miércoles, 27 de mayo de 2026

16-Mayo es de novela. Leemos y escribimos. Encuentro 4.

  

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CONSIGNA DE LECTURA /  ESCRITURA

Hoy leemos y escribimos en el taller, ya que es el último encuentro de este budín. Leemos hasta donde podamos y terminamos en casa si no llegamos. 






Escribí el relato de una historia de amor. O un poema. Realidad o ficción, nadie va a preguntar eso. No somos la policía de los relatos ni de los poemas, ni mucho menos la policía del amor...

Escribí la historia de amor de un antepasado, una abuela, una antigua maestra, una vieja amiga de tu mamá. O el romance de unos objetos, o de unos animales. 

Dale, contanos esa historia. O la tuya, por qué no.




💗Ilustración de María Luque💗


Martín
El tren de los pedos
 
Viven ahí desde hace 50 años. El complejo lo construyó el sindicato.
 
Todos en la fábrica estaban muy entusiasmados con la idea de adquirir su propia casa.
Les prometieron un precio exclusivo para los agremiados; les prometieron un plan de pagos que se descontaba de la boleta del sueldo; les prometieron poder elegir el departamento o la casita, la ubicación, el piso.
 
Tuvieron reuniones con los directivos, luego con los empleados. Gómez nunca supo el criterio. Para cuando lo llamaron no había mucho para elegir.
 
–Esto debería consultarlo con Esperanza.
–Tenés que elegir ahora o volver cuando te podamos volver a llamar, si es que queda algo.
 
Gómez, que desde los dieciocho trabajaba en la línea de montaje, tomó la decisión más práctica que en ese momento pudo pensar. De los departamentos que quedaban y que podía pagar, eligió el que tenía las ventanas hacia un inmenso parque verde. Así lo veía en el mapa. Pensó, satisfecho, que era una buena decisión. Los vecinos no los iban a ver, ni él a ellos. No había calle ni avenida: solo verde, árboles y una vía perdida de algún tren. No conocía el barrio, en ese momento estaba algo descampado, pero si lo había elegido el sindicato era porque habría una forma simple de llegar al trabajo.
 
Pasaron los meses y todo se cumplió tal cual lo prometido. Le descontaron las cuotas correspondientes de su sueldo. Le informaban en reuniones los avances de la construcción. Hicieron ceremonias entregando llaves. Un día les tocó recibir la suya. La vivienda la debía pagar hasta su jubilación y, cuando tuvieran hijos, tendrían un lugar seguro donde criarlos.
 
Eligieron un fin de semana para mudarse. Entre la mudanza y la alegría quedaron exhaustos. Imaginaron dormir hasta que el sol los encandilara, luego desayunar, pasear y así comenzar su nueva vida. Fue difícil acostumbrarse a los nuevos sonidos: los grillos, los árboles movidos por el viento, algunos vecinos, y el tren de las 22 que pasó tocando su bocina; el de las 22.15 hizo lo mismo en sentido contrario. Fue larga la noche del sábado; la pasaron contando los trenes. Igual la mañana del domingo y el resto de los días.
 
Fue difícil acostumbrarse, pero lo lograron. El ruido no los dejaba escuchar la radio ni la televisión. Decidieron que no era grave escuchar las noticias incompletas y les gustaba imaginar el diálogo de las novelas.
 
Su hija no conocía una vida sin el tren. Le resultaban inquietantes los días en los que no pasaban trenes.
 
Desde chica veía a su papá apoyado sobre la ventana viendo pasar los trenes. Cenaban y luego, mientras Esperanza levantaba la mesa, él decía que iba a tomar aire y se apoyaba sobre la ventana. Los trenes pasaban y él sonreía recordando o saludando o agradeciendo. Gómez no hablaba mucho. La hija miraba a Esperanza y ella sonreía.
 
El tiempo trajo el fin de la hipoteca, un nieto y más trenes.
El nieto adoptó la misma costumbre que el abuelo Gómez. Los domingos, luego del almuerzo familiar, iba a acompañar a su abuelo a la ventana subido a un banquito. El pequeño, emocionado, gritaba “chau!” a los trenes; el abuelo sonreía entre satisfecho y aliviado. Esperanza y su hija sonreían cómplices por haber guardado durante tantos años el secreto de que los trenes nunca lograron disimular los ruidos que salían del cuerpo de Gómez.


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LA MUSIQUITA DE HOY




Caetano cantando Un vestido y un amor es el amor mismo. Escuchalo ACÁ

jueves, 21 de mayo de 2026

15-Mayo es de novela. Leemos y escribimos. Encuentro 3.

  

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CONSIGNA DE LECTURA /  ESCRITURA

Seguimos leyendo juntos. La dinámica es la misma: leemos hasta la misma página, esta vez es la 91 (donde están los dibujitos del sistema solar).





Escribí un texto en el que un objeto cotidiano (una prenda, un mueble, un accesorio) o un animal (un pajarito en el balcón, un gato callejero, una oruga en una maceta) se convierta en protagonista y atraiga la atención de alguien. El objeto o animal debe tener voz propia y contar cómo se siente al ser observado. Podés hacer una entrevista ficcional, como hace Rosa.



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LOS TEXTOS DE USTEDES


Mirna

Es invierno. Lo sé por el frío. Ese frío punzante que se clava en las manos, en los pies. Y en la espalda. Allí donde solés apoyarme el brazo.
Hace frío y podemos combatirlo, juntos. Volvé a mirarme. Estoy acá. A tu lado. Estoy respondiendo tu pregunta cada vez. Y siempre es la misma respuesta pues es mi verdad. No lo sé. Pero estoy aquí. Volví. Dejá de ignorarme. Hagamos el intento. Salgamos a caminar, de la mano, como antes.
Estoy acá, esperándote, en la puerta. Me quita el frío de las manos verte cerca. Me ilusiona tu mirada directa, a pesar de tu gesto triste. Cada paso que das hacia mi por esa galería que siempre amamos me acerca a la idea de tu perdón. Disfruto verte avanzar hasta donde te espero. ¡Pero, no! ¡Por favor, no! ¡No cierres la puerta detrás de mí! No debiste haberme atravesado.


