes, mis queridxs materos de mi corazón.

Para empezar, vamos a hacer un ejercicio muy especial. Se llama: Mi rompecabezas. Aunque a ustedes se los doy en papel, voy a dejar la imagen aquí debajo:







Y ahora sí, después de haber jugado un buen rato y de habernos contado cosas de las vacaciones, vamos a leer un ratito. Estuve leyendo un libro muy hermoso, se llama Las clases de Hebe Uhart. Se trata de las transcripciones de sus clases por parte de una de sus alumnas, Liliana Villanueva. Hoy les propongo estas frases del capítulo 1, que se llama "Escribir es una artesanía extraña".



*“No hay escritor. Hay personas que escriben”.

 

 *"El proceso de escribir plantea todos los problemas de cualquier tarea artesanal. Hay dudas, hay dificultades, hay preguntas, hay cosas mal resueltas que hay que arreglar, hay momentos de avidez, hay momentos en que sí se escribe y hay momentos en los que no tenés ganas de escribir." 

  

*“Se va escribiendo de a poco, así como uno va viviendo de a poco lo que a uno le pasa. No debo apurarme ni tener ansiedad, sólo debo preocuparme en escribir, como decía Isak Dinesen, “un poco cada día, sin esperanza y sin desesperación”. 

  

*"Lo difícil, en todo caso, es aprender a mirar. Cada persona mira y escucha cosas distintas y el desafío está en encontrar la propia voz."

  

*"La literatura es comunicar. El centro de lo que significa escribir es convertir un hecho personal en algo de interés para el otro y al mismo tiempo es una relación con uno mismo".

  

*"La literatura es un artificio, pero no se debe notar. No hay que deschavar los procesos o los mecanismos de la creación. Si me preguntan sobre las estructuras en lo que yo misma escribo, no sé cómo son, eso lo tiene que decir otra persona. Es como con un ciempiés, él no sabe cómo mueve las patas."

  

*"Todo lo que sirve para la literatura sirve también para la vida".

 

*La escritura como dominio propio la tenemos todos, pero hacer un uso específico del lenguaje es un trabajo diferente. Se puede empezar a escribir de muchas maneras, algunas personas pueden estar movidas por experiencias, otras por una idea.”

 

* “El terreno del escritor es un terreno anegadizo. Si uno va a escribir, debe tener confianza en que le va a salir bien, pero no debe ser demasiado creído, porque eso anula el producto. Katherine Mansfield decía en su diario: “cuando escribo algo bien, enseguida me pongo vanidosa y el siguiente párrafo me sale mal”. Esto sucede porque me coloco en otro plano, en un plano superior, y la vanidad obstruye el acto de escribir. Cuando me viene la vanidad ya no me ubico fuera de mí mismo para observarme, sino en mi propio ego”.

 

* “Debo sentirme nada más que un instrumento y escribir como si estuviera traduciendo una voz interior que me guía. Escribir es una actividad permanente. Es un trabajo, a veces es un placer, a veces es un problema”.


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¡Qué texto para empezar! Vamos a seguir con Hebe y este libro (y con algunos cuentos suyos), pero ahora... CARA DE CONSIGNA. Se va la primera del año:

Para calentar motores, elijo esta frase:
"Lo difícil, en todo caso, es aprender a mirar. Cada persona mira y escucha cosas distintas y el desafío está en encontrar la propia voz".

 

El acto de mirar
Describí un momento en el que algo cotidiano te hizo detenerte y observar atentamente. ¿Qué viste? ¿Cómo te sentiste en ese instante? ¿Qué cambió después de observar?

Si tenés ganas de escuchar una musiquita linda, te regalo esta canción tan hermosa


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LOS TEXTOS DE USTEDES

Gladys
MISTERIO
 
  Es mediodía, hora de la salida de la escuela. Una mamá y su niña caminan apuradas, detrás van dos niños más. Uno lleva la mochila del colegio y el guardapolvo; el otro una remera negra y un pantalón corto, no tiene mochila, su pelo largo atrae mi mirada. Entre los dos trasladan una rama larga y grande. Parece pesada, se nota que les cuesta levantarla, pero se ve la picardía en sus miradas y la fuerza en sus brazos acompañando su tesoro, ¿qué se puede hacer con una rama gigante?, pensé. En la infancia se puede hacer tantas cosas con la imaginación, un puente, un castillo, un caballo, un dragón, una casa en el árbol…cosas importantes y necesarias, diría; imprescindible.
Me di vuelta para seguir mirándolos, me acordé de Tom, la tía Polly y Huckleberry Finn
Después seguí caminando despacito pensando en unos niños felices, en unos pequeños importantes en su preciosa carga, un poco más ilusionada y con un fueguito en mi interior.
 
