Lo que fui
Mi vida siempre fue escuela. Mi libro guía, la Agenda Escolar.
Uno de los primeros recuerdos que tengo apropiados… esos que uno recupera por verse en fotos, es sentada cual mascota en medio de un numeroso grupo de personas y atrás, en el reverso, con letra cursiva dibujada: “Alumnos del taller de cerámica. Ricardito Lencinas, cuidándola”. Y luciendo un simpático bombachudo que cubre los pañales y apenas pudiendo sostenerse sentada, aparezco yo. El promedio de edad del grupo actualmente debe estar rondando los 80 y pico a juzgar por la fecha de la foto.
El siguiente recuerdo que tengo de mí misma, es caminando de frente, con guardapolvo almidonado, moños en el cabello, medias zoquetes blancas con puntillas, zapatos al tono y unas rodillas que parecían más de carbón que de alumna. Atrás, la puerta de la Esc. Normal.
Mi vida entera es escuela. Y no sólo por lo que estoy contando. También porque cada día de mi vida, desde que la recuerdo, giró alrededor de la escuela. Las fechas de cumpleaños y las efemérides son datos imprescindibles en mi memoria. Los turnos médicos: después de las 17 hs para poder llegar. Compras del super: los sábados.
Semana Santa era sinónimo de planificaciones y más tarde, de Proyecto Escuela. Esa era la fecha tentativa… y siempre y cuando la primera luna llena de primavera estuviera de nuestro lado.
Si de gastos hablamos, los costosos: en julio o diciembre, con los aguinaldos.
Si se podía, vacaciones en enero y bronquitis en el receso de invierno. No había chance de otras fechas.
Y mientras muchos dimensionan el paso del tiempo según las estaciones del año, para mí el año se divide así: 1° y 2° Cuatrimestre. Si necesito algo más ajustado al corto plazo, son 4 bimestres.
La escuela me atravesó la vida…y como debí quitarla, siento que estaré desangrándome de a poco… hasta volver a encontrar otra pasión.
Karina
Dejé de volar en soledad
Dejé de seguir otros instintos
Dejé de perderme entre las corrientes
Dejé de odiarme a mí mismo
Dejé de escuchar a quienes no quieren problemas
Dejé de buscar mi hogar
Dejé de adorar a las coronas
Dejé de añorar el amor
Laura
ALGO QUE DEJÉ DE HACER
En algún momento de mi vida dejé de hacer cosas y no se porqué o no lo recuerdo...
Aprendí de todo un poco, la curiosidad tiene esas cosas, querer aprender todo y en cuanto pasa la novedad, aburrirse muy rápido. Podría hacer una lista de todo lo que hice desde chica, no es que a mis padres les sobrara el dinero, sino que les faltaba paciencia.
Aprendí a leer a los tres años, y por ende a los cuatro ya sabía escribir, a los siete, tejía al crochet, mi abuela Lola me enseñó los primeros puntos con los que hice un chaleco azul, luego aprendí un poco más con mi tía Chola, quien además, me enseñó a tejer en dos agujas y hasta con la máquina knitax. Antes de los diez aprendí a bordar (a mano y a máquina), a hacer macramé. Para los doce, ya había hecho unas clases de acordeón a piano, mecanografía y taquigrafía, corte y confección, folklore y también, dibujo y pintura. Donde más duré fueron en las clases de dibujo, donde era evidente mi falta de talento, pero igual fui durante unos tres años por obligación de mi mamá, (parece que necesitaba los sábados a la mañana libre).
A lo largo de mi vida hice cursos muy variados: velas, reiki, yoga, masajes, oratoria, artesanías, repostería, depilación, maquillaje social y artístico, entre otros, con la aparición de internet, incursioné como autodidacta. Terminé algunos, otros no, muchos de ellos me dieron trabajo en épocas de vacas flacas y siempre voy a estar agradecida por ello.
También hice deportes, sobre todo atletismo en mi adolescencia, natación unos años después pero no me destaqué en nada y también quedaron en el camino. Estudié industrial con miras no muy seguras de seguir una ingeniería pero en el último año de secundaria, un cachetazo de la vida, lo dejó en el olvido. Tuve varios emprendimientos, que me permitieron salir del paso y hasta pagar algún gusto, tampoco ninguno fue “el gran negocio” pero me permitió criar mis hijos y seguir adelante. Tuve ideas solidarias que me dieron muchísimas satisfacciones, que por distintos motivos se truncaron... igual, siempre de algún modo, despunto esas ganas de ayudar.