Rosana
Tiempo

A la persecución le siguieron varios ataques.
Tuvo que permanecer sumergida en las profundidades del tiempo, casi sin aliento, pulsando en la gélida oscuridad.
La columna tiesa, como si llevara un corsé, le impedía moverse.
Una mañana hubo un temblor que movió las capas y sacudió el fondo. La arrancó del letargo y tuvo que abrir los ojos. Pero el resplandor verde la encegueció y volvió a cerrarlos. Sin embargo, eso fue suficiente para darse cuenta de que aún estaba viva.
Las alteraciones energéticas recientes, comenzaron a agitar las fibras y la sustancia.
Continuó pasando el tiempo antes de que pudiera percibir, intermitentes corrientes eléctricas, recorriendo el espacio gelatinoso cerca de sus límites.
De a poco pudo sentir la diferencia de temperaturas entre su borde y lo que la orillaba.
Medio apagada, enceguecida, había tenido que estar en el fondo para preservarse del depredador. Pero con los últimos episodios podía advertirse algo de madurez, y reconectó con el impulso del flujo vital.
La amenaza depredadora aún acechante, había mutado la forma, pero ella aún conservaba la sensación primaria de peligro. Tal vez, ese era ahora, el peor obstáculo.
Fue después del temblor, que su columna comenzó a contornearse lentamente de un lado a otro, y no sólo avanzó, sino que ascendió algo en la inmersión.
Con los ojos entreabiertos, pudo detectar entre medio de pequeños elementos flotantes removidos por las primeras oscilaciones, que otra ballena iba a su lado. Inesperadamente, se filtró un rayo de luz y cobró un poco más de potencia.
Siguieron espasmos que la sacudían y provocaban ondas expansivas en la periferia. Mientras ocurrían, fue percibiendo cómo toda su corporalidad se reconstruía. Y después de mucho tiempo estuvo un poco más cerca de la superficie.
Descansó.
La otra siguió su camino. Sabían que volverían a encontrarse. Se sintió más segura.
La corriente la impulsó y ascendió un poco más.
Despacio, rastreando latidos, pudo recuperar algunos recuerdos de cómo era flotar antes del ataque.
Ya podían alcanzarla algunos rayos de sol y en las noches soltó chorros de agua con la luna como único testigo.
Lentamente fueron ajustándose los cambios de temperatura internos. No es fácil salir del congelamiento.
Percibió más colores a medida que pudo ir manteniendo los ojos por más tiempo abiertos. Llegaron otras tres que la acompañaron reverberando, emitiendo vibraciones, mirando lo que quedaba de dolor.  Se podía ver la herida haciendo cicatriz. En el éter, partículas esenciales de espíritu restablecieron su flujo energético como una bendición.
A las ondas propias, se sumó el movimiento de otros ejemplares, y pudo sentir que el universo todo rozaba su tersura.
 
 
Como un acto de sinceridad no sé si el depredador volverá a acechar a la ballena
La cuestión que se me plantea es cómo contar cómo sale colectivamente de la situación. 


Guada
Rueca

Vení, animate.
No te voy a hacer nada.
Sé como luzco,
Hay algo adentro tuyo
Que te llama la atención
De mi apariencia.
Pero no voy a lastimarte.

Te escucho,
Oigo tus pasos lentamente
Acercándose.
Dale, no te falta casi nada.
Seguí mi voz
Que te voy a guiar
A un mundo de ensueños.


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LA MUSIQUITA DE HOY



Les dejo por aquí una entrevista que le hicieron en México a María Luque. Para ver y escuchar, hacer clic ACÁ


jueves, 14 de mayo de 2026

14-Mayo es de novela. Leemos y escribimos. Encuentro 2.

Un rato en el taller, otro rato en casa
 CONSIGNA DE LECTURA /  ESCRITURA

Seguimos leyendo juntos. La dinámica es la misma: leemos hasta la misma página, esta vez es la 59 (donde están los dibujitos de los triángulos escalenos).



Ahora vas a apelar a tus recuerdos escolares o de amigos del barrio. Imaginate que tus antiguos compañeros, amigos o vecinos (o tus alumnos si sos o fuiste maestra) viven en casas / departamentos / chozas geométricas, acordes a sus personalidades. 
Pensá dónde vive cada uno e imaginá su vivienda: por ejemplo, ese compañero que no compartía nada con nadie seguro vive solo en una casa pequeñita, cuadrada, no tiene ni un sillón para convidar y las ventanas siempre tienen las cortinas cerradas, para que nadie vea lo que hay adentro.

PD: Ya sé, no hace falta que aclare, pero podés inventar a todos estos niños y no apelar a ningún recuerdo. En este caso te tiro una ayuda visual: unas fotos escolares antiguas, llenas de caras con geometrías variadas para imaginar sus viviendas acordes. 




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LOS TEXTOS DE USTEDES


Mirna
Dime cómo te llamas…
 
Desde siempre me gustó asociar algunos nombres con ciertas personalidades. Teoría un tanto polémica si de trabajar con niños se trata, pues conlleva implícito un prejuicio, aunque no para mí. Mi afición consistía en prejuzgar como hipótesis y luego refutar o confirmar durante el curso; y a veces, durante toda la historia escolar del objeto de estudio. Un juego personal que lograba distraerme y hasta darme temas de conversación en momentos álgidos de esos que abundan en las escuelas. Contar alguna anécdota de mis sujetos favoritos y objetos de investigación sin decir que estaba delatando información sensible de mi tesis personal siempre lograba el cometido de desenredar alguna tensión o enojo, o necesidad de llanto cuando no eran esas salidas las más convenientes.
Así, por ejemplo, mis colegas ya podían intuir que yo creía que las “Marías algo” más comunes suelen ser complejas: Laura, Emilia, Eugenia…Pero si el “algo” no era tan popular, en general se diferenciaban bastante del enredo. María Paz, María José, por ejemplo.
Siguiendo en esa línea, las Karen son intensas; las Martas suelen crecer como vecinas amantes de ventanas y silencios que escuchan, los Ezequieles corrigen su lado pícaro e inquieto al crecer y los Facundos…bueno; los Facundos siempre serán los más tremendos de los mundos.
Así, y durante los más de quince años de tener una lista de nombres para trabajar mi teoría, un día me topé con Pedro.
Pedro en la letra fría de una lista de preinscriptos me remitió a Rusia y su modernidad. O a Brasil y su responsabilidad en la independencia de Portugal. Y por qué no a Mendoza y la fundación de nuestra ciudad. Sin embargo, en mi hipótesis y como referencia previa encabezaba las justificaciones Simón Pedro porque sobre él Jesús construiría su reino. Petrus, lo llamó. Y Pedro me hacía prejuzgar un hombre fuerte, impulsivo, pasional. Y alto. Con presencia. Una verdadera roca.
Así fue como aquél primer día de clases me encontró con la ansiedad típica por conocerlo. Él jugaba con ventajas sin saberlo pues recibiría “las llaves del aula”. Sería mi piedra angular. Y no sería él sino yo quien negaría más de tres veces durante ese año, el evidente favoritismo.
Aquella mañana como cada primer día, las rutinas cambiaban un poco y los de primero entraban directo al aula para recibirlos con una sonrisa, elegir un banco, aplacar los nervios, tranquilizar padres y hacer, ante la escuela entera formada en el patio, su ingreso triunfal. En esa escuela, en especial, además debíamos colocarles un distintivo con su nombre y algún dibujo que sirviera para orientar a los niños entre las cinco secciones de primero y los nueve grados del pasillo donde crecerían dos años. Si mal no recuerdo ese año fue cuando el A comenzó a ser una abejita.
Promediaba la cantidad de niños cuando se paró en el quicio de la puerta, de la mano, una pareja de estatura mayor al promedio. Ella llevaba su brazo libre escondido a su espalda. Me saludaron, los saludé, nos sonreímos. Y de atrás de esa mujer alta y esbelta asomó Pedro. Llevaba el guardapolvo impecable y con las marcas de los dobleces de fábrica. Arrastraba una mochila donde, casi sin exagerar, diría que podría haberse escondido. Pedro no llegaba a la altura promedio de los niños de su edad. Al egresar, sería por lejos, el último de la fila, pero ese primer día, fue la mano que tomé para la caminata triunfal.
Conforme lo fui conociendo Pedro demostró ser grande en todo, a pesar de su lugar en la fila. Un líder amorosamente humano a su corta edad y el ideólogo de la resolución de todas las situaciones problemáticas. Sensato por demás y cuidadoso de los modos correctos. Un viejo niño. Petrus, como lo llamé cariñosamente, fue corroborando casi por completo mi hipótesis. Sin embargo, existía un rasgo que seguía sin aparecer y que dejaba en dudoso equilibrio la asociación del nombre con los rasgos seleccionados para aseverar mi hipótesis.   La roca de mi prejuicio era más bien un canto rodado. Así que, casi promediando mayo, aun no le confiaba “las llaves”.
Petrus tenía todos sus útiles en tamaño extra. Y hasta desayunaba en una taza de acrílico tipo mug de base pequeña y boca ancha, pero más alta que las demás. Yo dudaba en silencio de su firmeza, pero él la dominaba con firmeza.
Mayo avanzaba con mañanas frías. Los abrigos comenzaban a permanecer en los pequeños cuerpitos, hasta pasado el desayuno. Un día de chocolatada, a pesar de no preferirla, Pedro pidió que llenaran su taza un poco más que de costumbre. E incluso, repitió. Claro, al repetir, los tragos se espaciaron y se hicieron más frecuentes los compañeros caminando entre las mesas. Y fue en medio de todo ese movimiento de idas y vueltas que mi hipótesis fue corroborada en su totalidad.
Pedro y el humano que respondiera a ese nombre debía ser un hombrecito común pero fuerte. Un verdadero líder. Impulsivo y solemne. Leal. Pero también alguien que supiera reconstruir desde lo caído. Ser apoyo y sostén.
Cruzó a su lado una compañera. Casi sin saber cómo la taza de Petrus invitó a bailar una musiquita inaudible y liberadora a la chocolatada que contenía. Fue una danza rítmica y veloz. En sus vueltas la bebida explotó en una lluvia amarronada y dulce a la vez que la taza de base pequeña y boca ancha rodaba por la mesa, rebotaba en la mochila que apoyaba contra el banco, y se estrellaba contra en piso en montón de pedazos. 
De inmediato se escuchó una vocecita joven que con total seguridad calmó a todos y aseguró que nada había pasado; que estaba todo bien. Que no se movieran pues podían lastimarse.
–¿Seño, podés limpiar vos? –terminó.
Ese día, en ese momento, Petrus se hizo roca y yo, finalicé mi tesis.
 