AMOR
 
Madre e hijo
Almuerzo o desayuno tardío
Charla y risas,
besos, amor puro.
 
Tomar cepita de la botella
y hacer ruido con el plástico.
 
Sueño del niño.
en el regazo de mamá
De pronto
el cansancio se va
 
mientras cantan despacito
se ríen
 
pero no soy parte
de ese encuentro
solo una observadora
de una escena en un bar
 
recuerdos lejanos
vienen a mi alma
 
 un hijo pequeño
una charla divertida
la más inteligente
 e interesante del mundo
 
 No escucho bien lo que dice
 Pero juega con rimas
 
 
No quiero que se vayan del bar
quiero ser por un momento
esa mama
con su hijito
 
Nostalgia para mí
De lo que ya fue
 
 Y antes de irse
El niño se acerca
me mira
y me sonríe
 
 
 
Silvia
 
Habrá que mirar con ojos de vaca
el cielo
el árbol
el pájaro
habrá que mirar con ojos de pájaro
la rama
el lado grosero del viento
la semilla
      habrá que ser una semilla
y refugiarse
mirar con ojos de tierra
      el fuego
el fondo
el agua
habrá que trepar el agua
el bote
el remo
habrá que remar
el desconsuelo
la intemperie
el barro
habrá que palpar el barro
con los ojos
      la orilla abierta
      las manos
y habrá que
una vez más mirar el cielo


SEGUNDA VERSIÓN: con agregados
Para la gente de Bahía Blanca y El Bolsón
 
1
 Habrá que mirar con ojos de vaca
el cielo
el árbol
el pájaro
       habrá que mirar con ojos de pájaro
la rama
el lado grosero del viento
la semilla
             habrá que ser una semilla
            y refugiarse
mirar con ojos de tierra
      el fuego
el fondo
el agua
habrá que trepar el agua
el bote
el remo
habrá que remar
el desconsuelo
la intemperie
el barro
habrá que palpar el barro
con los ojos
      la orilla abierta
      las manos
      y habrá que 
     mirar el cielo una vez más
     con ojos de vaca
 
 
 
 
2
Mirar el cielo
el viento
el ave
 
Mirar el ave
la rama
el vuelo
 
Mirar el vuelo
el campo
la semilla
 
Mirar la semilla
la tierra
el fuego
 
Mirar el fuego
el fondo
el agua
 
Trepar el agua
el bote
el remo
 
Pisar la orilla
 
           Mirar el cielo
 
 
 
3
Mirar elcieloelvientoelave
 
  Mirar elavelaramaelvuelo
 
    Mirar elvueloelcampolasemilla
 
      Mirar lasemillalatierraelfuego
 
        Mirar elfuegoelfondoelagua
 
          Trepar elaguaelboteelremo
 
Pisar la orilla
 
                      Mirar el cielo
 
 
 