En fin deje muchísimas cosas en el camino, pero como dice el tango, siempre se vuelve al primer amor, a la pasión primigenia, a la que me salva de mis silencios, mis dolores más profundos y mis alegrías más inmensas. La que estuvo siempre, un poco escondida a veces, y mas expuestas en otras ocasiones. La que me invita a saciar esa latente curiosidad con un libro entre mis manos, y con una hoja en blanco para escribir y encontrar el sentido a lo que me hace sentir viva .
Dejé la jaula
y apareció el bosque
Dejé de ser victima
aunque lo fuera
Dejé de ser de otros
Dejé la ira
Trato de despegar
de la frustración
pero a veces
me agarra distraída
Dejé de culpar
menos a mí
cambié carcajadas
por una sonrisa
Dejé de ser yo
y fuimos familia
Dejé que se fueran
algunas personas
y me sentí mejor
a otras aún hoy
las extraño
Dejé de estar en guardia
algunos golpes recibí
pero también
muchas caricias
Dejé el orgullo
y apareció la ayuda
Dejé la puerta entornada
y alguien encendió la luz.
Sabri
Algo que dejé
Dejé de querer agradar
y de estar en lugares en los que no estoy cómoda;
de tener relaciones de amistad unilaterales
y de “tener que” con quienes no quiero tener nada.
Dejé de poner excusas para sentirme mejor,
de pesarme todos los días
y de examinarme en el espejo;
dejé de verme como alguien que no llega nunca a donde quiere.
Dejé a algún que otro decepcionado,
a alguien plantado, con y sin motivo.
Dejé de dar mi número a desconocidos con un nombre falso.
Dejé, poco a poco, de soportar ruidos fuertes.
Dejé de fumar,
de tomar una copa cada noche
y de llegar tarde a propósito.
Dejé la queja sin proponer un cambio.
Dejé de dar consejos que no me piden
y de mirar al mundo desde mi ombligo.
Dejé a mis padres,
trabajos, novios y amigas.
Dejé estudios, profesiones,
malos y buenos hábitos.
Dejé mis prejuicios
y de perseguir estándares
imposibles.
espacios interiores que
visitamos normalmente.
Como aquel edificio
nacido a orillas de un jardín,
donde hoy las
plantas mesozoicas
invaden su estructura y
el plumaje vetusto de la cal
se desintegra.
Tantas veces invita a los ojos a
colarse por el
costado del vacío y
rozar los mosaicos de ajedrez.
Tantas veces el insomnio
acaricia el
tallo de la piel…
Y en su núcleo
la oscuridad es
un río
donde pena el alma.
Dedos en fa
Y así fue, algo hice. También aprendí a armar y reparar barriletes, aviones de madera balsa y bicicletas.
Todo sirve, ahora sé que supe hacer muchas cosas. Me fanaticé con muchas cosas. Así fue con la bicicleta, el gimnasio, la televisión de aire y los cassettes piratas.
Muchas cosas me resultaron imposibles: jugar al fútbol o cualquier otro deporte con pelota, bailar y cantar. Pero con la guitarra pasaron cosas. Rendí algunos niveles en la cultural y aprendí de memoria muchas notas y partituras. Llegué a cantar alguna zamba pero nunca reconocí ninguna nota. El oído musical faltó a la cita del reparto de habilidades cuando nací.
Ahora, ya no uso bicicletas ni las arreglo, no hago aviones de madera ni barriletes, no miro televisión ni tengo una. Deportes, ninguno. Pero si agarro una guitarra pongo los dedos en fa.
Algo que dejé de hacer fue resignarme a seguir viviendo en el lugar donde estábamos radicados, debido al asma de mi padre. La experiencia vivida fue buena para nosotros pero, desbordada de soledad en cuanto a la presencia de familiares. Mi madre y yo -siendo niña y adolecente luego- pasábamos casi todos los años el mes de enero en Buenos Aires, en el resto del año vivíamos en una de las provincias andinas de la Argentina, absolutamente solos los cinco, es decir mis dos hermanos, mis padres y yo.
uno de los tres sea feliz por favor!
¿Seguimos haciendo aviones, comecocos, abanicos plegados, barquitos de papel? Yo probaría volver a jugar por jugar, sin un porqué, en serio como solo se juega una vez.




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