 
#2
Proyecto de mini libro (imaginar viviendas acordes)
 
Pedro es flaco y alto.
Sus papás son flacos y altos.
 
Su casa es rectangular,
con ventanas flacas y altas.
 
Y una hermosa puerta flaca y alta
 con un montón de vidrios cuadrados.
 
Viven en un barrio flaco y alto.
de lejos, parece un bosque de cipreses.
 
Pedro y sus papás son personas muy generosas…
con corazones enormes.
 
A veces les cuesta entrar a su casa flaca y alta.
 
Por eso, un día, el corazón de Pedro… ¡estalló!
 
Porque la generosidad no debe guardarse
 ni siquiera en casas flacas y altas.
 

 
Claudia S
 
Durante los días de vacaciones escolares quería olvidarme de la escuela. Pero ella se me presentaba nítida y amplia cuando subía a la terraza. Después de colgar o descolgar la ropa, había algo que me atraía hacia la baranda. La reja negra con forma de rombos se intercalaba con pequeñas columnas de ladrillos revocados en color blanco. Miraba desde esa altura las aulas gigantes y comenzaban a soltarse los recuerdos del año anterior.
Me instalaba con mi mente en todas las aulas. Buscaba a mis mejores compañeros y los veía pasarse papelitos en secreto. Me acuerdo de un chico muy alto y delgado que le decían “Escoba”. Debía de tener como catorce porque a veces me parecía que tenía bigotes. No como los que tienen los gatos. Era apenas una pelusa pintada con un carbón, como él que usábamos en los actos para maquillarnos. Siempre me gustó ayudar a los que les costaba un poco. La escuela albergaba a todos y también formaba parte de mi barrio. Como ocupaba mucho espacio en la manzana, no había muchas viviendas.
El chico alto tenía cara triangular y piernas muy largas. Siempre se quería sentar conmigo para que respondiese sus dudas. Al principio pensé que yo le gustaba, pero se me acercaba solo por interés. A mí me gustaba uno rubio con cara de mandarina, mucho más bajo que se hacía el lindo. A ese le gustaba a todas y como se daba cuenta no miraba a ninguna. Creo que la novia iba a otro colegio y vivía muy lejos. Tan lejos que se veían durante las vacaciones de invierno y de verano. Mucho después, me enteré que su amor no prosperó. La chica se tuvo que ir a vivir al sur por el trabajo del padre y se casó allá con otro. Los rumores que llegaban decían que su cabeza era como la de una naranja y los ojos como el calafate.
A través de los años, la infancia queda más distante. No tengo muchas fotos, ni siquiera grupal. Conservo solo la de la señorita Mecha de segundo grado con una compañera y yo. La foto es en blanco y negro. Mis piernas eran flaquitas y chuecas y mi guardapolvo era tan níveo como él de mi maestra. Está sacada en el enorme patio con sus dos árboles gigantes que parecen acariciar el cielo. La galería con sus baldosas cuadradas y relucientes, con sus arcadas se pueden ver en el fondo de la imagen. Y allí a lo lejos, por unos minutos, pude escuchar “La farolera”.
 
 

Cintia
Mis casas amigas
 
Cuadrada y llena de estanterías con libros. Así era la casa donde vivía Laura. Su rigidez jamás le hubiera permitido vivir en algún lugar irregular (excepto el día que me agarro del nudo de la corbata porque le saque el lugar en la fila del baño). Su intelectualidad e inteligencia dependían de cada uno de los libros que leía, después de limpiar con prolijidad cada uno de los estantes.
En cambio, la casa de Daniela, era lo más parecido a una posguerra. Con líneas entrecruzadas y sin techo. Vivir ahí era la mayor expresión de inseguridad y vulnerabilidad. A mi me gustaba habitarla cada tanto, aunque siempre me llevara puesta alguna esquirla. La adultez me enseño que hay casas que es mejor no volver a visitar.
Adrián vivía en una casa chiquita. Le faltaban integrantes y eso la hacía triste. Había fotos colgadas donde no estaban todos y le costó más que al resto sostener las paredes en pie. Hoy tiene su casa propia y está llena de colores y ruido a pelotas.
La de Noelia tenía ese “no sé qué”. La cantidad justa de ambientes con olor a café con leche y tostado. Tenía un calor especial que hacía imperceptible que matemáticamente faltaba uno de sus creadores. Cargada de lapiceras de colores, CDs y revistas de bandas. Me gustaba estar ahí, como me gusta ir hoy a apoyarme en su nuevo hogar a leña.
Lala tenía una casa dividida en dos. Como su familia. A la izquierda risas y juegos. A la derecha, un par de traumas. Como era un 1er piso, me tiraba la llave por el balcón, adentro de un guante de cocina. Con los años la vendieron y volvieron a dividírsela entre dos.
A la distancia sé que todos consideraban que mi “casa” era la más completa y funcional. Con todos los ambientes necesarios y siempre disponible para un plato más.
 