 
Adri
Victoria y Juan
Esa señora sentada en el sillón en la sala del hogar donde ahora vive es mi tía, la única de las seis hermanas de mi mamá que sigue en este mundo, la mayor de todas. Quiero contar algo de su historia, y ojalá que, en algún asalto de lucidez de los que tiene a veces, pueda escuchar este relato, leído por su nieto, el único que la visita.
Victoria tiene 93 años, hace diez que empezó a tener episodios paulatinos de pérdida de memoria; al principio parecían distracciones, pero finalmente le diagnosticaron una enfermedad neurológica degenerativa. Hasta ese momento ella era el alma y la esencia de su casa y de su vida con Juan. Ellos se conocieron cerca de los veinte años, tenían la misma edad, estudiaban ciencias sociales juntos, se enamoraron con toda la fuerza de las hormonas a esa edad, y por alguna razón los papás de él no la querían.
Sin embargo, eso no importó. Ellos siguieron su romance, se casaron por civil sin decir nada y una tarde de abril, en una capilla del barrio de Belgrano, un cura les dio su bendición. Todo un escándalo para esa época, esa mujer liberal que salió de su casa sin avisar ni pedir permiso, de la mano de un total desconocido (para su familia, porque ella a esa altura conocía a Juan deliciosamente y con lujo de detalles).
Más allá de dimes y diretes, ellos vivieron el resto de sus vidas juntos. Tuvieron un solo hijo, que murió joven y les dio dos nietos. Para mí era una fiesta ir a su casa cuando era chica, Victoria tenía un carácter alegre y expansivo, era ocurrente y le gustaba mucho jugar, siempre era divertido estar con ella. Mi primo rezongaba bastante, aunque se terminaba enganchando en sus locuras y riendo a carcajadas. Juan era el equilibrio hecho hombre, siempre atento, ubicado, sobrio, pero no antipático, sabía quedarse o correrse para seguir el ritmo de Vicky sin quedar atrapado en su vorágine. Creo que hacían un balance mágico como su amor. Tal vez yo los idealizaba, ellos tendrían sus batallas, pero no volví a conocer otra pareja como esa.
La vida fue pasando, cada uno de nosotros hizo su camino, por temporadas no nos veíamos, pero cada vez que nos reencontrábamos era un momento para festejar. Ellos seguían en armonía y parecían todavía enamorados.
Una vez Juan se enfermó con neumonía y estuvo un tiempo en cama, entonces ella se dedicó a cuidarlo como a un niño. Cuando él la veía tratarlo con tanto amor y paciencia, cada vez que se acercaba a su cama con un pañuelo para secarle la frente o limpiarle la nariz, él la miraba con ternura y le decía “gracias mi amor” a lo que ella respondía graciosamente “siempre pensé que es bueno quedarse con quien es capaz de limpiarte los mocos si es necesario”.
Cuando Vicky enfermó, planeó conscientemente su futuro. Sabiendo que más adelante no podría hacerlo, decidió internarse en un hogar que ella misma eligió, y Juan, que la conocía bien, aceptó su decisión y se dispuso a acompañarla en todo. La visitaba todos los días para el desayuno, y pasaba otra vez a la tarde para darle un beso de hasta mañana. De a poco ella dejó de recordarlo, pero el seguía yendo a diario; aun cuando ella se ponía agresiva y lo echaba, el salía con lágrimas en los ojos y volvía con una sonrisa.
Un día helado de invierno, estaban sentados en el jardín y a ella le empezó a gotear la nariz. Juan sacó un pañuelo para limpiarla y en ese momento Vicky lo miro a los ojos y supo quién era él, lo abrazó, le habló con amor, repitió con emoción su nombre, y entre risas le dijo “siempre pensé que es bueno quedarse con quien es capaz de limpiarte los mocos si es necesario, gracias mi amor” y a los pocos minutos se volvió a desconectar. Juan se fue ese día tan feliz como su cuerpo envejecido le permitía, sabiendo que tal vez sería la última vez que escucharía a su amor llamarlo por su nombre. Así fue, Juan se acostó esa noche lleno de alegría y no volvió a despertar.
Victoria estuvo muchos días esperando algo que no entendía bien qué era, pero por las tardes lloraba amargamente. Cuando empezó a visitarla su nieto dejó de llorar. A veces lo mira a los ojos y le dice “por favor, ¿me limpiás los mocos?”
 
 
Kari
Te conozco desde que eras una niña. Pero hubo algunas veces en las que te miré por primera vez. Como aquella que te rebelaste ante tu padre frente a todos sus soldados, incluidos nosotros. O como en esa ocasión en la que te escapaste de tus doncellas para peinarte sentada en la roca alta de la Playa Azul, y llenaste tu vestido de manchas y risas cuando te advertí que podían castigarte.
Me pregunto en este instante, ¿cuántas veces podemos mirar algo por primera vez? Vos me dirías que solo una, y agregarías alguna frase poética y dramática sobre aprovechar el tiempo. Pero yo te respondería que, en mi larga vida, he mirado varias veces por primera vez una misma cosa. O persona. Algo que en ocasiones disfruté, pero que en otras me hubiera gustado no hacerlo.
 
 
 
Laury
Tres hombres
 
 
Tres hombres en una esquina
uno se apoyaba en un bastón
otro sostenía al más pequeño
el pequeño sonreía
 
Tres hombres en una esquina
dos eran calvos
sólo uno con tatuajes
el tercero jugaba con su oreja
 
Tres hombres en una esquina
el hombre mayor se sacó sus lentes
el hombre joven
pasó su mano por los ojos del viejo
el niño sostenido por un solo brazo
seguía con su juego y su sonrisa
 