 
Laura
El chino
 
Al niño más gordo del grado le decíamos el chino
llamaba más la atención sus ojos rasgados que su redondez
el chino tocaba la guitarra todo el tiempo
quizás las curvas de la guitarra no dejaban ver su cuerpo
pero tampoco nos importaba
 
Tengo muy pocos recuerdos de él sin su guitarra
en un recreo el chino tocó “Rasguñan las piedras”
ese día me enteré que existía Sui Generis y fui feliz
ese día lo quise un poco más al chino
 
Mis recuerdos de él son casi todos musicales
en los actos, en los recreos, en las excursiones
no recuerdo su nombre, solo su apellido.
 
Al finalizar la primaria, mi papá organizó un asado en casa
vinieron mis compañeros, también el chino y su guitarra.
con el paso de los años, todos perdimos contacto
 
Hasta que apareció Facebook
y aparecieron nombres y fotos
y grupos de ex alumnos
 
Algunos compañeros busqué
algunos me buscaron a mí
algunos estaban irreconocibles
algunos estaban iguales
 
Como el chino
así redondo
con sus ojos rasgados y con su guitarra.
 

 
Adri
Seño Marta
 
Nunca entendí las matemáticas, más que no entenderlas llegó un momento de la vida escolar que directamente las odiaba. Era imposible para mí armar en mi mente soñadora una relación entre líneas, ángulos y formas geométricas con algo que sirviera para escribir poemas. Para colmo las maestras de matemáticas parecían ser más cuadradas que las figuras que trataban de enseñar, yo decía “no entiendo” y ellas repetían como una formula exacta una y otra vez lo mismo que yo no entendía, de la mismísima forma.
Hasta que llegó la señorita Marta. Ella se parecía más a un cilindro, todas sus formas eran más redondeadas, hasta sonreía formando en su cara un medio circulo perfecto y sus ojos redondos se ovalaban un poco. Cuando se dio cuenta de que yo no cazaba una, también noto que ya estaba resignada a no entender y que, si seguía así, me iba a costar pasar de grado, porque matemáticas era una materia muy importante, y la verdad, en las otras andaba bastante floja, solo me gustaba escribir, por eso zafaba con Lenguaje.
La seño Marta tuvo la genial idea de decirle a mi mamá que podía ayudarme con las tareas y como vivía cerca de casa, mamá dijo que sí.
 
Así fue que empecé a ir a su casa para estudiar. Al principio no preste atención, entonces me pareció una casa como cualquiera. Pero la seño, desde que me recibió en la puerta, empezó a comparar su casa con todas las formas geométricas existentes: “mira, está puerta es igual a un rectángulo, fíjate bien, tiene dos lados iguales más largos y otros dos más cortos, iguales entre si” mientras hablaba me mostraba lo que decía pasando la mano por las formas que iba describiendo. “Ahora mira esta mesa, su forma es un círculo, y la ventana es un cuadrado, porque tiene los cuatro lados iguales, de la misma medida”. Fuimos recorriendo toda la casa y con cada mueble, adorno y abertura hacíamos lo mismo, después lo tenía que decir yo, así se me fijaba la forma con el nombre de la figura. De la misma manera me fue explicando los ángulos, los vértices y los diámetros.
Y bueno, una genia en matemáticas no me volví, pero pasé de grado. La casa de la seño se convirtió para mí en un manual de geometría tamaño gigante. Y la seño Marta era tan linda y buena como el florero redondito lleno de flores de todos colores que tenía arriba de la mesa ratona del living, que era un cuadrado, porque todos sus lados eran iguales.
 
 
 

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LA MUSIQUITA DE HOY



Encontré un video poema de Casas enfiladas, el precioso poema de Alfonsina Storni. Se los dejo por ACÁ

jueves, 7 de mayo de 2026

13-Mayo es de novela. Leemos y escribimos. Encuentro 1.

Vamos a leer juntos el libro Budín del cielo, de la escritora e ilustradora María Luque.

Un poco de Budín del cielo

Rosa es una señora feliz. Jubilada de una de las pasiones de su vida –enseñar matemática a «sus pichoncitos» en el colegio–, vive sola en un departamento lleno de luz que da a la calle, visita con regularidad a su médico de cabecera y se preocupa por su vecina Norma, que tiene unos años menos que ella pero peor salud y bastantes más angustias. Aunque nunca se casó, tuvo varios novios, a quienes le gusta recordar con lujo de detalles. Quizás el gran amor de su vida haya sido, y todavía sea, Sandro: adorablemente vanidosa, a veces se emociona fantaseando con que el cantante también se enamora de ella. Tiene buena mano para la cocina, la pone contenta recibir noticias de sus alumnos y, sobre todo, disfruta de un don que no oculta a nadie: puede hablar con las flores y los pájaros.

Budín del cielo propone algo totalmente original: una novela sin grandes conflictos ni sobresaltos. Ligera, animada y colorida como sus dibujos, esta nueva creación de la artista y escritora María Luque le da voz a un personaje inolvidable que nos cuenta cómo es habitar un mundo pequeño con la mirada abierta a la belleza, a la sorpresa y a las maravillas de todos los días.

Un poco de la autora: María Luque nació en Rosario, Argentina. Es dibujante, escritora e ilustradora editorial. Ha publicado La mano del pintor (Sigilo, 2016), Casa transparente (Sexto Piso, 2017, ganadora del primer premio de novela gráfica Ciudades Iberoamericanas), Espuma (Galería, 2018), Noticias de pintores (Sigilo, 2019), la novela Corazón geométrico (Sigilo, 2022) y la novela Budín del cielo (Sigilo, 2025).

[Información obtenida de la página de la Editorial Sigilo]





Esta es María Luque x María Luque.

Y haciendo clic AQUÍ verán varias ilustraciones suyas.













Para empezar, leemos algunas páginas juntos.


►Para seguir escribimos un ratito en el taller. Tenemos dos opciones:

 

Uno 

La tapa de este libro nos muestra una mesa de cocina. No es una mesa cualquiera. Es la mesa de Rosa, la protagonista. Y habla un montón sobre ella.
Imaginá que una foto de tu propia mesa hable de vos. ¿Qué habría en ella? ¿Qué objetos no podrían faltar? ¿Qué elementos no estarían jamás allí? Contame de vos desde tu mesa.

 

Dos

Dice Rosa acerca de Norma, su vecina: "Todo le da miedo: las veredas flojas, los ladrones, la cebolla cruda". Hacé una lista de cosas a las que temer. Podés mezclar cosas naturalmente temibles con otras más extrañas o inverosímiles (como Norma y la cebolla cruda). Podés hacer la lista en primera persona (Tengo miedo de...), en segunda (Siempre le temiste a... /siempre tuviste miedo de) o en tercera (Le tiene miedo a... / Tiene miedo de...

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CONSIGNA DE LECTURA / ESCRITURA


*Lectura: hasta la página 30 del PDF.

*Escritura: Escribí un texto en el que relaciones un cuerpo con distintas figuras geométricas. Puede ser tu propio cuerpo o el cuerpo de otra persona. También un animal: podés traducir sus movimientos como si fueran figuras geométricas.


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LOS TEXTOS DE USTEDES

Laura

EL GATO ISÓSCELES
 
El gato de mi vecina
es un gato geométrico
que dormita en mi zaguán
 
toma el sol redondo
redondo como su panza
si los pájaros cantan
sus orejas triángulo
mueve cual radar
 
sus bigotes son semirrectas
que se mueven hacia arriba
que se mueven hacia abajo
cuando detectan alguna aroma
de fresias o geranios 
y la cola, parábola con pelos
cambia su curvatura
al acariciarlo.
 
Isósceles se llama
el gato geométrico
que duerme
en mi zaguán.
 
 
 
Mirna
 
 

Érase un hombre a una nariz pegado.
Francisco de Quevedo
S XVII
          
 
 
El corazón de hierro
 
Érase una cabellera blonda y circular
que cubría una cara ovoide singular.
En el medio,
un triángulo rectángulo escaleno.
Su cateto mayor apoyado firme
dejando la hipotenusa al viento,
dando presencia a su función de nariz.
Justo debajo, una elipse.
O mejor aún, un romboide delgado y apaisado.
Siempre rojo, como la sangre que se ha derramado.
Y siguiendo la línea natural,
pero por dentro,
pasando por un rectángulo alargado,
un Rombicuboctaedro punzante, puntiagudo, afilado.
 
Montones de triángulos isósceles de fuego
queriendo recuperar lo recuperado.
No fue la dama, fue su corazón.                        
 
 
Claudia S
Un reloj detenido
 
Me levanto temprano y pongo la pava en el fuego. Me siento en el sillón y miro por el ventanal y busco formas en lo que veo. Un colectivo sería un rectángulo con ventanillas rectangulares. Dentro de él veo círculos diminutos inclinados leyendo en pantallas rectangulares pequeñas. Estos últimos, los celulares, viajan en fundas de telas rayadas y en tonos azules y anaranjados intensos. Cabecitas muy concentradas dejan ver lentes de variadas formas y entonces ya los rectángulos de vidrio son todavía más pequeños. Quiero creer que esos pasajeros están leyendo algún cuento como “Las ruinas circulares” de Borges o “El retrato oval” de Poe. Porque hoy todo despertó con forma de algo.
 Después de un trueno, mi vista me lleva hacia los edificios de enfrente. Los vecinos del cuarto piso salen apurados al balcón a entrar la mesa cuadrada y sus dos sillas de roble claro. Luego, descuelgan la ropa colgada en una soga atada de un aire acondicionado a otro. Los aires son rectangulares y blancos como todos los aires. Una remera escolar cae y queda atrapada en la red de protección. Empiezan a caer gotas que forman círculos en los charcos de las terrazas. El sonido del otoño se disfraza de invierno ahora. Y entonces tengo que colocarle la capucha ovalada a la campera. Tomo mi paraguas bordó con la forma que tienen todos los paraguas sin excepción.
No sé cuánto tiempo pasó desde que puse la pava. El reloj circular de la pared del comedor me indica que son las ocho. Pero, las agujas no giran y parecen insinuarme que salga a la calle. No quiero tomar el ascensor y bajo por las escaleras siguiendo las instrucciones de Cortázar. Los escalones son amplios rectángulos negros. Abro la puerta de calle y es de noche afuera. La lluvia cesó y una luna esférica me encandila. Camino dos cuadras y me detengo debajo de una garita de colectivo y descubro que me olvidé la sube y el documento. Objetos que son rectangulares como el colectivo, como el techo que me cubre ahora y como tantas otras cosas.
 
 
Claudia V.
Versos geométricos
 
Gato sigiloso espera la presa.
Patas abiertas en triángulo perfecto
Esfinge idolatrada:  un paralelogramo.
 
Mujer deseada
Cintura de avispa
Triángulos en equilibrio.
 
Bella, etérea, suspendida de un hilo invisible
 te sostiene, te modela.
Tus piernas se abren en un triángulo imposible, 
tus brazos coronan tu andar con un círculo perfecto
 
 
Andrea
Desde pequeña me sentí un triángulo equilátero. Una cabeza pequeña, hombros estrechos y una gran cadera. Las piernas… bueno las piernas por fuera de la base, no cuentan.
A mi mamá le gustaba peinarme tirante con una colita, lo que acentuaba aún más el vértice superior. El tema que mis orejas, prominentes ellas, legado de los ancestros por parte de padre, sobresalían de cualquier figura geométrica. Por lo tanto no las tomaré en cuenta. Igual aunque tuviera el pelo suelto, tan finito él, tan lacio, que igualmente parecía mi cabeza inexorablemente el vértice del triángulo.

Cuando fui creciendo este triángulo se transformó en isósceles. Tenía la esperanza de pasar a ser al menos un trapecio.¡ O lo que es mejor un reloj de arena! Pero la talla de la ropa adolescente me demostraba que no salía del triángulo, hasta dos tallas menos era mi parte superior de mi parte inferior. Lo bueno que ni bien pude elegir como lucir mi cabello, me fui corriendo a la peluquería y me hice una permanente. Eso me ayudaba a compensar mi pequeña cabeza y ahí si tuve mi visión de trapecio. Nada llegaría a igualar el ancho de mis caderas, pero al menos el espejo me devolvía una forma más armónica.


Con la maternidad la geometría se empezó a complicar, en primer lugar nada de químicos en la cabeza y volví al lacio natural, y a dejar al descubierto mis orejas pantalla. Embarazada era un perfecto rombo, por lo menos hasta el séptimo mes, porque los dos últimos no puedo dejar de incluir mis piernas que se hicieron muy visibles. Diríamos que terminé siendo un rectángulo.



Después vino la etapa donde en verdad no tenía ni tiempo de verme en el espejo, ni de sentir como me auto percibía. Pasé por épocas a ser un reloj de arena, un rectángulo, nuevamente un triángulo isósceles, en fin dependiendo del grado de cordura que me habitaba. Porque mis estados eran directamente proporcionales con las ingestas y con la voluntad de realizar ejercicio físico. Épocas de comida saludable y medida junto con gimnasio y épocas de me como todo y vagancia combinada.

Hoy, ya más grande y notablemente más tranquila, se puede decir que estoy en la etapa de la circunferencia. La verdad que desde lo estético no me molesta, pero desde la funcionalidad de mi cuerpo sí. Aparecen limitaciones en los movimientos y algún que otro dolor, que los entendidos, o sea los médicos atribuyen al sobrepeso. Tendré que investigar cual sería la figura geométrica que debería adoptar para sentirme mejor. Escucho sugerencias.
 