No pude ver más desde la ventanilla. Me impactó la imagen y aunque giré todo lo que pude, no vi nada más, me hubiese gustado sacar mi celular y tomar una foto, pero no soy tan rápida, igual la imagen se quedó conmigo.
Cerré los ojos e imaginé un duelo, la instancia que viene después de las primeras horas de la muerte, el vacío. La soledad del que vivió mucho tiempo al lado de alguien que se fue primero, el tremendo dolor de perder a su amor. Imaginé al joven intentando dar consuelo, aunque también él está roto por la pérdida de la persona más importante de su vida, pero sabiendo que debe estar fuerte para repartir su fortaleza en contener al hombre que estuvo en todo su pasado y ser el pilar para el hombre que estará en todo su futuro.
Imaginé la insistencia para salir a caminar un rato, el sol estaba lindo para un pequeño paseo, imaginé la charla en esa caminata, ese hombre mayor contaba sus recuerdos que el joven ya conocía, pero escuchaba igual con mucha atención, y le preguntaba sobre alguna anécdota risueña para que el dolor, aunque sea por un momento, les hiciera menos daño.
Imaginé al pequeño haciendo una morisqueta y a los hombres diciendo si ella estuviera acá lo llenaría de besos.
Imaginé el abrazo tierno de despedida diciéndose, vamos a estar bien.
 
Mientras seguía mi viaje pensé tengo que escribirlo, porque esos tres hombres fueron parte de mi vida por un instante y parte de mi imaginación por mucho más tiempo, tengo que escribirlo, además, porque me gusta escribir. Quizás, el joven solo le sacó una basurita de sus ojos al hombre mayor, pero eso ya sería parte de otra historia.
 
 
Martín
Con los codos sobre la mesa a modo de bastión para mi cabeza sostenida sobre las palmas de mis manos en forma de hojas que se abren a los lados de algún tallo. Estoy con mis ojos cerrados y pienso. Así me quedo hasta que pierdo el equilibrio. Estoy demasiado acostumbrado a mantener los ojos abiertos viendo la forma en que se dibujan las palabras cuando escribo, los abro. Podría ser que las buenas ideas no habiten hoy mi interior. El blanco de la hoja que no es de papel, ya no me desespera, el cursor en la pantalla late insistentemente pidiendo algún cambio que mi subconsciente le niega. ¿Contará sus latidos? De alguna forma me acostumbré a no prestar atención al contorno de la pantalla llena de información, de los pequeños dibujos y de la pequeña mosquita que descansa en el marco. Si fuera un papel me estaría distrayendo mordiendo el lápiz o golpeándolo sobre la mesa. Ahora solo miro una imitación de hoja de papel, tan blanca como mis pensamientos, tan vacía como mi mente e infinitamente paciente me espera, no sabe si mis manos siguen sosteniendo mi cabeza o si estiro mis brazos o si acaricio las teclas de la computadora suplicando que me dicte palabras, no sabe nada, solo espera. Recuerdo algunas películas donde el cursor destella de color verde o ámbar y dejaba un cuadradito fantasma cuando se apagaba. ¡Qué perturbador para quien tiene frente a sus ojos una hoja de un blanco perfecto! Ahora imagino el ruido que haría ese cursor implacable: tic, tic, tic, muchos tics. Mientras toco las teclas sin presionarlas recuerdo la clase de dactilografía, intentaban que pudiésemos escribir bien y rápido, algo inútil para una cabeza sin ideas. Miro mis manos y luego los dedos, los muevo o se mueven solos como asegurándose que no es suyo el problema, inmediatamente vuelven sobre las teclas y escriben: Con los codos sobre la mesa…


Nélida
Las restas
 
Hoy tengo conciencia de que el tiempo está conmigo y seguirá estando quién sabe hasta cuando
A veces lo olvido y sin importarle no me abandona es perseverante y se divierte a la par mía con cada festejo
O me espera cada vez que no lo necesito… ¿Me espera?
También creo que me confunde con amables juegos de palabras Y cuando me entero… Escapo
Noto que hace restas pero por algo no tengo en cuenta sus cuentas
Camino a su lado y él conmigo. El tiempo falta o demora y a veces sobra
Me miento, sé que nunca sobra y es siempre lo justo aunque parezca poco, lo difícil en todo caso es aprender a mirar
Él me acompaña con cada respiración y con cada uno de mis latidos
Cuando entusiasmado acelera yo me calmo para pensar que no caeré y me conmuevo ante mi ingenuidad porque las cosas pasan aunque no  se quiera
El tiempo para que suceda lo que sea es justo cuando ocurre. Cada persona mira y escucha cosas distintas y mi desafío está en encontrar mi propia voz
Es severo y disciplinado, exacto y frío y cuando lo derrocho, malgasto o dilapido él sigue a mi lado con su resta silenciosa
Y ahí es cuando lo admiro a mi pesar, pues además de estricto no está dispuesto a fallar, e intento despistarlo coloreando sus cachetes con pinturas fluorescentes  para iluminar  sus recorridos
Y confundidos,  mis amigos picaflores de hermosos colores que liban a diario en las flores de mi entorno, aplauden al tiempo con sus alitas y con mucha picardía lo invitan  dormir.-