Adri
Me fascinaba mirarte
fijamente durante mucho tiempo
tu silueta formaba en mí mente
figuras inexistentes
tan perfectas como un círculo
tan sinuosas como ese mismo círculo
desarmado en un hilo infinito
 
Yo rodeaba con mis brazos
tu suave redondez
repitiendo el ritmo sin fin
de una historia circular
Pero volví a mirar y supe
supe que la suave redondez
tenía puntas, aristas y lados
entonces se  esfumó el círculo
 
No me gustan los triángulos
 
 
Guada
Triángulo Invertido
 
Siempre se me ha dicho que poseo un cuerpo tipo Triángulo Invertido. Lo cual implica una espalda más grande que la cadera. El cuerpo perfecto de un hombre, después de todo, para dibujar su torso, se comienza boceteando un Triángulo Invertido. Pero para una mujer, significa lo contrario. Mi cuerpo esta diseñado para ser atlético, según Instagram. Podría tener grandes músculos en mis brazos. Pero si odio el ejercicio físico, soy una desproporcionada. 
Ni suficiente cintura, ni tampoco cadera. De costado, la panza me sobresale. ¡Como me gustaría ser como las chicas que tienen el abdomen plano!. Una línea derecha cuya única curvatura son la de sus pechos. Pero no me tocó ser así. Tampoco, por mucho que me cueste, puedo modelar mi cuerpo, como lo venden los "personal trainer" de los gimnasios. Solo me queda aceptar que soy un Triángulo Invertido, y que ni siquiera con las mejores operaciones estéticas, voy a poder cambiar la ubicación de mis huesos.


Cintia
Como comprada de un estante de ofertas, vine sin caja ni manual de instrucciones.
Soy una suma de figuras más bien redondeadas, que juegan a querer encajar a la perfección.
Me armé como pude, sin seguir normas ni reglas. Apilé círculos que viven haciendo equilibrio y rectángulos que se agrupan mejor.
Subsisto en la búsqueda casi permanente de afinar mis partes más ovaladas, intentando tener más armonía entre mis formas.
Cuento con una estructura bastante cuadrada donde a veces no hay lugar para nuevas versiones. Me acomodo en mis ángulos desde donde la vida se ve según mis ojos.
Intento que mis encastres sean naturales, sin forzar las añadiduras.
Conservadora extrema, prefiero no ser parte de ningún triángulo.
Guardo cicatrices que forman una larga línea de puntos, que me alejan de nuevos dolores.
Inconformista eterna, siempre voy moviendo mis partes para tratar de mejorar el modelo original mientras me voy repitiendo a mí misma: "Que suerte que vine sin un manual".
 

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LA MUSIQUITA DE HOY





Por supuesto, la musiquita de hoy es del gran Sandro de América. Aquí escucharemos, como no podía ser de otro modo, ROSA ROSA


jueves, 30 de abril de 2026

12-Abril en el taller. Algunos cuentos para aprender cosas. Cuento 4

Samuel Zunz

Ignacio Molina

 

El 17 de enero de 1948 Erik Grieg bajó de un tren en la estación de Retiro. Al pisar el andén una olvidada humedad lo obligó a sacarse el abrigo que, como actuando una elegancia innecesaria, se había puesto minutos atrás. Cargando su valija caminó hasta la vereda, alzó la mirada hacia la Torre de los Ingleses y permaneció unos minutos estático, abrumado por la cantidad de autos y la muchedumbre. Inhaló con fuerza y creyó sentir, después de quince años en el campo, el aire del río. En un bar de lo que había conocido como Paseo de Julio pidió empanadas y una botella de cerveza. Mientras comía miró la fecha en la tapa de un diario y recordó (no pudo no haber recordado) que un día como ese, pero de veintiséis años atrás, su vida había cambiado para siempre: aquella noche, poco antes de que el barco de bandera sueca que lo había traído hasta el sur del mundo zarpara hacia el siguiente puerto, él decidió abandonar todo y adentrarse en Buenos Aires con una única misión: encontrar a la prostituta con la que se había acostado unas horas antes, esa joven de rasgos judíos que lo había deslumbrado con su indiferencia y con un detalle inédito en una mujer de su oficio: un largo y húmedo beso en la boca.

Evocar aquella primera llegada a Buenos Aires le trajo recuerdos muy nítidos, sensaciones que guardaba en algún rincón de su memoria y que ahora afloraban densas, como notas de un frasco de perfume abierto después de mucho tiempo. Aunque nunca había alcanzado su objetivo de encontrar a la mujer, Erik Grieg siempre se sintió orgulloso de la decisión que había tomado de tan joven. En Helsinki no había dejado demasiado: un trabajo rutinario y mal pago, un padre alcohólico y una madre que se había ido con otro hombre cuando él tenía diez años y a la que casi nunca veía. Las primeras noches había dormido entre las bolsas del puerto y, durante el día, se había dedicado a recorrer las orillas de la ciudad en busca de la mujer. No había tardado en sospechar que ella no era una verdadera prostituta: no sólo por el gigante detalle del beso en la boca sino porque en las esquinas y los tugurios donde la buscó brillaba por su ausencia. Pero no fue hasta que aprendió a decir algunas palabras en la lengua de la ciudad para poder describirla ante otros que se convenció: aquella mujer no era una puta; la decisión de acostarse con él había sido parte de un plan urdido con algún misterioso pero certero objetivo, ajeno al trabajo y, sobre todo, al placer.

En el bar de Retiro Erik recordó los primeros empleos que había tenido, sus esfuerzos por aprender a hablar y a leer en español, algunas de las mujeres que había conocido y el ofrecimiento de una de ellas, Juliana Nilsen, de ir a trabajar al campo de su familia. Ahora ya estaba de vuelta en la ciudad y tendría que empezar de nuevo. Cuando terminó de comer pagó la cuenta y volvió a salir. Sus recuerdos pesaban más que su valija. Tomó un taxi hacia la pensión de la calle México en donde había vivido unos años pero al llegar vio que esa casa no existía más. Entonces caminó unas cuadras y, como ya era tarde, luego de usar el baño de un bar decidió pasar la noche en la plaza del Congreso. Se guardó en la ropa interior la plata que le habían dado al despedirlo y que le alcanzaría para vivir unos tres meses y se acostó junto a un árbol con la cabeza apoyada en la valija. Mirando el cielo estrellado por entre las hojas pensó en la falsa prostituta: era muy probable que ahora, ya una mujer madura, estuviera a menos de cinco o, como mucho, diez kilómetros de ahí. También pensó en el campo, en la Juliana que lo había dejado por un peón más joven y en el viejo Nilsen que le explicó que a sus cincuenta años ya no podría seguir trabajando con la misma fuerza. Antes de quedarse dormido se dijo que si ya de adulto había tenido la capacidad de aprender una lengua ajena hasta convertirla en la propia, ahora bien podría tener la capacidad de no dejarse vencer tan fácil por la vida.

Erik Grieg se despertó con la luz del sol. Abrió los ojos como si amaneciera en una habitación extraña: lo sorprendieron, de vuelta, las bocinas y la cantidad de gente que caminaba por la calle. Cabecitas negras, pensó, recordando ciertos comentarios que había empezado a escuchar en el campo y por la radio unos años atrás. Tenía hambre y se sentía sucio y transpirado. En el mismo bar donde lo habían dejado usar el baño le dieron la dirección de una pensión cercana. En esa casa de la calle Sarmiento había habitaciones disponibles y Erik se dio el lujo de elegir la más cara: individual y con baño privado. La pieza era blanca y su ventana daba al fondo de paredes alquitranadas de un edificio.

Los primeros días los pasó recorriendo la ciudad y visitando los mismos lugares por los que había deambulado en el año 22. Una noche, en las cercanías del puerto, se cruzó con un grupo de marineros nórdicos que salían borrachos de un bar, hablándose a los gritos y desafinando una típica canción finlandesa. Erik se estremeció: era la primera vez en toda una vida que volvía a escuchar su lengua natal. Pensó en sus padres y se preguntó si ya estarían muertos; hizo un esfuerzo por recordar sus caras y los tonos de sus voces. En una esquina una mujer le ofreció sus servicios; después lo condujo a una puerta y a un turbio zaguán y después a una escalera y después a un vestíbulo y a un pasillo y después a una puerta que se cerró. Ella no quiso besarlo por la misma tarifa y a él le pareció que no se justificaba pagar más por algo que nunca igualaría a lo de aquella mujer. Su desahogo fue blando y melancólico; al vestirse extrañó a la Juliana.

En la pensión no tardó en hacerse amigos: Gutiérrez y Salas eran dos tucumanos que habían venido a trabajar en una fábrica textil, y Silvio Domínguez era un muchacho de La Plata que atendía una librería en la Avenida de Mayo. Junto a él, Erik descubrió un mundo: el de la literatura. Años atrás, en un pueblo cercano a la estancia donde vivía, había empezado a visitar una biblioteca pero sólo había dado con ensayos y libros de historia: el de la ficción era un universo nuevo. Hasta ese momento creía que los únicos cuentos eran los infantiles: aquellos que algunas noches le había leído su mamá y las fábulas que le habían dado en la escuela. Y ahora que se enteraba de que también había cuentos y novelas para adultos se fascinó con esa idea, con esa especie de contrato tácito que se establecía entre el autor y el lector, con la noción de la existencia de las ficciones: historias que no eran verídicas pero que de alguna manera tampoco eran falsas. Sintió que descubrir ese maravilloso juego de adultos a sus cincuenta años le daba un novedoso impulso vital.

A veces compraba los libros que le recomendaba Domínguez y a veces Domínguez sacaba un ejemplar de la librería y se lo prestaba unos días. Erik leía en la cama, en mesas de bares, en los bancos de la plaza Congreso. Le gustó descubrir que, además de un ex presidente que le daba nombre a la calle donde vivía, Sarmiento había sido un escritor de algunos de los mejores libros argentinos del siglo anterior, y que aquellos versos que varias veces había escuchado recitados por gauchos en el campo eran parte de un poema largo titulado Martín Fierro. Por la compra de tantos libros su capital empezó a menguar aceleradamente y entonces se puso en campaña para conseguir un empleo. A su edad no se veía entrando en una fábrica, y a través de un amigo de Gutiérrez que acababa de jubilarse pudo ocupar un puesto de sereno en un edificio de la calle Corrientes.

El trabajo resultó ideal: quedaba cerca de la pensión, no implicaba gran esfuerzo y le dejaba una plata que le permitía pagar el alquiler, comer todos los días y comprar algunos libros; más que eso no precisaba. Además, podía leer en horario laboral sin que nadie lo molestase. Lo único negativo era que debía entrar a las nueve de la noche y salir a las siete de la mañana, lo que lo hacía vivir a contramano del resto del mundo. Llegaba a la pensión cuando todos salían hacia sus trabajos, desayunaba un té con bizcochos y se acostaba. A las cuatro de la tarde se despertaba, almorzaba algo liviano y se ponía a leer o visitaba a Domínguez en la librería. Cada tanto viajaba hasta los bares del puerto en busca del cuerpo y la compañía fugaz de alguna mujer; una aventura que lo entusiasmaba cada vez menos pero que seguía haciendo como impulsado por una suerte de inercia.

Una mañana, al entrar en su pieza, pisó sin querer algo que seguramente Domínguez habría tirado por debajo de la puerta. Era una revista que se titulaba Sur; en el baño leyó los apellidos de los autores que figuraban en la tapa y se puso contento: a varios de ellos ya los había leído con gusto. Entonces se desvistió, se recostó en la cama y, como aún no tenía hambre ni sueño, se puso a leer. La primera historia acaparó su atención desde el principio: una mujer joven recibía la noticia del suicidio de su padre, quien años atrás se había exiliado en Brasil, y entonces planeaba vengarse de quien juzgaba culpable de ese suicidio: Aarón Loewenthal, su patrón, quien había cometido el delito del que se había acusado a su papá. Si hasta ese momento la historia había cautivado a Erik, lo que leyó después lo dejó paralizado: la mujer, tras urdir el plan de su venganza, iba hasta el dique 3 del puerto, desde donde esa misma noche zarparía un barco de bandera sueca, y, con el objetivo de perder su virginidad con un marinero, simulaba ser una prostituta. Pero no elegía al marinero más joven, ya que temió que le inspirara alguna ternura, sino a otro, más bajo que ella y grosero, para que la pureza del horror no fuera mitigada…

A Erik Grieg, aunque estaba acostado, le temblaron las piernas; la cara se le puso roja y después blanca, vio cómo la luz de la mañana que entraba por la ventana se enrarecía: ese personaje era él mismo, no podía ser otro. Coincidían las fechas, coincidían las circunstancias, y también se explicaba la anomalía del beso: ella no lo había besado por pasión ni por cariño; lo había besado para sentirse aún más humillada y para que esa humillación le diera aún más fuerzas para cumplir con su venganza. La historia seguía pero Erik tuvo que leerla dos veces más para entenderla. La mujer, después de acostarse con él, había viajado en un Lacroze hasta la fábrica donde vivía Loewenthal, a quien había llamado por teléfono más temprano para arreglar una cita donde le hablaría sobre la huelga que planeaban sus compañeros, y en un descuido del hombre, con un revólver que sabía que él guardaba en un cajón, lo había matado a sangre fría. Después desordenó el diván, desabrochó el saco del cadáver y llamó a la policía para avisar que había ocurrido algo increíble: Aarón Loewenthal había abusado de ella, y a ella, a Emma Zunz, no le había quedado otro remedio que matarlo.

Erik dejó la revista en la mesa de luz y se quedó mirando el techo. Si hasta antes de leer el cuento no tenía mucho sueño, ahora sabía que le resultaría imposible dormir. Pensó en ir a ver a Domínguez para preguntarle si leía en esas páginas lo mismo que había leído él o si estaba delirando, pero se dio cuenta de que su amigo ya estaría en la librería y no tuvo fuerzas para salir. Ese día no durmió, y antes de que la ventana dibujara las primeras sombras del atardecer ya tenía perfecto su plan. Aunque en la guía telefónica de la pensión no figuraba ninguna empresa Tarbuch y Loewenthal, decidió que viajaría hacia la zona de la avenida Warnes mencionada en el cuento. Por la ventanilla del Lacroze comprobó que el trajín de las calles no era tan insípido como el de dos décadas atrás. Bajó en una bocacalle al azar y no tardó en cruzarse con un grupo de personas que parecían obreros saliendo de trabajar. A uno de ellos le preguntó si conocía alguna fábrica de tejidos por la zona y el hombre, sin abrir la boca, le señaló las negras y altas verjas que custodiaban la construcción de la siguiente esquina.

Erik supo que ese era el lugar. Tras la verja un perro descansaba atado con una cadena y más allá algunos obreros seguían saliendo por una puerta de hierro. Entonces se acomodó el saco, emprolijó con un peine que llevaba en su bolsillo los pocos pelos que le adornaban la cabeza y tocó el timbre. Al minuto apareció una mujer de unos cuarenta y cinco años que mientras caminaba por el patio le preguntó a quién buscaba. Él se presentó con un nombre falso, le dijo que andaba en busca de empleo y que traía una carta de recomendación firmada por Ismael Gutiérrez, un antiguo empleado de la fábrica. La mujer tomó el sobre, le dijo que no recordaba a ningún empleado llamado así pero que de cualquier manera no estaban tomando personal, que si entre sus datos había dejado un número telefónico lo llamarían ante cualquier requerimiento. Erik supo que su apariencia era la de un viejo, que las palabras de la mujer eran una forma elegante de sacárselo de encima pero, cubriendo ese pensamiento, se instaló en su cabeza una revelación que le aceleró las palpitaciones: esa mujer no era otra que Emma Zunz, esa mujer era la falsa prostituta que se había acostado con él una noche de verano de veintiséis años atrás y que con un largo y húmedo beso había signado el resto de su vida, era la mujer con la que había soñado tantas veces y que ahora, pese al tiempo transcurrido, conservaba la misma mirada que entonces. Erik debió haberse puesto pálido porque la mujer le preguntó si se sentía bien y si necesitaba algo más, y él sintió que su voz también era la misma, apenas más áspera, que le había hablado en una lengua totalmente desconocida en aquella sórdida pieza. Ahora, tratando de recomponerse, él le respondió que no necesitaba nada, que muchas gracias, y no se animó a estirarle la mano por miedo a que ella la rechazara.

Cuando la vio alejarse de la verja hacia la puerta de hierro se puso a caminar: dio vueltas por el barrio mientras las calles se iban despoblando y el cielo oscureciendo. Aunque le costaba pensar con claridad, en una esquina de Warnes creyó entender todo: a Emma Zunz su plan le había salido perfecto. No sólo había vengado a su padre, y con el asesinato cometido no sólo se había vengado de Aarón Loewenthal y, en su nombre, de todos los hombres del mundo (incluso de su propio padre que le había hecho a su madre aquello que consideraba tan horrible; incluso de él mismo, de ese grosero marinero nórdico en el que había buscado el asco y la humillación) sino que, por algún vericueto judicial, se había quedado con la fábrica de tejidos. Entonces sintió que no podía regresar a la pensión así nomás: volvió sobre sus pasos hasta dar con la esquina de la verja y tocó de nuevo el timbre.

Ya era completamente de noche. En su trabajo lo estaría esperando el encargado del turno anterior. Esta vez la mujer tardó más en salir; volvió a preguntarle qué necesitaba, y él le dijo que la disculpara pero que en el sobre que le había entregado más temprano había metido por error su libreta de enrolamiento y que necesitaba recuperarla. La mujer lo miró con un rictus indescifrable, le dijo que esperara un minuto y volvió a meterse en la fábrica. Entonces Erik, al notar que el perro estaba dormido y que la verja había quedado apenas abierta, sintió que esa era su oportunidad y no lo meditó: empujó la puerta, atravesó el patio con pasos rápidos y silenciosos, empujó la segunda puerta y vio la espalda de Emma Zunz, quien buscaba el sobre en el interior del tacho de basura que había apoyado sobre su escritorio.

Al percibir su presencia la mujer se dio vuelta y él, al acercarse y sentir las notas de su perfume, el mismo perfume que había sentido en aquella lejana noche, pareció descontrolarse: se abalanzó sobre ella para abrazarla y besarla. Sintió sus considerables pechos apretados contra su cuerpo y el aliento de su boca; sintió cómo ella se paralizaba y cómo durante un par de segundos que le parecieron eternos respondía a su beso y cómo enseguida trataba de zafarse del abrazo y se ponía a gritar. Los gritos despertaron al perro; desde el patio empezaron a llegar unos ladridos tirantes, rabiosos. Y Erik se sintió enloquecer: la apretó con más fuerza todavía, como si Emma Zunz fuera la primera y la última mujer a la que pudiera abrazar en toda su vida, y volvió a acercar su boca a la suya para que lo besara como el 17 de enero de 1922 y como unos segundos atrás. Pero enseguida escuchó el ruido de la puerta a sus espaldas y se dio vuelta con miedo, como si recién volviera en sí y tomara conciencia de lo que hacía. Un muchacho de unos veinticinco años, en silencio, lo apuntaba con un revólver. En ese instante Erik, además de sentir que se le paralizaba el corazón, creyó terminar de entender: Emma Zunz había tenido un hijo que oficialmente había sido adjudicado a Aarón Loewenthal –y que por esa razón había heredado la fábrica– pero en cuyas venas, sin que nadie más que ella lo supiera, corría sangre nórdica además de judía. Erik Grieg trató de explicar todo eso en el menor tiempo posible pero un disparo en un costado del pecho lo frenó. Un hilo rojo y cada vez más ancho salía de su boca mientras miraba a los ojos a su asesino, descubriendo en su mirada la mirada que veía en el espejo cada mañana y tratando de hacerle entender, ya sin palabras, que acababa de matar a su padre.



Algo para aprender: la literatura como palimpsesto. 

Originalmente, un palimpsesto es un manuscrito antiguo borrado para reutilizar el pergamino, conservando vestigios del texto original.

La literatura como palimpsesto define el texto literario como una superposición de capas donde nuevas narrativas (scriptio superior) coexisten con huellas borradas de obras anteriores (scriptio inferior), creando una red intertextual. Este concepto, popularizado por Gérard Genette en su obra Palimpsestos: Literatura de segundo grado (1982), implica que ningún texto es original, sino una reescritura o transformación de obras previas.

Les dejo ACÁ el enlace a la nota de Página12 donde figura el texto y alguito sobre su autor.


Y esto no se termina aquí (me refiero al cuento de Borges): hay una nueva reescritura, una novela de Ariel Magnus, Continuidad de Emma Z.. Dice Martín Kohan en su contratapa:


 "¿Y si la literatura argentina, sea eso lo que sea, pudiese ya no consistir sino en escribir, reescribir, sobreescribir, contraescribir a Borges? No como un gesto de cerrazón y asfixia, sino muy por el contrario: como gesto de apertura y de renovación literaria. Borges, sí: siempre Borges. Pero para leer con él (o contra él) también el Quijote, o a Unamuno, o a Arlt, o a Onetti, o a Cortázar; en fin, para resumir, toda la literatura.

Ariel Magnus parece asumir esa premisa, y volverla fructífera una vez más, en esta Continuidad de Emma Z. La vida y la literatura, la realidad y la ficción, entran en un juego vertiginoso, efectivamente borgeano. Tanto que yo mismo, por lo pronto, sin ir más lejos, he sido lector de esta novela, y además su epigrafista, y además un personaje.
No sé cuál de los tres escribe esta contratapa". Martín Kohan


Aprecien el final del texto de contratapa: hay un guiño intertextual con el final de otro cuento de Borges, muy famoso: "Borges y yo". (Vayan a por él, es hermoso).

Para terminar, les dejo en este LINK algunos pormenores y chismecillos acerca de esta publicación (el intercambio entre el autor y Kodama, por ejemplo...). Lean gustosos, para la semana próxima no hay consigna de escritura, solo lectura.